viernes 16 abr 2021 | Actualizado a 10:40

Don Guillermo, el creador del ‘Universo’

Guillermo Wiener

/ 3 de marzo de 2021 / 11:34

Pocos pueden decir que crearon el ‘Universo’. Wiener es uno de ellos. También fundó el cine más grande que haya tenido jamás Bolivia, el ‘Monumental Roby’

Don Guillermo cree en el destino “universal”, no en el fatal. Jamás pensó que el cine se iba a cruzar en su camino pero las películas —sin querer queriendo— siempre acompañaron sus mejores y peores momentos. En el barco que lo trajo de Europa a América, huyendo de los nazis desde su Viena natal, Wily pasaba clandestino de la tercera clase a la segunda porque proyectaban filmes para amenizar una dura travesía de tres semanas hacia lo desconocido. “Me trepaba por una escalerilla por el exterior del buque Oceanía que estaba destinada solo a los marineros, empotrada en el costado de la nave. Si me soltaba, caía al mar irremediablemente, luego entraba de contrabando a la sala de cine”, se acuerda hoy, ochenta años después, con una memoria de elefante.

Cuando cuatro años después, el niño Guillermo Wiener entró al poderoso Colegio Nacional Ayacucho en 1944 (estuvo ahí seis años) no se perdía ni una de las películas antinazis que se pusieron de moda tras el alineamiento del gobierno de Gualberto Villarroel con las potencias aliadas. En el Club Austriaco también disfrutaba del teatro, del Café Concert, de los musicales… Y por las mañanas, cuando tenía plata, semana de por medio, iba a las matinales —eran más baratas— del cine Roxy (que luego fue cine Manfer) y del cine París de la plaza Murillo.

Faltaban diez años todavía para que don Guillermo viajara por primera vez de La Paz a los Estados Unidos —julio de 1957— en un avión DC-4 de la Panagra con escalas en Arequipa, Lima, Ecuador, Colombia, Panamá y Miami. Cuando llegó por fin al Times Square Hotel, los cines de la Gran Manzana maravillaron al joven vienés expulsado de su país por la pesadilla nazi. “Aquella habitación con baño privado me costó tres dólares y medio”, se acuerda hoy desde su casa en la miraflorina calle Iturralde, muy cerca del estadio.

Tres años después herr Wiener fundaba el (cine) “Universo”, en un principio destinado a ser la nueva sala de los franciscanos de La Recoleta. El 29 de enero de 1960 una película con guiños a la Resistencia antinazi (no podía ser de otra manera), La historia de una monja, dirigida por Fred Zinnemann y protagonizada por Audrey Hepburn, abría el telón de la primera sala situada en un barrio popular. “Entonces, otra vez el destino se cruzó en mi vida, da la casualidad que Audrey era vestida en Estados Unidos por mi tía Edith, esposa de mi tío Víctor, los dos huyeron también de Viena pero acabaron en Nueva York vía Inglaterra. Mi tía era una hábil costurera e inventó un cuello especial muy estrecho para Hepburn, que era muy linda. Después de ese logro, siguió haciendo para ella varios vestidos y fue una clienta de por vida de mi tía Edith. Más de dos meses estuvo en cartelera La historia de una monja en matiné, tanda y noche”.

Pero la competencia —todos cines céntricos, el Monje Campero, el 6 de Agosto, el Tesla y La Paz— no se quedó tan contenta y puso antes todas las piedras posibles. Las dos películas llamadas a inaugurar el Universo tenían que ser Los diez mandamientos del gran Cecil B. DeMille con Charlton Heston y Yul Brynner y La vuelta al mundo en ochenta días de Michael Anderson, con David Niven en el papel de Phileas Fogg y Mariano Moreno “Cantinflas” haciendo de Picaporte. El productor Michael Todd inventó para este segundo filme el “cameo” y por la película pasaron celebridades como Marlene Dietrich, Buster Keaton, Frank Sinatra, Peter Lorre, Charles Boyer, John Gielgud o el torero Luis Miguel Dominguín, padre de Miguel Bosé y novio de Ava Gardner.

“Nuestros competidores, o sea los empresarios cinematográficos ya establecidos en La Paz, no se quedaron de brazos cruzados y consiguieron anular los preacuerdos que se habían logrado entre la DUP (Distribuidora Universal de Películas) que habíamos fundado dos años antes y la Warner Bros en Lima. Así, esos dos filmes se estrenaron antes de la inauguración del cine ‘Universo’”.

El entonces presidente Hernán Siles Suazo estuvo presente en la inauguración del cine Universo en 1960

Estas dos no fueron las únicas piedras contra el “Universo”. Muchos miembros de la colectividad judía paceña advirtieron a Wiener —dirigente comunitario judío pero gentil— que se había metido en un mal negocio: “La única chance de recuperar tu plata es convertir a la sala en un cine de reestrenos, en una sala popular barata, me dijeron”. Pero cuantos más obstáculos, más peleaba don Guillermo por su sueño. La DUP había sido fundada a mediados de 1958, conformada por los socios Rodolfo Berkowitz, su hermano Bernardo, un palestino/árabe llamado José H. Nijme —dueño después de los cines Tauro y Orrantia de Lima— y el propio Wiener. Tres judíos y un palestino iban a trabajar juntos codo a codo para crear el “Universo”. Semejante osadía solo podía pasar en La Paz. “El director de un periódico comunista, El Pueblo, de apellido Siñani, tituló así: “Judíos y árabes se juntaron para explotar a la ciudadanía de La Paz”, recuerda don Willy con sorna.

Nijme trajo las mejores y más cómodas butacas desde Inglaterra —“un total de 949, si no me equivoco”— gracias a un amigo suyo británico  de la época del Protectorado en Tierra Santa y el aparato de sonido llegaría directamente desde los Estados Unidos. Solo faltaba un detalle: convencer al mismísimo presidente de la República, don Hernán Siles Suazo, para acudir a la “premiere”. Dicho y hecho.

El abogado de la productora y el cine, don Carlos Galleguillos Fajardo, se “coló” una tarde en Palacio Quemado y tras tomar unos cafés con los edecanes, dejó la invitación para el presidente y sus ministros. “En esa época, hacer una cosa así era factible, eran otros tiempos. Desde ese mismo día, el ‘Universo’ se convirtió en la sala de más prestigio y éxito de toda la ciudad”, se acuerda con una sonrisa de pícaro don Guillermo en el living de su casa propia, otro sueño que persiguió y logró después de que los nazis le quitaran la suya en su Viena natal. “Desde aquella jornada yo me encargaba personalmente de mandar cortesías gratis a Siles Suazo para que viniera a ver todas nuestras películas”. De bien nacido es ser agradecido.

Wiener con su esposa Eva Berkowitz

Para entonces, la rutina de don Guillermo había cambiado. Estaba a punto de dejar de trabajar para la firma importadora de EXIMA (de harina) de don Rodolfo Berkowitz y comenzaba a codearse con los dueños de los cines de La Paz, en especial con Gerardo Lindo, el capo del mítico cine Princesa, fundado el 10 de enero de 1918 por el catalán Gabriel Camarasa. “Don Gerardo era el típico bohemio europeo, murió con 84 años y nunca le importó la plata. Me decía siempre que el dinero le servía para dos cosas: para gastarlo en la noche y para comprar películas para el Princesa y para el París”. Luego llegaría su amistad con el resto de empresarios cinematográficos: Ackermann del Tesla, el “Pollo” Guzmán del Murillo y el Mignon, la familia Soligno y doña Rosita del Scala, la saga del Monje (Santis, los hermanos Lucio y el sobrino Luis Quintela), con Renzo Cotta del 16, con don Raúl Garafulic del 6 de Agosto….

El destino cumplía, poco a poco y en silencio, su sortilegio. Las películas que persiguieron a don Guillermo a lo largo de su vida lograban su objetivo. “Me gustaba entonces tremendamente el cine pero todavía creo que no sospechaba aún que iba a convertirse en el negocio principal de mi vida adulta, seis años después me comprometí el día de mi cumpleaños, un 7 de febrero, con Eva, la hija de mi socio Bernardo Berkowitz, nacida y criada en Villamontes”.

El matrimonio feliz tuvo una hermosa luna de miel por medio Europa durante cinco semanas. Pasaron por Madrid, Londres, Roma, París, ciudades alemanas y de vuelta a Estados Unidos, periplo por Nueva York, Chicago, México y Lima. Todos menos Viena y su parque más lindo, el Prater. “Cuando tenía siete, ocho años, antes de partir al exilio de Bolivia, mi padre Bernardo me llevaba a pasear a los jardines del Prater. En plena arremetida nazi tras la ‘Noche de los Cristales Rotos’, fuimos humillados por los de la S.S, el escuadrón de seguridad del III Reich, en aquel mismo parque y nos dijeron: carguen una rama y recuerden el éxodo judío de Egipto, nunca más, a partir de ahora, los judíos podrán pisar el Prater”. A finales de los años 30, en el tren que salía de Viena con dirección al puerto italiano de Trieste rumbo a Buenos Aires, Lily, su progenitora, pronunció estas palabras: “Mi linda Viena, nunca más te volveré a ver”. Por aquellas lágrimas de madre, don Guillermo juró nunca más volver al Prater.

El premio Semilla que fue entregado a Wiener en 2015

Por el cine Universo y sus dioses de platea y “mezzanine” (Gina Lollobrigida y Charlton Heston estaban pintados a la entrada) pasaron miles de paceños y paceñas para disfrutar películas míticas que se quedaron en la retina. Incluso los viejos y aventajados alumnos del Colegio San Antonio de Padua recuerdan cómo entraban a la sala oscura por la puerta de escape del cine que daba al patio de la escuela de los Franciscanos en la avenida Pando. El planeta de los simios, Ben Hur, Espartaco de Kubrick, El Cid de Anthony Mann, la saga de Rocky y la de La guerra de las galaxias, Karate Kid y otros grandes éxitos como El patrullero 77 provocaban enormes colas hasta la plaza Alonso de Mendoza. “Mis favoritas siempre fueron las de ‘Cantinflas’ y si tuviese que elegir una para ver de nuevo sería El mundo está loco, loco, loco de 1963 de Stanley Kramer, con los Tres Chiflados o El barrendero de Cantinflas del 81. Con el mexicano cargo una frustración, siempre quise conocerlo y estuve en México dos veces para tal fin, la primera vez estaba en líos y la segunda vez don Mario se enfermó”.

El vestíbulo y la inolvidable confitería del “Universo” era el lugar ideal para aprovisionarse de “Berlinas”, turroncitos Namur y chocolates Rolo. Ninguna cantidad era suficiente para aguantar las películas de tres horas de la época. En las filas superiores de “mezzanine”, la juventud paceña “empanadeaba” en la oscuridad y presidentes como Víctor Paz Estenssoro se camuflaba por temor. “Don Víctor me hacía llamar para tener primera fila de ‘mezzanine’ pero pasados unos años siempre me pedía la última fila. No quería que nadie se sentase detrás suyo, por temor a un atentado. Con el que tuve algún problema fue con su ‘vice’, René Barrientos. Iba a pasar una película en 1964 llamada Siete días de mayo de John Frankenheimer con Burt Lancaster y Kirk Douglas, que narraba un complot de la Fuerza Aérea para tumbar al presidente de EEUU por firmar un acuerdo con la URSS. Me hicieron llamar con un primo del coronel Faustino Rico Toro, hombre fuerte del Ministerio de Gobierno. Pasé la película una mañana solo para el presidente Paz. Don Víctor me dijo: ‘Por mí, no hay problema’. Luego la exhibí para el séquito de Barrientos Ortuño, que venía de la Fuerza Aérea y acababa de ser nombrado como vicepresidente. El General salió del cine sin comentar nada y unas pocas semanas después dio el golpe. Tiempo después pude preguntarle por la película, pues aquel día no me dio su opinión y me dijo: ‘En aquel momento no era conveniente’. Pasó bastante hasta que el “Universo” pudiera proyectar Siete días de mayo, en que Ava Gardner tenía un papel secundario, la llamaban “el animal más bello del mundo”.

El mayor gusto de Wiener, sin embargo, fue exhibir El violinista en el tejado de Norman Jewison en 1971, un musical que pareciera contar la propia existencia de Wiener: la tradición, la dificultades de ser pobre, el hostigamiento antisemita, la supervivencia. “Me advirtieron que era un tema delicado, que iba a ser un fracaso de taquilla, no lo fue y estuvo casi dos meses. El otro gran placer fueron las habituales “premieres” con fines benéficos a solicitud de las esposas de los presidentes. “El dinero para iniciar la construcción de la iglesia de San Miguel en Calacoto se recaudó con la ‘premiere’ de El viejo y el marcon Spencer Tracy. El auspicio lo hizo doña Teresa Cortés de Paz Estenssoro, cobró precios muy elevados y vendió a todo el cuerpo diplomático, a los ministros y a los parlamentarios. El prestigio del ‘Universo’ estaba por las nubes”.

Wiener a sus 89 años, en su casa de Miraflores

Quince años después de la inauguración del “Universo”, Wiener dobló la apuesta: construir el cine más grande de Bolivia en una zona más popular, la Garita de Lima. El nombre era más que obvio: “Monumental” y el apellido iba a rendir tributo a su hijo, Roby, que había logrado cumplir el sueño frustrado de su padre, ser ingeniero electrónico de la UMSA, primera promoción. En octubre de 1975, Los tres mosqueteros—“una colosal superproducción llena de humor, acción y simpatía”— inauguraban por todo lo alto las 1.700 butacas, dos mil según el anuncio de prensa. Luego llegaron otros taquillazos como Tonta, tonta pero no tan tonta (1972) con la “India María” (María Elena Velasco), La niña de la mochila azul (1979)  y las películas “prohibidas” de Sanjinés. “He tratado y soy amigo de todos los cineastas bolivianos, yo estrené Mi socio en 1982. Cuando vino Jorge fue chistoso. Había estado exiliado en Perú y Ecuador por las dictaduras y era muy temeroso. Me dijo: ‘Vengo de parte de don Jorge Sanjinés, quisiera saber si se anima a pasar sus películas’. Fueron un éxito total, colas de colas, a 2,50 y 3 bolivianos, para ver Las banderas del amanecer, entre otras. Otros taquillazos fueron las añoradas Tiburón y Superman, disfrutadas siempre en familia. “La cola para ver Terminator 2en 1991 llegó hasta bien arriba, hasta la Calatayud y los revendedores hacían de lo suyo”.

Don Guillermo no es un hombre de nostalgias, como pudiera parecer. No extraña esa Bolivia con 220 cines en todo el país, 32 de ellos en La Paz. “Hace años creía que el pasado era mejor, luego comencé a leer y leer y me di cuenta de que mi idolatrado Renacimiento de Los Médici no era tan hermoso, que moría mucha gente por hambre e injusticias, que siempre combatí desde mi época de dirigente estudiantil en el Ayacucho, cuando íbamos  a apedrear a los colegios privados para que se unieran a las huelgas”. Tampoco es un coleccionista de objetos y recuerdos. “No hay que enamorarse de las cosas, porque siempre se terminan por perder”, dice con un dejo de tristeza este vienés enamorado de La Paz, un boliviano más. Tal vez, “el judío más antiguo de Bolivia”, como se autodefine, recuerde la infancia perdida en Viena y todas las cosas arrebatadas por otro “caballero” también nacido en Austria y cuyo nombre no será escrito en esta nota. Hoy el cine “Universo” es el coliseo deportivo del colegio San Antonio y el “Monumental Roby”, una galería comercial con nombre victorioso. Don Guillermo jamás ha vuelto a pisar sus dos cines queridos, incluso cuando cerró el “Universo” fue incapaz de pasar a recoger sus cosas. Su mujer Eva y sus dos hijos lo hicieron por él. Tampoco ha vuelto a pisar los jardines del Prater.

Wiener vivo, stronguista y lector

Obviamente el creador del “Universo” tenía que ser stronguista, no podía ser de otra manera. El elegante bigotito que hoy luce todavía Guillermo Wiener hace recuerdo al bigote de Vicente Arraya Castro, la Flecha Andina, el arquero del Tigre que luego jugara en Atlanta de Buenos Aires, el Bohemio de Villa Crespo. “En el Ayacucho jugábamos con pelota de trapo, la primera vez que acudí al viejo Hernando Siles fue con mi amigo José Silfen, llevaba un año de duelo por la muerte de mi padre y no podía escuchar música —tradición judía religiosa—, así que me iba a ver al Tigre para disfrutar con Arraya, con Achá y los chicos, entrenados todos por Julio Borelli Viterito. Me gustaba ver al arquero pues mi hermano Hans jugó en esa posición en el club Macabi en La Paz y luego en Bolívar Nimbles de Oruro”.

Hoy, con 89 años recién cumplidos el pasado 7 de febrero, don Guillermo gusta de leer mucho, especialmente en inglés, cuyo idioma aprendió en los años 40 en el Instituto Anglo-Americano con su director, don Jaime Álvarez Daza, como profesor (también lo era de ese idioma en el Ayacucho). En estos días de pandemia está leyendo un libro sobre los inicios de la independencia de Estados Unidos. Tiene una cuenta en Amazon y quizás su afán lector es otra venganza personal contra los nazis que impidieron a su familia cargar con la gran cantidad de libros que tenían en su casa natal de Austria. La mejor forma de fomentar un hábito es prohibirlo. En eso coincide con su viejo amigo, el librero don Werner Guttentag. Don Guillermo no solo lee, también escribe, consecuencia fatal. Tiene tres libros publicados en la editorial Cima: Recuerdos de un judío boliviano (2004), La década olvidada de Bolivia, los años 40(2005) y Bolivia, los primeros cien años de su vida (2006). “Me acuerdo de todo lo que pasó hace 40 o 50 años pero se me olvida lo que hice ayer o anteayer”, dice, “ni mi hija que es neuropsicóloga, Patricia, es capaz de explicar este fenómeno”. Don Guillermo, stronguista y lector, siempre se hace al vivo.

Museo de Anatomía, el otro lado de lo tétrico

Reabierto desde 2018, el museo junta piezas cadavéricas que pueden parecer lúgubres, pero que también son la inspiración para estudiantes de primer año de Medicina

AÑOS. Un cadáver diseccionado hace más de 30 años se conserva gracias a técnicas implementadas por los fundadores del museo

Por Adrián Paredes

/ 14 de abril de 2021 / 13:32

En un lugar de la ciudad de La Paz hay un cuarto lleno de huesos, algunos con más de 30 años de antigüedad. Todos están clasificados según su nombre científico y su tamaño y hasta tienen un pequeño código QR para que sea más sencillo ubicarlos.

Así es la osteoteca del Museo de Anatomía del Área de Ciencias Morfológicas de la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Andrés. La idea de este cuarto es que los estudiantes de las distintas facultades relacionadas a la medicina puedan prestarse una pieza ósea —tal como se prestarían un libro en una biblioteca— para estudiar con libertad.

Esta es una de las iniciativas que tiene el Museo Morfológico desde 2018, cuando los doctores Marcelino Mendoza Coronel, actual jefe del Departamento Facultativo de Ciencias Morfológicas, y Freddy Edwin Tancara Vargas, responsable del Museo de Anatomía, asumieron gestión.

El repositorio está ubicado en la misma Facultad de Medicina, sobre la avenida Saavedra #2246, en el barrio de Miraflores. Para entrar hay que ir detrás del edificio principal, virar a la derecha y encontrarse de frente con la estatua de un Atlas cargando un mundo que en su interior lleva estructuras celulares, ADN e incluso el pequeño feto de un bebé.

El Atlas es parte del cambio de atmósfera que Mendoza y Tancara trajeron con su gestión. Cansados de que se asocie a la unidad de morfología con lo tétrico, no solo trabajaron para rearmar el museo, también llenaron sus techos y pasillos de arte. Su primer acto fue poner esta escultura que representa a las cuatro cátedras de la unidad de morfológicas: Anatomía, Histología, Embriología y Biología. 

“Esto era lúgubre. Pero, a través de la escultura y las pinturas, el lugar ha cambiado un poco junto a todos los ambientes, siempre tratando de inspirar a los estudiantes”, expone Tancara a ESCAPE, durante un recorrido por el recinto.

En el segundo nivel está el museo, entrando por una puerta rodeada del mural que reproduce Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, la pintura de Rembrandt. También está una representación pictórica de la escultura La piedad del italiano Miguel Ángel; y un mural más con La creación de Adán, también de Miguel Ángel. “Antes era todo muy apagado, pero hemos intentado que esta sea una casa del estudiante donde todos los que vengan se sientan bien y puedan apreciar estas obras de arte”, cuenta Mendoza.

Tras la puerta, una amplia sala alberga la colección, pero en 2018, cuando Mendoza y Tancara asumieron su gestión, el lugar no era más que un depósito en el que los huesos acumulaban polvo.

La gráfica

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

AYUDA. El museo no sería hoy una realidad sin la ayuda de los estudiantes que pasaron por la unidad de Morfología y llegaron a quererla. Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

‘Inspiración en la fascinación’

Dentro de la sala esperan maquetas y modelos que ilustran el funcionamiento y la estructura de diversas partes de la anatomía humana, pero también embriones, huesos y cadáveres, conservados para que los alumnos de primer año de medicina puedan aprender cómo funciona todo.

Al entrar, tres animales diseccionados con las vísceras expuestas están al inicio de una pequeña área dedicada a las bestias. El tiempo no ha quitado flexibilidad a los órganos de sus piezas cadavéricas, pero su textura se ve algo seca: algunas partes se pintaron con fines didácticos. Detrás de ellos, esqueletos de perros, gatos, pumas reposan junto a frascos con palomas flotando en formol.

No muy lejos de ahí yace el cadáver de una persona no identificada; murió hace más de 30 años, más o menos cuando el museo fue creado por los doctores Édgar Arené y Vito Rivas, jefes de trabajos prácticos de Morfología en esa época, quienes diseccionaron esta pieza cadavérica e implementaron las técnicas de conservación que lo mantienen intacto hasta hoy.

“La gente tiene el morbo de ver lo prohibido y, en este caso, ver un cadáver sin piel, cortado en dos partes para mostrar su estructura, despierta inquietud, pero también la motivación de realmente pensar en cómo está estructurado nuestro cuerpo”, explica Tancara.

El museo representa la primera etapa de formación de los estudiantes de Medicina. Antes de entrar en prácticas de segundo año, tienen que profundizar sus conocimientos de Morfología, de tal modo que conozcan a detalle cómo funciona el interior de su futuro campo de trabajo. “Lo hacemos en cadáveres para entender bien cómo funcionan algunas estructuras, tenemos que romper, cortar y abrir. Eso no podemos hacerlo en alguien vivo, solo en un cadáver”, aclara Mendoza.

Justamente fueron estudiantes quienes ayudaron a ambos doctores a convertir ese depósito intransitable de esqueletos deteriorándose a la luz del sol en un museo dividido en áreas con importantes piezas de aprendizaje, como huesos con fracturas mal consolidadas, cráneos acromegálicos y otros sacados de ch’ullpas con trepanaciones que alteraban su forma.

“Puede ser tétrico para quien no se dedica a la medicina, pero los estudiantes de primer año encuentran inspiración en la fascinación que les causa ver estas piezas”, asevera Tancara.

Los tesoros del museo

El museo también junta otro tipo de tesoros. Entre ellos, desde Francia, un modelo antiguo de cera, de esos que artistas de ese material realizaban junto a anatomistas en 1800 y que hoy valen más de $us 20.000. Alrededor de esta importante pieza histórica están modelos creados por los estudiantes. Pulmones, corazones, corneas en maquetas realizadas en porcelana fría, plastoformo y metal, a manera de trabajos finales, mostrando el funcionamiento de las estructuras.

Para Mendoza y Tancara éstos son los tesoros, muestras del amor de los estudiantes por el museo. Por lo mismo lamentan no tener suficientes fondos para hacer de éste un museo más profesional.

A futuro desean tener solarios, más murales, cambiar la fachada e incorporar vitrinas, luces y un sistema de alarma, para así poder añadir algunas piezas valiosísimas y muy raras, como invaluables microscopios antiguos, que por ahora guardan en algún lugar secreto.

No solo los fondos no alcanzan, su gestión termina el 10 de mayo y los galenos todavía no han decidido si repostularse para otros tres años o dejar de posponer proyecciones personales y académicas.

Solo les queda seguir intentando que el Ministerio de Salud y el de Educación — o cualquiera, en realidad— otorguen fondos para dejar el museo aún mejor de lo que ya se logró, especialmente ahora que, después de cerrar por la pandemia, el 5 de abril abrió sus puertas una vez más.

Comparte y opina:

Ramón Rocha Monroy: ‘Perdí al 90% de mis amigos’

El escritor cochabambino ha publicado una nueva obra literaria (corta) tras siete (largos) años de silencio. Es un tributo a su hijo y al rock. El autor además cree que la narrativa boliviana debe retornar a lo nuestro

EDICIÓN.El escritor Ramón Rocha Monroy junto a la editora Alejandra Carranza, de Mefistofelia.

Por Ricardo Bajo H.

/ 14 de abril de 2021 / 13:17

Ramón Rocha Monroy está de vuelta. Después de siete años de “silencio”, el escritor con pseudónimo misterioso (“Ojo de Vidrio”) ha lanzado estos días su última novela —corta—, un homenaje a su hijo Ariel y su afición/devoción por el rock que lo llevó a abrir tres templos rockeros en Cochabamba: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. Su nombre: Pedro y María. El ganador del Premio Nacional de Novela en 2002 con Potosí 1600 ha publicado más de 30 libros en diferentes editoriales pero ahora se ha decidido por una editorial independiente/artesanal dirigida por una mujer, Alejandra Carraza Gómez-García, poeta paceña, comunicadora y filósofa que hace años estaba a cargo de la revista de literatura Cien de Cien. El libro fue presentado el pasado 2 de abril en la Llajta en la plaza Colón y cuenta con una tapa diseñada por Sergio Condori Aguilar. Pedro y María narra la vida alterada de un matrimonio joven de empleados bancarios a raíz de la llegada a su hogar de un extraño gringo de pelo largo, una verdadera enciclopedia del rock y sus excesos.

Pedro y María es una charla de rock, es una novela de misterio y fuga —“este hombre sabe más de lo que dice”—, es un homenaje para tu hijo y sus boliches rockeros. ¿Es el divertimento más extraño de tu obra?

—Es un ajuste de cuentas con un pasado signado por la política y la dictadura militar, que a algunos nos empujaba al trabajo de resistencia y a otros al hippismo, a la yerba, al rock en inglés o venido de Argentina. Pero muy por debajo latía la influencia del rock. No hay que olvidar que yo soy menor que Los Beatles, los Rolling Stones y tantos otros. Tomé un argumento anotado por Nataniel Hawthorne para ver cómo, si varías el contexto, tienes otra cosa. Es como La montaña mágica, pero sin tuberculosis, con cáncer. Me sorprendió cuánto sabe mi hijo mayor Ariel sobre rock y él me dio por primera vez el rock en español, pero venido de México: no solo de Buenos Aires.

—En la novela también se puede “observar” tu pasado rockero, tus andanzas en La Paz de pinchadiscos y cassettes, ¿hay una cierta nostalgia destilada de lo que llamas “la generación del empute”?

—Es algo en lo que insisto en mi docencia de filosofía política. La “generación del empute” se remonta a los inicios del siglo XX con el existencialismo, recrudece entre guerras y se masifica con la segunda posguerra europea, que no mundial, con los hippies, Vietnam, el rock, que tiene antepasados negros en el blues, el jazz, el rythm and blues y el rock and roll. Desde entonces hay una rebeldía innata, sobre todo en los jóvenes, que algunos la llaman contracultura y yo “generación del empute”. Y no tiene solución porque es una crisis global de Occidente, que se manifestó en París en 1968, en México el mismo año y en Tiananmén más tarde. Nadie sabía por qué había consignas tan raras: los cronopios versus el sistema.

—¿Es ahora más que nunca necesario reivindicar esa rebeldía que tuvo y ya no tiene el rock?

 —La novela es un réquiem a tres boliches que alentó mi hijo Ariel, que quebraron antes y luego de la pandemia: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. El rock tiene hoy poca rebeldía; es tan solo una rebeldía de Charly García, Spinetta y Lito Nebbia en Buenos Aires; de Alex García, Rockdrigo González y Cecilia Toussaint en México.

Foto: Ricardo Bajo

—Sobre la novela navega el malditismo y el culto al exceso tatuado en el ADN del rock, con muertes, sobredosis, carretera y héroes abandonados en el camino. En el panorama boliviano hemos padecido/gozado ese universo pero a baja escala/intensidad. ¿Por qué no había hasta ahora una novela boliviana con riffs afilados de guitarra de fondo?

—Es que los de clase media somos muy modositos, y todos los escritores y lectores son de clase media. Yo he perdido al 90% de mis amigos por razones políticas, como si éstas abarcaran una vida, y no es así. Sin embargo, pago el precio porque nadie compra mis libros, las editoriales no me tiran pelota y las entiendo. Por eso, hay que cambiar de vida y conseguí una editorial artesanal, Mefistofelia, que me cobra baratísimo y vende también muy barato. No me interesa ganar dinero sino lectores. La crisis se nos viene y hay que cambiar de modo de vida.

—La novela cae en el estereotipo de la vieja estrella del rock escondida en el secretismo junto a su inevitable característica de portento sexual. ¿Es algo inevitable para la construcción del personaje?

—Eso quizá era antes. Hoy la yerba y en general la droga han caído sobre las bandas. Es imposible aguantar el ritmo de antes sin estimulantes. Pero hoy, con la pandemia y la crisis, los músicos no saben ya qué hacer. Están desocupados.

Monroy en su inseparable bicicleta

—De todos los músicos/bandas que caminan por la novela, ¿cuáles son tus favoritos?

—Los viejos. Joe Cocker, Keith Richards, Janis Joplin y Jimi Hendrix. Mick Jagger tuvo una mujer compartida con Keith, que cantaba temas de Los Beatles y era muy linda. Acabo de verla en una película, se llama Marianne Faithfull, una señora gordita, todavía guapa, que hace en el filme la paja a quienes meten el miembro por un orificio en un “sex shop” de Londres. Pero le da “codo de tenista”, es decir, tendinitis a la cual yo la llamo “codo de pajera”. La peli se llama Irina Palm(2007) de Sam Garbarski.

—¿Por qué no hay rock boliviano en la novela, por qué a veces parece que nuestro rock ni siquiera existiera para el resto del mundo?

—Yo no diría eso. Basta leer el libro de Marco Basualdo o recordar a Wara. Aquí hubo fusión de rock y folklore, pero somos un país chico y no trascendió. Cuando yo era adolescente, los artistas eran fonomímicos y así se presentaban. Mira lo que recorrimos.

—¿Cómo has trabajado la crítica/condena social que subyace en la novela contra esa pareja de bancarios, contra esa clase media cochala/boliviana que se cree “blanca” y sale como aspiración en las páginas de “sociales” de los periódicos?

—No debe haber jóvenes más domesticados que las y los bancarios, tan lindos, tan impecables, tan modositos. Pedro y María son bancarios: ganan un concurso para atender hasta sus días a un gringo de la tercera edad y las sorpresas vienen desde la recepción en el aeropuerto. Ellos esperan un gringo viejito, de corbata michi, camisa rosada y sombrero de paja y se encuentran con un calvo melenudo, de guayabera y borracho, que trastorna la recepción y va a la fiesta metiéndole mano a una chica, jalando y bebiendo Jack Daniels delante de todos. Ya digo: perdí al 90% de mis amigos por esa razón; pero todo arte es puro “cover”. Y los clasemedieros se parecen en todo el mundo. No son nada originales. En cambio, acercarse a una realidad concreta, por ejemplo, la Bolivia profunda, es siempre único, irrepetible.

—Has optado por una editorial artesanal y una distribución casera/personal, puerta a puerta. ¿Por qué has dejado los sellos editoriales de “prestigio” que antes publicaron tus novelas? ¿Cómo ves el panorama literario nacional?

—Hay unos cuantos que todavía conmueven a las grandes editoriales. Que no es mi caso. Entre nosotros hay imitadores hábiles: un poco de Borges, un tanto de Vázquez Montalbán, otro poco de Paul Auster y John Cheever y Raymond Carver. La literatura nacional no será original si no se acerca a fenómenos como el Gran Poder en La Paz o sus laderas; a la copla cochabambina liquidada por la morenada y a las bandas orureñas del Carnaval. En suma, volver a lo nuestro.

La tapa del nuevo libro del autor

—¿Dónde han quedado tus textos gastronómicos, abandonados en un cajón junto a tu querida bicicleta?

—En absoluto. Mi amigo Ingvar Ellefsen publicó Memorias de un Gastrósofo, que contiene dos textos ya agotados, Crítica de la sazón pura y Todos los cominos conducen aroma junto a un tercer libro inédito, Comer y descomer. Pero justo coincidió con la pandemia y no se lo pudo presentar. En cuanto a la bicicleta, que manejo hace 30 años, últimamente es lo único que monto.

—¿Cómo sobrevives en esta Bolivia polarizada que por un lado pide justicia por el golpe, la corrupción del gobierno de facto y las masacres y por otro lado sigue hablando de fraude y dictadura?

—El triunfo del actual presidente Arce fue un balde de agua fría para los “pititas”, que quedaron mudos de asombro. Quizá era mejor pedir justicia de inmediato, pero la justicia es lenta. Tiene sus protocolos y todavía no se los ha cumplido. Entonces hay sectores urbanos que piden reconciliación, no volver los ojos atrás, mirar al futuro sin venganzas. Pero ¿y los muertos de Senkata y Sacaba y otros lugares? ¿No cuentan porque los muertos son pobres y anónimos? ¿No habrá justicia para ellos? Si no se hace justicia, ¿no habrá otros personajillos que cometan tantas barbaridades? La ley obliga a gobernantes y gobernados. Gobernar en democracia no es fácil. Pero para eso tenemos más del 55 por ciento de apoyo, el 40 por ciento del voto urbano. ¿Vamos a transigir con grupos pequeños pero ruidosos de presión? El presidente Arce lo está haciendo muy bien: ha desarmado el paro médico con la aplicación masiva de vacunas; y no hay que olvidar que el “comiteísmo” cruceño vive sus últimos días. En Santa Cruz hay mucha gente inteligente que no sé por qué guarda silencio.

—¿Qué estás leyendo y escribiendo ahora?

—Tengo siete obras inéditas, entre ellas una novela larga y varias cortas, biografías y filosofía política. Incluso la segunda parte de Pedagogía de la Liberación. Leo mucho y es inevitable escribir, aunque no publiques.

La novela ‘Pedro y María’, a 20 pesitos, se puede adquirir en la tienda de la editorial artesanal Mefistofelia en Cochabamba: calle Juan de la Reza, entre Hamiraya y Tumusla, en el WhatsApp 72217747, en la página de Facebook de la editorial y contactando al propio autor en el edificio Zafiro, calle Chuquisaca esquina Antezana, frente al restaurante Paprika. “Díganle al conserje y ya”, dice suelto de cuerpo el bonachón de don Ramón.

Comparte y opina:

URBANO: Arte para salir de la pandemia

Una exposición colectiva ofrece miradas distintas en la galería Altamira, que se ha convertido en un espacio para respirar cultura

OBRAS. En la muestra se incluyen obras de Ejti Stih,

Por Miguel Vargas

/ 14 de abril de 2021 / 13:13

Si hay una puerta para renovar el alma en tiempos tan difíciles como la pandemia, es el arte. Así lo han comprendido Ariel Mustafá y Daniela Espinoza, de la galería Altamira (calle José María Zalles #834, bloque M-4, San Miguel), que inician su calendario de exposiciones con una muestra colectiva que reúna a artistas de distintas técnicas para pensar las ciudades.

Urbanoes el nombre de esta exposición con obras de más de una decena de obras de autores bolivianos. Permanecerá abierta hasta el 27 de abril de 10.30 a 13.00 y de 15.30 a 20.00. Aunque sobra decirlo, tiene las medidas de bioseguridad para cuidarnos.

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

Comparte y opina:

Godzilla vs. Kong

Los dos míticos y gigantes seres se enfrentan —otra vez— en un espectáculo sin sentido de CGI y luces. El crítico de cine Pedro Susz escribe sobre la cinta

HISTORIA. El mono gigante de la Isla Calavera y el monstruo japonés tienen larga data en el celuloide

Por Pedro Susz K.

/ 14 de abril de 2021 / 13:05

El confinamiento obligatorio de los espectadores, a lo largo de un año y algo, a consecuencia de la pandemia del COVID-19, dejó a muchos de ellos ansiosos por regresar a una sala para ver cine como se debe, y la paralela premura de las productoras para poner en circulación megaproducciones de altísimo presupuesto encajonadas en proyecto, a medio hacer, o totalmente acabadas, parecieran haber abonado el terreno para que Godzilla vs. Kong  el más reciente cometido de la otra pandemia, fílmica esta última: la de las sagas plagadas de efectos especiales y sus inacabables secuelas, precuelas y otras ramificaciones, se convierta en el fenómeno de taquilla codiciado por la sociedad Warner Bros/Legendary Entertainment, propietarias de la franquicia MonsterVerse, la cual conjuntó las dos figuras míticas del cine de monstruos, que vuelven a enfrentarse por cuarta vez, en la ocasión con un presupuesto de 160 millones de dólares.

 El gigantesco simio King Kong, habitante de la Isla Calavera, había asomado por primera vez en las pantallas en 1933 en la película dirigida por Carl Denham, convirtiéndose pronto en un ícono de la cultura popular cebada por la industria del entretenimiento que le exprimió el jugo desde entonces con más de media docena de remakes, amén de algunas series para televisión, libros, comics y, por supuesto, videojuegos.

Por su parte Godzilla, es un kaiju (bestia extraña o monstruo en japonés), que cuenta también con una larga historia desde que en 1954 el director Ishiro Honda rodó la primera cinta abocada a esa suerte de enorme dinosaurio mutante cuya figura fue imaginada por el realizador como una alusión metafórica a la devastación nuclear sufrida por el país asiático sobre el final de la Segunda Guerra Mundial. De allí en más apareció en 33 películas japonesas y tres made in USA, habiendo pasado a convertirse en el referente por excelencia del imaginario colectivo de su país de origen, donde adquirió la dimensión simbólica del antihéroe indestructible que lo pone a buen resguardo del caos, la devastación y la contaminación por culturas ajenas a la nipona.

Si bien ya en 1962 los dos monstruos prehistóricos habían coincidido en King Kong vs. Godzilla, producción japonesa dirigida por el mismo Honda, ambos ejemplares se toparon de verdad por primera vez en Godzilla (Gareth Edwards/2014), se reencontraron en Kong: La Isla Calavera (Jordan Vogt/2017), más tarde en Godzilla: El Rey de los Monstruos(Michael Dougherty/2019).

La tesis transversal de MonsterVerse es que hace millones de años especies gigantes, anteriores a la de los dinosaurios, poblaron la superficie terráquea alimentándose de la radiación sobrante del Big Bang y cuando ésta comenzó a escasear se refugiaron a hibernar en la Tierra Hueca, hasta que los sapiens y su voracidad depredadora los despertaron con explosiones nucleares, la minería intensiva y otros despropósitos similares. Tal supuesto se puso en circulación en la referida franquicia impregnado de un sesgo, por decir ideológico, de acuerdo al cual no es que los kaiju detesten a los humanos, a quienes por consiguiente no desean hacer daño —si bien en alguna oportunidad engullen algunos—. Son tan solo criaturas cuyo instinto los lanza a pelear por el territorio. Y si nosotros no hubiésemos devastado sin medida al globo, habrían seguido hibernando, acunados por fábulas y leyendas, sin sentirse impulsados a despedazar cuanto encuentran a su paso.

Dicho de otro modo, para recubrir de un barniz de significación a emprendimientos que no apuntan sino a sumar millones explotando a fondo las posibilidades de la animación virtual, la saga cuyo cuarto episodio nos cae ahora encima, finge estar molesta con las agresiones ambientales causantes del cambio climático y otras averías provocadas por los sapiens después de apropiarse de un planeta que pertenecía a los titanes.

En la ocasión, tal estrategia de encubrimiento de sus reales objetivos pasa por desparramar a lo largo de la trama livianas y fugaces alusiones a varios temas de candente actualidad, tales como el debate en torno a las alocadas tesis de la filosofía trans/poshumanista; las divagaciones fantasiosas  de varios de los heraldos de la Inteligencia Artificial; los dispositivos activados por las megacorporaciones administradoras de redes y plataformas, puntas de lanza de la mundialización del capitalismo informático, para colonizar las conciencias; y hasta las advertencias de los movimientos ecologistas a propósito de los horrores por venir, algunos ya vinieron, si la soberbia antropocéntrica continúa alimentando la idea de que los humanos poseen el derecho de seguir explotando a su gusto y sabor la tierra entera.

Sin embargo, pronto queda al descubierto que si algo sobra en Godzilla vs. Kongson los acartonados personajes humanos, algunos de ellos heredados de los eslabones previos de la cadena, otros, nuevos, metidos con fórceps dejando la impresión de que solo se trataba de agregar al listado de intérpretes algunos nombres con cierto prestigio: Millie Bobby Brown, una “estrella centennial” fabricada por las redes o Alexander Skarsgård para el caso, sin que su inclusión en el elenco actoral atienda a ninguna necesidad dramática o a la intención de densificar narrativamente la historia.

Ésta ilustra, mediante el atosigante uso de la técnica denominada Computer Generated Imaging (CGI), o imagen generada por computadora, un deslavado guion, que de acuerdo al criterio expresado en algunas opiniones acerca de la película de Adam Wingard —quien se resigna a ilustrar de modo asimismo falto de toda inspiración ese, en el mejor de los casos, boceto argumental— ameritaría que Eric Pearson y Max Borenstein sus autores fuesen de inmediato dados de baja del sindicato de guionistas.

En la Isla Calavera, habitáculo eterno de Kong, trabaja hace tiempo Ilene, una investigadora dedicada a estudiar el comportamiento del mono, mientras cría a su hija adoptiva Jia, niña sordomuda, única superviviente de los moradores originales del lugar, quien se comunica con aquél mediante el lenguaje de señas, entablando una relación supuestamente apuntada a aportar siquiera una gotas de emoción a la historia. Paralelamente en algún lugar de los Estados Unidos Madison, especialista en informática, ve aumentar día a día sus sospechas acerca de que la empresa cibernética Monarch anda en algo muy turbio, según las pistas que le proporciona su colega infiltrado, bajo el disfraz de empleado de limpieza.

Parece poco creíble que tamaña megacorporación tecnológica, capaz de construir naves habilitadas para llegar hasta el mismo centro de la tierra, no pueda detectar un audio dudoso en internet, ni identificar a su autor, pero ese ejemplo, podrían mencionarse varios otros, desnuda que la credibilidad, o la coherencia, no son algo que les hubiese importado un comino a los libretistas, ni al director. Como tampoco si el humor con el cual quieren aderezar algunas escenas funciona o resultaba pertinente. Menos todavía si las afanosas idas y venidas de los, anotamos, estereotipados personajes humanos conducen hacia algún lugar, dramáticamente digo.

A quienes les satisface la idea de que un pugilato tras otro entre los dos monumentales aspirantes a rey de los titanes en medio de un ruido ensordecedor y de un juego de luces enceguecedor, demoliendo, como mero efecto colateral, ciudades enteras y pisoteando a los miles de aterrados habitantes en su intento de huir —como ya sucedía en la versión de 1954, pero entonces con el arriba colacionado sentido alegórico, o sea con algún sentido—, constituyen suficiente motivo de entretenimiento o diversión podrá antojárseles que Godzilla vs. Kongamerita una pronta, segura, secuela. Conmigo no cuenten.

FICHA TÉCNICA

Título original: Godzilla vs. Kong

Dirección: Adam Wingard

Guion: Eric Pearson,  Max Borenstein – Historia:Terry Rossio, Michael Dougherty,  Zach Shields

Fotografía: Ben Seresin

Montaje: Josh Schaeffer

Diseño: Tom Hammock, Owen Paterson

Arte: Bill Booth, Dawn Swiderski, Mitch Cass, Andres Cubillan

Música: Junkie XL (Tom Holkenborg)

Efectos: Chris Apeles, Shane Bailey, Chris Brenczewski, Adam Avery, Katie Barker

Producción: Jay Ashenfelter, Yoshimitsu Banno, Shauna Bryan, Chen On Chu, Jennifer Conroy

Intérpretes: Alexander Skarsgård, Millie Bobby Brown, Rebecca Hall, Brian Tyree Henry, Shun Oguri, Eiza González, Julian Dennison, Lance Reddick, Kyle Chandler, Demián Bichir, Kaylee Hottle, Hakeem– EEUU/2021

Comparte y opina:

CH’ALLA DEL CD 60 A

Nos hemos inventado esta ch’alla de mi último disco 60A porque es triste vivir sin dar conciertos, sin el afán de las tocadas; es triste estar sin el contacto con la gente

Por El Papirri

/ 14 de abril de 2021 / 13:02

CH’ENKO TOTAL

Nos hemos inventado esta ch’alla de mi último disco 60A porque es triste vivir sin dar conciertos, sin el afán de las tocadas; es triste estar sin el contacto con la gente, sin el murmullo de la butaca; es triste estar sin música en los dedos, sin letras dando vueltas la cabeza; es triste sacar todo un disco con 13 canciones y sentir que no vuelan, que creaste canciones sin alas. Nos inventamos esta ch’alla gracias a los jóvenes gestores culturales de 8B Departamento Cultural de Cochabamba. El 8B se debe a la generosidad del cantautor y guitarrista Mauricio Canedo y de su esposa, la artista audiovisual Gabriela Olivera, quienes decidieron abrir las puertas de su casa a los artistas, entonces el living y comedor hacen de pequeño teatro algunas veces, otras de set de fotos y sesiones de video, en el fondo de la casa hay pequeñas aulas; es departamento porque al inicio, hace tres años, todo transcurría en un departamento, sin embargo la pareja se animó a cambiar el departamento por una casita, está lindo, extenso, el 8B.

Decidí tocar con el mismo trío del anterior streaming, el de inicios de octubre del año pasado. El  Papirri y su trío Cochala suena sólido, Luis Mercado en la batería y percusión es un músico cabal, un artista que ve la batería como un instrumento de percusión y eso se agradece. Hugo de Lafuente es un excelente bajista, ambos estudiaron en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA), una institución pionera del Gran Buenos Aires que forma a músicos populares. Sinceramente, en Bolivia no creo que haya músicos solo de música “culta”, todos hacemos música popular, sin embargo los Conservatorios no lo consideran y nos alejan de los centros de formación, en mi generación teníamos que estudiar teoría de la música cuatro años para recién hacer sonar algo, aunque sea una lata de aceite. La EMPA llena este vacío, los chicos agarraron sus maletas y se fueron para allá, su formación no es solo musical sino también de tecnología del sonido, están bien actualizados, ensayar con ellos es un gran alivio, tocar un enorme sostén pues ya los años pesan. Más aún porque —a la vejez viruela— me dieron ganas de tener una guitarra eléctrica, todo el mes de marzo estuve con esa idea adolescente, tomé contacto con un excelente guitarrista eléctrico, Juan Ernesto Saavedra, fue mi guía sobre las alternativas, precios, modelos, una búsqueda tensa que concluyó con la compra de una guitarra que estabaen remate, de media gama, una estilo Stratocaster medio chutita, pero bien nomás está.

En el primer ensayo, hace una semana, me emocionó tocar Un k’usillo en Nottingham con esa guitarra eléctrica, se me salieron unas lágrimas al cantar y pensar en mi hermano que está como la canción, el sonido de mi Tocai (así es la marca) salió pleno en esta canción, mis dedos buscaban sosiego y a la vez emoción, eso era lo mejor, hacer menor esfuerzo articular con resultados sonoros extendidos a diversos timbres debido a una palanquita que te lleva a cinco diferentes. Lo jodido es acostumbrarse a las cuerdas de metal, che, las cuerdas son rudas, las yemas se fríen en un sartén metálico, hay que acostumbrarse, sin llorar.

También me emocionó mucho ver mi cuadernito de canciones donde pongo las letras, estaba desabandonado, polvoriento, tenía anotaciones del concierto anterior, decía 10 de octubre de 2020, se notaba temor para cantar algunas canciones, los golpistas todavía estaban en el gobierno, los motoqueros fascistas podían lastimarnos. Hoy cantamos lo que el alma pida, por eso este concierto es una celebración, un agradecimiento a los poderes superiores que nos permiten aún cantar, una celebración a la vida, un disfrute democrático, el placer de cantar nuevas canciones en libertad y aún con salud. 

Hoy martes grabamos el concierto que se emitirá el sábado 10 y domingo 11 de abril, apóyennos llamando a la productora Amalia Canedo a los celus del artecito. Interesante ver al Papirri con su guitarra eléctrica, interesante ver un streaming con cuatro cámaras, con buen sonido y luces, interesante escuchar las nuevas canciones del disco 60 A, mezcladitas con varios hits, interesante apoyar a los artistas nashonales. Estamos vivos. Respiramos. Todavía cantamos. Estamos algo solos. Algo gordos. Bastante achacosos. Entonces, mientras se pueda: ¡bien le cascaremos con un Ch’utis!

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Comparte y opina:

Últimas Noticias