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NICOLÁS PEÑA, el hombre que sabía demasiado (de jazz)

Nicolás Peña

/ 20 de junio de 2021 / 19:05

‘La quinta disminuida’ es el programa de jazz de Radio Deseo (103 FM). Detrás de él, está Nicolás Peña y su voz/estilo particular

El vino hace que las cosas sucedan más lentamente. El jazz, también. Nicolás Peña abre una botella de Catena Zapata, el reconocido caldo argentino, el “mejor Malbec del mundo”, dice. Sobre su cabeza nos mira una serigrafía/prueba de autor de Fernando Ugalde de su serie sobre Felipe Delgado, el personaje de Jaime Saenz. Hace unos años, el artista le confesó que su programa de jazz en Radio Deseo  —La quinta disminuida— le ayudaba a pintar. Ugalde entonces le pidió un “pequeño” favor: “¿me puedes grabar todos los programas en un CD?”. Peña, ni corto ni perezoso, grabó cientos de ellos en unos 60 CDs con carátulas personalizadas/temáticas de “las quintas” que ya llevan más de 700 sesiones al aire. Cuando el “Nano”, tiempo después, montó una exposición en La Paz lo llamó al “Nico” y le dijo: “escoge la obra que más te guste”. Y ahí está/sigue don Felipe Delgado y su laberinto en este cuarto de la casa de Nicolás en Achumani.

La segunda vez que le pasó algo mágico con uno de sus oyentes fue en El Alto. Peña era, por aquel entonces, gerente de la fábrica de helados Delizia. Un obrero de la sección lácteos se paró delante de su oficina y preguntó por él. Cuando “Nico” salió, se encontró con otra sorpresa: Raúl Fernández se había enamorado del jazz gracias a La quinta disminuida. Don Raúl tiene todos los programas grabados en cassettes. Y está delante de la fábrica para regalarle un grueso anillo de plata con leyendas en señal de agradecimiento. Han pasado años y “Nico” —mostrando el presente— todavía se emociona al contarlo.

El cuadro que recibió de regalo Nicolás Peña de manos del artista Fernando Ugalde, de la serie sobre Felipe Delgado

—¿Por qué haces un programa de jazz sin cobrar un peso?

“Porque un poema, lo lees y lo guardas pero la música está para compartirse. Porque lo más lindo es la retroalimentación con los oyentes. Cuando alguien te escribe desde las Islas Canarias o desde Argentina para reprisar tu programa en radio Nihuil de Mendoza, como lo hace el periodista y escritor Miguel García Urbani, no hay mejor pago ni compensación que esa”. Es un convencido de que si la música no se comparte, no tiene sentido. “De yapa, aprendo mientras preparo cada espacio, pues me obliga a actualizarme, a buscar un nuevo dato que no conocía, un autor famoso con hija pianista…”, añade.

Nicolás Peña Díaz Romero graba La quinta disminuida desde su casa. Antes subía desde Achumani a Sopocachi todas las noches de jueves para hacerlo en vivo y en directo. Es un obsesivo compulsivo, es un perfeccionista: nunca queda totalmente conforme con los temas escogidos, siempre piensa que podía haber sido mejor. Cuando en abril de 1999 abrió en la paceña avenida 20 de Octubre (en lo que fue el rockero Socavón) el Thelonious Jazz Bar —hoy venido a menos con otro dueño y otro lugar— tuvo una pequeña “discusión” con los otros dos propietarios: Juan Pereira y Reynaldo Arispe. “Yo me encargué de decorar el club, de colocar los cuadros de las leyendas del jazz. Lo hice pero no quedé conforme conmigo mismo. Al cabo de un rato me di cuenta de que todo tenía sentido, que todo obedecía a una línea de tiempo pero que faltaba algo, me faltaba una fotografía del trompetista Clifford Brown, sin él nada tenía sentido”, cuenta Peña. Pereira y Arispe zanjaron la pequeña polémica: “no jodas más, Nico, pon la foto de otro negro y punto”. Peña cedió, esta vez. Años después cuando un gringo fanático del jazz llegó a La Paz, entró en el Thelonious, paseó todo el boliche y buscó a Nicolás, él ya sabía que el círculo se iba a cerrar aquella noche: “está todo bien, la idea es excelente pero falta una foto: la de Clifford Brown”.

Si su primer boliche se llamó Thelonious por Monk (luego tuvo otro en San Miguel llamado Satchmo por Louis Armstrong), su primera banda se llamó Castidad (no pregunten por qué). Era un grupo colegial de rock. Peña estudió en el Colegio Americano. “Fue una de las mejores cosas que me pasó, era mixto, toda una rareza en la época y además tenía clases de música diferentes, no se enseñaba tanto teoría sino aprendíamos a tocar un instrumento o teníamos clases de audición donde simplemente escuchábamos música y teníamos que rendir examen luego identificando autor y obra”, cuenta Peña. Ahí nació Castidad con “covers” de Led Zeppelin, Cream, los Kinks, Hendrix… La formación titular: Jorge “Coquis” Reyes Villa en la voz, Marcelo Palacios en el bajo, Javier Mollinedo en la batería, Douglas Sebastián Pugliese en la segunda guitarra y Peña, primera guitarra. Cuando “Nico” se dio cuenta de que era imposible ganarse la vida con el rock —ni siquiera tenía un instrumento propio— estudió Ciencias Económicas en la Universidad Católica de La Paz. Y así pasó con el tiempo a ser gerente financiero de Soboce, de la Fábrica de Vidrios, de La Estrella; a ser funcionario del Ministerio de Comercio Exterior, a laburar en Pando en la empresa de castañas Tahuamanu, a trabajar en la Alcaldía de El Alto bajo la gestión de Soledad Chapetón como secretario municipal de Finanzas… hasta llegar actualmente a ser gerente de la Compañía Industrial de Tabacos aunque ha dejado de fumar hace años.

En el ínterin se dio el gusto de crear en 2010 la empresa de conciertos Ensamble de Altura con la que trajo a La Paz a músicos como Pedro Aznar, Lito Vitale, Baglietto, Luis Salinas, la tanguera Adriana Varela, el bajista de Fito Páez, Guillermo Vadalá, Kevin Johansen, la banda de jazz fusión Spyro Gyra, la cantante afroperuana Susana Baca…

PASIÓN. Peña frente a un cuadro del bajista Jaco Pastorius

“Nico” tiene 600 vinilos en su casa, la mayoría de jazz; y en un cuartito chico posee más de 5.000 CD. “Cada vinilo es parte de mi vida, me acuerdo dónde y cómo los compré cada uno de ellos y ahora que están de moda, sigo comprando. Siempre recuerdo que con 14 años no tenía plata para comprar”. Para un amante de los vinilos, todo está justificado: robar, engañar, mentir. No hay mandamiento que valga por encima del placer de la música. Cuando Peña era chango, acompañó a un amigo a comprar un vinilo en una tienda de la avenida 6 de Agosto. “Nico” había echado ojo a un disco de Al Di Meola pero no tenía un peso en el bolsillo. Ni corto ni perezoso, “sugirió” al cuate el vinilo soñado hablando maravillas del virtuoso guitarrista estadounidense. Cuando llegaron a su casa y pusieron la aguja, el amigo se decepcionó rápidamente. “El universo no es justo, ese disco me pertenece”, pensó. Entonces Peña entró a matar: “Si quieres te lo cambio por el mío de los Kiss”. Prueba superada: Di Meola estaba en su poder. Con su hermano mayor, Wálter, pionero de los informativos de canal 7 y fallecido en 2011, le sucedió algo parecido. El oscuro objeto de deseo de turno se llamaba esta vez: Pequeña serenata diurna (1978) de Chico Buarque. El sortilegio/nota mental comenzaba de manera idéntica: “el universo no es justo, ese disco me pertenece”. Su hermano, de seductora voz también, se murió creyendo que ese vinilo se lo había robado otra persona y así se lo recordaba siempre al hermano menor.

“Nico” Peña tiene un gusto ecléctico por los distintos géneros musicales, es una mente abierta con alma curiosa. Quizás tiene que agradecer su politeísmo a otro hermano mayor con el que se lleva 18 años. Cuando era un adolescente le regalaron una cassettera donde después de grabar todo tipo de sonidos, le pidió a su hermano conformar su primer “playlist”. Su hermano era Fernando, “violero” de los Black Birds, el germen de los míticos Climax con Pepe Eguino, Javier Saldías y Álvaro Córdoba. Aquella lista del “Nano” tenía canciones de los Beatles, Pink Floyd, George Benson y Di Meola, por supuesto, entre otros. Luego, a inicios de los años 80, ya en colegio, llegaron los tiempos de cambiar discos. “Si se escuchaba en las discotecas, ese vinilo o esa banda eran auténticamente descartados y desechados por mí. Me gustaba The Police hasta que el So lonely era pinchado una y otra vez en las discos. Cuando el rock se volvió pop, cuando el rock sinfónico alcanzó su más alto nivel, se agotó para luego precipitarse en el punk de los 70, entonces caí seducido por el jazz”.

“Nico” no compró su primer disco de jazz, tampoco lo robó, ni engañó a nadie, esta vez. Aprendiendo a tocar contrabajo en el Conservatorio Nacional —después de estudiar guitarra clásica en el Colegio Americano— se enteró de que el Instituto Goethe —cuando todavía quedaba en la 6 de Agosto esquina Aspiazu— tenía un servicio de préstamos de música. “La primera vez que fui saqué música clásica y dos discos de jazz: uno del pianista Milt Buckner y otro del bajista Richard Davies y sus “musas”. Pronto se iba a dar cuenta de que el jazz es dialéctico, dialoga con su pasado.

—“Nico”, pero el jazz tiene fama merecida de elitista, de ser una música para entendidos/jailones, para gente con formación musical. Te disparo la eterna/inevitable pregunta: ¿es verdad?

“Por fin llegamos a la cuestión de siempre. El jazz dejó de ser la música popular que fue, de baile, a partir de los saxofonistas Lester Young y Charlie Parker, que le exigen en aquel entonces talento al público, fue la revolución. Eso lo dijo un crítico francés llamado André Hodeir. Luego llegó Miles Davis, el músico más importante del género y lo volvió a cambiar hasta cinco veces cuando lo acercó a los jóvenes con el jazz-rock y demás. Pero contestaré tu pregunta: el arte y la música son gusto y apreciación. El gusto es que te gusta Love me do de los Beatles sin preguntarte nada más. Es un simple “re-fa-sol” y la letra no es muy sofisticada que digamos. La apreciación es entender las notas, escalas, pentagramas, etc. Cuando puedes juntar el gusto y la apreciación es lo máximo. Para mí, esa tercera burbuja se llama jazz”.

En Avesol, tocando con la banda Sombrerero Loco en 1997

Entonces cuando nace Radio Deseo en 2007, del gusto personal pasa a la pasión colectiva. El éxito de La quinta disminuida es el talante de Nicolás Peña y su inconfundible/carismática voz. El oyente siente que habla un amigo, un tipo que nunca te mira ni discursea desde arriba. “Nico” no da por hecho —como otros conductores de programas del género en otros países— que la gente sabe tanto como ellos. Peña se pone en el lugar del otro, del oyente que recién llega y del que lleva 700 “quintas” escuchándolo los jueves por la noche. No va de entendido pedante, no funge como el experto capísimo que parece que se inventa los nombres de los músicos y los títulos de los discos que comenta y lanza al aire. “Tengo un amigo, Sergio Medina, que me dice en broma que me invento los nombres, eso lo hizo a manera de joda una vez Julio Cortázar para responder y provocar a una crítica periodística que lo acusó, entre comillas, de lo mismo”, dice Peña que piensa que “la música no se reduce solo a pasarla bien y mover los pies, hay cosas al medio muy dulces y a mí me gusta saber, de dónde vienen las canciones, las influencias, los hallazgos; por eso te digo que el jazz a diferencia del rock es dialéctico”. En definitiva, “Nico” no cree que el jazz deba sentirse, como música, mejor que los demás. Si algo no es Peña, es un puritano.

El rico Malbec de Mendoza se ha terminado hace rato y la charla sigue alrededor de los discos y los amigos comunes, entrada ya la noche sobre Achumani. Fue precisamente en una tienda de vinilos llamada La Obertura (que luego fue boliche) donde “Nico” Peña conoció a los hermanos Calero, con los que formaría una banda llamada El Sombrerero Loco, el título de un disco de Chick Corea. Peña busca entre sus CD y encuentra el “tesoro perdido”, una pequeña “joya” del rock boliviano. Es una maqueta/demo grabada en vivo en junio/septiembre de 1997 en el añorado Avesol de la calle Goitia. En la tapa del disco, el quinteto posa con largos sombreros de copa negros y sombras expresionistas. Suena un tema llamado Humanamente imposible y después otras canciones originales de la banda y ocho versiones de Santana, Silvio (Causas y azares y Santiago de Chile), Joe Vasconcelos, Fito Páez y Charly. También se escuchan aplausos de la concurrencia bohemia del Avesol. En la voz y teclados está Sergio Calero; en la “bata” su hermano Ramiro; en la guitarra/charango, otro hermano Juan Carlos; en las percusiones (a lo Santana) Rubén Moruno y en el bajo, un joven treintañero que toca medio agachadito pues su figura alargada/quijotesca casi choca con el techo del Avesol. Su nombre, Nicolás Peña Díaz Romero, el hombre que iba a saber demasiado (de jazz).

La quinta disminuida —“desde la capital más cerca del cielo”— se emite por Radio Deseo (103 FM) los jueves  a las 21.00, con reprisse los sábados a las 17.00. Se puede escuchar y bajar desde la página www.quintadisminuida.com

Fotos: Ricardo Bajo y Nicolás Peña

La casa de MANUEL VICTORIO GARCÍA LANZA

La hacienda del patriota yungueño se alza en Coroico, conservando su historia. Abraham Colque y María Candia resguardan su esplendor

La Casa de Manuel Victorio García Lanza

/ 18 de julio de 2021 / 18:57

Nadie recuerda el nombre del francés que vivía en la hacienda coroiqueña de San Pablo, de propiedad de Manuel Victorio García Lanza. Decían que era un mecánico especialista en fabricar las prensas que ya entonces servían para apilar las hojas de coca en los famosos tambores. Lo evidente era que se enfrascaba en interminables conversaciones con quien años después sería uno de los protomártires de la independencia americana.

“Una simpatía íntima reinaba entre los dos: algunas veces descuidados dejaban escapar en público palabras y frases tendentes a la emancipación de América. No debe dudarse que tenían sus planes reservados sobre esta atrevida empresa: pero desgraciadamente han quedado envueltos en el más insondable misterio”, especula el intelectual coroiqueño Nicolás Acosta, basado en los Apuntes para la historia de la independencia de Bolivia, escritos en 1869 por Vicente Lanza, el hijo del patriota.

Acosta va más allá. Afirma que el “mecánico francés” se daba frecuentes viajes a la ciudad de La Paz, donde —él supone— se reunía con el resto de los criollos que encabezaron el levantamiento del 16 de julio. Por supuesto que asegurar que todo fue armado por el misterioso extranjero, que vivía en la Hacienda de San Pablo, sería desconocer todo el proceso histórico que culminó con la creación de la Junta Tuitiva, pero seguro que tuvo alguna influencia en los afanes libertarios del más radical de los rebeldes paceños.

Foto: Guimmer Zambrana Salas

Manuel Victorio, al igual que su hermano Gregorio y su medio hermano José Miguel, provenían de familia adinerada. Su padre, Martín, de progenitor asturiano, había nacido en Coroico. Se casó con Nicolasa Mantilla, con quien adquirió la Hacienda de San Cristóbal, entre otras propiedades.

Los dos García Lanza Mantilla fueron enviados a la Universidad San Bernardo del Cuzco. Sus biógrafos coinciden en que fue en esas aulas que los dos yungueños comenzaron a preguntarse sobre por qué los criollos eran personas de segunda en los dominios españoles. Gregorio terminó su formación académica, mientras que Manuel Victorio tuvo que retornar antes de concluirlos por la repentina muerte de su madre.

Manuel Victorio parecía encaminarse a ser uno más de los ricos e influyentes criollos que habitaban estas tierras. “Desempeñó la subdelegación de Sicasica accidentalmente por unos ocho meses. En 1804 obtuvo la vara de regidor, no sabemos por qué suma, y se incorporó en el Cabildo como caballero venticuatro, o sea, regidor perpetuo”, relata Nicanor Aranzáes, en su clásico Diccionario Histórico del Departamento de La Paz.

“Según el plumario de Victorio García Lanza, sus haciendas eran las de Choacollo en Coroico, que la tenía por su mujer D. María Mantilla, la del Carmen, que era de él, la de Picho en Yanacachi, donde vivía su mujer y que también le pertenecían; una de puna llamada Pagchani, que era de su suegra, y una parte en la hacienda de Yalaca”, relata la historiadora Rossana Barragán, en un libro aún inédito, basado en documentación hallada en el Archivo General de la Nación, de Buenos Aires, Argentina. En algún momento de su historia, la Hacienda del Carmen se fusionó a la de San Pablo o cambió de denominativo. Pero su capilla mantuvo su fama, estaba dedicada precisamente a esa imagen religiosa. Hasta el día de hoy, esa comunidad coroiqueña celebra su festividad principal el 16 de julio.

HISTORIA. Una vieja puerta de la casa conserva el sistema de cerrojos de época. Foto: Guimmer Zambrana Salas

Pero el continente americano ya era un volcán a punto de entrar en erupción. Al descontento indígena, que había generado diversos levantamientos, se sumaba el de los criollos. La nueva administración de la corona española estaba decidida a recuperar el control de sus colonias y a mejorar sus recaudaciones. Es en ese intento que había comenzado a afectar los intereses de los hijos que los españoles tuvieron en estas tierras.

“Por los años 1776, 1780, justamente, había habido una increíble alza de los impuestos, que afectaba a toda la economía que se tenía en La Paz, principalmente de la coca, y eso provocó una serie de descontentos y revueltas ya en aquella época”, contextualiza la doctora Barragán.

Esos y otros elementos atizaron la bomba que explotó aquel 16 de julio de 1809 en la capital paceña. Manuel Victorio García Lanza no participó directamente de la revuelta. Un día antes fue enviado a Chuquisaca en busca de apoyo para el movimiento, misión en la que no tuvo éxito. Regresó a La Paz en agosto y marchó a Yungas en septiembre, con el propósito de armar un gobierno propio para esa región.

Pero a su llegada a Yanacachi se enteró de que Remigio La Santa y Ortega, el derrocado obispo de La Paz, se le había adelantado y estaba apostado en Irupana. La estrategia desplegada por Manuel Victorio para la organización política y militar de Yungas ha sido recogida a detalle por Rossana Barragán en el Archivo General de la Nación de Buenos Aires: “Para los líderes de la Junta había que ganarse a la población indígena a través de fomentar el comercio y disminuir los famosos impuestos y las alcabalas. Una de las banderas, y eso es bastante único, prometió libertad a los esclavos, les decía que todos iban a ser iguales”.

Los choques con las tropas del Obispo La Santa fueron un rotundo fracaso para el bando patriota. La llegada del ejército realista a la zona terminó de sepultar el sueño del gobierno propio de Manuel Victorio y sus allegados. Todavía peor, Lanza y Gabriel Antonio Castro fueron traicionados por quien guiaba su huida y terminaron degollados. Sus cabezas fueron expuestas cual trofeos en las plazas de las principales poblaciones yungueñas.

Los bienes de los García Lanza resultaron entonces confiscados, entre ellos la Hacienda del Carmen o San Pablo. “Todas las pertenencias y bienes de la familia García Lanza y Mantilla han sido expropiados, para aplicarlos al Real Erario para escarnio de los traidores a la Corona de España”, dicta la Ordenanza emanada por Goyeneche, según un artículo escrito por Óscar Siñani.

LA GRÁFICA

CLIMA. La casona de la hacienda está restaurada para recibir a visitantes en esta región de los Yungas. Foto: Guimmer Zambrana Salas

PRESERVACIÓN. Abraham Colque y María Candia preservan la infraestructura y varios elementos de la hacienda. Foto: Guimmer Zambrana Salas

Interior de la Hacienda de Manuel Victorio García Lanza. Foto: Guimmer Zambrana Salas

Foto: Guimmer Zambrana Salas

Foto: Guimmer Zambrana Salas

En nuevas/buenas manos

Durante varios años, Abraham Colque y María Candia estaban buscando un terreno en Coroico. Él creció desde su infancia en La Chojlla y junto a ella vivieron muchos años en Chulumani. Soñaban con construir una pequeña casa en la región yungueña. Es en esa búsqueda que se encontraron con la antigua casona del patriota García Lanza.

Cuando fueron a conocerla retornaron convencidos de que era demasiado grande para sus pretensiones y posibilidades. Dicen que la casa te busca, por lo menos así ocurrió con ellos. Hubo tal conexión con la anterior propietaria que terminaron convencidos de que el lugar les estaba destinado. Por supuesto que ello exigió un gran esfuerzo económico, no solo para la compra sino también para la refacción. Felizmente, las gruesas paredes de adobe habían mantenido incólume la estructura de la casa de hacienda. Ya antes había sido cambiado su techo de teja y el piso, seguramente de ladrillo, por uno de madera. El frontis se encontraba en riesgo por una rajadura que lograron detener.

De la famosa capilla quedaba únicamente la torre y se encontraba en serio riesgo. Tuvieron que invertir en el cambio del techo y en el arreglo de su vieja estructura, también basada en adobe. El pequeño templo es parte fundamental de la identidad de la vieja casona y había que preservar lo que había de él. Al lado construyeron una plataforma techada, que es una especie de sala multiuso.

El sueño de Abraham y María es recuperar el sector en el que funcionaba la prensa de hojas de coca, de la que solo quedan sus bases. El objetivo es tener ahí un museo en el que la gente encuentre objetos e información sobre los García Lanza, pero también sobre la rica historia de la región yungueña. En ese objetivo están empeñados en recuperar objetos antiguos de la zona y hasta han encargado un cuadro al artista bolivianos Sol Mateo, quien también reside en San Pablo.

En los alrededores han construido un sabroso espacio que cuenta con un horno de barro, un fogón yungueño y una parrilla. Una larga mesa con sus respectivas bancas completan el lugar, pensado para preparar los alimentos y degustarlos recién cocinados.

Abraham es un enamorado de las plantas, ha llenado el lugar de ceibos, toborochis, flores y todo tipo de arbustos. Asimismo, ha trabajado en la recuperación de los huertos de naranjas y mandarinas. Plantó un pequeño cocal, de cuya primera cosecha participó la reconocida antropóloga y cocalera Alison Spedding, y ahora está poniendo un cafetal.

La casa de Manuel Victorio García Lanza ha recuperado vida y ha comenzado a recibir visitantes de la ciudad de La Paz y otros lugares del mundo, gracias a la calidez y el cariño de sus actuales propietarios. Aún quedan en pie las bases de la prensa de hojas de coca que, quizá, fue construida con la ayuda de aquel “mecánico francés” que habitaba en el lugar, en las épocas en que el patriota yungueño comenzaba a darle forma a su sueño de una tierra americana con gobierno propio.

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VIUDA NEGRA

En otra entrega del UCM, la directora Cate Shortland trae de vuelta a la espía encarnada por Scarlett Johansson

Banner de la cinta Viuda Negra

Por Pedro Susz K.

/ 18 de julio de 2021 / 18:45

CINE

Para las legiones de obedientes fans del denominado Universo Cinematográfico Marvel (UCM) ésta daría la impresión de ser una pieza extraviada, y por eso mismo extrañada, del rompecabezas de secuelas y precuelas que desembarcan de tiempo en tiempo en las pantallas satisfaciendo la insaciable adicción de aquellos hacia las andanzas de esa tropa de vengadores justicieros encargados de poner orden en el desbarajustado mundo asediado por rufianes resueltos a dominarlo para sus propios réditos. Un poco, o mucho, al modo instrumentado por las series y franquicias que saturan las pantallas exprimiendo los suyos merced a la ansiosa apetencia de tal inducida confusión entre cinefilia y consumo reiterativo de basura que viene asolando las listas de estrenos de algunos años a la fecha. Quienes han conseguido mantenerse a buen resguardo de tal dependencia respecto al bombardeo comercial instrumentado por Disney, Sony, Marvel et alt. se ven (nos vemos) en suma en figurillas para encontrar algún sentido a las redundantes vueltas de tuerca que, por ejemplo, reviven personajes que pasaron a mejor vida en alguno de los capítulos precedentes de las sagas campantes en ese irritante ir y venir de figuras imaginarias transbordadas de los cómics al celuloide en este tiempo que daría la impresión de apostar todas sus cartas a la confusión entre la “realidad” real y su simulación virtual. O limitándonos a la materia que nos ocupa, tales reiteraciones impedirían aparentemente ponderar cada entrega por sus valores, o falencias, propias, sin quedar enredado en el referido juego auto-referencial que, en definitiva, pareciera ser el anzuelo primordial del género en cuestión.

Tal lo apuntado arriba abundaron a propósito del estreno de Black Widow los lamentos por la demorada oportunidad para que Natasha Romanoff, finada al concluir la estirada Avengers: Endgame (Joe y Anthony Russo/2019), tuviese la oportunidad de renacer como protagonista de su propia epopeya, que los estudios tenían entre manos desde 2000, cuando los derechos se encontraban en poder del estudio Lionsgate, que dos años más tarde le encomendó a David Hayter fabricar el respectivo guion, el cual acabó archivado, hasta que en 2019 la idea volvió a florecer, retomando el hilo del debut del personaje en Iron Man 2 Pantera

Negra (Jon Favreau/2010). Es obvio que ello hace parte de los oportunistas esfuerzos de Disney para aparentar estar en sintonía con algunos de los conflictos sociales de actualidad. Si en esa línea Pantera Negra (Ryan Coogler/2018) fingía simpatizar con las demandas de la población afroamericana, Black Widow procura mostrarse a tono con las reivindicaciones feministas, contra la cosificación y la hipersexualización de las mujeres, actuales en buena parte del planeta, tarea para la cual, luego de sondear a 65 directoras de diversas procedencias, por último optó entregarle el timón a la australiana Cate Shortland para hacerse cargo del capítulo inicial de la llamada fase 4 del interminable UCM.

Shortland, debe decirse, aborda la referida deuda sociocultural valiéndose de una historia con rasgos intimistas, en la exigua medida en que ello resulta dable para un producto apuntado al consumo masivo, focalizado sobre la falsa identidad que Natasha Romanoff va develando haber sido condicionada a presumir era la suya. Un escabroso periplo interior que le permite tomar conciencia de la manipulación de la cual fue víctima, relatado con un no menos accidentado, y logrado a medias, esfuerzo con el fin de equilibrar el esfuerzo de la directora buscando zafar de los estereotipos seriales por medio de la humanización de sus personajes.

Para su guion Eric Pearson se inspiró al parecer básicamente en el argumento de la serie televisiva The Americans (2013-2018), traducida para su difusión en los países de habla hispana como Los Infiltrados, no fuera a ser que los espectadores un tanto lelos de estas circunscripciones malentendieran de qué iba la cosa. Allí, en pleno forcejeo geopolítico entre la URSS y los Estados Unidos durante el gobierno de Reagan, cierta pareja de espías de la KGB, afincada en Washington D.C. se disfrazaba de una típica familia de clase media norteamericana. Sin embargo una de las hijas comenzaba a sospechar de la genuina identidad del matrimonio.

Foto: Internet

Un par de escenas introductorias buscan poner en autos lo antes posible al espectador. Natasha ha debido entrar en la clandestinidad acusada de violentar el Acuerdo de Sokovia mudándose al bando de Steve Rogers. De inmediato, flashback, a una secuencia, datada en 1995 —poco después del cese de la Guerra Fría— que nos presenta en Ohio a Natasha, niña todavía, compartiendo una merienda con su hermana menor Yelena —la cual estaría predestinada a tomar la posta en los inevitables venideros regresos sobre lo mismo ante la anunciada desvinculación, por razones obvias, de Scarlett Johansson de la factoría Disney/Marvel—, su “madre” Melisa y su “padre” Alexei. El encuentro “familiar” resulta súbitamente interrumpido cuando el supuesto “papá” urge a fugar a la carrera hacia Cuba. Allí son bienvenidos por un grupo de agentes soviéticos comandados, se sabrá más adelante, por el tenebroso general Dreykow en cuyo laboratorio —la Habitación Roja—  se lava el cerebro de un nutrido grupo de mujeres a fin de entrenarlas como espías antes de dispersarlas por todos los confines del mundo con el propósito de adueñarse de éste. Son esos momentos biográficos los que Natasha va ¿recordando?, ¿descubriendo? —no queda muy claro—, a lo largo de ese angustiado, digamos, ajuste de cuentas con su pasado.

De aclararlo un tanto, por eso los entrecomillados, se ocupa la siguiente escena, en la cual se descubre que los supuestos padres eran espías del bloque enemigo con la misión de reclutar niñas para entregárselas a Dreykow, que a su vez, cree Natasha, acabaría siendo asesinado, quizá —el adverbio traduce la duda planteada en la propia narración—  por el progenitor postizo de Natasha o por ella misma vengándose luego de haber sido convertida en una despiadada viuda negra que termina desertando para fugar a los Estados Unidos y dedicar el resto de su vida, mientras procura averiguar en paralelo quién es ella realmente, a poner coto a las trapacerías de Dreykow.

Este último es un malandrín a tal punto esquemático que culmina resultando llanamente caricaturesco, idéntico al de todos los villanos paridos por Marvel, cuya fragilidad malhiere de manera inevitable la credibilidad dramática de los conflictos que, a su vez, no dejan de ser rellenos para los extensos despliegues de efectos especiales, los cuales tampoco escasean en Viuda Negra, aun cuando la endeblez de muchos de ellos es posible que defraude a los adoradores de tales artificios.

 Resulta patente, la directora quiso dejarlo bien a la vista, un guiño recurrente a las películas de James Bond, incluso hay una cita explícita de Moonraker (Lewis Gilbert/1979), el undécimo título de la saga del agente 007, mediante una secuencia proyectada en el televisor instalado en el ambiente en el cual transcurre una de las escenas. Y dado el acento “feminista”, se dijo, del relato, podría advertirse cierto sesgo irónico en tal acercamiento pues si hubo un personaje que traducía a cabalidad la visión machista ese fue el inabollable detective británico.

Un metraje menor no le habría venido nada mal a la película, puesto que salen sobrando varios de los cansinos diálogos, presuntamente embebidos de una apesadumbrada vibración emocional, entre Natasha y Yelena, así como los de ambas con sus padres ficticios, los que en buenas cuentas no trascienden la charlatanería de adobo destinada a orlar la acción frenética propia del género, algo atemperada en la oportunidad, con una pizca de perspicacia. Por añadidura la trama, antes que atenerse a un plan dramático, tampoco deja de ser una acumulación de momentos desperdigados.

En alguna medida la marrada, cuando menos, a media narración de Shortland impide el naufragio total merced a la inquieta y oscilante composición de su personaje por Scarlett Johansson, quien se esfuerza visiblemente en evitar a toda costa incurrir en el estereotipo de las heroínas paródicas, desplegando un notorio esfuerzo por matizarlo con gestos de duda y desconcierto que lo aproximan un tanto a la criatura humana que la directora quiso engendrar, con muy desvaído resultado.

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La encarnación del recuerdo: ‘La última horquilla’ y el trabajo del olvido

Teatro La Cueva llenó —dentro de las medidas de bioseguridad— la platea del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez con una obra sobre la memoria

Por Camilo Gil Ostria

/ 18 de julio de 2021 / 18:40

Volver al teatro no es un gusto por volver al típico hobby burgués que uno y otro disfrutarían porque entretiene y confirma un estatus de clase (porque todavía el arte en Bolivia algo de esto tiene y el teatro, como evento social, con mayor evidencia). Sino que es un gusto porque implica volver a ponerse frente a frente con la idea encarnada: con el acto de pensar el cuerpo del otro y de buscar el sentido ahí donde el lenguaje tiembla y los sujetos se conmueven. Ahí donde la vida misma transcurre y quien se sabe espectador se sabe también muriendo mientras mira a otros morir. Quizás por eso tantas lágrimas pude escuchar en la función de La última horquilla, obra dirigida por Darío Torres e interpretada por Alejandra Quiroz y Cintia Cortez (Teatro La Cueva), presentada el domingo 11 de julio a las 16.00. Quizá por eso la platea del Teatro Municipal, con medidas de bioseguridad, estaba al máximo de su capacidad: alrededor de 50 personas.

Decimos que la obra cumplió el objetivo básico de lo teatral (el de enfrentar al espectador con una idea), porque no es eso que parece: la historia de una niña sobreviviente de un deslizamiento, hecho tan común en nuestras montañas y que implica por supuesto perder seres queridos y hogar. No es eso porque el tono no es el del melodrama, el de la historia íntima que se exhibe, sino el del placer, la risa y el juego. Juego que cobra lógica y sentido en su relación con el recuerdo. Porque los personajes son dos: Sisi, la niña y Lele, el recuerdo. Es la segunda la que instaura un espacio, el de la suspensión: la obra no trata de mostrar la totalidad del mundo (de hecho, el afuera, lo real, es explícitamente suprimido: por ejemplo, Sisi cuenta que fue a visitar a su hermana para tratar de aclarar sus recuerdos; la visita, nunca se muestra en escena, se la narra). Pero esta suspensión pone en escena un deseo paradójico: Sisi quiere dejar de recordar al recordar.

La fórmula paradójica tiene el peligro de devolvernos al código del melodrama, el lector melodramático o psicologista podrá entender: para dejar de sentir el dolor que implica el recuerdo de la pérdida, deberé trabajar ese recuerdo para poder vivir con él. Pero en la obra el olvido es un real: Sisi, ya no como Sisi, sino como Silvia (su nombre del mundo real), se despide de Lele, no (solamente) en tanto tal sino en tanto su padre fallecido en el deslizamiento y el recuerdo desaparece. El problema es existencial: ¿cuál es el trabajo de la memoria?, ¿cómo me gustaría a mí hacerla trabajar?

En la obra el retrato del recuerdo es complejo, porque no solo implica al personaje en cuestión: que va y que viene, se nos dice, que a momentos concuerda en todo con el sujeto que recuerda y cambia (su blusa, mencionan, antes no era la misma), pero luego ya no tanto, y le dice que las cosas no fueron como ella dice que fueron. Sino que implica, aún más, un espacio y una forma de habitar el espacio. La escenografía es muy sencilla (aunque muy estética y funcional para el juego de las dos actrices), se compone por una superficie de algodón. Ésta llega hasta cierta altura, con tal de que las actrices puedan esconderse y desaparecer al cien por ciento a momentos o decidir mostrar solo fragmentos de sus cuerpos. Esta textura, la de una nube, es explicada en la obra. Los personajes están en perpetua caída, recordar es caer, no hay un fondo ni ningún lugar donde dejar de caer: en el mejor de los casos pueden fingir que vuelan y establecer una fiesta donde una es cabeza de la otra y la otra las piernas de la primera: así nadan entre las nubes y el nado no es cualquiera, sino, por supuesto, sincronizado. Espacio de la suspensión, ya decíamos, pero aumentamos ahora: la suspensión tiene sus reglas (sus sincronías) para sostenerse y al mismo tiempo su objetivo es dejar de suspenderse.

Las reglas y sincronías son en la obra de dos tipos: 1) técnicas, es decir, el juego se sostiene porque las actrices ponen todo su cuerpo en el juego, la música (de cuidada y detallada selección) aporta a las actrices los tonos de hablar correctos y las corporalidades adecuadas para que, incluso cuando el volar no es explícito, el espectador las vea volar. 2) conceptuales, el texto establece con claridad una diferencia entre el mundo de la Verdad, de la Idea, con mayúscula, que es el que la suspensión insinúa, pero que es imposible de ver (como Godot). La insinuación es tan trabajada en el texto que, incluso la lógica del absurdo y del sinsentido, contamina con juegos verbales y fonéticos la totalidad de la obra.

Ambas nos llevan de nuevo al espacio de lo cliché: el teatro como lugar de la memoria, el teatro no debe dejar al espectador olvidar cierta conciencia histórica que suele pasar por hechos concretos. En este caso el recordatorio de la obra se escapa al cliché y se acerca a la filosofía de Gilles Deleuze: en una famosa entrevista él dice que la memoria no debería ser un archivo donde acumular inservibles, sino que la memoria tiene el difícil trabajo de olvidar para entonces poder hacer, desear, agenciar. Acabemos entonces desplazando un poco el doloroso olvidar de Sisi. Pues ella olvida no solo a su padre, sino a lo terrible de la muerte, al padre…

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‘Tengo dos patrias’: los jóvenes que apuestan por Bolivia y Argentina

En ellos coexisten dos culturas que derivan en una nueva identidad y, con ello, en nuevos desafíos. Llegaron de niños a Argentina; aman al país que los acogió, pero también llevan con orgullo las tradiciones bolivianas de sus padres

Vista de Buenos Aires, Argentina

Por Claudia Fernández V.

/ 18 de julio de 2021 / 18:37

Tengo doble nacionalidad, la boliviana y la argentina; y no me pidás que escoja una”, dice Paolo Calderón, con acento argentino. El estudiante de Derecho nacido en Cochabamba llegó a Buenos Aires cuando tenía cuatro años, desde entonces no salió de la capital argentina.

“Acá celebro con mi familia las festividades de Todos Santos, Carnaval y Alasita. Y eso transmitiremos a nuestros hijos, pero también nos reunimos para un asado argentino y ver el fútbol”, menciona Paolo. 

Hace 10 años que hay una tendencia en obtener la doble nacionalidad. Desde enero de 2011 hasta mediados de junio de 2021, en la Argentina fueron entregadas 221.603 cédulas de identidad bolivianas. El 90 por ciento de los documentos fueron emitidos en Buenos Aires, seguido por las provincias de Mendoza, Jujuy, Córdoba y Salta, según datos del Servicio General de Identificación Personal (Segip).

“Los mismos jóvenes quieren ser también bolivianos o sus padres cambiaron de opinión. En 2011 recibíamos 20 solicitudes al mes para obtener la doble nacionalidad, ahora recibimos 120 solicitudes por día para obtener el documento”, informa Ramiro Tapia, embajador de Bolivia en la Argentina.

Hay dos causas identificadas para este aumento en las solicitudes. “Primero, hay una revalorización de la identidad del boliviano. Segundo, y no menos importante, es una respuesta flexible a la incertidumbre de una región marcada por cambios económicos constantes. Ves a un país como Bolivia con una historia de pobreza, pero que en los últimos años ha mejorado sus ingresos; en tanto que la Argentina es una economía grande, con una historia industrial y de modernización, pero que en la última década ha sufrido el impacto de una crisis económica que redujo las oportunidades de ascenso social”, reflexiona Mauricio Oporto, sociólogo e investigador de procesos migratorios.

Además de la apuesta por los dos países, la nueva generación de bolivianos-argentinos participa de los procesos electorales, aunque estén a miles de kilómetros y la asumen como una reafirmación de sus lazos identitarios y gravitación política en Bolivia, pero también como una forma de hacer valer sus derechos en la Argentina. Desde 2009 las personas con cédula de identidad pueden votar en las elecciones presidenciales.

CARNET. Desde 2011, en Argentina se entregaron 221.603  cédulas de identidad bolivianas, el 90 por ciento fueron emitidas en Buenos Aires. Foto: Consulado General de Bolivia en Buenos Aires

“En la ciudad de Buenos Aires, la primera votación fue en el estadio de San Lorenzo y en el Club Deportivo Español. A mí me tocó votar en ese club, fue muy cansador, pero también muy emocionante. Fue el 6 de diciembre de 2009, era mi cumpleaños. Llegamos al estadio con mi papá a las ocho de la mañana y pudimos votar pasadas las cuatro de la tarde”, asegura Giovanna Suárez Mejía, estudiante de Administración, que llegó a Argentina cuando tenía un año de edad.

“La fila de gente esperando votar era interminable, daban varias vueltas al estadio. Había jóvenes, adultos mayores, familias con niños y bebés; que más allá del cansancio por la espera no se iban hasta emitir su voto”, recuerda.

Giovanna y su familia vivían en la ciudad de Oruro y llegaron a la Argentina en 1986, después de que su padre y otras 30.000 personas quedaran sin trabajo tras el cierre de las minas de Comibol.

“En Argentina mi papá trabajó de albañil, de carpintero… Era muy sacrificado su oficio, eran muchas horas y el sueldo era muy bajo. Hasta que decidió hacer un negocio propio. Comenzamos vendiendo caramelos, muy poco en mi casa. Hoy tenemos una librería y un almacén”, dice. La joven, amante de reunirse con la familia para hacer un tradicional asado argentino y pijchear, recién “conoció” la tierra donde nació en 2008. “Ya era mayor de edad cuando por primera vez visité mi patria y eso me movilizó. Cuando llegué, vi el cielo y era mi cielo, sentí la tierra y era mi tierra.  Pero sé que ahora no puedo retornar porque acá estoy a cargo del negocio familiar, mis padres ya están jubilados”.

Giovanna trabaja de 10.00 a 18.00 en su almacén, que está ubicado en Villa Lugano, ciudad de Buenos Aires. En el barrio se pueden ver wiphalas en algunas ventanas y los restaurantes ofrecen comida típica boliviana; también hay algunos puestos de venta de caramelos y hojas de coca en las veredas.

“Yo pertenezco al grupo de jóvenes que llegaron muy chicos y se criaron como un argentino más. Mis padres siempre me hablan de Bolivia, me siento orgulloso de mis raíces, pero acá me crié, es un sentimiento extraño. Es como tener doble patria”, reflexiona Carlos López, joven de 30 años, mientras busca fotografías familiares en un mueble que luce una bandera argentina y una bandera boliviana.

“La encontré, mirá, ¡es del 2018!”, exclama Carlos. En una de las fotografías el hincha del Club Atlético Vélez luce un traje de caporal. “Nos unimos para la fiesta, para las entradas folklóricas. Ojalá nos uniéramos igual para la defensa de nuestros derechos”, reflexiona.

LA GRÁFICA

EVENTOS. Los jóvenes participan con wiphalas en los diferentes espacios que comparten con sus pares. Foto: Consulado General de Bolivia en Buenos Aires

ESPACIOS. La bolivianidad de estos jóvenes se expresa en las urnas. Foto: Consulado General de Bolivia en Buenos Aires

ESPACIOS. La bolivianidad de estos jóvenes se expresa en las fiestas patronales.Foto: Consulado General de Bolivia en Buenos Aires

Foto: Consulado General de Bolivia en Buenos Aires

Desde la década de los años 1970 se celebra la festividad en honor de la Virgen de Copacabana en Charrúa, Bajo Flores, donde fraternidades de bolivianos y sus descendientes argentinos bailan en agradecimiento a la Virgen por los deseos cumplidos. Esta dinámica es igual que las grandes manifestaciones culturales como el Carnaval de Oruro y la Fiesta del Gran Poder en La Paz.

En 2009 se realizó por primera vez esta festividad en el centro porteño. Desde entonces y hasta 2019, la Entrada Folklórica Integración de Bolivia en Argentina, que se celebra a mediados de octubre, toma las avenidas 9 de Julio, Belgrano y Diagonal Norte hasta la Plaza de Mayo.

“Para ellos la danza es un espacio de encuentro en el que buscan conocer más sobre sus raíces, donde interactúan con otros jóvenes, allí donde forman lazos identitarios, y también donde pueden ejercer un modo de contestación a los estereotipos que pesan por sobre ellos. En una lucha por la argentinidad, danzan. Visibilizan parte de su cultura. Esperan respeto”, explica la doctora en Antropología e investigadora Natalia Gavazzo.

Estos jóvenes argentinos-bolivianos, que acompañaron a sus padres en los complicados episodios de la migración, navegan entre dos culturas y no quieren desprenderse de ninguna. Y observan que persisten importantes desafíos en la promoción efectiva de los derechos humanos y la lucha contra la discriminación y xenofobia, aunque reconocen que hay avances.

“Nunca lo conté, pero tres veces me escupieron en la calle. Uno no entiende, es fuerte. O en las escuelas los hijos de bolivianos éramos muy discriminados. Te estigmatizan con ser sucio o no ser muy inteligente para hacer otras cosas aun teniendo buenos promedios. Ahora no se siente como antes”, asegura Carla Olori, nacida en Buenos Aires con ascendencia boliviana.

En la Argentina el número de denuncias por discriminación y xenofobia contra migrantes, en su mayoría de países latinoamericanos, cayó del puesto tres registrado en 2008 al puesto seis en 2019 por detrás de los casos contra personas con discapacidad o la comunidad LGBTIQ. La ciudad de Buenos Aires mantiene el mayor número de denuncias, seguida de la provincia de Buenos Aires. Pero estos delitos atraviesan fronteras a pesar de los esfuerzos para frenarlos.

“Hice el cuartel en Bolivia y allá me decían ‘gaucho’ por el acento argentino, pero yo soy boliviano de nacimiento. Sufrí también discriminación allá, me decían ‘Qué te hacés el argentino’. Pero mis modismos no los hacía a propósito, estoy acá desde chico y me sale natural. Acá también me discriminaban en el colegio por el modo de hablar, por esta mezcla de tonadas y por el color de piel. Me decían ‘bolita’”, relata Carlos.  

El sentimiento es compartido por Dayana Mamani, universitaria de 23 años e hincha de Boca Juniors. La estudiante de Derecho llegó cuando tenía seis años y solo tiene algunos recuerdos difusos de su vida en Bolivia. “Acá era discriminada en la escuela por mi apellido y deseaba volver a Bolivia, pero cada vez que voy y camino por mi tierra, por mis montañas, también me siento discriminada por mi acento, me dicen ‘esa gaucha’. Qué difícil es tener doble patria”, expone.

Este problema no afectó a los bolivianos que migraron siendo adultos. “Yo soy una boliviana viviendo en Argentina, pero un día uno de mis hijos me preguntó: ‘Mamá, ¿de dónde soy? No soy de acá, pero tampoco soy de allá’. Ellos nacieron en la Argentina, pero son considerados bolivianos y cuando llegan allá les dicen ‘los gauchos’. Es algo que me deja pensando”, afirma María Blanco, madre de tres hijos.

A pesar de la dificultad que enfrentan los bolivianos-argentinos, demuestran que son una generación diferente; que mantiene lazos con los dos países como una respuesta ante un futuro más incierto y reclama la protección y el cumplimiento de sus derechos humanos en igualdad de condiciones, y piden que su aporte económico y cultural en la sociedad no sea negado.

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Diógenes nunca sufrió del llamado mal de Diógenes

Diógenes decía a seguidores y detractores “el movimiento se demuestra andando”

Por Dr. Aníbal Romero Sandoval.

/ 18 de julio de 2021 / 18:29

ESCAPES

Diógenes fue un filósofo griego, discípulo destacado de Antístenes, que fundó la escuela Cínica. Nació en Sinope en el 404 a. C. Se destaca por su desapego a los bienes materiales, de tal forma que solo vestía una capa y portaba un plato en el que se alimentaba, hasta que vio a un niño tomar agua de sus manos, por lo que también se deshizo de su plato. Difundía la idea de que la felicidad se lograba mediante la satisfacción exclusiva de las necesidades naturales en el modo más sencillo y práctico, de ahí la esencia de su estilo de vida ascético.

Platón lo llamaba Sócrates Delirante, alguna vez mientras tomaba el sol Alejandro Magno se paró delante de él y le dijo: “Yo soy Alejandro”, a lo que el filósofo le contestó: “Y yo soy Diógenes”. El conquistador le preguntó “¿Puedo hacer algo por ti?”

“Podrías levantarte de ahí, me quitas el sol”. Alejandro Magno quedó tan impactado que se dijo: “Si no fuera Alejandro sería Diógenes”.

El síndrome mal llamado de Diógenes se presenta en personas de edad avanzada que se aíslan de forma voluntaria además de presentar autoabandono: no cuidan su higiene, alimentación ni salud, se caracteriza por acumular grandes cantidades de basura en forma compulsiva. El problema afecta a la comunidad por los olores que despide, producto de la acumulación de basura, detritus y excrementos, el tratamiento pasa por ayuda en salud mental. Implica un trastorno obsesivo compulsivo. Se cree que la génesis de la enfermedad es la depresión.

Diógenes decía a seguidores y detractores “el movimiento se demuestra andando”.

(*) Dr. Aníbal Romero Sandoval. En esta sección se abordan patologías relacionadas con personajes de la historia

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