Voces

jueves 21 ene 2021 | Actualizado a 03:32

La noche de la huacataya

El ‘Papirri’ ha compuesto, sin querer queriendo, la canción interminable.

/ 8 de octubre de 2019 / 23:34

Llego tarde a la presentación del libro 40 años de canciones de Manuel Monroy Chazarreta, El Papirri (1979-2019). Es viernes por la noche, hace un frío infernal y la sala del renovado Espacio Patiño está repleta. En la testera, Omar Rocha Velasco dice que Manuel es una doble vía: su obra ha bebido de La Paz y sus personajes, pero a la vez, el Papirri ha (re)construido su propia ciudad, permitiendo que todos habitemos ese imaginario inventado, ese espacio soñado. Omar deja la palabra con una metafísica popular: “este texto está lleno de vacíos”.

Es el penúltimo oxímoron que se une a la larga lista de “metafísicas” de Manuel que, sin querer queriendo, ha compuesto la canción interminable. Llegarán los nietos de nuestros nietos y a bordo de alguna línea blanca paceña de teleférico sideral, tras la última chupa intergaláctica, alguien soltará otra metafísica popular y la canción —la más multiplicada y democratizada del mundo— no terminará nunca jamás.

“Me he dado cuenta de mí”, arranca el protagonista de la noche para recordar los primeros libros de canciones (“songbook”, dicen los que saben) que vio en una librería de Belo Horizonte allá por los años ochenta. Eran de Caetano, de Chico Buarque, de Tom Jobim y costaban su platita en dólares. Manuel miraba, tocaba y no compraba (no había quibo, Cirilo). El Papirri es de esos que ha invertido todo su capital en deudas, por eso ni siquiera tiene vinilos de sus primeros discos: “Si alguien tiene el Hasta ahurita, que me regale pues”. Luego comparten la mesa algunos de los autores de pequeños textos que acompañan las 40 canciones. La colega Marcela Araúz lee Del amor su bailecito, un himno a la emboscada, arrepentimiento y final. El director de la Orquesta Sinfónica Nacional, Weimar Arancibia, alaba la calidad musical de Manuel y sus séptimas disminuidas. La stronguista Katherine Gallardo, zurda y antropóloga, recuerda puras alegrías (el tri, el 24 de diciembre de 2016, el Chupita…). Y un amigo, Nicolás Suárez Eyzaguirre, rememora con nostalgia al niño Manuelito saltando de cama en cama en la lejana infancia compartida con sus padres. Antes de bajarse, el Nico nos deja otra metafísica: “En la ficción, el Manuel es bien real”.

Cuando me toca subir —fuera de programa— desde el fondo de la sala, acelero y me da paja leer mi texto: El Papirri es una cosmovisión. Me doy cuenta que todos han escrito sobre una canción menos yo. Manuel nunca me avisó de las reglas. En reciprocidad y venganza, me callo en siete idiomas y exijo que toque mi tema favorito: La huacataya. Dicho y hecho.

La parte musical de la noche comienza con el autocantor alteño Mauricio Segales en el charango, y con Tere Morales en la voz prodigiosa. Las dos últimas son inevitables. “Voy a tocar La Huacataya para poder salir vivo”, dice el Papirri, y entonces la sala del Patiño se convierte en la curva sur del estadium y sus coros de sopa y ensalada. Cuando sube el niño Johan para dar las réplicas en el Qué tal, metal, Manuel hace una apuesta: “si no fallas ninguna, te regalo mi libro”. Johan es una artista de verdad y gana of course, my horse. En los postres, un amigo del barrio, del viejo callejón detrás del cine, don Antonio Taboada, inventa con su equipo del Jallalla Cocktail Bar un nuevo trago. Lleva agua de Jamaica, vodka, cítricos, unas yerbitas, gotas de lúpulo y humo de romero quemado para disimular. De la noche, su huacataya.

Después nos vamos solitos y bien acompañados —pa’qués decir— al Choquelulu Coffee Shop, el único boliche que vende shop en jarra. Por ahí andan el Teodoro Quispe, el Llokallita moco tendido, el K’encha Terán, la Martita Luna, Eugenia y Maribel, la Hilariashón, Hugito Ormachea, la Margarita de la Garita y el Jhony Ormachea Villamor que hace rato dejó de ser aquella wawa del ch’enko total.  En lo único que nos ponemos de acuerdo —ahora que tenemos— es en exigir que la Cabeza de Zepita vuelva a su lugar, carajo, para sentarnos otra vez en su oreja y ver nuestras sonrisas en cámara lenta.

Post-scriptum: el libro se puede comprar en la librería El Baúl del Libro (frente a la UMSA, galería Viveros) y en las sucursales del periódico La Razón.

* Periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Carlos Piñeiro, el cineasta de los presagios

‘Sirena’ es el primer largometraje del director paceño, es la primera película boliviana de 2021. Se estrenará en salas el jueves y se puede ver de forma virtual desde hace cuatro días

Fragmento del largometraje "Sirena"

Por Ricardo Bajo

/ 20 de enero de 2021 / 11:05

Primera secuencia: interior, domicilio familiar, Los Pinos, noche: Carlos Piñeiro ordena viejos cajones aprovechando la cuarenta rígida del año pasado. Entre los papeles viejos, encuentra una carta. Es de su padre Mario Adolfo. Está fechada en 1994 y comienza con un “Querida Ardilla”. Es su chapa de “wawa”. La misiva es un presagio. El padre está totalmente seguro de que el hijo de ocho años se va a dedicar de mayor a las artes audiovisuales.

Segunda secuencia: interior, colegio San Ignacio, día. En el penúltimo año de estudios de secundaria, el profesor consigue una copia pirata de La nación clandestina de Jorge Sanjinés. Proyecta la película para toda la clase. Carlos Piñeiro no había visto hasta entonces un filme boliviano. Cuando el Tata Danzanti retorna a su comunidad para entregarse, Carlos ya sabe que se muere por hacer cine. Ahí comienza todo.

Tercera secuencia: exteriores, lago Titicaca, día. El padre de Carlos, ingeniero civil de profesión, busca a un amigo desaparecido en las aguas del lago sagrado e intenta rescatar junto a un socio el cadáver en manos de una comunidad aymara que se niega a devolverlo porque teme que eso repercuta en la cosecha. Estamos en 1984 y el progenitor no sabe que su hijo va a rodar esa historia ficcionalizada 35 años después como parte de su primer largometraje. O quizás tenga un presentimiento.

Carlos Piñeiro es el tercer hijo del matrimonio de Mario Adolfo Piñeiro y Roxana Pinelo, que estudió ya de mayor Comunicación Social tras parir a sus cuatro “wawas” por cesárea. El mayor es Juan Pablo, novelista y guionista de cine. El segundo es Mario Andrés, arquitecto y director de arte. El tercero es Carlos y la cuarta es María Beatriz, fundadora del Colectivo Marketero, especializado en marketing digital y publicidad. Los cuatro están presentes en Sirena, el primer “largo” de Carlos después de los cortometrajes Martes de challa (2008), Max Jatum(2010), Plato paceño(2013) y Amazonas(2015).

DIRECTOR. Carlos Piñeiro junto a la estatua de Chaplin en el ingreso a Multicine, donde se exhibirá el filme ‘Sirena’. Foto: R. Bajo/D. Loayza

En la “premier” de la película en Copacabana el viernes ocho de enero, una niña se paró en el CITE de la localidad, a dos cuadras de la plaza principal, y preguntó en medio de la banda de tarqueada: “¿Por qué se llama Sirena? El director Carlos Piñeiro se quedó feliz con la pregunta. El objetivo de la “peli” de suspenso estaba logrado. La interrogante que lanzó uno de los protagonistas naturales del filme, Benjamín Pari, que hace del policía Saturnino Poma e interlocutor entre los buscadores y los comunarios de Santiago de Okola, es más complicada: “¿Va a haber una copia de colores de la película?” Piñeiro ha explicado varias veces que la obra está en blanco y negro por varias razones. “Sirena tiene dos miradas, dos contrastes, dos mundos que chocan. No podíamos pintar el lago de manera paisajística, a colores. El blanco y negro te mete en el bote de búsqueda, te introduce en el lago, nos ayuda a retratarlo de manera sombría, lejos de la imagen turística y luminosa que todos tenemos”, cuenta Carlos.

La familia Piñeiro posee una espiritualidad a flor de piel. En la infancia de sus hijos e hija, el padre acostumbraba a llevar a toda la prole a los cerros de la ciudad, eran los famosos domingos sagrados de montaña. La conexión con lo mágico y lo místico, con los espíritus y los antepasados, era palpado desde lo más alto de la “waca”. La conexión con los muertos también ha estado presente siempre. Cuando la madre de Carlos se iba a casar por primera vez, el novio fue atropellado el día de la boda en la avenida Roma. Cuando el hermano de Carlos, “Piñas”, tenía diez años, fue llevado a Estados Unidos para ser operado de una extraña enfermedad del corazón, estando prácticamente muerto por varios momentos durante la cirugía.

Carlos Piñeiro estudió durante dos años Diseño Gráfico y luego cuando se abrió la licenciatura del Programa en Dirección de Cine de la Universidad Católica Boliviana ahorró una platita y sin decir nada a nadie se apuntó. “Temía la reacción de mi madre, pero mi hermano mayor ya nos había abierto el sendero pues él también arrancó estudiando Ingeniería de Sistemas para contentar a la familia y luego se pasó a la carrera de Literatura de la UMSA”, cuenta Carlos.

El diseño ayudó al cineasta a encontrar una identidad, un estilo propio. Lo demás lo posee de forma innata: tiene ganas de contar cosas. Con apenas 22 años se casó con la actriz Mariana Vargas y tuvo dos hijos (Manuel y Pedro). “Ahí comencé a trabajar y durante 15 años estuve como asistente de dirección y de dirección de arte, haciendo un poco de todo, vestuario, maquillaje, etcétera con cineastas como Germán “Monki” Monje en Hospital Obrero —mi primera película—, Jorge Sanjinés en Insurgentes, Juan Carlos Valdivia, Marcos Loayza, Rodrigo Bellott, Mela Márquez, Paolo Agazzi, Diego Mondaca, Serapio Tola o Kiro Russo. Y también teatro como escenógrafo y diseñador para teatro con Percy Jiménez, Diego Aramburo, entre otros”.

CINE. Una imagen del equipo de Socavón Cine durante la filmación de la película de Piñeiro. Foto: R. Bajo/D. Loayza

En 2008 su compadre Pablo Paniagua, director de fotografía, volvió de estudiar cine en Buenos Aires con una cámara de ocho milímetros y seis rollos vírgenes para rodar, cada uno de tres minutos, un total de 18 minutos. Con guion de su hermano, nacía así Martes de challa, la vida, muerte y entierro en el edificio Dallas de un pepino carnavalero y borracho. “Nos costó 500 dólares, 100 nos dio la Paceña, otros 100 la librería Armonía, otros 100 un amigo, Pablo Keke. Rodamos durante tres días, sin derecho a equivocarnos. Ahí nos dimos cuenta rápidamente de que las limitaciones son fundamentales en el proceso creativo, si tienes todo a veces no sale igual”, dice Carlos con ese orgullo que tienen los que parten desde abajo.

Con el primer cortometraje llegó el primer galardón, el “Amalia de Gallardo”; total, cuatro mil dólares. Carlos y Pablo, amigos desde el San Ignacio, reinvirtieron todo el monto en hacer su segunda película, esta vez en 16 mm con la cámara Super 16 de Cine Box y cintas Kodak y Fuji para diferenciar los 30 años existentes en la historia del “corto”. Las quince latas de rollo se convirtieron en Max Jutam (2010). “Rodamos por primera vez en la comunidad aymara de Santiago de Okola, gracias a Miguel Hilari, pudimos pedir los permisos necesarios de la comunidad, fuimos varias veces a sus asambleas y después, cuando estrenamos, mostramos la película ahí y ahora nos ha ayudado también para tener una buena recepción de los comunarios”, dice.

El segundo cortometraje también llegó con premios bajo el brazo, el primero desde México (Festival en Foco de Oaxaca) y luego un “Abaroa” y otro “Amalia” de yapa. Repitiendo el mismo modus operandi de reinversión, en 2012 llega Plato paceño, el “corto” que lo va a cambiar todo: viajes a festivales del extranjero y roce con directores admirados.

La trayectoria con final feliz se trunca de repente con un divorcio/crisis existencial y un viaje a Cobija, Pando, donde se había instalado su padre y su nueva empresa Andamas (acrónimo de Andes y Amazonas). Carlos —con algún dinero prestado— se coloca al frente de una lavandería de ropa. Las dudas sobre su futuro como cineasta dan vueltas y vueltas. “Un día, como una epifanía, mientras lavaba las medias de un militar, me dije a mí mismo: es hora de demostrar si sirves para el cine o no. Entonces comienzo a cranear lo que iba a ser mi cuarto corto, me lo pongo como prueba, como sacrificio. Es la historia de un colla en Brasil llamado Celestino que viaja engañado y termina trabajando en una lavandería, encerrado en su mundo, manteniendo su identidad y costumbres muy lejos de su casa y su hábitat natural y cultural”. La cuarta película reafirma la vida y pasión de Carlos, ha pasado su particular Rubicón. Las ovaciones y elogios en la competencia internacional oficial del Festival Clermont Ferrand (Francia), la muestra más grande de cortos en el mundo, así lo atestiguan.

De la lavandería de “Collija” (Cobija en argot por la gran llegada de hombres y mujeres de occidente a la “Perla del Acre”) vuelve al lago Titicaca, como cerrando un círculo, la figura geométrica de la sabiduría aymara. Con “Migu” Kori Hilari Sölle de intermediario, vuelven para rodar en el “Dragón dormido”, a 17 kilómetros de Puerto Carabuco, entre la comunidad de Quillima y Santiago de Okola. El guion de Sirena— en castellano y aymara— va a ser escrito a cuatro manos por Juan Pablo, su hermano, y Diego Loayza, ambos productores de la película. La fotografía, esta vez, recae en Marcelo Villegas y el resto son los habituales —Sergio Medina en la dirección de sonido, Kiro Russo en el diseño sonoro…— del colectivo Socavón Cine, al que pertenece Carlos.

El equipo, todo un junte equilibrado de amigos, usa drones para atrapar la majestuosidad del Titicaca pero en el montaje de Amanda Santiago apenas quedan unas imágenes fijas cenitales. El efectismo no forma parte del menú. Su primer “largo” —que ha ganado un premio al fomento en el Festival de San Sebastián/Donostia (País Vasco)— se estrena en el Festival de Cine de Valdivia y el día que Evo Morales renuncia por el golpe es el plato fuerte de una noche del Festival de Mar del Plata (donde obtiene el premio al mejor filme de un director Sub-35. La película ve truncado su periplo por festivales europeos como Toulouse por culpa de la pandemia y Carlos se queda con los pasajes en la mano. No importa, el sueño ya está cumplido: primer “largo” en el Titicaca. “Lo mejor es que no tengo deudas, Sirena ha costado 70.000 dólares, no debo nada a nadie, pasé el último día del año en la Isla de la Luna solo sin ver un alma para poder arrancar el año diciendo: gracias Lago”.

Ahora “solo” falta que el público boliviano vea este filme de suspenso con poco diálogo: el pasado jueves se estrenó virtualmente en la plataforma de streamingdel Multicine y la distribuidora BF; y este jueves 21 llega a las salas. Tal vez el cinéfilo pueda observar las huellas de Ozu, Sanjinés, Lucrecia Martel, los Coen, Kusturica, Wong Kar-wai o los uruguayos Stoll y Rebella. “No he visto todo el cine que quisiera, mis influencias son más literarias, los cuentos de Horacio Quiroga y Juan Rulfo me han marcado como códigos narrativos, Sirena es un homenaje a ambos, es una obra sobre la muerte, sobre la llegada de unos hombres a un lugar, sobre cómo unos ven la muerte de fiesta y como augurio y otros, como culpa y miedo, esa separación entre vida y muerte no existe; si vivo, muero”. Mientras tanto, Carlos prepara otro regreso, esta vez a Pando: Taturana, su próximo largometraje”, transcurre entre la ciudad de El Alto y Cobija. Piñeiro sabe que el mundo está lleno de presagios, el próximo todavía es un secreto.

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Fútbol y tele, una burbuja

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo

/ 18 de enero de 2021 / 08:47

¿Vive el mundo del fútbol una burbuja respecto a los derechos de televisación? Pareciera que si. Las empresas pagan al alza y los clubes contratan jugadores con sueldos estratosféricos, aquí y en la China. ¿Se puede pinchar ese globo como desapareció la burbuja financiera en 2008 dando paso a una crisis estructural capitalista? Pareciera que también.

El fútbol de Francia se quedará a partir de febrero sin televisión y sus hinchas no podrán ver a sus equipos favoritos en la pequeña pantalla. La cadena que ostentaba los derechos, Mediapro –con sus equipos se retransmite el fútbol boliviano- ha roto el contrato pues las cuentas no cuadran después de que el balompié galo congelara el torneo en abril pasado, incumpliendo por ende el número de partidos a retransmitir. La otra empresa –Canal Plus- que tenía los derechos (en un 20%) ha renunciado.

¿Cuáles serán las consecuencias? Un peligroso abismo, una rebaja de salarios de los futbolistas y una fuga de “estrellas”, como Neymar o Mbappé (a pesar de que el PSG vive del dinero de una dictadura absolutista como la de Catar). Los presupuestos de algunos clubes de España o Francia llegan a ser 90% dependientes de los derechos televisivos. De tanto explotar la gallina de los huevos de oro, el “bisnes” se puede arruinar solito.

En Bolivia los sueldos que se pagan a determinadas “figuras”, cercanos a los 20.000 dólares al mes, no están acorde con la economía nacional ni con lo (poco) que se genera. Esta inflación provocada por los grandes equipos ha traido una desigualdad acelerada y una apuesta obsesiva por la clasificación a torneos internacionales. Ya no importa tanto salir campeón como asegurarse fase de grupos de Copa Libertadores o lo que es lo mismo, tres millones de dólares de un saque. Dicha “manía” está matando la propia idiosincrasia del juego: morir por dar la vuelta olímpica y levantar la Copa.

El negocio del fútbol, tarde o temprano, cambiará su forma de consumo. Del actual sistema privado de cable al “pago por ver” para cada partido y de ahí al dominio de las “viejas” plataformas, como Amazon, o las nuevas como Twitch con periodistas abriendo sus canales en ellas para adaptarse a la nueva era. La burbuja se ha pinchado en Francia. ¿Se pinchará en Bolivia también con varias empresas poniendo 50 millones de dólares y condicionando los torneos por un negocio que no lo parece?

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Los Gismondi: Un legado fotográfico rico y vivo

Luigi Doménico fue el gran retratista de La Paz. Por su estudio de la calle Comercio pasaron desde presidentes hasta caciques aymaras. 114 años después de su fundación, cierra sus puertas en el centro y se traslada a la zona Sur

Una reunión de caciques aymaras, registrados por Gismondi

Por Ricardo Bajo

/ 13 de enero de 2021 / 12:19

Un cartel da el aviso sobre una vieja puerta de madera de la calle Comercio, al 1013: “Foto Gismondi se traslada a la zona Sur” y debajo dos teléfonos, una dirección de Facebook y un correo electrónico. El mítico estudio fotográfico de Luigi Doménico Gismondi se inauguró en 1907 a una cuadra de la plaza Murillo y hoy, tras 114 años, cierra sus puertas en el centro. La familia Gismondi tiene negativos corriendo por sus venas desde hace siglo y medio: la bisnieta Geraldine sigue a pie de cañón tras heredar el oficio de su bisabuelo Luigi, su abuelo Adolfo y su madre Graciela. “Hemos vivido la fotografía en mi familia desde la cuna, está en nuestros genes”, dice Geraldine. Su madre Graciela tiene 81 años y siempre se opuso a trasladar el estudio, a hacer cambios. “Con su edad sigue sacando fotos y ese es su gran motivo para vivir”, contaba su hija el martes. Un día después, Graciela va a morir; quizás por un resfrío mal curado, quizás por el dolor de ver ese cartel sobre el número 1013 de la calle Comercio.

Luigi Doménico Gismondi llegó al puerto peruano de Mollendo desde San Remo, Italia, en 1890, huyendo de la miseria apenas unas décadas después de la unificación italiana. Viajó en barco junto a su padre Pietro, su madre María y sus tres hermanos mayores Giacinto, Stefano y Angelina. Tenía 18 años y todo un mundo para recorrer por delante. Se casó en 1901 en Arequipa con Inés Morán, una peruana de Majes, con la que tuvo catorce hijos, de los cuales solo sobrevivieron siete. Los Gismondi eran/son una familia de artistas e iban a seguir el legado de otros italianos célebres en el Perú como Bernardo Bitti y su rol fundamental en la Escuela Cuzqueña de Pintura.

Giacinto y Stefano comienzan a viajar por el vecino país y así recorren a finales del siglo XIX Cuzco, Arequipa, Lima, Chincha, Callao, Trujillo y Huacho. Son a estas alturas los Gismondi Hnos o Gismondi y Cía y sus servicios van desde los retratos al óleo, la acuarela y el pastel hasta los cuadros mitológicos/históricos y las decoraciones al estilo del Renacimiento italiano. Los hermanos de Luigi Doménico llegan incluso a pintar la “Capilla Sixtina” de Colán. Para entonces, nuestro Gismondi ya había viajado por todo el sur del Perú, el norte de Chile y toda Bolivia a lomos de una mula o simplemente caminando, siempre con su cámara de fuelle al hombro. El foto-óleo era una de las atracciones novedosas de su repertorio.

En 1904, Luigi Doménico llega por primera vez a La Paz. La flamante sede de gobierno apenas tiene 70.000 habitantes y 22 barberos. Tres años después, el italiano se instala y abre su primer estudio en la calle Yanacocha al 95 esquina Comercio en plena arteria comercial donde se asienta una nutrida colonia de extranjeros para vender telas, trajes, embutidos, cerveza y relojes. Ha conocido al presidente José Manuel Pando en uno de sus andanzas y ha logrado que lo nombre fotógrafo oficial de la presidencia. El negocio comienza a ir viento en popa con retratos de los mandatarios de turno que llegan caminando desde la antigua Plaza Mayor al estudio Gismondi. Los pongos, los caciques aymaras, los mendigos y las hermosas cholas se alternan en el tercer piso de su taller con las damas y los caballeros de la alta alcurnia paceña. Para Luigi Doménico, un rostro en primer plano es un rostro en primer plano. El racismo y el clasismo siempre quedarán fuera de foco.

El letrero de la mudanza del estudio

Por las noches, el italiano reproduce la Alameda iluminada, también hace inéditos fotomontajes y usa sus habilidades artísticas para retocar las fotos. Entonces, Gismondi decide embarcar de nuevo a toda su familia de regreso a Italia para comprar la vieja casa del padre rodeada de olivares, cerca de San Remo, junto al mar Adriático. Se va toda la prole menos dos hijos que han heredado la pasión paterna: Cesare parte a Lima para montar su propio estudio y

Adolfo se queda en La Paz. De los tres hijos que tuvo don Adolfo, solo Graciela siguió con el oficio de fotógrafa. “Desalojamos el estudio de la Comercio justo antes de la cuarentena rígida, tardamos dos días en trasladarnos en dos camiones grandes, bajamos todo, desde muebles del siglo XIX hasta viejas películas de mi abuelo Adolfo y el enorme catálogo desconocido de mi bisabuelo”, dice la bisnieta, la cuarta generación de los Gismondi.

Hace unos años, una institución de Estados Unidos llegó a La Paz interesada en la magna obra fotográfica y digitalizó unas 300 instantáneas que registran el trabajo en las minas, las ciudades de Bolivia y sus monumentos y las diferentes nacionalidades de todo el país desde el Chaco, los valles y la Amazonía hasta el altiplano. No es ni el 10% de todo un rico patrimonio que hoy está guardado en la casa particular de doña Geraldine. “Tres veces la Alcaldía ha intentado comprarme el archivo, como hicieron con don Julio Cordero, pero no hemos llegado a ningún acuerdo. Ellos quieren quedarse con los derechos de autor y yo no quiero renunciar al sello de Gismondi, ese es mi mayor tesoro y lo que me mantiene hoy haciendo fotos bajo el legado de mi bisabuelo. También quisieron darme unos 50 pesos por unos muebles de hace dos siglos diciendo que eran solo trastos viejos. Una vez también vinieron al estudio unos señores de Chile y me dijeron que las películas de cine son altamente inflamables, que tienen TNT en su composición. Lamentablemente en nuestro país no es como en otros que existen fundaciones públicas o privadas que tienen el presupuesto y el cuidado para tener todo estos materiales en buenos lugares de conservación y preservación con temperatura y luz adecuada”, añade.

Geraldine Gozálvez enseña un retrato de su abuelo Adolfo Gismondi

Geraldine todavía recuerda cómo jugaba con los químicos bajo la atenta mirada de su abuelo Adolfo. “Nos gustaba enredar con nuestras manos y asistir a ese acto de magia al ver cómo el blanco y el negro se convertían en sepia con el virado, adoraba colorear y sellar las fotos. Y me acuerdo de niña ver a mi madre batir la cola para pegar los cartones y las postales con fotos de naturaleza”, relata con nostalgia a pesar de que también rememora el frío y la oscuridad del cuarto de revelado y las manos dañadas. Su vida ha estado rodeada de negativos de vidrio, de acetato, de rollo, placas, daguerrotipos y grandes lentes. Y también de fuego y sus restos: “El estudio se quemó un día que llegó una pareja de recién casados a sacarse un retrato. El hombre encendió un cigarrillo y lo apagó en un maceta con serrín. Eso originó el incendio y se quemaron muchos negativos que hoy tienen la marca quemada. No me acuerdo si fue en vida de mi bisabuelo o unos años después”.

Geraldine Gozálvez Gismondi ha pasado en los últimos años buenos y malos momentos. Los malos se resumen en los días y semanas de octubre y noviembre de 2019 cuando el centro se llenó de gases y se vació de clientes. Luego llegó la pandemia y la posterior quiebra. Y el obligado traslado por la imposibilidad de pagar alquileres y demás gastos.

Los buenos momentos siempre llegan de la mano de los clientes más fieles. “Me siguen buscando en mi estudio de la zona Sur personas que llaman al teléfono desde Ciudad Satélite en El Alto o desde la plaza Riosinho. Son hombres y mujeres que estaban acostumbrados a pasarse por el estudio de la Comercio. Un señor mayor vino el otro día y me dijo: La fotografía más hermosa de toda mi vida me la tomaron en Foto Arte Gismondi en el año 1946, quería una copia, estoy recién buscando el original”. Geraldine suele vender también los originales de las fotos más celebres del bisabuelo, como esa que titula Hombres tirando una cuerda de 1925, obra que compró por su belleza y composición —propia de un gran artista plástico— el fotógrafo paceño Patricio Crooker.

Una de las virtudes del estudio es ofrecer fotos de antaño y retratos “vintage” con vestidos de hace un siglo que eran propiedad de las abuelas paterna y materna de Geraldine. “He estudiado publicidad, diseño gráfico y escenografía. He tomado cursos de maquillaje y de fotografía con grandes maestros como el peruano Oscar Medrano, que fue el primero en retratar a los guerrilleros de Sendero Luminoso en la selva de Ayacucho. Soy diseñadora de modas y fui bailarina con el ballet de Chela Urquidi y conozco mucho de posturas y poses. También fui modelo, por lo que sé cómo deben pararse las chicas y los chicos para una buena foto. Pero a pesar de todos los estudios y experiencia, creo que este oficio es innato”, dice Geraldine que reniega porque hoy la gente —con los celulares a bocajarro— no aprecia ni distingue una buena foto de una mala y porque hoy lo digital permite retocar todo y cambiar hasta la identidad de lo retratado.

Luigi Doménico —cuya biografía definitiva está escribiendo Miriam Quiroga Gismondi— no quiso comprar nunca los cuatro locales donde funcionó su legendario estudio entre la calle Comercio y la Yanacocha. Volvió a Mollendo para morir dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Nunca pensó en quedarse pero se quedó. Gismondi, el gran retratista de La Paz, el gran constructor del imaginario de todo un país diverso que recorrió de punta a punta, registró para la posteridad nuestro mejor presente.

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Agárrense los corazones

/ 13 de enero de 2021 / 00:17

(‘In memoriam’, Iván Aguilar Murguía)

La última vez que te vi fue en una cancha de fútbol. No podía ser de otra manera, don Iván Aguilar Murguía. Habías subido a Villa Ingenio para charlar con Fernando Costa, presidente de la Federación Boliviana de Fútbol. Cargabas uno de tus libros no publicados, aquel que tiene todas las estadísticas habidas y por haber de la “verde” y fotografías inéditas, recolectadas durante tus viajes por toda la patria grande. Y pensar, don Iván, que ahora engrosas la larga lista de escritores nacionales que se quedaron con valiosos libros en los cajones por falta de apoyo y plata.

Aquella tarde de diciembre charlamos en las gradas del estadio alteño sobre tu nuevo proyecto, un abecedario de personajes del club The Strongest. Me preguntaste por mi fecha de nacimiento y por el día exacto en que llegué a La Paz. Y mientras veíamos el “match”, jugamos otra vez a nuestro “deporte” favorito. Arrancaba así: “Don Iván, hablemos del tetracampeonato de la década de los 20, ¿quién era el presidente del club?”. Aguilar no dudaba —nunca— ni un segundo: “El primer año, 1922, era Humberto Montes”. Y seguía la detallada biografía de un hombre clave en la primera época de The Strongest, excapitán y primer “player” boliviano en un equipo del exterior (en Colombia merced a su trabajo en la embajada boliviana en Bogotá).

No había manera de agarrarte en curva y menos cuando contragolpeabas con preguntas hasta que uno sacaba la bandera blanca y se rendía. Pocas veces he tenido el placer de charlar con alguien con una capacidad de memoria tan grande como la tuya. Tu pasión siempre me dio y me dará ánimos en los momentos de flojera. Siempre pensé que no te merecíamos. ¿Con quién voy a jugar ahora, don Iván?

Lo peor de tu repentina muerte son esos proyectos soñados que se truncan ahora para siempre. Íbamos a viajar a la tierra de tus antepasados vascos (con el arquitecto comparto un apellido materno en común, Murguía) para honrar el recuerdo del coronel Ildefonso Murguía, héroe de la batalla del Alto de la Alianza. En la entrada de tu casa, en el mirador de Killi Killi, todavía luce un retrato del Comandante de Batallón 1ª de Línea. Siempre te dije que tu sangre guerrera y stronguista (valga la redundancia) había que buscarla en el valor y las palabras de tu bisabuelo: “Rotos de espantajo, agárrense los calzones que ahora entran los Colorados de Bolivia”.

Te gustaba charlar con un singanito durante horas de fútbol e historia. Hablabas de la Guerra del Chaco y del aporte ya olvidado de tu querido club Atlético Alianza, al que llegaste a presidir. Te emocionaste cuando te llevé un banderín de la selección italiana porque te recordaba los colores de tu poderoso Atlético. Te daba bronca la desaparición del museo/salón del Tigre en Achumani y el abandono de nuestro trofeo más lindo, el plateado “Buque Quinteros”.

Te daba rabia que algún colega mío visitara la sala de los recuerdos en tu oficina de la calle Indaburo esquina Junín y no te devolviera alguna antigua revista deportiva prestada. Te enojaba que el periodismo te sacara datos históricos de tu chistera y no te citara. Te recuerdo con tu nieto Alan, en oro y negro, llegando a las butacas de la Preferencia del “Siles”, me acuerdo de ti colgado del teléfono fijo llamando a tu hija Diana hasta Santa Cruz para preguntar por la wawa y sus estudios.

La penúltima vez que nos vimos fue en El Prado hace un mes con motivo de la Feria de la Biblioteca Stronguista de Pamela y Oswaldo, que ahora llevará tu nombre y apellidos. Extrañamente llegaste tarde y rápidamente vendiste un par de libros autografiados. Jugamos por última vez a nuestro “deporte” favorito: me volviste a ganar a la tercera pregunta.

El mejor homenaje a tu vida y obra sería levantar de una vez por todas el museo del club The Strongest y recuperar todos los trofeos diseminados en domicilios de exdirigentes y/u olvidados en una sala oscura del estadio Rafael Mendoza Castellón. Cuando ese museo dedicado al club con más grande historia sea una realidad, en este siglo o en el próximo, vamos a poner tu nombre en letras gualdinegras pues nadie ha hecho ni hará tanto por recuperar y registrar nuestro pasado más glorioso. Agárrense los corazones, este es legado/ajayu de don Iván, ¡hurra, hurra!

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Tres equipos y tres DT

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo

/ 11 de enero de 2021 / 09:00

Uno: la dirigencia de Always está decidida a cambiar la dinámica de los fichajes en el fútbol boliviano. La intención real de traer a un técnico de primera categoría como el “´Patón” Bauza —se concrete o no— viene a graficar que la “banda roja” ha llegado a la pugna por el primer lugar para quedarse. El CAR quiere volver a vivir su década de oro: los años 50 del siglo pasado donde salió campeón dos veces y jugó Copa Libertadores. Si algo ha caracterizado la gestión de la familia Costa ha sido la ambición, no conformarse nunca y mirar siempre hacia lo más alto. Always Ready se está reforzando bien. Los dirigentes fichan, la hinchada alteña exige y el técnico de turno debe acomodarse a un plantel donde los referentes mandan y mucho.

Dos: The Strongest ha ratificado al “Flaco” Illanes. Eso ya es una buena noticia en este mundo de urgencias y prisas. El fútbol boliviano puede y debe apostar a técnicos y proyectos, más allá de los inherentes tropiezos. El modelo Simeone en el Atlético de Madrid señala el camino. El desafío del Tigre es sencillo y complicado a la vez: debe dar paso a un proceso de renovación. Consolidar nuevos liderazgos y apostar decididamente por la juventud es la tarea. Y reforzar el equipo en puestos claves: un arquero que dispute la titularidad al gran Dani Vaca, traer un central que solucione los problemas aéreos, fichar un volante central para que Wayar tenga descanso y compañía y lograr más gol arriba. Hay tres millones de dólares en la alcancía.

Tres: Bolívar sigue dependiendo de los arrebatos a control remoto y Twitter de Claure. Lamentablemente, la “Academia” se ha caracterizado en la última era por maltratar a sus ídolos. Pasó con la dupla Flores-Soria. Ocurrió antes con Ferreira y volvió a pasar con Riquelme. Sacar a once jugadores de golpe no habla bien de la institucionalidad de un club señor. Para tapar el sol de la improvisación, Claure se refugia en el dedo de un lejano Centenario. Del sueño de la cancha propia, mejor no hablemos.

Cuatro: la buena noticia hasta ahora —faltan más de tres meses para que se cierre el libro de pases y todavía no sabemos cuando arranca el torneo— es el regreso de los tres “mosqueteros” cochabambinos a la dirección técnica: Baldivieso, Soria y Villegas. Apostar por entrenadores bolivianos con tremendos “currículums” siempre será para celebrar, más allá de filias y fobias.

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