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Pedro Querejazu: ‘Las fotografías revelan una nueva faceta en la obra de Arturo Borda’

El investigador presentó su nuevo libro, que profundiza en la obra pictórica del artista.

El historiador y crítico de arte Pedro Querejazu. Foto: Álvaro Valero

/ 16 de mayo de 2018 / 05:13

Las múltiples contradicciones que pueden encontrarse en la obra de Arturo Borda son, más que contrasentidos, manifestaciones de una personalidad compleja. “Romántico, clasista, esteticista, simbolista, actor de cine y teatro, escritor, poeta, pintor y líder sindical”, así describe el historiador y crítico de arte Pedro Querejazu al mítico artista paceño.

En el libro Borda 1883-1953 —que se presentó el 3 de mayo en el Auditorio de la Universidad Privada Boliviana (c. 5 de Obrajes)— el investigador muestra un análisis de su obra pictórica desde la Historia del Arte, con la colaboración de la también historiadora del arte Lucía Querejazu. Contiene más de 451 fotografías en color de pinturas y dibujos, además de 34 fotografías que acompañan tres ensayos, escritos por Jessica Freudenthal, Omar Rocha y Claudia Pardo, sobre El Loco, la novela más conocida del también escritor.

— ¿Cómo nació el proyecto?

— Comenzó hace varias décadas. Si bien conocí su obra en 1971, mientras trabajaba en el Museo Nacional de Arte como restaurador, fue en 1983 —después de realizar una exposición en homenaje al centenario de su nacimiento, junto a Ronald Roa— que le propuse al historiador hacer un libro sobre la obra del artista. Roa no estuvo de acuerdo porque ya estaba trabajando en uno por sí mismo.

Desde entonces mantuve una espera activa, durante la cual me dediqué a fotografiar todas las piezas de Borda a las que tuve acceso. En 2010 Roa publicó su libro, que tiene un enfoque histórico muy bien documentado, que no abordó el necesario análisis de la obra pictórica o literaria del autor que yo tenía en mente.

Así que en 2011 hice un perfil de proyecto para buscar financiamiento —que vino de la mano de la Fundación Solydes— para publicar un libro que se aproximara a su pintura, desde la Historia del Arte. El año siguiente lo tuve prácticamente listo, pero por razones económicas tuvimos que esperar.

Durante los siguientes tres años siguió apareciendo información. Lo más notable fue llegar a ver una fotografía tomada o mandada a tomar donde se puede ver la imagen del yatiri en la que se basó el pintor para su famoso cuadro (El Yatiri, 1918), con una diferencia. La fotografía está tomada en el patio de su casa. Entonces, al realizar la obra, reprodujo con mucho detalle las figuras humanas, pero le cambió el contexto, que en la pintura es un paisaje similar al del estrecho de Tiquina, en el lago Titicaca. Y como éste hay muchos ejemplos, que el libro ilustra de manera paralela.

— ¿Qué implicó este hallazgo para su investigación?

— Esto abrió un panorama que hasta 2012 era insospechado para mí; sabía que él utilizaba fotografías, pero no que las construía como vehículo para realizar su obra pictórica. Lo notable es percibir y demostrar que cuando él concebía una obra de arte, lo hacía no solo en el boceto, sino como una imagen completa, en la que después introducía elementos propios. Además de ser un notable escritor literario, hizo crítica de arte y fue actor, productor y director de cine. Y la función de las fotografías en la pintura tiene relación con las otras actividades a las que también se dedicó.

Entonces ¿cuál es para usted la relación entre la pintura y la escritura de Arturo Borda?

— Se ha dicho que sus pinturas ilustran su obra escrita. Mi argumento es distinto. Él pensaba en lenguaje pictórico y probablemente afinaba su pintura a partir de su discurso literario y viceversa. Es como una marcha paralela. Ninguno depende del otro, son complementarios e inseparables.

El mejor ejemplo es la relación entre la novela El Loco y el cuadro Filicidio (1918). Muchos piensan que la pintura es la ilustración del texto, pero tienen discursos distintos. El Loco, al principio, describe cómo fue abandonado el narrador y se describe a sí mismo como un nonato. En medio de una tormenta, en la noche, en el río Choqueyapu, el bebé reconoce su situación y ve cómo una cerda se aproxima para devorarlo, pero después una mujer lo encuentra y lo rescata.

En la pintura, el hecho discurre de día, por la tarde, también en el río Choqueyapu y el niño, que no es un neonato, por su fisonomía es mayor, ya está muerto y ha sido parcialmente devorado por la cerda. Lo que demuestra que hay temáticas comunes, tratadas de diferente manera.

— ¿Es por eso que también incluyó colaboraciones sobre la obra literaria del autor?

— A Borda hay que verlo de manera integral y su obra literaria, que está muy ligada a la pictórica, como ya hemos visto. Por ejemplo, la taxonomía que utilicé en su pintura es simplemente un proceso operativo para analizar mejor ciertas cosas, pero algunas piezas podrían estar en dos o tres categorías al mismo tiempo. La idea del libro es generar más investigaciones, porque sé que hay más obras a las que no tuve acceso. En cuanto a su faceta como escritor, aún no se han recopilado sus críticas de arte, o sus discursos políticos, que yo sepa. Así que hay aún mucho material por ser estudiado.

Pérfil:

Nombre: Pedro Querejazu

Profesión: Historiador y crítico de arte

Nació en: Sucre Nació en 1949. Después de realizar estudios sobre artes plásticas (Bolivia) y restauración (España), dedicó gran parte de su carrera a la Historia del Arte. Fue director del Museo Nacional de Arte (1982-1986) y de la Galería de la Fundación BHN (1991-1997). Es autor de los libros La Placa (1990),

El dibujo en Bolivia (1996), Guiomar Mesa (2009), Luigi Doménico Gismondi. Un fotógrafo italiano en La Paz (2010),  Keiko González (2011) y Arte contemporáneo en Bolivia. 1970-2013. Crítica, ensayos y estudios (2013), entre otros.

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Propuestas con sabores del mundo

Mappe Monde combina  ingredientes bolivianos con técnicas francesas para retar a los paladares paceños.

Propuesta. Entre sus platos más importantes está el carpaccio de lagarto con helado de mostaza y el pato confitado con papas salteadas. Foto: Christian Calderón

/ 20 de septiembre de 2018 / 00:46

Vlada (26) no se imaginó cuánto le servirían sus estudios en lingüística cuando emprendió la aventura de llegar a Bolivia desde su Rusia natal, hace casi tres años. En La Paz la esperaba su pareja, el chef francés Jeremie Duprey (27), quien quería poner un emprendimiento propio en la urbe donde descubrió su vocación. “Al restaurante llegan franceses y hablamos francés, atiendo una mesa con gente boliviana, en español; otra, de italianos o rusos y son todos lenguajes que hablo. Aquí se reúnen diferentes culturas y conocerlas me apasiona”, describe la lingüista nativa de Orsk.  

Mappe Monde (C. José María Zalles 963, San Miguel) es el sueño hecho realidad de Jeremie. Vivió en Bolivia cuando era adolescente —de 2006 a 2008—, junto a su familia; todos llegaron de Francia por el trabajo de sus padres. Durante una práctica en La Comedie descubrió el universo de la gastronomía. De esa experiencia nació tal vez la ilusión más importante de su vida: tener su propio restaurante.

“Después de mi experiencia en La Comedie, mi plan siempre fue volver. Además, en Europa todo está industrializado y aquí es mucho más fácil y económico encontrar productos frescos y de calidad”.

Los cocineros que trabajan en Mappe Monde conocen bien los productos bolivianos con los que se puede contar, lo cual es nuevo para Jeremie, quien aporta con técnicas francesas con las que no se los suele trabajar. Su producto estrella es el pato —que llega de Cochabamba—, ingrediente de cinco platos diferentes.

Después de haber salido de una escuela donde la disciplina y la rudeza son parte cotidiana del trato con los estudiantes, Jeremie tiene muy en cuenta que debe tener la paciencia que sus maestros no tuvieron con él: “Desde la escuela, el entrenamiento es muy duro y en las cocinas es igual. Así que estamos muy acostumbrados a tratarnos a los gritos. En cambio aquí, yo sé que si trato a alguien así, al día siguiente no vuelve y me quedo solo”.

Para Vlada la situación fue diferente. Como sirven comida internacional con un toque francés, su clientela es mayormente extranjera, lo cual la ayudó al principio, cuando aún no hablaba un español muy fluido. En poco tiempo, mejoró gracias a su pasión por los idiomas y a su formación profesional, pero a lo que aún no se ha acostumbrado es a la cercanía con la que las personas se tratan en La Paz.

“En Rusia, como es un país del norte, hay mucha distancia entre la gente. Aquí al despedirse y al saludar no solo se abraza, sino que se da un beso. Otra cosa que me cuesta es tutear a personas que aún no conozco muy bien. Son elementos culturales que siempre sorprenden”.

Ambos coinciden en que una de las diferencias más grandes entre los comensales bolivianos y los europeos es la apertura a probar nuevos sabores. Sus clientes nacionales aún muestran mucho recelo ante proposiciones poco comunes, por lo que decidieron hacer degustaciones previas para que la experiencia supere los prejuicios y diversifique sus costumbres gastronómicas. Uno de los nuevos platos que lanzaron es un carpaccio (un plato con carne cruda, delgadamente cortada y sazonada) de lagarto (Beni), servido con un helado de mostaza o pimiento morrón.

“El helado no es solo un postre. También suele servirse con ensaladas. En este caso, el carpaccio y el helado son muy frescos y sus sabores, dulce y salado, se complementan”, detalla Jeremie.

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Janmashtami, la fiesta de Krishna

La comunidad religiosa Hare Krishna, que alguna vez fue perseguida en Bolivia, celebra el nacimiento de su divinidad.

/ 12 de septiembre de 2018 / 06:43

De una concha de mar, sujetada por una devota, fluyen yogur, leche, miel, jugos de fruta y agua en abundancia. Son dádivas ofrecidas por uno de los grupos que compone la comunidad Hare Krishna en La Paz hacia su principal divinidad. Así comienza el Janmashtami, o la celebración del nacimiento o aparición de Krishna (Dios en su forma personal) y Radha (energía femenina de Dios), ambas manifestaciones de esta misma divinidad.    

En India —donde se realiza un festival multitudinario, celebrándose un feriado estatal en diferentes regiones— y en el resto del mundo se festeja este día con diferentes costumbres y tradiciones. Los Hare Krishna tienen ayunos que culminan en festines, música y meditación comunal. La fecha exacta varía cada año y se determina según el calendario lunar hindú. Cae entre los últimos días de agosto y los primeros de septiembre del calendario gregoriano occidental.  

“Calculo que en La Paz deben haber por lo menos unas 100 representaciones de Krishna, que es lo que se necesita para llevar a cabo esta celebración. Durante los años 1980, poco después de que el movimiento de la conciencia de Krishna llegara a Bolivia (1976), fuimos muy perseguidos, incluso llegaron a atacar uno de nuestros templos. Es por eso que gran parte de los miembros crearon altares familiares en sus hogares”, narra Juan Alberto Rivera Durán, expresidente de la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna (Iskon, en inglés) en Bolivia.
Este 2018 la fiesta se realizó el 3 de septiembre. Ahora que el movimiento se ha expandido y es más aceptado, en La Paz se organizaron tres fiestas en honor a Krishna: una en el Centro de Yoga Hare Krishna, dirigido por Juan Alberto; otra en el hotel Torino (C. Socabaya 457), organizada por Iskcon La Paz, y una tercera en Casa Vrindra (Av. Sucre 949), espacio que difunde activamente los preceptos y la cultura Hare Krishna y donde se prepararon más de 108 platos vegetarianos, siguiendo la tradición religiosa de la India.

Cada celebración tiene un programa diferente y la mayor parte está abierta a aquellos no creyentes que deseen participar. Después del baño ritual o abhishek, en el que todos pueden acercarse a empapar las imágenes con alimentos y amor, se cambia de ropa a las deidades. Cada pieza del atavío debe ser nueva y estar lo mejor adornada posible.

“En paralelo a la tradición judeo cristiana, este es un momento similar al de la Navidad, en el que cada familia viste al niño Jesús con sus mejores galas, antes de llevarlo al nacimiento”, explica Juan Alberto, quien es parte de los Hare Krishna desde 1981 y cuenta que la primera generación de adeptos apareció en su Oruro natal.

En el Centro de Yoga Hare Krishna tienen seis representaciones a las cuales han bañado y vestido con prendas de colores brillantes: rojo, celeste y verde. Cada pieza tiene bordados de lentejuelas y cristales y coronas, collares y guirnaldas de flores de papel con que los envuelven en cuidado y fe. Las imágenes están divididas en parejas: dos de cobre, medianas; otras dos más grandes, de un color más claro, y dos pequeñas que son oscuras y que tratan de acercarse al color azul —“como el cielo antes de llover”, explicita el devoto— con el que se suele representar a Krishna.

Al momento de presentar las imágenes a la comunidad reunida, se las sitúa en el altar en el que reposan cotidianamente y comienza la puja y el kirtam. La primera es otra ofrenda ritual, que en este caso implica cinco elementos naturales: agua (lanzada a los devotos), aire (generado por un pañuelo), tierra (incienso), fuego (velas) y éter (representado por un abanico de plumas). Mientras tanto se lleva a cabo el kirtam, una práctica meditativa, en la que las personas se reúnen y repiten el nombre de Krishna y otros mantras (palabras en sánscrito que tienen por objeto ayudar a relajar y controlar la mente). Todo esto genera un ambiente festivo y alegre, gracias a que hay música y baile.

Tras meditar, bailar y comer, la comunidad entera se sienta en silencio una vez más para escuchar la historia que le da sentido a esta reunión. La narración de la aparición —porque Krishna nace y parte cuando su voluntad así lo dicta—  de aquel que es el centro de la felicidad de una cantidad enorme de devotos y que, según explica Juan Alberto, es capaz de retribuir individual y personalmente todo aquello que sus creyentes le ofrendan.

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Pedro Querejazu: ‘Las fotografías revelan una nueva faceta en la obra de Arturo Borda’

El investigador presentó su nuevo libro, que profundiza en la obra pictórica del artista.

/ 16 de mayo de 2018 / 05:13

Las múltiples contradicciones que pueden encontrarse en la obra de Arturo Borda son, más que contrasentidos, manifestaciones de una personalidad compleja. “Romántico, clasista, esteticista, simbolista, actor de cine y teatro, escritor, poeta, pintor y líder sindical”, así describe el historiador y crítico de arte Pedro Querejazu al mítico artista paceño.

En el libro Borda 1883-1953 —que se presentó el 3 de mayo en el Auditorio de la Universidad Privada Boliviana (c. 5 de Obrajes)— el investigador muestra un análisis de su obra pictórica desde la Historia del Arte, con la colaboración de la también historiadora del arte Lucía Querejazu. Contiene más de 451 fotografías en color de pinturas y dibujos, además de 34 fotografías que acompañan tres ensayos, escritos por Jessica Freudenthal, Omar Rocha y Claudia Pardo, sobre El Loco, la novela más conocida del también escritor.

— ¿Cómo nació el proyecto?

— Comenzó hace varias décadas. Si bien conocí su obra en 1971, mientras trabajaba en el Museo Nacional de Arte como restaurador, fue en 1983 —después de realizar una exposición en homenaje al centenario de su nacimiento, junto a Ronald Roa— que le propuse al historiador hacer un libro sobre la obra del artista. Roa no estuvo de acuerdo porque ya estaba trabajando en uno por sí mismo.

Desde entonces mantuve una espera activa, durante la cual me dediqué a fotografiar todas las piezas de Borda a las que tuve acceso. En 2010 Roa publicó su libro, que tiene un enfoque histórico muy bien documentado, que no abordó el necesario análisis de la obra pictórica o literaria del autor que yo tenía en mente.

Así que en 2011 hice un perfil de proyecto para buscar financiamiento —que vino de la mano de la Fundación Solydes— para publicar un libro que se aproximara a su pintura, desde la Historia del Arte. El año siguiente lo tuve prácticamente listo, pero por razones económicas tuvimos que esperar.

Durante los siguientes tres años siguió apareciendo información. Lo más notable fue llegar a ver una fotografía tomada o mandada a tomar donde se puede ver la imagen del yatiri en la que se basó el pintor para su famoso cuadro (El Yatiri, 1918), con una diferencia. La fotografía está tomada en el patio de su casa. Entonces, al realizar la obra, reprodujo con mucho detalle las figuras humanas, pero le cambió el contexto, que en la pintura es un paisaje similar al del estrecho de Tiquina, en el lago Titicaca. Y como éste hay muchos ejemplos, que el libro ilustra de manera paralela.

— ¿Qué implicó este hallazgo para su investigación?

— Esto abrió un panorama que hasta 2012 era insospechado para mí; sabía que él utilizaba fotografías, pero no que las construía como vehículo para realizar su obra pictórica. Lo notable es percibir y demostrar que cuando él concebía una obra de arte, lo hacía no solo en el boceto, sino como una imagen completa, en la que después introducía elementos propios. Además de ser un notable escritor literario, hizo crítica de arte y fue actor, productor y director de cine. Y la función de las fotografías en la pintura tiene relación con las otras actividades a las que también se dedicó.

Entonces ¿cuál es para usted la relación entre la pintura y la escritura de Arturo Borda?

— Se ha dicho que sus pinturas ilustran su obra escrita. Mi argumento es distinto. Él pensaba en lenguaje pictórico y probablemente afinaba su pintura a partir de su discurso literario y viceversa. Es como una marcha paralela. Ninguno depende del otro, son complementarios e inseparables.

El mejor ejemplo es la relación entre la novela El Loco y el cuadro Filicidio (1918). Muchos piensan que la pintura es la ilustración del texto, pero tienen discursos distintos. El Loco, al principio, describe cómo fue abandonado el narrador y se describe a sí mismo como un nonato. En medio de una tormenta, en la noche, en el río Choqueyapu, el bebé reconoce su situación y ve cómo una cerda se aproxima para devorarlo, pero después una mujer lo encuentra y lo rescata.

En la pintura, el hecho discurre de día, por la tarde, también en el río Choqueyapu y el niño, que no es un neonato, por su fisonomía es mayor, ya está muerto y ha sido parcialmente devorado por la cerda. Lo que demuestra que hay temáticas comunes, tratadas de diferente manera.

— ¿Es por eso que también incluyó colaboraciones sobre la obra literaria del autor?

— A Borda hay que verlo de manera integral y su obra literaria, que está muy ligada a la pictórica, como ya hemos visto. Por ejemplo, la taxonomía que utilicé en su pintura es simplemente un proceso operativo para analizar mejor ciertas cosas, pero algunas piezas podrían estar en dos o tres categorías al mismo tiempo. La idea del libro es generar más investigaciones, porque sé que hay más obras a las que no tuve acceso. En cuanto a su faceta como escritor, aún no se han recopilado sus críticas de arte, o sus discursos políticos, que yo sepa. Así que hay aún mucho material por ser estudiado.

Pérfil:

Nombre: Pedro Querejazu

Profesión: Historiador y crítico de arte

Nació en: Sucre Nació en 1949. Después de realizar estudios sobre artes plásticas (Bolivia) y restauración (España), dedicó gran parte de su carrera a la Historia del Arte. Fue director del Museo Nacional de Arte (1982-1986) y de la Galería de la Fundación BHN (1991-1997). Es autor de los libros La Placa (1990),

El dibujo en Bolivia (1996), Guiomar Mesa (2009), Luigi Doménico Gismondi. Un fotógrafo italiano en La Paz (2010),  Keiko González (2011) y Arte contemporáneo en Bolivia. 1970-2013. Crítica, ensayos y estudios (2013), entre otros.

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Bosques Aranjuez

Desde hace más de 25 años, Susana Calvo y Leonor Patiño mantienen  una granja ecológica muy cerca de la ciudad.

PIoneras. Hace más de 25 años, Susana Calvo y Leonor Patiño crearon uno de los primeros viveros de La Paz. Foto: Christian Calderón

/ 4 de mayo de 2018 / 06:14

Susana Calvo y Leonor Patiño —socias de la granja ecológica Bosques de Aranjuez— se han negado a ser retratadas públicamente por 25 años, y la belleza de ambas lo hace más sorprendente. Lo cierto es que si bien ellas no quieren figurar, el espacio que mantienen ha sido el escenario de incontables sesiones fotográficas de bodas, cumpleaños y más recientemente de muchas selfies de los estudiantes del colegio Montessori y de los niños de la Fundación Alalay, que trabajan en el huerto de la granja todos los viernes.

Bosques de Aranjuez se encuentra en la Av. Hernando Siles 100, camino a Mallasa, al frente del hotel Río Selva. Consta de vivero, jardín, huerta y una pequeña granja —parecida a aquellas de los dibujos animados estadounidenses, pintada de rojo, blanco y negro— con perros, ovejas, conejos angora, gallinas, gallos y cuises.

Las instalaciones están abiertas a diferentes eventos; sin embargo, su principal objetivo es educativo y social: “Siempre hemos recibido visitas de colegios y eso es lo que más nos interesa. También organizamos actividades con niños con capacidades especiales o con enfermedades terminales”, explica Susana.

Todo comenzó en 1991, cuando la bióloga cochabambina volvió de México junto a su familia. Si bien se especializó para desempeñarse en laboratorios, pasó mucho tiempo trabajando y visitando viveros en Nueva York para pagar una beca. Allí es donde floreció su amor por lo verde.  

“Este es un terreno que le pertenece a la familia de mi esposo, Roberto Arce. Cuando llegamos de México, solía sentarme junto a mi suegra, Isabel Grandchant, para contarle que quería construir un vivero. Le encantó la idea y comenzamos a planear hacerlo juntas; lamentablemente, murió poco después y no pudo verlo”.

La granja colinda por un lado con un cerro y por otro con el río La Paz. Los distintos tonos de verde del jardín están diseñados para contrastar con flores moradas en invierno y blancas en verano. Mientras, al otro lado, diferentes senderos escalan el terreno rocoso y muestran la diversidad de la vegetación nativa.

 El primer espacio que se construyó fue el vivero. Susana comenzó con pocas especies y solía reciclar restos de plantas que encontraba en la basura. Gracias a su formación podía rescatarlos y hacerlos germinar para poblar su emprendimiento.  

“Iba al colegio a recoger a mis hijos y se morían de vergüenza de ver la camioneta llena de pedazos de plantas. Claro, después se dieron cuenta de lo que podíamos hacer con este material y se les pasó”.

Luego de que se cerrara el vivero municipal, algunos de los empleados le pidieron trabajo. Como ya sabían qué hacer, el vivero tomó vuelo. Luego llegó la revelación de la creatividad de Leonor Patiño. Ella, que se formó en Administración de Empresas, le pidió a Susana que le ayudara a hacer algo con su jardín. Cuando comenzaron a trabajar juntas, Leonor vio que para hacer algo que realmente les gustara debía tener algo más de estructura, de diseño.

Así comenzó a averiguar sobre paisajismo y descubrió una veta que la apasionó. Desde entonces conformaron un equipo, Susana era la científica y Leonor, la diseñadora. “Para mí fue un logro pasar de la administración al paisajismo. Si bien empecé como autodidacta y con cursos online, aprendí mucho de Cristina Rojas y de otros grandes que trabajaban en Bolivia. Después, cuando iba a visitar a mi hija, que estudiaba en el exterior, pude tomar talleres en Kew Gardens (Londres) y en Longwood Gardens (Filadelfia)”.

De forma muy intuitiva al principio, emprendieron experimentos dentro de Bosques de Aranjuez así como afuera. Al ver lo que hacían, las personas les pedían que diseñaran áreas al aire libre en oficinas y casas: “Cuando empezamos, la imagen que la gente tenía sobre sus jardines tenía que ver con los rosales que solían mantener las abuelitas”, comenta Susana, a lo que Leonor complementa: “Por eso, cuando les mostrábamos nuestros diseños les encantaban, pero les asustaba el precio”.

Así perdieron diseños en manos de gente que se los quedaba y no volvía a llamarlas. Pero con el tiempo, vieron cómo sus propuestas llamaron la atención y las ofertas aumentaron. Llegaron a tener 20 trabajadores que se dividían en equipos para mantener el vivero, realizar mantenimiento y terminar proyectos.

Formaron jardineros y jardineras que se convirtieron en parte importante de sus vidas. Trabajaron cargando y ensuciándose igual que ellos.

Eso fortaleció sus lazos y muchos hijos de aquellos empleados también trabajaron con ellas. “Con el tiempo —cuentan tratando de disimular su pena— los que aprendieron se fueron yendo. Nuestros clientes los contrataron directamente para que hicieran mantenimientos y otras labores. Aunque es lindo, porque todavía nos llaman cuando necesitan ayuda. Los dueños nos ven llegar y se extrañan mucho de vernos trabajando en el jardín”, narra Leonor, mientras cambia la nostalgia por una risa sonora.

Construyeron la granja hace cuatro años para complementar la experiencia de los niños que visitan el lugar. Fue un gran éxito, porque los animales se acostumbraron muy rápido al cariño de los pequeños, quienes pueden darles de comer, acariciarlos y cargarlos. Incluso los adolescentes dejan de lado sus celulares por varias horas. No necesitan actividades programadas para entretenerse, es más, “se olvidan hasta de comer, mientras están correteando detrás de las ovejas o los perros”, explica Susana.

Para las emprendedoras, esta es una de las actividades más gratificantes. Sobre todo cuando se trata de niños con enfermedades crónicas o con discapacidad. Las circunstancias en las que se encuentran les dificulta mucho salir, más aún convivir con animales, así que la granja les da una oportunidad segura de interactuar con la diversidad natural.

“Es impresionante ver la felicidad que tienen y el cariño que les dan a los animales. Los abrazan y no quieren soltarlos y como éstos están acostumbrados, pueden quedarse cuidándolos por horas”.   

Una de las reglas es que los niños deben estar siempre con sus padres. Esto porque el personal no pretende tener toda la responsabilidad de su cuidado, pero también para que los padres les enseñen y pasen tiempo de calidad con sus hijos. De esta forma, familias enteras son parte de una aventura en la que se descubren prácticamente cosas que a veces se quedan en imágenes de libros o películas.  

“Hay niños que no distinguen entre un chancho y una oveja. Es un conocimiento que se está perdiendo y solo requiere atención. Ellos quieren compartir con sus padres y este es un lugar donde lo único que necesitan es que se les tome de la mano y se los guíe un poco por los senderos”.

Susana y Leonor reconocen que mantener el vivero que alimentó los diseños de sus jardines se ha hecho muy caro. Ambas, que siempre tuvieron otra forma de sustento económico, están conscientes de que no es un negocio lucrativo.

Su intención ahora es darle más energía a la función educativa que cumple. Las personas que visitaron la granja cuando eran niños ahora llegan junto a sus hijos para mostrarles los árboles que plantaron o cómo se puede hacer abono. Pero también pueden ver claramente los cambios en el medio ambiente. Las plantas y los animales se enferman porque el clima ya no es el de antes y porque el agua del río está mucho más contaminada.

“Este proyecto fue una hermosa manera de convivir con nuestros hijos, que estaban pequeños. En un momento sembramos una semilla, que después pareció que no germinaría porque ellos perdieron el interés. Pero ahora que son adultos y los vemos creando sus propios jardines, nos muestran que no fue en vano”.

Este es el motivo para que Bosques de Aranjuez siga con sus actividades (las visitas tienen un costo y se pueden coordinar llamando al teléfono 77704414). Por ejemplo, desde hace dos años mantiene un pequeño huerto, donde alumnos del colegio Montessori se reúnen durante unas horas a la semana para aprender agricultura junto a los niños de la Fundación Alalay. “Así aprenden lo que sus manos y la tierra son capaces de hacer”, acota Leonor, suspirando después de ver los frutos de casi 30 años de trabajo.  

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Bosques Aranjuez

Desde hace más de 25 años, Susana Calvo y Leonor Patiño mantienen  una granja ecológica muy cerca de la ciudad.

/ 4 de mayo de 2018 / 06:14

Susana Calvo y Leonor Patiño —socias de la granja ecológica Bosques de Aranjuez— se han negado a ser retratadas públicamente por 25 años, y la belleza de ambas lo hace más sorprendente. Lo cierto es que si bien ellas no quieren figurar, el espacio que mantienen ha sido el escenario de incontables sesiones fotográficas de bodas, cumpleaños y más recientemente de muchas selfies de los estudiantes del colegio Montessori y de los niños de la Fundación Alalay, que trabajan en el huerto de la granja todos los viernes.

Bosques de Aranjuez se encuentra en la Av. Hernando Siles 100, camino a Mallasa, al frente del hotel Río Selva. Consta de vivero, jardín, huerta y una pequeña granja —parecida a aquellas de los dibujos animados estadounidenses, pintada de rojo, blanco y negro— con perros, ovejas, conejos angora, gallinas, gallos y cuises.

Las instalaciones están abiertas a diferentes eventos; sin embargo, su principal objetivo es educativo y social: “Siempre hemos recibido visitas de colegios y eso es lo que más nos interesa. También organizamos actividades con niños con capacidades especiales o con enfermedades terminales”, explica Susana.

Todo comenzó en 1991, cuando la bióloga cochabambina volvió de México junto a su familia. Si bien se especializó para desempeñarse en laboratorios, pasó mucho tiempo trabajando y visitando viveros en Nueva York para pagar una beca. Allí es donde floreció su amor por lo verde.  

“Este es un terreno que le pertenece a la familia de mi esposo, Roberto Arce. Cuando llegamos de México, solía sentarme junto a mi suegra, Isabel Grandchant, para contarle que quería construir un vivero. Le encantó la idea y comenzamos a planear hacerlo juntas; lamentablemente, murió poco después y no pudo verlo”.

La granja colinda por un lado con un cerro y por otro con el río La Paz. Los distintos tonos de verde del jardín están diseñados para contrastar con flores moradas en invierno y blancas en verano. Mientras, al otro lado, diferentes senderos escalan el terreno rocoso y muestran la diversidad de la vegetación nativa.

 El primer espacio que se construyó fue el vivero. Susana comenzó con pocas especies y solía reciclar restos de plantas que encontraba en la basura. Gracias a su formación podía rescatarlos y hacerlos germinar para poblar su emprendimiento.  

“Iba al colegio a recoger a mis hijos y se morían de vergüenza de ver la camioneta llena de pedazos de plantas. Claro, después se dieron cuenta de lo que podíamos hacer con este material y se les pasó”.

Luego de que se cerrara el vivero municipal, algunos de los empleados le pidieron trabajo. Como ya sabían qué hacer, el vivero tomó vuelo. Luego llegó la revelación de la creatividad de Leonor Patiño. Ella, que se formó en Administración de Empresas, le pidió a Susana que le ayudara a hacer algo con su jardín. Cuando comenzaron a trabajar juntas, Leonor vio que para hacer algo que realmente les gustara debía tener algo más de estructura, de diseño.

Así comenzó a averiguar sobre paisajismo y descubrió una veta que la apasionó. Desde entonces conformaron un equipo, Susana era la científica y Leonor, la diseñadora. “Para mí fue un logro pasar de la administración al paisajismo. Si bien empecé como autodidacta y con cursos online, aprendí mucho de Cristina Rojas y de otros grandes que trabajaban en Bolivia. Después, cuando iba a visitar a mi hija, que estudiaba en el exterior, pude tomar talleres en Kew Gardens (Londres) y en Longwood Gardens (Filadelfia)”.

De forma muy intuitiva al principio, emprendieron experimentos dentro de Bosques de Aranjuez así como afuera. Al ver lo que hacían, las personas les pedían que diseñaran áreas al aire libre en oficinas y casas: “Cuando empezamos, la imagen que la gente tenía sobre sus jardines tenía que ver con los rosales que solían mantener las abuelitas”, comenta Susana, a lo que Leonor complementa: “Por eso, cuando les mostrábamos nuestros diseños les encantaban, pero les asustaba el precio”.

Así perdieron diseños en manos de gente que se los quedaba y no volvía a llamarlas. Pero con el tiempo, vieron cómo sus propuestas llamaron la atención y las ofertas aumentaron. Llegaron a tener 20 trabajadores que se dividían en equipos para mantener el vivero, realizar mantenimiento y terminar proyectos.

Formaron jardineros y jardineras que se convirtieron en parte importante de sus vidas. Trabajaron cargando y ensuciándose igual que ellos.

Eso fortaleció sus lazos y muchos hijos de aquellos empleados también trabajaron con ellas. “Con el tiempo —cuentan tratando de disimular su pena— los que aprendieron se fueron yendo. Nuestros clientes los contrataron directamente para que hicieran mantenimientos y otras labores. Aunque es lindo, porque todavía nos llaman cuando necesitan ayuda. Los dueños nos ven llegar y se extrañan mucho de vernos trabajando en el jardín”, narra Leonor, mientras cambia la nostalgia por una risa sonora.

Construyeron la granja hace cuatro años para complementar la experiencia de los niños que visitan el lugar. Fue un gran éxito, porque los animales se acostumbraron muy rápido al cariño de los pequeños, quienes pueden darles de comer, acariciarlos y cargarlos. Incluso los adolescentes dejan de lado sus celulares por varias horas. No necesitan actividades programadas para entretenerse, es más, “se olvidan hasta de comer, mientras están correteando detrás de las ovejas o los perros”, explica Susana.

Para las emprendedoras, esta es una de las actividades más gratificantes. Sobre todo cuando se trata de niños con enfermedades crónicas o con discapacidad. Las circunstancias en las que se encuentran les dificulta mucho salir, más aún convivir con animales, así que la granja les da una oportunidad segura de interactuar con la diversidad natural.

“Es impresionante ver la felicidad que tienen y el cariño que les dan a los animales. Los abrazan y no quieren soltarlos y como éstos están acostumbrados, pueden quedarse cuidándolos por horas”.   

Una de las reglas es que los niños deben estar siempre con sus padres. Esto porque el personal no pretende tener toda la responsabilidad de su cuidado, pero también para que los padres les enseñen y pasen tiempo de calidad con sus hijos. De esta forma, familias enteras son parte de una aventura en la que se descubren prácticamente cosas que a veces se quedan en imágenes de libros o películas.  

“Hay niños que no distinguen entre un chancho y una oveja. Es un conocimiento que se está perdiendo y solo requiere atención. Ellos quieren compartir con sus padres y este es un lugar donde lo único que necesitan es que se les tome de la mano y se los guíe un poco por los senderos”.

Susana y Leonor reconocen que mantener el vivero que alimentó los diseños de sus jardines se ha hecho muy caro. Ambas, que siempre tuvieron otra forma de sustento económico, están conscientes de que no es un negocio lucrativo.

Su intención ahora es darle más energía a la función educativa que cumple. Las personas que visitaron la granja cuando eran niños ahora llegan junto a sus hijos para mostrarles los árboles que plantaron o cómo se puede hacer abono. Pero también pueden ver claramente los cambios en el medio ambiente. Las plantas y los animales se enferman porque el clima ya no es el de antes y porque el agua del río está mucho más contaminada.

“Este proyecto fue una hermosa manera de convivir con nuestros hijos, que estaban pequeños. En un momento sembramos una semilla, que después pareció que no germinaría porque ellos perdieron el interés. Pero ahora que son adultos y los vemos creando sus propios jardines, nos muestran que no fue en vano”.

Este es el motivo para que Bosques de Aranjuez siga con sus actividades (las visitas tienen un costo y se pueden coordinar llamando al teléfono 77704414). Por ejemplo, desde hace dos años mantiene un pequeño huerto, donde alumnos del colegio Montessori se reúnen durante unas horas a la semana para aprender agricultura junto a los niños de la Fundación Alalay. “Así aprenden lo que sus manos y la tierra son capaces de hacer”, acota Leonor, suspirando después de ver los frutos de casi 30 años de trabajo.  

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