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La casa de los prisioneros paraguayos en Quime

Durante la Guerra del Chaco (1932-1935), esta población paceña recibió a los presos en la blanca casa de Teodomiro Urquiola

Por Claudia Fernández

/ 10 de enero de 2022 / 10:17

Cayeron en poder del enemigo; 18.000 bolivianos prisioneros en Paraguay, 2.500 paraguayos en Bolivia. Un grupo de “pilas” —como eran llamados los paraguayos durante la Guerra del Chaco (1932-1935)— llegó hasta una casa blanca de estilo republicano de dos plantas con puertas y ventanas azules, terrazas y patio interior. Era la casa de Teodomiro Urquiola, diputado en dos períodos (1931-1936), quien ofreció ese espacio al Ministerio de Guerra para confinar a los prisioneros.

Los nuevos huéspedes estaban en Quime, provincia Inquisivi, en La Paz. En un valle interandino con una temperatura media de 18 grados; en medio de montañas, con vertientes cristalinas y eucaliptos, muy cerca de la mina Caracoles y a 232 kilómetros de la ciudad capital paceña.

Habían caído durante la batalla de Kilómetro 7 (que se extendió hasta febrero de 1932) y habían sido trasladados en camiones. En el pueblo se habla que durante esa época llegaron más de 100 prisioneros, luego de los enfrentamientos que levantaron la moral de las fuerzas bolivianas. Otros prisioneros cayeron después, y fueron a los Yungas, a la ciudad de Cochabamba, a Capinota y Tarata.  

La mayoría de los prisioneros paraguayos fueron capturados durante la batalla de Cañada Strongest en mayo de 1934. “Cerca de 1.500 militares paraguayos, entre oficiales, suboficiales y soldados (la tropa), cayeron, y resaltó la cantidad elevada de oficiales, 67 en total”, explicó Oscar Córdova Ortega durante la conferencia Reminiscencias de la Guerra del Chaco.

A metros de la plaza principal de Quime, donde destaca la réplica del reloj londinense Big Ben en la torre de la parroquia Santiago, está la plazuela Urquiola, rodeada de casas de estilo republicano de las familias fundadoras del pueblo (Urquiola, Sarmiento, Garfias y Buezo, entre otras). En 1860, en este lugar fue construida la casa que alojó a los prisioneros paraguayos. Hoy las ventanas están rotas, las paredes desgastadas por los años, hay muros por caer, algún grafiti y se siente el olor a sangre.

El espacio actualmente es utilizado por los matarifes para faenar, hasta que las autoridades de la Alcaldía de Quime, junto con los pobladores, decidan si refaccionarán la vivienda para fines turísticos o si el inmueble será demolido para la ampliación de la plazuela Urquiola.

POBLACIÓN. La réplica del Big Ben, al fondo, destaca en la plaza de Quime.

Durante 1933, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) visitó a los prisioneros en Bolivia y Paraguay. “Al llegar a Bolivia, el 1 de julio, los delegados del CICR se reunieron con representantes del Gobierno y del Estado Mayor del Ejército, así como con colaboradores de la Cruz Roja boliviana. Con estos interlocutores, establecieron un itinerario. En 22 días visitaron a 137 detenidos paraguayos en 6.000 kilómetros de recorrido”, describe el informe del CICR. Esto, a pesar de que ni Bolivia ni Paraguay eran partes en el Convenio de Ginebra de 1929 sobre el trato debido a los prisioneros de guerra.

“Al finalizar la misión, los delegados proponen a los dos gobiernos ciertas mejoras de las condiciones de detención de los prisioneros de guerra, que, en general, se llevan a cabo. Asimismo, proponen la repatriación de los heridos y los enfermos. Se acepta esta propuesta y, el 23 de julio de 1933, el Gobierno paraguayo organiza la repatriación de 26 prisioneros de guerra bolivianos. Y el 22 de agosto, las autoridades bolivianas efectuaron la repatriación de 14 enfermos o heridos paraguayos”, detalla el documento, aunque su trabajo no iba a terminar ese momento.

Durante 1934, el conflicto entre Bolivia y Paraguay se acentuó y el número de prisioneros de guerra aumentó. El CICR decidió enviar una nueva misión para verificar la situación en la que se encontraban. En Quime, los prisioneros paraguayos trabajaron en la construcción de la carretera Quime-Inquisivi —vía que conecta al municipio con los Yungas hacia la izquierda y con Cochabamba hacia la derecha — , abrieron los túneles que van hacia la mina Caracoles y se dedicaron a la cosecha de maíz para enviar a los soldados bolivianos que estaban en el campo de batalla.

Los otros prisioneros paraguayos construyeron kilómetros de la carretera La Paz Coroico —conocida como la “Carretera de la Muerte”—, trabajaron en los cimientos del estadio Félix Capriles en Cochabamba y en la expansión de la laguna Alalay como reservorio de agua.

En la nueva misión de la Cruz Roja se firmó un acuerdo con los dos gobiernos para la repatriación de los prisioneros heridos y enfermos. La operación se realizó en mayo de 1935, y 135 bolivianos y 22 paraguayos retornaron a sus hogares.

CONSTRUCCIÓN. La casa de dos plantas y puertas y ventanas de azul añil albergó a prisioneros.

El cautiverio terminó.

Tras la aprobación del protocolo de armisticio del 12 de junio de 1935, “los beligerantes procederán a la repatriación general de los prisioneros de guerra, sin que se necesite la intervención del CICR”, así establecía el acuerdo. Los prisioneros retornaron a su tierra y quedó como testimonio la casa blanca en el centro de Quime, en una de las calles donde cada domingo se instala la feria del pueblo, ese lugar que posteriormente fue declarado como “patrimonio histórico” por ordenanza municipal en 2009.

“El señor Teodomiro Urquiola falleció a los 59 años en 1952; pocos años antes había sido nombrado ‘Hijo Predilecto de la Provincia Inquisivi’”, describieron los quimeños Rubén Urquiola Sarmiento y Daniel Urquiola Selaez.

ACUERDO. Autoridades locales con el delegado de la Cruz Roja, M.E. Galland (derecha).

Pasaron 86 años del cese de hostilidades de la Guerra del Chaco, y en Quime recuerdan a los bolivianos que fueron a la batalla, como también a los prisioneros paraguayos que llegaron, las historias que contaban los abuelos del “buen trato que recibieron los paraguayos siendo prisioneros de guerra”. Aunque en la memoria de los pobladores no está presente si los paraguayos tuvieron familia en Bolivia, solo recuerdan que el esposo de Lidia Gueiler era “un prisionero paraguayo que no vivía en la casa de Quime”.

“La casa de los prisioneros actualmente pertenece a la Alcaldía de Quime y es una referencia nacional por su valor arquitectónico y tiene valor histórico por ser el albergue de los paraguayos”, aseguró Marleny Mamani, directora de Turismo y Cultura de la Alcaldía.

El municipio, además de historia, ofrece opciones turísticas. “Por los pisos ecológicos que se tienen, hay diversidad de actividades para hacer. Están las aguas termales, la ruta del Eucalipto, que no solo es turismo, sino también es un tema de salud, se puede conocer la procesadora de aceite de eucalipto por sus propiedades. También está la ruta del Oso Jucumari, el recorrido por la mina Caracoles, se puede hacer senderismo y visitar las lagunas”, mencionó Mamani. Y cada 25 de julio se realiza la festividad en honor al Apóstol Santiago.

FOTOS: ARCHIVO CICR Y CLAUDIA FERNÁNDEZ

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Rodolfo Renato Vázquez, el coleccionista de Los Beatles

En Buenos Aires, Argentina, está el Museo Beatle, espacio con más de 11.000 artículos relacionados con los cuatro de Liverpool

Por Claudia Fernández

/ 16 de enero de 2022 / 20:25

En la parte superior izquierda — con una tipografía creada por Charles Front— se lee: “Rubber Soul”. El disco guarda The Long and Winding Road (El camino largo y sinuoso), la balada preferida de Rodolfo Renato Vázquez (64), dueño de la colección más grande del mundo — que ha sido dos veces avalada por los Guinness World Records— de artículos de Los Beatles.

“Siempre me emociona esa canción, y cuando la escucho, sea la versión que fuera, me pasa lo mismo. Me transmite algo”, dice a ESCAPE, Vázquez desde Argentina.

Autógrafos originales de John Lennon, cheques firmados por Paul McCartney, fotos con Ringo Starr, cartas de la hermana de George Harrison y la discografía de la banda son algunos tesoros de su colección, que llega a más de 11.000 artículos.

Las colecciones nunca terminan. A diferencia de sus inicios —cuando Rodolfo era un niño de 10 años— hoy es más exigente con los productos que busca por cada rincón que recorre. Su ímpetu de coleccionista no decae, por tanto su colección no muere.

“Cuando se separaron Los Beatles el sueño no había terminado, siempre había la esperanza de que se volverían a juntar, pero con la muerte de John Lennon se acabó esa esperanza”, comparte Vázquez. En ese momento de tragedia decidió convertirse en un coleccionista de la banda con la mirada en guardar un capital cultural para las generaciones futuras.

FIRMAS. Entre las joyas del museo están las firmas de John Lennon (izquierda) y Ringo Starr (derecha).

Bienvenidos a The Cavern

Cada 16 de enero, la beatlemanía —o al menos un grupo de estos fanáticos— recuerda el Día Internacional The Beatles, en honor a la inauguración del club de jazz The Cavern, aquel escenario escondido en el sótano de un edificio en el centro de Liverpool, Inglaterra; un espacio utilizado por las nuevas bandas. En ese club la banda inglesa estrenó su música.

Otro grupo de seguidores reivindica el 10 de julio (fecha cuando Los Beatles retornaron de una exitosa gira estadounidense en 1964)  para homenajear al fenómeno musical que vendió solo con su décimo disco The White Album (1968) 24 millones de copias. Y hay otro grupo que celebra todas las fechas; porque siempre es lindo recordar a Los Beatles.

No es necesario cruzar el océano para sentirse cerca de la banda. La única filial del Cavern Club de Liverpool se encuentra en la avenida Corrientes, Buenos Aires, Argentina, y en ese lugar se encuentra el Museo Beatle —uno de los dos museos en el mundo dedicados a Los Beatles—. El otro museo está en Inglaterra, The Beatles Story, un museo en Liverpool ubicado en Royal Albert Dock .

Más de 2.000 artículos de la colección de Rodolfo se encuentran en exhibición en el repositorio que se inauguró en enero de 2011 y que coincidió con la llegada del ex Beatle Ringo Starr a Argentina.

“La colección incluye revistas, libros, periódicos, partituras, carteles, autógrafos, fotografías, videos, discos, material promocional, pases de escenario, programas, entradas para conciertos e incluso figuras de tamaño natural de los cuatro integrantes de la banda”, describe con entusiasmo Rodolfo.

Uno puede disfrutar de las nuevas versiones musicales que dejaron Los Beatles en el Club de la Caverna; recorrer la azotea de Paul McCartney (un espacio al aire libre para comer), conocer la sala George Harrison o la sala John Lennon. Y también se puede recrear la portada del disco Abbey Road, publicado en 1969, y que continúa entre los 200 discos más vendidos de la historia, según la lista de los Billboards 2021.

“Un día estaba en mi casa y me avisaron del Museo Beatle que estaban los músicos y el mánager de Ringo Starr, y claro que fui volando a verlos. Ahí me invitaron a ir a los camarines porque Ringo quería conocer al loco que tenía un museo de la banda. Sabía del museo por una nota que salió en un periódico estadounidense. Fue maravilloso verlo”, recuerda Vázquez sobre el encuentro que tuvo con el mítico exbaterista del grupo inglés en el Luna Park.

La locura que siente por su banda lo llevó a escribir libros sobre The Beatles. “Estoy armando una colección; el primer libro es sobre la bibliografía, desde su primera publicación hasta el año 2012. Luego está la segunda parte de ese tomo. Tengo otro libro sobre la cinematografía de la banda y el último que saqué, Diamantes en el paraíso, es sobre un encuentro entre Lennon y Harrison en el cielo, y a través de anécdotas van relatando la historia de Los Beatles”.

La gran magnitud e importancia de esta colección han sido reconocidas por los récord Guinness.

El Museo Beatle es visitado por turistas de varias nacionalidades, fanáticos y estudiantes que escucharon muy poco de la banda; ahí aprenden la historia de Los Beatles, cantan y practican los acordes, dibujan, juegan y realizan manualidades sobre la banda de rock más importante de la historia de la música contemporánea. “Los chicos salen enamorados de la banda, y conocen también cómo era en la década de los 60, cómo eran los discos de vinilo”.

A 58 años de multitudes descontroladas que perseguían a Los Beatles, de aquellas locuras que cometían los fanáticos para ver de cerca a la banda y no han sido superadas por ningún otro fenómeno musical, la beatlemanía continúa, a su estilo, con seguidores de todas las edades, con estrenos de documentales en plataformas de streaming y millones de  descargas en Spotify. 

“La música que han hecho Los Beatles es maravillosa, su magia, su poesía, sus canciones, y hoy en día continúan transmitiendo esa magia”, finaliza Vázquez, el coleccionista de Los Beatles.

FOTOS: MUSEO BEATLE

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Pasamontañas; la identidad de los ‘lustras’ paceños y alteños

Cerca de 3.000 personas se dedican a lustrar calzados en La Paz y El Alto. El pasamontañas protege sus identidades y los destaca como una comunidad

/ 2 de enero de 2022 / 17:41

“Las botas solo a tres bolivianos, a tres, a tres”, corea un hombre con pasamontañas, chaleco y una caja para lustrar calzados en la plaza Murillo, tiene que aprovechar que el cielo empieza a despejarse, con el clima “loco” paceño no sabe cuándo volverá a llover y tiene que asegurar el ingreso del día. Una mujer, luego de unos minutos de escucharlo y mirar sus zapatos, aprovecha la oferta.

“En época de lluvias no hay ingresos y peor cuando son vacaciones y pandemia”, dice Esther Valero, paceña y lustracalzados. “Cuando empieza a llover saco de mi mochila ponchillos para vender, o ayudo a cargar bolsas de mercado. Uno tiene que hacer varias cosas”.

Valero es una de las —aproximadamente— 3.000 personas que tiene como oficio lustrar calzados en La Paz y El Alto, y, a diferencia de otros “lustras”, ella prefiere mostrar el rostro mientras trabaja en la calle Figueroa, en la zona Norte paceña. A sus 48 años, el estigma social que aún pesa sobre la colectividad antes llamada lustrabotas no le afecta. Valero tiene una postura muy clara ante las críticas; “es un trabajo como cualquier otro”.

Aunque el uso del pasamontañas va más allá de proteger la identidad individual en una actividad devaluada y discriminada, o de protegerse del frío, viento y polvo, este anonimato derivó en una característica de la colectividad, un símbolo de los lustracalzados paceños y alteños que les permite distinguirse como grupo social.

“El uniforme de mi asociación es un pasamontañas azul, yo lo utilizo como gorra, y a veces me pongo para explicarles a los turistas sobre su uso”, explica Valero.

La pandemia les obligó a ampliar sus búsquedas laborales a otros sectores como albañilería, construcción, limpieza, pintura, venta de artículos, y otros ingresaron al gremio de los cargadores. “Teníamos que buscarnos la vida”, expone Esther.

Son pocas las mujeres que se dedican a lustrar calzados, esta doble condición trae el doble de prejuicios y dificultades. “Cuando empecé era un mundo de varones, y mi esposo me pedía que vaya a trabajar con alguna de mis hijas, me costó hacerle entender que era solo trabajo. Mis hijas crecieron en guardería, yo no tenía a mi mamá para que las cuide, era complicado”, menciona Esther, madre de cuatro hijas (una de ellas profesional y las otras estudiantes), y miembro de la Asociación Alpaflor, agrupación que reunía a los “lustras” que ocupaban el antiguo pasaje de las Flores en el centro paceño.

Los lustracalzados  —como sucede en otros oficios— no tienen seguro social, aguinaldo, ni jubilación, aunque Esther destaca que ser dueña de sus horarios le permitió “salir del trabajo cuando necesitaba” para llevar a sus hijas al médico o participar en algún evento importante.

“Mi padre vendía crema de calzados y yo le ayudaba a vender en la Pérez Velasco. Tenía 24 años, y en esa época (1997) ahí estaba la asociación más grande de ‘lustras’, eran como 200, y se llamaba Alperez —actualmente Alpaz—. Ellos se reunían para hacer sus estatutos, sus reglamentos, y mientras se reunían me pedían que me quede en la plaza San Francisco para trabajar; me prestaron un chaleco y una caja. Ahí aprendí a lustrar con caja ajena”.

Esther tiene dos cajas con betún negro y otro café, diversos cepillos para limpiar el polvo de los zapatos y trapos para sacar brillo, y pertenece al Hormigón Armado, una organización multisectorial que reúne a lustracalzados en diferentes actividades, como la venta del periódico bimensual El Hormigón, y ofrece capacitaciones en temas de salud, violencia, trata y tráfico.

“También soy guía de un Tours Popular para turistas; los llevó por el cementerio, visitamos el mercado de las Flores, mercado del Pescado, recorremos conociendo todo hasta la Max Paredes, eso cuando me llaman”, menciona Esther. Según la organización Hormigón Armado, el tour dura 3,5 horas de recorrido a pie y cuesta 80 bolivianos por persona, y el 90% del costo va al guía/lustrabota con reserva previa al contacto 71591042.

ESTHER VALERO ES UNA DE LAS POCAS MUJERES EN LA PAZ QUE TRABAJA DANDO BRILLO A LOS CALZADOS

Los héroes del brillo, como fueron fotografiados por el uruguayo Federico Estol, se mueven por diferentes zonas. En San Miguel, en la zona Sur de La Paz, trabaja Edwin, de 24 años. “En esta zona, por la pandemia y época de lluvias, las personas se ponen zapatos de goma o zapatillas deportivas, así que no hay mucho trabajo. Tenemos que buscar opciones. Yo vendo El Hormigón a 10 bolivianos o un disco de hip hop que grabamos con los compañeros a 20 bolivianos, y donde cantamos sobre nuestras experiencias”. Uno de sus representantes musicales es el Lustra MC, lustracalzados y compositor que escribe sobre la lucha contra la violencia hacia la mujer y la vida cotidiana del colectivo.

Edwin, nombre convencional para no ser identificado, usa pasamontañas  desde que cumplió siete años. La apretada economía de la familia lo llevó a dedicarse al oficio. “Por día se necesitan 30 bolivianos para comer, para pasajes”. El joven divide su tiempo entre el trabajo y el estudio en la universidad. “Algunos compañeros se portan mal y por ellos todos pagamos, por eso uso pasamontañas para no ser identificado y también por tradición porque somos los únicos en el mundo que nos cubrimos”.

Los investigadores Antonella Scarnecchia y Robin Cavagnoud, autores de Los chicos lustracalzados de La Paz: el uso del pasamontañas como forma de máscara y símbolo de identidad, Bulletin de l’Institut français d’études andines (2013), concluyeron que “la máscara usada por los niños y adolescentes, a través del pasamontañas, en el marco de su actividad económica, es un objeto que los encubre en un anonimato colectivo. Por lo tanto, lleva una dimensión doblemente protectora: preserva la propia individualidad y, al mismo tiempo, crea una colectividad”.

Esta colectividad, los lustracalzados del Hormigón Armado, amplía sus ingresos expandiendo sus oficios e inicia el 2022 vendiendo un calendario a 30 bolivianos. “Está bueno, y cualquier compañero tiene ejemplares para vender. Anímense”, dice Edwin.

El cielo empieza nuevamente a nublarse.  Edwin quiere aprovechar estos minutos en que no caen las gotas para sacar brillo a la mayor cantidad de zapatos y, antes de irse, desea un buen año para todos.

FOTOS: ARCHIVO HORMIGÓN ARMADO Y FEDERICO ESTOL

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Eusebio Choque, el artista emblemático ‘de las espaldas’

El artista paceño ha encontrado una veta de expresión para su trabajo pintando los diversos textiles andinos

/ 27 de diciembre de 2021 / 08:52

Desde que empezó a pintar tuvo un objetivo: “Que primero conozcan las obras y luego al artista”, y eso sucedió. Cada vez que solicita un espacio para exponer sus cuadros, lo identifican rápidamente. “Es usted el de las espaldas”, le dicen refiriéndose a las pinturas de fondo oscuro y tejidos andinos de colores llamativos en personas sin rostros que se convirtieron en su característica, en su ajayu artístico que lo llevó, por ejemplo a inicios de diciembre, al Museo de Arte Internacional Sunshine en BeijingChina, donde expuso junto a Rina Mamani y Leo Calisaya, o muestras por Nueva York y Ecuador. Eusebio Choque Quispe es el artista que tiene una “mirada a lo nuestro”, el hombre “de las espaldas”, y quien encontró un impulso pandémico en los barbijos pintados a mano.

Los viajes para Eusebio (La Paz, 1962) comenzaron antes de convertirse en uno de los artistas bolivianos emblemáticos del arte contemporáneo. “Con mi papá siempre viajamos en camión a las provincias, íbamos a vender zapatos nuevos. Mi papá era zapatero y su mercado era en el área rural, y lo acompañaba porque yo era el hermano mayor o tal vez el preferido”, recuerda Choque.

Esos viajes por trabajo con papá habían trazado la línea artística más importante de Choque, aunque la descubriría varios años después. “Yo no necesito penetrar en el área rural, yo pertenezco al área rural, puedo saborear su riqueza. Y en esos viajes vi a mi gente y así nació la idea de poder retratarlos, pero lo que más me llamaba la atención eran sus vestimentas, sus tejidos. Con eso busqué un horizonte”.

Antes de llegar a la pintura, Eusebio Choque, cerca de cumplir 60 años, pensó en ser camionero, luego —y gracias a su habilidad con las matemáticas— ingresó a la Facultad de Ingeniería. Mientras estudiaba en la universidad, la crisis económica de 1982 obligó a su familia, compuesta por siete hermanos, padre zapatero y madre fabril, a separarse. “La hiperinflación de la UDP nos carcomió, nos marcó como familia y tuvimos que dispersarnos para de alguna forma sobrevivir”.

En esa búsqueda por la vida, llegó a una iglesia salesiana que ofrecía cursos gratuitos de sastrería, contabilidad, y donde escuchó la frase de una monja que cambió su rumbo. “Dibujas bien, lo que tienes dentro tuyo es arte. Eso deberías estudiar”.

Algunas de las piezas pictóricas 

Foto: Claudia Fernández

Foto: Claudia Fernández

Foto: Claudia Fernández

Foto: Claudia Fernández

Fue así que Choque, motivado, ingresó a la Academia de Bellas Artes en la ciudad de La Paz en 1984. “En las mañanas dictaba clases de matemáticas a los niños que iban a la iglesia y que no podían ir a la escuela, o para aquellos que necesitaban cursos de apoyo. Me pagaban por dictar clases, entonces me dio la opción de estudiar en la tarde y con el dinero me pagaba mis estudios”.

Cuando termina la especialidad en Escultura y el curso de Pintura Mural con el maestro Ponciano Cárdenas, enfrenta otra nueva y complicada etapa, que sus obras sean conocidas. “En la galerías no me daban espacio porque recién estaba empezando y por mi temática. Cuando me gradué de la Academia las monjitas me despidieron, me dijeron ‘ya tienes un arma, ahora dedícate a lo que has estudiado’, y comencé realizando murales en las iglesias sobre María Auxiliadora, Don Bosco; en fin, realizaba diferentes cuadros”.

Eusebio pasaba horas en su taller pintando bodegones con contrastes entre sombras y colores, trazó figuras hasta encontrarse con la “supremacía de su obra, los tejidos”, como Choque describe a su estilo. Esos tejidos que en el mundo andino son un lenguaje que distingue regiones, épocas, imaginarios, símbolos.

Toda esa fuerza busca reflejar en cada lienzo y artículo que vende en la galería Sumaya en la calle Linares, en La Paz. “Busqué distintos materiales para trabajar; el óleo me parecía muy pesado, tenía que sobreponer el color y la sombra, y se me ensuciaba. Luego trabaje con lápices de color, con bolígrafos, y preguntando llegue a los pasteles”, dice Choque. 

“Cuando hice la primera exposición de tejidos; de las 40 obras, 30 fueron vendidas y eso me motivó más. Entonces empecé a viajar más a Potosí, Cochabamba y Oruro para reencontrarme con la riqueza de los tejidos”.

En 2020, Eusebio descubrió junto a sus cómplices: sus cuatro hijos y Rosario Callisaya, su esposa y encargada de la tienda, un nuevo impulso para continuar en la pandemia, empezaron a diseñar y pintar barbijos. “Son pequeñas obras de arte que se llevan en el rostro y que enviamos a Europa para que se conozca la temática andina”.

Los barbijos pintados a mano mantienen la esencia de Choque y los detalles en la variedad de tejidos y sombreros que hay en Bolivia, desde chullus coloridos hasta borsalinos, pasando por las polleras y chaquetas.

“El horizonte está abierto, no sé si es por el constante trabajo que realicé, pero siento que fui un aporte a la sociedad para desempolvar nuestra cultura”, finaliza Choque.

FOTOS: CLAUDIA FERNÁNDEZ

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La locomotora Illimani, un viaje hasta Guaqui

Guaqui resguarda una parte de la historia de Bolivia en el Museo de las Locomotoras y de las Culturas del Lago

/ 20 de diciembre de 2021 / 14:49

Las locomotoras —además de ser protagonistas de la modernidad en el siglo XIX y principios del XX— inspiraron a varios artistas. Claude Monet pintó 12 lienzos de la Estación de Saint-Lazare en Francia, su serie ferroviaria más conocida en el mundo, o J.M.W Turner que dejó la obra titulada Lluvia, vapor y velocidad. El gran ferrocarril del oeste. Y no fueron solo pinturas, estas máquinas de combustión a vapor o carbón despertaron la creatividad de cineastas, productores de televisión, aun cuando las primeras máquinas dejaron de operar.

Verlas es recordar, imaginar a nuestros padres o abuelos sentados en los antiguos vagones, y la sensación es más cercana cuando los ferrocarriles que se observan son aquellos que viajaban de Guaqui a La Paz, como la Illimani, la máquina de color negro Nº 6. Esa locomotora que está en el actual Museo de las Culturas del Lago y que tal vez fue utilizada por algún familiar.

“Esa llevaba pasajeros desde la ciudad de El Alto hasta el puerto de Guaqui, y se conectaba con los barcos que viajaban a Perú por el lago Titicaca. La máquina Nº 6 es del año 1919 y pesa 70 toneladas”, comenta Lucio Vargas, responsable de la sala 4, dedicada exclusivamente a las locomotoras en Guaqui, municipio paceño a orillas del lago Titicaca, a 96 kilómetros de la ciudad de La Paz. Este espacio reabrió sus puertas luego de estar cerrado un año por la pandemia, y nos remonta a ese imaginario social de modernidad que llegaba montado sobre rieles.

“Atrás está la máquina más grande, la Santa Fe. Es del año 1942 y pesa 180 toneladas. Es una locomotora muy linda, yo la he manejado. También está la locomotora No. 5, es la Hualaycha”, dice Vargas. El ferrocarril Guaqui-La Paz inició sus operaciones a principios de 1903, y fue creado como parte de una política de acercamiento hacia Perú, específicamente al puerto de Mollendo. La línea tenía una distancia de 97 kilómetros.

Los ferrocarriles fueron fundamentales para exportar minerales en grandes cantidades, pero también sirvieron para importar maquinarias, alimentos y combustibles, entre otros insumos. Conectaron a Bolivia con el Pacífico, y luego con el Atlántico, y se establecieron como la primera red de transporte masivo de pasajeros.

Lucio Vargas comenzó a trabajar en el ferrocarril La Paz-Guaqui cuando cumplió 18 años. “Era 1968 cuando ingresé a la empresa, fui contratado por la Peruvian Corporation. Al inicio me encargaba de la limpieza de la máquina y, trabajando mucho, llegué a la jefatura. Conozco todo sobre estas máquinas que no descansaron por años, solo hacíamos cambio de personal; maquinista y fogoneros”. 

En el gobierno del general José Manuel Pando se organizó la tercera compañía de ferrocarriles bolivianos con el Ferrocarril Guaqui-La Paz, ligado al Ferrocarril del sur de Perú y al puerto de Mollendo.

MEMORIA. Diversos espacios del Museo 

“Todo lo que ve es material inglés”, exclama Vargas. El ferrocarril Guaqui-La Paz nació como propiedad del Estado boliviano y fue adjudicado para su administración a Peruvian Corporation, una empresa con capital británico. Según el informe del Director General de Obras Públicas del año 1906, los ingresos de las líneas del ferrocarril debían ser de 60% para Peruvian Corporation y 40% para el Estado. Luego de algunos años, la empresa extranjera se consolidó como la única dueña de la línea.

“La Peruvian Corporation trajo estas locomotoras, tranvías, equipos y las máquinas amarillas que están en la Estación Central del Teleférico como recuerdo”, menciona Vargas.

El viaje que realizaba el ferrocarril Guaqui-La Paz iniciaba en la estación de Challapampa en dirección a la estación de la ciudad de El Alto y de allí a la población de Viacha, luego se dirigía al Puerto Mayor de Guaqui, pasando por la estación de la población de Tiwanaku.

El Puerto Mayor de Guaqui era un punto estratégico por la facilidad que los pasajeros y la carga tenían para trasladarse en barcos y cruzar el lago Titicaca hasta Puno, en Perú, donde tomaban trenes del ferrocarril del sur de Perú para Arequipa y Mollendo, en la costa del Pacífico.

El Museo de las Locomotoras está ubicado en la antigua maestranza, a metros del Puerto Mayor de Guaqui. En el lugar se pueden apreciar los equipos que se utilizaban para la revisión y el rectificado de las ruedas de los ferrocarriles. Desde la orilla del lago Titicaca se ve el galpón que protege las máquinas.

Según algunos autores, Peruvian Corporation registraba más gastos que ganancias, lo que apuntaba a una mala administración que la llevó a la quiebra, con el cierre de la línea del ferrocarril Guaqui-La Paz y el traspaso a otra empresa. “En 1974, Peruvian Corporation pasó la línea del ferrocarril y a todo el personal a la Empresa Nacional de Ferrocarriles del Estado (ENFE)”, menciona Vargas.

Los rieles guían al Museo de las Locomotoras, donde también descansan partes del Sajama, la locomotora Nº 8 y la Huayna Potosí. Algunas de las máquinas se encuentran restauradas.

“En 1995 paró todo, dejó de funcionar el ferrocarril y era triste ver cómo los compañeros se quedaban sin trabajo”, recuerda Vargas. El proceso de capitalización había dejado al departamento de La Paz sin el servicio de ferrocarril.

Las locomotoras son protagonistas del recorrido turístico que se puede realizar por el municipio de Guaqui, y forman parte del Museo de las Culturas del Lago que tiene, incluida la sala de máquinas, cuatro espacios amplios de exhibición. Se trata de un museo que sorprende al visitante, quien no imagina que dentro de los antiguos galpones —que eran utilizados como la estación del ferrocarril— hay exposiciones muy bien mantenidas.  

En la sala 1 se puede conocer más sobre las distintas culturas que se desarrollaron en torno al Qhapaq Ñan o Sistema vial Andino que vinculaba a las culturas de los Andes, que incluye Viacha, Desaguadero, Tiwanaku y Guaqui.

También se muestra piezas clásicas del periodo formativo —etapa en la que las sociedades locales empiezan a domesticar a los animales y a cultivar— talladas por artesanos, dando detalles sobre cómo vivían y cómo eran sus asentamientos.

“La sala 2 está dedicada a la vida contemporánea y vida cotidiana de la población del lago; en la sala 3 se muestra las fiestas y ceremonias que se desarrollaban y desarrollan en el municipio, y en la sala 4 están las locomotoras”, menciona Edwin Valda, alcalde del municipio de Guaqui.

En la sala 3, dedicada a las ceremonias, hay máscaras de la diablada que datan del año 1800 y caretas de kusillos.

“Guaqui tiene un gran potencial turístico que estamos reactivando luego de la pandemia. Además del museo, se puede visitar la iglesia Apóstol Santiago, de la época colonial. También está el buque multipropósito de la Fuerza Naval que está al servicio de toda la población y en el cual se puede navegar por el lago Titicaca que tiene una diversidad de flora y fauna”, agrega Valda.

El Museo de las Locomotoras y de las Culturas del Lago está abierto los jueves, sábados, domingos y feriados, y el precio de la entrada es de 10 bolivianos para adultos y 5 bolivianos para estudiantes. Es un lugar extraordinario para recordar el invento que modificó las cadenas de producción, y evocar recuerdos.

FOTOS: FRANCO URQUIDI Y CLAUDIA FERNÁNDEZ

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Los curas villeros

Desde los años 70, un grupo de sacerdotes argentinos, impulsados por la teología de la liberación, trabajan en las villas más pobres

/ 13 de diciembre de 2021 / 11:26

Era la década de 1970 y Argentina atravesaba un periodo conflictivo; movilizaciones populares, la muerte del presidente Juan Domingo Perón, accionar de grupos armados de izquierda y de derecha, el inicio de dictaduras militares, secuestros, ejecuciones. La triple A, o Alianza Anticomunista Argentina —un grupo parapolicial—, era responsable de las muertes de centenas de artistas, intelectuales, políticos de izquierda, estudiantes, historiadores, sindicalistas y sacerdotes, como el padre Carlos Mugica, acribillado minutos después de celebrar la misa en la puerta de la iglesia de San Francisco Solana, Villa Luro, en mayo de 1974.

El padre Mugica, de familia aristocrática y antiperonista, dejó la carrera de abogacía para convertirse en sacerdote. El compromiso pastoral le mostró una realidad que no conocía y de la cual haría su lucha. Se integró al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, una corriente renovadora dentro de la Iglesia Católica a favor de los derechos de los sectores más humildes.

 “Cuando salí a la calle aspiré en el barrio la tristeza. La gente humilde estaba de duelo por la caída de Perón. Y si la gente humilde estaba de duelo, entonces yo estaba en la vereda de enfrente. Cuando volví a mi casa, a mi mundo, que en esos momentos estaba paladeando la victoria, sentí que algo de ese mundo ya se había derrumbado. Pero me gustó”,  comentó el padre Mugica a la revista argentina Cuestionario en 1973.

A finales de la década de 1960, el padre Mugica, junto a otros sacerdotes, fundó el movimiento de los “curas villeros”, que tenía como pilar un profundo compromiso de vida con los barrios populares, no solo de acompañamiento sino de brindar soluciones a los problemas del lugar. Los curas villeros, convencidos de que la realidad supera a la idea, decidieron vivir en las villas, así surge su nombre.

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“En esa época, en América Latina nacía una agrupación de sacerdotes que, siguiendo la teología de la liberación, pensaba y sentía que tenía que estar muy cerca de los pobres haciendo presente el reino de Dios, y una vertiente de esa teología de la liberación fue la teología del pueblo. En Argentina esa teología se encarnó en los primeros curas villeros, que fueron el padre Mugica, el padre Rodolfo Ricciardelli, el padre de Daniel de la Sierra, entre otros”, mencionó a ESCAPE Juan Isasmendi, sacerdote de la exvilla 1.11.14 del Bajo Flores, en la ciudad de Buenos Aires. Isasmendi no siempre usa sotana, entrega comida con jeans y una chompa, y forma parte de la tercera generación de los sacerdotes que se “entregaron” a los barrios más humildes. 

Desde sus inicios, los curas villeros tuvieron intervenciones públicas, denuncias y fuertes discursos, fundamentalmente con temas relacionados con los problemas de las villas, aunque también criticaban posturas oligárquicas y exigían —pedido que continúa— una “Intervención Inteligente del Estado” en los barrios que garantice el derecho a una vida digna.  “La tarea de la Iglesia siempre debe ser la misma, debe seguir fielmente las enseñanzas de Jesucristo que vino a evangelizar a todos los hombres, pero que siempre se movió porque él era pobre; desde los pobres. Por tanto, la misión de la Iglesia debe ser anunciar a todos los hombres que son hijos de Dios, que tienen que luchar por su dignidad de seres humanos. Por lo tanto, deben acompañar al pueblo en la lucha por la liberación nacional e interpelar a los ricos y a los poderosos”, fueron palabras del padre Mugica en una entrevista de televisión. El “más peronista que Perón”, como mencionó María Sucarrat, autora del libro El inocente. Vida, pasión y muerte de Carlos Mugica, había marcado la ruta de nuevas generaciones de curas villeros.

El legado del padre Mugica, a 47 años de su muerte, trascendió. Hoy hay cerca de 50 curas villeros que viven en los barrios populares de la ciudad de Buenos Aires y la provincia del mismo nombre. En estas zonas hay una presencia importante de migrantes: paraguayos, venezolanos y bolivianos, y uno de los principios de los curas villeros es el reconocimiento del valor que tiene la cultura popular de donde provienen los nuevos vecinos y el favorecimiento de la cultura del encuentro y la integración urbana.

“La fe en general y la Virgen son elementos unificadores de los pueblos frente a las diferencias que a veces son históricas”, aseguró Carlos Olivera, sacerdote en la Matanza, provincia de Buenos Aires.  El padre “Charly”, como lo llaman varios vecinos, llegó a la villa en 2002 y bailó morenada con un traje de achachi que residentes bolivianos llevaron desde la ciudad de Oruro, y también impulsó centros para dar respuesta integral a situaciones de vulnerabilidad social y/o consumo de drogas.

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Otro de los barrios donde se concentra una gran cantidad de residentes bolivianos es Bajo Flores, en la ciudad de Buenos Aires. El padre Juan Isasmendi está a cargo de su iglesia. “El pueblo boliviano tiene una cultura muy linda, una religiosidad muy potente. Acá en la parroquia tenemos la capilla de la Virgen de Copacabana”, dijo. “Nuestro trabajo tiene la originalidad de seguir esta espiritualidad de los primeros curas villeros, que justamente es popular. Es decir que la religión va desde la vida del pueblo hacia Dios y de Dios hacia la vida del pueblo, y donde todas las dimensiones de la vida del pueblo son importantes para  la dignidad de las personas”, agregó Isasmendi.

Además de una cultura de integración y la mirada integral del barrio, los curas villeros luchan por desestigmatizar a las villas, que son relacionadas exclusivamente con inseguridad y drogas. Mientras tanto, su compromiso pastoral los lleva a buscar que se logren las tres “T” (Tierra, Techo y Trabajo).

“El movimiento de los curas villeros permite comprender algo del mensaje del papa Francisco”, agregó Olivera. El Papa también trabajó en las villas e impulsó el movimiento desde el arzobispado años antes de ser elegido como el máximo representante de la Iglesia Católica.  Aparte de las coincidencias en el trabajo que se debe realizar en los barrios marginados, existe una amistad entre el Papa y los curas villeros.

Vivir en las villas significó para los sacerdotes no tener una visión recortada de la realidad y permitió identificar las necesidades de los vecinos en diferentes épocas. Actualmente y por la pandemia, los curas villeros reforzaron su trabajo: fortalecieron los comedores populares, dispusieron de ambientes de las iglesias para que sean centros de aislamiento, coordinaron la desinfección de veredas e implementaron asistencia específica a grupos de riesgo como adultos mayores.

El padre Carlos Mugica recibió 14 disparos. Hoy, sus restos descansan en la Villa 31, ciudad de Buenos Aires, y su fuerza está en cada oración de los curas villeros.  “Señor, perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo. Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre”, Mugica.

FOTOS: CURASVILLEROS.ORG Y VATICAN NEWS

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