miércoles 21 abr 2021 | Actualizado a 07:13

Sudamérica: Estamos en la B…

Jorge Barraza, periodista argentino

/ 14 de febrero de 2021 / 22:21

Nos contentaron con el referí. Bayern-Tigres, donde se decidió el Mundial de Clubes, lo dirigió el uruguayo Ostojich. En Rusia 2018 igual, la final Francia-Croacia fue arbitrada por Pitana, argentino. Y ya empezamos a entrever que Wilmar Roldán pitará el último juego en Catar 2022. Cuando te designan el árbitro es porque estás fuera de todo, un premio consuelo. Y desde hace tiempo, los partidos que deciden los títulos grandes se los dan a los sudamericanos. Antes íbamos por la corona, ahora volvemos con un llavero y un pin. Es una primera radiografía de lo que acontece con nuestro fútbol continental, que supo ser el más admirado y ganador del mundo, actualmente ninguna de las dos cosas.

Bayern Munich, como era de prever, ganó el Mundial de Clubes; lo imprevisible es que, en la final, venciera apenas por 1-0 a un equipo mexicano. Y con un gol discutidísimo en el que Lewandowski habilitó a su compañero Pavard tocando el balón con el brazo. Aunque tampoco eran David y Goliath; en Rusia, México derrotó a Alemania y le clavó la primera estaca de la eliminación. No obstante, el Bayern era ultrafavorito. Pero Tigres de Monterrey se le plantó firme, lo esperó con actitud combativa, y al Bayern se le complicó. Ya no es la máquina trituradora que vimos en la última Champions. Ganó su sexto título de la temporada 2019-2020 y sigue siendo una excelente dotación, pero ahora más normal. Les pasa a todos los equipos que basan su éxito en la presión y la intensidad física: en un momento aflojan.

El tema es otro: por quinta vez desde que existe el Mundial de Clubes (2005), el representante sudamericano no llegó a la final: perdió con Tigres. Nunca un representante de Concacaf había eliminado al de Conmebol. Y este por primera vez no logra siquiera el tercer puesto: lo desplazó el Al Alhy egipcio. El triste antirécord es de este Palmeiras obrero campeón de la Libertadores. Si le cambiaran la camiseta nadie, jamás, acertaría que es un equipo brasileño. Podríamos pensar que es de Bulgaria o Moldavia. En sus últimos cuatro partidos internacionales marcó un gol: fue 0-2 con River, 1-0 a Santos, 0-1 versus Tigres y 0-0 ante el Al Ahly, que lo venció por penales. Y ese solitario gol lo consiguió en su único remate al arco en 112 minutos de juego. Seamos honestos: no se esperaban milagros después de la pavorosa final con Santos, tampoco que quedara cuarto entre cuatro.

Otra estadística perturbadora: hará una década que Sudamérica no corona en el Mundial de Clubes. Cuando este torneo se decidía mediante la Copa Intercontinental -un enfrentamiento directo entre Europa y Sudamérica- en 43 ediciones se registraron 22 conquistas de nuestros clubes contra 21 de aquellos; desde que pasó a ser Mundial de Clubes van 13 coronaciones europeas frente a 3 sudamericanas.

El fútbol criollo sigue acumulando indicadores inquietantes, en todos los campos. En 2022 se cumplirán veinte años sin un título en el Mundial de selecciones. Y en 2018 no se llegó ni a semifinales. Peor que eso: no pescamos ni el goleador (Kane), ni el mejor jugador (Modric), ni el joven revelación (Mbappé), ni el arquero estrella (Courtois). ¡Ni el premio Fair Play…!

Tal vez lo más preocupante de todo, porque el área juvenil representa el futuro: en los primeros 18 campeonatos mundiales Sub-20, Sudamérica ganó 11 (6 Argentina y 5 Brasil). Los últimos cuatro fueron para europeos: Francia, Serbia, Inglaterra y Ucrania. ¡Ucrania…! Y Brasil ni clasificó.

La FIFA publicó su reporte global de fichajes de jugadores profesionales. Entre los diez más caros, sólo hay uno de este continente, Mauro Icardi. Ninguno de los veinte clubes involucrados, ni comprador (una obviedad) ni vendedor pertenece a nuestra región. En las grandes transferencias que se rumorean para el próximo verano europeo no se mencionan a futbolistas sudamericanos. Salvo Messi y Neymar (los últimos zares) los nuestros han desaparecido de los ránquins de excelencia o de valor de mercado, cuando antes eran los más apreciados. Bayern Munich conquistó la Champions sin figuras sudamericanas en su once titular (la participación de Coutinho fue casi testimonial); tiempo atrás tenía un buen número, como Lucio, Demichelis, Santa Cruz, Claudio Pizarro, Paolo Guerrero, Rafinha, Dante, Elber, Zé Roberto, Douglas Costa, Luiz Gustavo, Arturo Vidal, James Rodríguez…

No falta tanto para que se vayan Messi, Neymar, Luis Suárez, ¿Quiénes vienen detrás…? Se cortó la cadena. Brasil fue la cumbre del talento. A los Pelé, Tostão, Jairzinho, Gerson, Rivelino los sucedieron Zico, Sócrates, Falcão, Toninho Cerezo, Junior; la posta de ellos la tomaron Romario, Rivaldo, Ronaldo, Ronaldinho, Kaká. Eran todas máquinas de fútbol. Luego comenzó a despintarse el cuadro. Aparecieron los Robinhos y Elanos, más tarde los Fred, Hulk, Bernard, Felipe Melo… (Mejor no decir nada). En el interín, la Divina Providencia dejó una canasta con un niño prodigio: Neymar, ése sí de la talla de aquellos primeros. Tras él cerró la fábrica. Y Ney ya tiene 29…

Hipótesis al margen: ¿qué pasaría si vuelven los clubes mexicanos a la Libertadores, como dicen…? América, Cruz Azul, Chivas, Tigres, Pumas, Pachuca, Toluca… ¡Cuidado…! Puede que se lleven los títulos. ¿Las causas de esta declinación…? Hay un vaciamiento de materia prima, no quedan jugadores de calidad. Y si sale uno, se va instantáneamente. Los futbolistas ya no quieren llegar a Europa, quieren huir. Y los clubes muestran desesperación por vender. Los técnicos también buscan emigrar. Las economías regionales, siempre en estado crítico, conspiran para retener a los buenos. Es casi milagroso que River haya podido conservar siete años a Marcelo Gallardo, aunque algo es seguro, cuando se vaya, no vuelve. Los contratos que perciben allá están a años luz de los de acá. Las dirigencias de los últimos años, en general, han basculado entre la ineptitud y la corrupción, el aspecto deportivo nunca fue su tema central. Y el modelo de negocio es siempre el mismo: vender a los buenos para pagar a los malos. Europa vende fútbol, Sudamérica jugadores. Cuando los cracks comenzaron a irse en manada, nos quedaba el consuelo -y el orgullo- de verlos triunfar allá. Ya ni eso. Hace unos quince años comenzó la declinación, que en el lustro 2015-2020 se tornó abrupta. Lo último que quisiéramos es ser apocalípticos, pero estamos como aquel que cayó desde un piso cuarenta y andaba por el veinte, le preguntaron cómo estaba y respondió “por ahora, bien”. No sirve mentirnos, ingresamos en la UCI, Unidad de Cuidados intensivos.

Mente de acero, piernas de cristal

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 18 de abril de 2021 / 20:12

Todo comenzó en un ordinario compromiso de liga frente al Groningen de visita. El Ajax ni siquiera peleaba la punta. En realidad, sí tenía algo de especial: su hermano Stanley, que llevaba un tiempo viviendo en Canadá, de pronto se enteró que Marco se había convertido en futbolista profesional. Y que al parecer era bueno. Había vuelto a Holanda para verlo y estaba en la tribuna junto a su padre. Él quería demostrar. “Esos partidos no te los regalan, hay que ganarlos a pulso”, dice Marco. Y sigue: “Perdí una pelota en mediocampo y entonces hice esa entrada en nuestra propia mitad, junto a la línea de banda, contra Edwin Olde Riekerink. Le entré con fuerza. Estaba irritado. Enseguida noté dolor en el tobillo derecho. Normalmente uno piensa ‘uf’ y luego sigue, pero el dolor no se iba. Tuve que abandonar el campo al cabo de media hora. No era algo que me sucediera a menudo, apenas me lesionaba”.

Fue el 7 de diciembre de 1986. Marco Van Basten no olvidará nunca ese domingo por la tarde en el estadio Oosterpark. Estaba estrenando sus 22 años y ya era triple goleador de la Primera División de Holanda. Sin embargo, en ese tonto e imprudente cruce a los pies de Riekerink se iniciaba un martirio que marcaría toda su trayectoria, incluso su vida. La gloria que aún le esperaba estaría atravesada siempre por un persistente y maldito dolor que acabaría retirándolo del fútbol con apenas 28 años, estando en la cima y con muchos más goles y triunfos por delante. Allí empezó un largo calvario de tratamientos, operaciones, rehabilitaciones, fracasos, experimentos, consultas, siempre conviviendo con el dolor.

Aquella misma tarde fue con el médico del Ajax a hacerse una radiografía porque sentía demasiado dolor, pero le dijeron que no era nada especial, que esperara un poco. Casualmente, una semana después lo operarían del otro tobillo, el izquierdo. Ya llevaba todo ese año ‘86 con molestias en ese tobillo, pero su drama sería el otro.

Marco Van Basten fue, después de Joahn Cruyff, el más grande futbolista holandés de la historia. No es poco tratándose de un fútbol que ha dado tantos cracks. Tres veces Balón de Oro, ganador de 6 ligas (3 con Ajax y 3 con Milan), 2 Champions y una decena de títulos más, máximo goleador en seis ocasiones -4 en Holanda, 2 en Italia-. Y todo lo consiguió sin estar en la plenitud física. Los aficionados del mundo nos dimos cuenta del fenomenal jugador que era en aquella final de la Eurocopa de 1988 frente a Unión Soviética cuando tomó un centro largo y alto así como venía, de volea, y en el aire sacó una bomba que se incrustó en lo alto del arco de Rinat Dasayev, aquel notable arquero ruso que admiramos en el Sevilla. No es normal ver un gol así, con tal potencia, dirección y desde un ángulo sesgadísimo. Era incluso osado rematar desde ahí. “¿Y éste quién es…?”, pensó el mundo. Era un individuo que jugaba con cara de enojado, serio, pero con una elegancia desusada para un número 9. Estábamos demasiado habituados a ver el típico centrodelantero de fuerza, oportuno, rebotero, incluso troncón. Y este era un superclase total.

Cuando todos los grandes clubes quisieron reparar en él, ya estaba en el Milan, que se había anticipado, y lo pagó a precio de saldo: 2,5 millones de dólares. Van Basten era Haaland + Mbappé + Benzema. Con una mente superior a la de los tres. Pero la fortaleza que le sobraba arriba le escaseaba abajo. En noviembre pasado lanzó su libro.

“Siento que es un buen momento para contar mi historia. La historia que jamás he contado. No tendré piedad de nadie. Y menos aún de mí mismo”. Así arranca Marco Van Basten en el prólogo de su imperdible autobiografía, titulada Basta en su holandés original, Frágil en español, una de las maravillosas lecturas futboleras que cada tanto nos pone al alcance Roca Editorial a través de su sello Córner. Otras han sido Puskas sobre Puskas, Cómo leer el fútbol (Ruud Gullit), Liderazgo (Alex Ferguson), que también hemos disfrutado.

Marco se describe a sí mismo casi como un tipo hosco, de pocas pulgas, casi inamistoso. “Los periodistas, los fans, los focos y la admiración, todo me parecía exagerado, una carga, incluso me molestaba… Todo eso me apartaba de mi objetivo: ser el mejor. Y con ello me refiero a ser el mejor de todos, del mundo. Dejé todo a un lado para alcanzar esa meta y me pasé… me dejé llevar por un ansia ciega, derribando lo que se interpusiera en mi camino”.

Cuenta que su gran amigo Johan Cruyff, a quien le tocó reemplazar en el Ajax, era su técnico en 1986 y necesitaba mostrar resultados. “El PSV era una máquina y ya no podíamos pelearle el campeonato, así que nos centramos en la Recopa de Europa, donde teníamos buenas posibilidades. Johan estaba obsesionado con eso”, cuenta Marco hoy, a los 56 años. En un momento es como que Cruyff no le creía lo de los dolores. Le pidió una reunión personal y le dijo que, si no quería entrenar, que no lo hiciera, si no quería jugar, lo mismo. “Descansa, recupérate, pero te pido algo, y quiero ser muy claro: tienes que ganar la Recopa para nosotros. Y si no la ganas, te mato”.

La final fue en mayo de 1987 ante el Lokomotive Leipzig en el Estadio Olímpico de Atenas. Ajax ganó 1 a 0 con gol de Van Basten. “Antes del partido me paré frente a un espejo y me dije: olvídate del tobillo, esta noche tienes que hacerlo”. Ya estaba vendido al Milan. La primera temporada en Italia fue prácticamente en blanco, casi no jugó por el tobillo, pero el Milan lo respaldó y escondió el tema porque decir que había fichado un jugador lesionado era muy mala propaganda. Y antes de final de año, cuando ya no daba más, lo llevaron con el doctor René Marti, suizo, número uno de tobillos en Europa. El diagnóstico fue cruento: “No tiene buena pinta, seguramente llevas un año jugando con los ligamentos del tobillo rotos. Lo que encontrado es una carnicería, el daño es irreparable”.

Tenía 23 años y era un cinco estrellas. Siguió por su juventud, por sus ganas. Nunca estuvo al cien por cien. Pese a todo, construyó un idilio mutuo con el Milan e hizo una carrera fantástica. Hasta que no pudo más. Durante mucho tiempo no podía siquiera pisar. De madrugada se bajaba de la cama con los brazos e iba arrastrándose hasta el baño para hacer pis. Usó muletas, un aparato especial ruso para no pisar con el pie derecho, todo. El Milan le había renovado por tres años, era un gran contrato, pero pasó los primeros dos sin jugar y le pagaban puntualmente. “De vergüenza dije punto, terminemos aquí, me retiro”. Berlusconi fue extraordinario con él, lo alaba repetidamente.

El 18 de agosto de 1995, después de intentarlo todo para volver sin éxito, el Milan (Marco lo ama, lo llama “mi casa”) le brindó su partido homenaje. Pudo dar la vuelta olímpica caminando y saludar a los hinchas que colmaron San Siro para ovacionarlo. “No quiero esto -pensaba -. No ahora. Me queda aún tanto por dar, tantos goles por mostrar al mundo… Esto no era más que el principio. Quiero echarme a llorar, pero me obligo a estar controlado. El fútbol es mi vida. Hoy he perdido mi vida. He muerto como futbolista. Hoy asisto a mi propio funeral”.

Tenía para otros diez años de fútbol, pero no podía más. Y el título de su libro resume su drama: Basta.

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La grandeza no se mide por resultados

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 11 de abril de 2021 / 22:12

Primero, vaya un homenaje a los veintiocho futbolistas que entraron al campo en el maravilloso Bayern Munich 2 – Paris Saint Germain 3. Saltaron al césped ya con una intensa nevada y se entregaron con extraordinario fervor durante 94 minutos pese al frío y la mojadura. Nadie lloriqueó, hubo fragor y limpieza. Compusieron un partido que honra al juego, lo prestigia. Y con tribunas vacías, no había gente alentando ni pidiendo huevos. No hacía falta. El jugador cuando entra al campo deja todo. Es su parte más noble.

“El que gana siempre es el mejor”, dice una frase hecha, una de tantas que se acuñan en el fútbol y quedan. Porque suenan redondas, sentenciosas, no por sabiduría. No concordamos con ella. El miércoles, el mejor fue el derrotado. El Bayern dio una exhibición de buen fútbol, coraje y determinación. ¿Y por qué recibió tres goles si jugó bien…? Porque esto es fútbol, donde dos más dos son siete. Una vez le dijeron a Alfio Basile que paraba mal a sus jugadores y respondió con una ironía de salón: “Yo los paro bien, el problema es que después se mueven”. Los técnicos proponen, luego la dinámica dispone. No se juega sentado, como en el ajedrez.

Se le dio todo mal al multicampeón alemán, a los tres minutos ya estaba 0-1 abajo tras una excelente maniobra de Neymar, que arrastró todas las marcas y dejó sólo a Mbappé, quien definió bastante mal, al cuerpo, donde nunca debe apuntar un delantero; o simplemente le salió ahí, pero la pobre defensa de Neuer permitió que la pelota se colara igual (entre sus piernas). A partir de allí, el cuadro de Hansi Flick debió tomar la ruta del salmón, siempre contra la corriente. Cada avance rojo era como remontar río arriba, con diez esperando atrás y rechazando de cualquier manera. En tal persistencia, otra genialidad de Neymar (digan lo que quieran, pero como talento es indiscutible) puso a Marquinhos en soledad total frente a Neuer. El zaguero y mediocentro brasileño -cada vez más jugador- sí finalizó fantástico, a una punta, y ahí Neuer nada que hacer.

La corriente se embraveció y el Bayern sacó a relucir su historia, su grandeza, la chapa de club gigante, el que refundaron Gerd Müller y Beckenbauer en 1965, el que nunca se entrega y riega el pasto con sudor y sangre. Siguió dominando y martillando. ¿No estaba Lewandowki, el supergoleador…? No importa, vamos con todo igual. Pareció ser la consigna. Eric Choupo-Moting, el camerunés nacido en Hamburgo, clavó un cabezazo impecable, de pique al suelo y calentó el ambiente: 1-2.

Más arreció el dominio alemán, más atrás se refugió el PSG y más se agigantaó la figura de Keylor Navas, magnífico arquero (grueso error del Real Madrid dejarlo ir). De tanto machacar, Thomas Müller alcanzó el empate con otro testazo inatajable. Y la justicia pareció sobrevolar entre la nieve. Pero ocho minutos después Mbappé pateó otra vez el tablero del Bayern, ahora sí con una definición brillante. Di María le dio un pase al espacio, se hamacó entre dos rivales, se perfiló como para darle combado al segundo palo (lo pensamos todos, incluido Neuer) y le pegó bajo al primero. Letal, 3 a 2. Testarudo, enorme, el Bayern volvió a la carga los 24 minutos finales con más ahínco pero ya no pudo. Hubo al menos 85 minutos de asedio alemán. Careció de eficacia, la que le sobró al PSG. Quince córners forzó, contra uno del equipo francés; 31 remates, de los cuales 12 fueron al arco. Simplemente, no se le dio. El PSG pateó 5 veces y ganó.

“Se impuso el planteo de Pochettino”, escuchamos. ¿Cuál planteo…? Ningún técnico de la tierra planifica algo así. “Vamos a dejar que nos dominen todo el tiempo, defenderemos muy atrás, esperaremos que aparezca algún contraataque para nosotros y que ellos hagan un gol menos. Y tu, Keylor, debes ser la figura. ¿Entendido…? Bien, a la cancha…”

¿Así fue la charla técnica de Poche…? Si el partido se juega cien veces de este modo, en noventa y nueve gana el Bayern. En esta triunfó el PSG por la maravilla de la imprevisibilidad de este deporte. Como hincha de fútbol (nunca dejamos de serlo) así quiero que me represente mi equipo. Imaginamos el orgullo que sentirán los hinchas del Bayern, que siempre juega igual. Y el partido en Paris será similar. El Bayern se sabe más, lo irá a buscar. Y no le va tan mal con ese estilo: ha ganado 30 ligas, 20 Copa de Alemania, 6 Champions, 4 Mundiales de Clubes. Sin hurgar demasiado, hace ocho meses, este mismo plantel y cuerpo técnico derrotaron al PSG en la final de Europa. 

Esto no va en desmedro del PSG. De ningún modo. A veces uno no se atrinchera, lo atrinchera el adversario. Fue lo que aconteció. Al club franco-catarí hay que aplaudirle el oportunismo, la contundencia y el ardor con que defendió. Los amantes del resultadismo están felices. Pero la grandeza no se mide por el resultado. A este cronista le importan las formas. Es como elegir entre riqueza y dignidad. Vamos por la segunda.

Párrafo final para Mbappé. “Cualquiera que disponga de cinco metros de espacio parece un buen futbolista, porque no está sometido a ninguna presión”, dice Johan Cruyff en su libro “14 La autobiografía”. Y vemos que cuando Kylian encuentra esos cinco metros es un tsunami futbolístico, un genocida de equipos descuidados. Su velocidad y potencia física son devastadoras. Es un sensacional contraatacante, sí. Ahora: ¿qué pasa cuando debe atacar y lo esperan diez atrás, como le pasó al Bayern contra su equipo…? ¿También arrasa defensas…? Huuummmm… En zonas congestionadas no es igual. En Europa brilla más porque lo conocen menos, en la liga de Francia también destaca, pero lo toman mejor. Los entrenadores miran los partidos y se habrán dado cuenta que cuando su equipo está atacando frente al PSG y jugando cerca del área rival deben encimarlo y anticiparlo, no dejarlo recibir. Ahí se reduce su importancia.

¿Es un monstruo del fútbol…? Paciencia, el tiempo nos responderá.

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Más aspirantes a youtubers que a futbolistas

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 4 de abril de 2021 / 19:01

Macedonia del Norte estrenó su nombre en una Eliminatoria dando un sartenazo inesperado: venció a Alemania de visita 2 a 1. Es el país 149 del mundo en territorio y el 144 en población. El PBI de Alemania es 50.801 dólares por habitante, el de Macedonia apenas llega a 5.916. Pero en fútbol están menos alejados. ¿Cómo puede suceder una cosa así siendo la patria de Gutenberg una superpotencia y teniendo al actual campeón europeo y mundial, Bayern Munich…? No es descabellado: el fútbol es el único deporte donde absolutamente todo puede suceder. Que Brasil pierda en casa 7 a 1 con Alemania y que Macedonia derrote a los alemanes. Es parte de su encanto irresistible: la imprevisibilidad. Nunca nada es seguro. Y existen factores que todos pueden enarbolar a pesar de su modestia: la actitud, la preparación y la táctica. También la mística. Eso no tiene que ver con el presupuesto y puede equiparar el desbalance de calidad.

Al margen de ello, hay un punto adicional: el fútbol está cada vez más igualado. En especial a nivel de selecciones, donde sesenta o setenta representativos pueden reunir once elementos aptos. Hay mucha información del rival, los entrenadores estudian cada vez más y trabajan hasta el mínimo detalle. Los cuerpos técnicos son ahora un ejército de profesionales que enfocan todos los aspectos. Por eso, hasta Luxemburgo puede ser peligroso. Y los jugadores vienen cada día más con un perfil colectivo antes que individual.

En el caso de Alemania, posee muy buenos futbolistas (Kimmich, Goretzka, Sané, Gnabry, Werner), pero revela una escasez evidente de superestrellas que puedan definir un partido equilibrado, como a lo largo de la historia fueron Beckenbauer, Gerd Müller, Overath, Breitner, Matthäus, Klinsmann, Rummenigge… Para lograr el éxito precisa alcanzar un alto nivel de precisión y armonía de conjunto. Si no está superaceitada la máquina, puede perder con Macedonia. O con México y Corea del Sur, como aconteció en Rusia 2018.

Alguien preguntará: ¿Y por qué el Bayern es campeón de todo…? Porque un porcentaje mayoritario de su plantel es extranjero: Lewandowski, Alaba, Alphonso Davies, Pavard, Lucas Hernández, Coman, Tolisso, Javi Martínez, Douglas Costa, Choupo-Moting…

Pero ¿es un problema de Alemania esta escasez de grandes talentos…? No, es mundial. No están apareciendo los auténticos monstruos como el fútbol siempre tuvo, astros indiscutibles. Desde luego siempre habrá unos que destaquen más que otros, pero desnivelan por eficiencia, no por genialidad. Hay buenos normales, no grandiosos. La prueba es que los cinco o seis clubes más poderosos que siempre buscan un crack diferencial miran a los dos únicos que aparecen en esa lista, Haaland y Mbappé, dos topadoras que sobresalen por potencia física, velocidad, ambición y gol, pero no derrochan ni técnica ni ingenio ni fantasía. No hay poesía en su juego. (Mbappé jugó los tres partidos de la Eliminatoria -Ucrania, Kazajstán y Bosnia- sin convertir. Haaland enfrentó a Gibraltar, Turquía y Montenegro, tampoco marcó y fue reemplazado en los tres).

Brasil y Argentina, que fueron siempre los más fecundos semilleros del mundo, tienen la fábrica paralizada. La última perla encontrada en estas costas fue Neymar, que por una cuestión de mentalidad nunca pudo alcanzar el trono y consolidarse en la cima. España disfrutó de la brillante camada de Xavi, Iniesta, Puyol, Piqué, Busquets, Villa, Ramos, Casillas pero luego se secó el árbol que daba esos frutos. No tuvieron reemplazo del mismo nivel. Pasa lo mismo en todo el mundo. Por eso vemos jugadores comunes ser transferidos en millones de dólares.

¿Por qué no surgen fenómenos nuevos…? ¿No se trabaja a nivel de juveniles…? Sí, y los centros de entrenamiento son cada vez mejores, los profesores también. La razón deberemos buscarla en un hecho cultural, de esta época: estamos frente a una juventud cibernética, enganchada las veinticuatro horas con el WhatsApp, las redes sociales, la tableta, el youtuberismo. Y el sedentarismo. Una era donde es más importante tener conexión a Internet que una pelota, con cientos de millones de chicos que están recostados en su cama o en un sillón chateando o con los videojuegos. Estos jóvenes digitales son más cómodos. No es una juventud de a pie, de campito, de potrero, de donde antes surgían los cracks. Uno se pasaba horas y horas en la canchita. Allí, en el libre albedrío, dándole y dándole se pulía la técnica y aparecían los prodigios. La pasión los iba formando. La madre debía sacarlos de una oreja del partidito en la calle o en el hueco.

Eso no existe más. Ahora son jugadores de academia, que es un negocio como cualquier otro, se cobra por adiestrar. Les hacen correr alrededor de la cancha, unos tiritos al arco y jugar un picado, pero en general son incubadoras, producen jugadores de laboratorio, robotitos sin creatividad. No obstante, la falta de espacios libres en las ciudades hace de las academias un lugar necesario para que los niños hagan allí el jardín de infantes futbolístico y puedan pasar luego, si muestran condiciones, a un club federado. Debemos asumirlo: hoy hay más aspirantes a youtubers que a futbolistas.

Otra razón que conspira contra la aparición de figuras es el dinero en exceso que sobrevuela el fútbol. Muchos juveniles del Barcelona “B” ya son potentados sin haber debutado en Primera. Desde la novena división tienen representante y empiezan a recibir retribuciones: primero ropa y botines, luego el agente les da un auto para ir a entrenar y, a quienes muestran cualidades, desde los quince o dieciséis años, contrato. Trincao (21 años), el joven portugués del Barça, aún no había podido lanzar un centro y ya presumía en redes sociales de su Lamborghini de 274.000 dólares. El dinero en cantidad quema los sueños.

En su libro autobiográfico, Ricardo Bochini cuenta que, al llegar de Italia, donde había marcado su golazo a la Juventus que le dio un título mundial a Independiente, una multitud los fue a esperar, los trasladaron desde el aeropuerto en caravana, recibieron todo tipo de homenajes, los reportearon los diarios, las radios, la televisión, recibió miles de palmadas y abrazos. Al caer la noche estaba exhausto; la realidad le recordó que no tenía ni auto ni casa: alguien lo acercó hasta la pensión del club. Vivía debajo de la tribuna, junto a otros diecinueve muchachos, en un gran espacio compartido donde tenía un armarito y una cama. Sus compañeros de ilusiones lo recibieron como a un héroe. Pasada la efusividad, se desplomó sobre el colchón flaco a soñar glorias nuevas. Estaba feliz, le habían dado 200 dólares a cada uno por ganarle a la Juve. Iría a su pueblo y le compraría algunas cosas a su familia. Si seguía brillando habría más recompensas, quien sabe hasta comprar una casa grande para sus padres y sus ocho hermanos.

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Luxemburgo pone color en la carrera hacia Qatar

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 29 de marzo de 2021 / 07:55

Sin público, sin ruido y sin atractivos especiales, con Estonia 2 – República Checa 6 y Turquía 4 – Holanda 2 se largó el miércoles la carrera europea hacia Qatar 2022. Que no presentó choques estelares en la primera fecha ni los presentará porque los 55 competidores se agrupan en diez zonas y está armada de modo tal que los grandes no se junten en la fase de grupos y se les facilite la clasificación. Sí hubo un par de novedades en los extremos etarios: Zlatan Ibrahimovic, cercano a los 40 años, volvió a la selección sueca -en la que tenía 116 presencias con 62 goles- después de casi cinco años de haberse retirado, enojado tras una derrota ante Bélgica. Suecia venció a Georgia y Kosovo y Zlatan aportó dos asistencias. En la antípoda generacional, Pedri, el chico que viene asombrando en el FC Barcelona con apenas 18 calendarios, debutó en el magro empate de España frente a Grecia. Volante cerebral y de exquisito manejo, se puso la camiseta del Barça a los 17 y fue figura desde el primer día. No tembló por calzarse la Roja, ya tiene la grandeza adentro. Pedri nació en diciembre de 2002; para entonces, Zlatan llevaba cuatro años en Primera y quince juegos internacionales con la amarilla de Suecia. Tal es la diferencia. Lo bonito es que, con 22 años de por medio, Pedri e Ibra podrían enfrentarse hasta dos veces próximamente: el 14 de junio por la Eurocopa y el 2 de septiembre en el premundial. España y Suecia comparten el grupo B, uno de los más difíciles. Ellos dos y Grecia pueden hacerse mucho daño.

El retorno de Ibrahimovic fue muy emotivo para él, lloró en la conferencia de prensa previa, pero divide aguas en su país. Mucha gente, una mayoría, está encantada, otra aborrece su genio efervescente y su egocentrismo. El exitosísimo escritor Jonas Jonasson (El abuelo que saltó por la ventana y se largó), muy futbolero, no lo ve con buenos ojos: “Para mí, Ibra tiene un carácter demasiado fuerte. La única opción que tenemos de ganar a España en la Eurocopa es nuestro estilo colectivo, no con estrellas individuales. No sé si merece mucho la pena que vuelva a la selección. Si además se le permite que vuelva a mandar en el vestuario, habrá problemas”. Luego agregó: “Yo prefiero a once Henrik Larsson que a un Ibrahimovic. Con once Larsson ganas a cualquier equipo. En cambio, no sé si con once Ibras puedes ganar a alguien, sinceramente”.

Esta clasificatoria europea que acaba de arrancar marca un nuevo récord de participación: 55 equipos en procura de uno de los 13 cupos que FIFA otorga a la UEFA. Para el Mundial 2018 fueron 54, pero entonces no intervino Rusia pues estaba clasificado de hecho como anfitrión. Ahora Rusia participará, pero ad referéndum, bajo amenaza de quedar afuera aún cuando conquiste una plaza. ¿El motivo…? en diciembre de 2019, la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) sancionó a Rusia, prohibiéndole participar por cuatro años en todos los eventos deportivos más importantes, luego de que no cumpliera con los requisitos para enviar datos de laboratorio de sus deportistas, los cuales fueron manipulados, según los investigadores. No obstante, la selección rusa puede tomar parte de la Eliminatoria, ya que la medida solo es aplicable a la fase final del Mundial. Incluso si Rusia clasificara, los futbolistas rusos aún podrían participar en el torneo, a la espera de una decisión de la FIFA. Sin embargo, un equipo que represente a Rusia, use su bandera y su himno no puede jugar por la decisión de la AMA. Y FIFA está afiliada a la agencia antidopaje, debe respetar sus decisiones. Sin pensar en posibles sanciones, Rusia ganó sus dos primeros juegos con el fenómeno Dzyuba marcando tres goles.

Mientras todo el fútbol mundial sigue disputándose sin público, Holanda fue autorizada a recibir a Letonia con 5.000 personas en las gradas a manera de experimento. En otros casos se jugó en terreno neutral. Portugal, con varios futbolistas en la Premier League, recibió a Azerbaiján en Turín, donde Cristiano Ronaldo fue local y apenas ganó 1-0 con un gol en contra. La razón es que muchos de sus integrantes militan en la Premier League y Gran Bretaña exige una severa cuarentena al regreso tras viajar a ciertos países, uno de ellos Portugal. Si jugaran en Lisboa, por ejemplo, al reingresar a la isla deberían hacer estricto confinamiento de diez días en un hotel designado por el Gobierno, sin siquiera poder entrenar.

El sistema de disputa: habrá diez grupos, 5 de 5 equipos y 5 de 6. Los ganadores de cada zona van directo a Qatar. Los 10 que queden segundos más 2 de la Liga de Naciones formarán seis semifinales a partido único. Allí quedarán 6. Estos se medirán en tres finales únicas. Los tres triunfadores irán también al Mundial. Una idea interesante del Viejo Continente: para recuperar fechas, en cada una de estas primeras jornadas se jugarán tres jornadas por parón, en lugar de dos, como antes.

UEFA, que siempre quiere un cupo más, mira con recelo a Sudamérica pues el Viejo Continente clasifica 13 equipos (24% de sus asociaciones), en tanto Conmebol pone 4,5, con la posibilidad siempre de que sean 5 (50%). El resquemor europeo se basa en que actualmente son amplios dominadores del fútbol universal, en tanto Sudamérica está viviendo de sus historiales, ricos antes, pobres ahora.

Prueba de esa riqueza es Francia. Didier Deschamps convocó para estos tres primeros juegos (Ucrania, Kazajstán y Bosnia) a 26 jugadores. Entre ellos están Lloris, Sissoko y Ndombélé (Tottenham), Pavard, Coman y Lucas Hernández (Bayern Munich), Mbappé y Kimpembe (PSG), Kanté y Zouma (Chelsea), Varane y Mendy (Real Madrid), Pogba y Martial (Manchester United), Digne (Everton), Dembelé (Barcelona), Rabiot (Juventus), Lemar (Atlético de Madrid) y un largo etcétera. Y se da el lujo de dejar fuera a Benzema (Real Madrid), Fekir (Betis), Theo Hernández (Milan), Lacazette (Arsenal), Doucouré (Everton), Kurzawa (PSG), elementos valiosos que serían titulares en cualquier otra selección. Francia podría armar tres combinados competitivos. Es el campeón vigente y leyendo esta nómina da para pensar que puede repetir el título en la península arábiga. Pero apenas empató con Ucrania…

Luxemburgo dio el gran sartenazo al vencer como visitante a Irlanda, lo que refleja cómo todo se va igualando. Turquía tuvo un arranque arrollador con dos victorias y siete goles, nada menos que ante Holanda y Noruega (con Haaland). Y a Cristiano Ronaldo no le convalidaron un gol en el que la pelota había entrado claramente, al menos treinta centímetros. Era el triunfo de Portugal ante Serbia (quedaron 2-2). Con el VAR era muy sencillo advertirlo, pero no hay VAR en la Eliminatoria europea. ¿La razón…? Se necesitan mínimo ocho árbitros por partido para atender el VAR, cuatro en campo y otros cuatro en la cabina. En 25 enfrentamientos serían doscientos profesionales del reglamento, y no hay tantos.

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El Bayern busca extender su reinado en Europa

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 21 de marzo de 2021 / 22:38

Tres ingleses, dos alemanes, un francés, un portugués y un español. Es la configuración de los cuartos de final de la Liga de Campeones. Que ofrece una pintura -parcial, es verdad, quizás momentánea- de cómo está el fútbol de cada país. Refleja que entre los ocho que dirimirán el título no hay italianos, y queda apenas un español. El Calcio fue la meca del fútbol por casi tres décadas desde 1982; en 2003 puso tres de los cuatro semifinalistas -Milan, Juventus, Inter- sin embargo, hoy, sin poder económico y deportivo, sin cracks propios o importados, está lejos de la cima. El testimonio lo recogió España, que dominó completamente durante quince años entre clubes y selecciones a partir de 2006. Al punto de ganar, en ese lapso, 8 Champions, 7 Europa League, 2 Eurocopa y un Mundial, incluso atrajo a todas las estrellas futbolísticas. Pero también parece entrar en el ocaso. O al menos dejar el trono.

Es la hora de la Premier y la Bundesliga. El sorteo del viernes de cuartos de final y semifinal de la Champions determinó el siguiente cuadro: Bayern Munich-Paris Saint Germain y Manchester City-Borussia Dortmund en la llave de arriba y Porto-Chelsea, Real Madrid-Liverpool en la de abajo. Excepto por el FC Barcelona, están todos los mejores del mundo, es dable esperar un tramo final apasionante de la competición reina en materia de clubes. Las bolillas reprodujeron por un lado la final de 2018 (Madrid-Liverpool) y por el otro la de 2020 (Bayern-PSG). Puede parecer casualidad, pero es que siempre llegan los mismos, por eso se repiten los duelos.

El azar aglutinó en la misma ruta hacia la final a los tres equipos más fuertes del momento: Bayern-City-PSG. Sólo uno podría llegar a Turquía. Si el joven Haaland no se opone con su Dortmund… Ya es hora de ponerle un buen apodo al noruego: La Bestia Haaland, SuperHaaland, El Vikingo, Martillo Haaland… Algo que honre su ferocidad goleadora.

Y en la vereda de enfrente… el Real Madrid. Que venía de una temporada pobre, en juego y en resultados, pero ha levantado mucho, sostenido por un mediocampo veterano, pero sabio y eficaz (Kroos-Casemiro-Modric) y ya ha recuperado a su líder Sergio Ramos, que será fundamental para este último envión. El Madrid, de pensar en despedir a Zidane se encuentra ahora con que si pasa al Liverpool puede tener allanado el camino a Estambul, sede de la final el 29 de mayo. Y se habrá ahorrado de verse cara a cara con dos de los cucos de arriba. El resultado del sorteo ha despertado euforia en el madridismo. “Se huele la catorce”, celebraron muchos periohinchas, en tanto Tomás Roncero, un hiperfanático madridista que escribe en el diario As, tituló su columna: “¡Nos vamos a Estambul, chin pum!”. “El Madrid ha tenido relativamente suerte, no nos vamos a engañar -analizó Julio Maldonado ‘Maldini’-. El Liverpool no tiene el mismo nivel de los últimos tres años”. Lo cual es rigurosamente cierto, una nefasta cadena de lesiones importantes lo ha diezmado: Van Dijk, Joe Gómez, Matip -tres zagueros- y el capitán Henderson llevan tiempo en la enfermería. Ha perdido solidez e invencibilidad, pero de allí a saltar de alegría… No se puede estar feliz cuando se enfrenta a un club que disputó nueve finales y ganó seis. El Liverpool es el Liverpool siempre. Y Klopp sigue siendo Klopp.

Quienes no deben estar bailando son los franco-cataríes del PSG. Tener que encontrarse en una esquina, de noche, con el Bayern Munich es inquietante. Tampoco para Mbappé debe ser gracioso, esa defensa (Neuer, Pavard, Süle, Alaba, Davies) no se parece a la del Barça. Es más resistente. El club de la torre Eiffel recupera a Neymar para esta instancia y está muy sólido en su trío posterior Keylor Navas-Marquinhos-Kimpembe. Sin embargo, deberá subirse al cuadrilátero con un peso pesado como el campeón alemán y europeo. El Bayern es todo confiabilidad, ambición, intensidad de ritmo y de lucha. Un equipo que parece tener un solo estado de ánimo: arrollador. Aparte, el Bayern no declama nunca previamente, habla en la cancha. Y la propina es Lewandowski, una máquina de hacer goles. Lleva 40 esta temporada, en la que falta bastante.

El Manchester City debe estudiar bien cómo sujetar a Haaland, anticiparlo siempre y no darle espacios. Fuera de eso, tiene aprendido a la perfección su libreto: presión muy alta, toque, toque, dinámica, mover la bola para allá, para acá, jugarla siempre al pie hasta encontrar el hueco y lastimar. Todo jugador de Guardiola sabe a qué entra al campo: a dominar los 90 minutos en campo adversario, contra el rival que sea y en el estadio que fuera. Guardiola está en posición de ganar siete títulos en una temporada, lo que sería récord mundial. Pero si no levanta la Champions le caerán encima; el mourinhismo (con alto componente madridista) siempre está al acecho, esperándolo. Para él es Champions o fracaso. A propósito de Mou, está por ligar otra ultramillonaria indemnización, esta vez del Tottenham.

Queda el choque menos rutilante, pero igualmente bonito: Porto-Chelsea. El club de Londres ha mejorado tantísimo desde la llegada del alemán Tuchel (en lugar de Lampard). Desde su asunción, los Azules han disputado 13 partidos sin derrotas, 9 triunfos y 4 empates, 15 goles a favor y ¡sólo 2 en contra…! Y en esos trece cotejos venció al Liverpool, al Tottenham, al Everton, dos veces al Atlético de Madrid… Cuidado con ellos. Pero ante sí tendrá a un cuadro que nos encantó en las topadas frente a la Juventus: el Porto de los colombianos Uribe y Díaz. Que es mucho más que Uribe y Díaz. Está lleno de buenos jugadores, no muy mediáticos, sí rendidores. Posee una defensa aguantadora, liderada por un Pepe magistral a sus 38 años. Cómo estará el brasileño que el presidente del Porto acaba de anunciar que cuando acabe su contrato, con 40 años, se lo renovarán por dos más. En la zona de gestación tiene dos elementos en estado de gracia: Sergio Oliveira, autor de dos goles ante la Juve, y el mexicano Tecatito Corona, imparable. No obstante, lo que más impresiona de estos Dragones es su espíritu de combate. Un equipo que hizo 13 puntos en la fase de grupos y venció de ida y de vuelta al Olympique de Marsella.

Los ocho son buenos y están en condiciones de avanzar, aunque todas nuestras fichas están puestas en el Bayern. En los últimos treinta años del torneo, sólo el Real Madrid logró repetir la corona al año siguiente. Los bávaros pueden ser los segundos.

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