Voces

jueves 13 ago 2020 | Actualizado a 21:36

Esto no es un poema de amor

/ 29 de julio de 2020 / 09:40

Hemos vuelto a los años setenta, onda retro de repente. Veremos marchas en defensa del voto democrático. Escucharemos discursos exigiendo el derecho a elegir. Leeremos a periodistas, como en los setenta, sostener al régimen con tinta manchada de sangre. Daremos la razón a aquellos que hace rato nos advirtieron que el gobierno “transitorio” no es tal, que no hicieron lo que hicieron para irse nomás, que llegaron para quedarse.

Nos han metido de golpe en un túnel del tiempo para regresarnos a nuestro pasado más funesto y nefasto. Estamos dentro de la peor película de ciencia ficción serie zeta, berreta. Con nocturnidad y alevosía, como en los setenta, han decidido una madrugada postergar por tercera vez las elecciones. Es la “dictadura perfecta”: la que te anuncia una fecha para votar y la anula, la anuncia y la anula, así ad eternum.

Por cierto, algún día nos dirán que esta última convocatoria fue ilegal e inconstitucional, que no se respetó el estado de derecho, que el Poder Legislativo (como en el ascenso de generales sin ratificación del Senado) fue ignorado olímpica y antidemocráticamente. Pasó lo mismo con el litio. Un día (el pasado sábado) nos “enteramos” de que la verdadera razón del golpe (lithium coup, lo llaman afuera) fue el litio. Algún día también nos contarán cómo se mató en Senkata y Sacaba. Ese gran día está llegando.

Una semana después del 6 de septiembre están programados partidos de fútbol (deporte de contacto y contagio: véase la segunda división de España) de Bolívar y Wilstermann por Copa Libertadores en La Paz y Cochabamba. Pero no podemos votar. Ya se puede viajar en flota entre algunos departamentos con las ventanas de bus selladas. Pero no podemos votar. Nuestras ciudades están repletas de colas y más colas. Y los equipos de fútbol vuelven a entrenar, todos apretaditos a la salida del córner. Pero no podemos ejercer un derecho que tanto sacrificio costó hace décadas. Dicen que no se puede y apelan hipócritamente a la salud. Estamos inmersos dentro de la más cruel de las pesadillas distópicas.

¿Qué cambia entre el 6 de septiembre y el 18 de octubre? Nada, cambia todo pero no cambia nada. Quieren ganar tiempo pero el tiempo está en su contra y siempre estará a favor de los pequeños. ¿El 18 de octubre será el nuevo “pico” de la pandemia, don Salvador? ¿Tenemos un pico móvil? ¿Votaremos cuando llegue la vacuna —baza electoral— allá por el primer semestre del próximo año? ¿O votaremos en agosto de 2022 cuando lo diga el “informe científico”? ¿Para entonces ya estará lista la venta/regalo del litio para Tesla? ¿De verdad creen que la vacuna dichosa servirá para que olvidemos tanta muerte, tanta corrupción, tanta persecución?

La estrategia de tumbar (otra vez) las elecciones se armó a fuego lento/mediático y funcionó contra el deseo popular reflejado en todos los sondeos (más del 70% admitimos la intención de ir a las urnas a pesar de todo). Cualquier ser pensante sabe que la razón de postergar una y otra vez la fecha es el pánico a un regreso democrático del MAS. Lo demás es intoxicación, muerte y bronca popular.

“Se pueden sembrar nabos en la espalda del pueblo“, dijo una vez Tamayo. “Nabos seguro se pueden sembrar, pero ¿cosechar? No se puede porque la espalda se sacude y cuando se sacude…”, me cuenta mi cuate teatrero Percy Jiménez. Vivimos en un permanente día de la mentira, en un bucle eterno de bulos y engaños, en una repetitiva jornada de la marmota. Todas las falacias son la misma, todos los ventrílocuos son el mismo. Nos mean a diario y la tele dice que llueve nomás.

Los sondeos marcan un 20% de indecisos, los que dictarán sentencia sobre si habrá o no una segunda vuelta. Los que deciden (que no están en el Palacio Quemado, por cierto) no saben o no quieren saber que en cada postergación de fecha esa balanza de indecisos cae del lado azul. ¿Es la proscripción de la sigla del MAS el próximo paso? ¿Se puede hacer desaparecer a la mitad de la sociedad boliviana? ¿Se volverá a unir toda la derecha para que renazca la “mega/junt’ucha” cuando el MAS esprinte en la recta final para ganar por una cabeza? “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, dijo una vez un poeta comunista. Esto no es un poema de amor, es una canción desesperada.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Adictos al precipicio

/ 12 de agosto de 2020 / 02:32

Somos adictos al precipicio. De cuando en cuando alguien —sin conocer la historia de los Balcanes, España o Ruanda— pinta en una pared dos terribles palabras: guerra civil. Y un signo de exclamación de cierre. Nota mental uno: ¿por qué ya nadie escribe el signo de exclamación de apertura? De vez en cuando, el poder se hace gas y reina la anarquía. ¿Quién manda? Nadie manda. ¿Quién se cansa? Todos nos cansamos. Bolivia es una camiseta verde sobre una cancha del mismo color. Entonces no hay azules ni “pititas”, no hay cambas ni collas, no hay “autoconvocados” ni “resistencias”. ¿Y si fuésemos tan solo la letra de una canción del Papirri? Uno trata de seguir las noticias en los canales mentirosos, leer los periódicos que casi ya no se imprimen, engancharse a las tóxicas redes sociales y termina hastiado, deprimido, con ganas de gritar: “maestrito, pare que me bajo en la esquina”. Pero antes suena una melodía en la radio: “Ch’enko total, ch’enko total, a ver cómo digieres la paella conceptual». Bolivia somos todos, todos contra todos. Nota mental dos: ¿Por qué el pinche Netflix eligió el relleno de papa?

Somos adictos a la (auto)flagelación. Somos como esas enfermedades donde el propio organismo se ataca a sí mismo. El sistema inmune se vuelve loco y conspira contra el cuerpo que lo acoge. Nota mental tres: ¿alguien sabe algo de aquella señora que salía en el Canal Siete por las tardes con la venia del exvicepresidente para hablar contra las vacunas?

Somos adictos al riesgo. Es nuestra particular manera de ser rebeldes insaciables, con o sin causa. Somos de ese tipo de personas que para sentirse vivas necesitan jugarse el pellejo constantemente o de cuando en cuando, como ahora. Así confrontamos frustraciones, justificamos fracasos (propios y ajenos) y eludimos los problemas reales para experimentar esa rica sensación que solo te da la adrenalina. O una caja de cervezas.

Somos adictos al vacío. Ayer estábamos al borde del abismo, hoy tratamos de dar un paso hacia adelante. No somos Suiza, no queremos ser ni en pedo la aburrida Suiza. Diagnóstico: estamos todos locos. Y esquizofrénicos: vivimos en realidades paralelas (auto)fabricadas para no salir jamás de nuestra zona de confort. Siempre tenemos la razón, todos defendemos la democracia y todos gritamos lo mismo: abajo la tiranía, la tuya, no la mía.

Los “pititas” creen haber hecho una “revolución”. El Poder Ejecutivo cree que manda. El Legislativo nos engaña con leyes que no se cumplen. El Electoral nos “salva” y cambia la fecha de las elecciones de acuerdo a picos que se mueven misteriosamente. Los movimientos sociales bloquean para adelantar todo… dos semanitas. Los “ciudadanos” hacen de policías. Los militares juegan a la guerra y nos joden los oídos con sus aviones caza sobrevolando la ciudad. Y a lo lejos hay un “varita”con barbijo dirigiendo el tránsito en una calle vacía. Nota mental cuatro: Al fondo del “Pacheco” todavía hay sitio.

Tenemos un presidente fuera del país que todavía se cree presidente y tenemos una presidenta con un pie fuera de Palacio que se pregunta todos los días cómo llegó a sentarse sin casi votos en esa maldita silla. Tenemos un ministro de Defensa que quiere ser Bolsonaro. Tenemos un candidato que se quedó paralizado en el pasado y sigue soñando con cabildos, amenazas y cartas. Tenemos aviones y helicópteros salidos de una mala copia de Mad Max escoltando un convoy que viaja por carretera llevando oxígeno de una punta a otra del mapa. No tenemos ministerio de Culturas ni de Deportes. Tenemos a Marinkovic de ministro de Planificación del Desarrollo. A lo lejos veo a Tuto con una vieja pegatina de los noventa en la solapa que dice “Tuto Banzer; mi amigo, mi diputado Chito Valle”. Y al fondo alguien escucha al viejo Pinochet diciendo en 1973: “La democracia, que siempre hemos respetado, será custodiada por las instituciones armadas, para impedir que pueda ser violada”.

Somos, al fin y al cabo, un país difícil de entender, imposible de no amar. Somos un poema de Urzagasti. Uno que dice así: “el pánico que siente el ser humano / ante sus anónimos semejantes / se transmite de una generación a otra / como virus de una escuálida memoria”.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Severino Zapata, una calle y un olvido

/ 15 de julio de 2020 / 09:29

Severino Zapata, usted se esfumó en la historia. Desapareció, sin dejar rastro, apenas una calle. Todo lo que sabemos hoy se reduce a sus días como último prefecto del Litoral con base en Antofagasta. ¿Cuándo nació? ¿Dónde murió? Después de la invasión de nuestras costas soberanas, se pierde todo su rastro. Sabemos que peleó con Eduardo Abaroa, Ladislao Cabrera y 130 patriotas bolivianos en la defensa de Calama; que combatió en Tacna en la batalla del Alto de la Alianza. Y después, la nada. La Alcaldía de La Paz colocó su nombre en una calle cortita a un costado de la Universidad Mayor de San Andrés. Calle S. Zapata. Muchos años después, la gente del barrio rebautizó la calle como “General Zapata”. Las películas mexicanas que honraban la legendaria Revolución Mexicana estaban de moda. Los buenos eran cuates y los malos eran pinches. Usted no llegó a general, se quedó en coronel, antes de perderse en nuestra memoria.

Hemos olvidado su nombre, camarada Severino, y lo peor nadie se acuerda de su ejemplo, de su pacifismo, de su entrega, de su fidelidad y valentía, de sus palabras. De como se enfrentó sin miedo a George Hicks, gerente de la poderosa Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. De como salió el doncito inglés con el rabo entre las piernas aquel catorce de febrero maldito huyendo al buque blindado Blanco Encalada fondeado en el puerto. De como le dijo en su cara que usted había dado la orden expresa de rematar todos los bienes de su empresa por no pagar impuestos, el famoso 10%, la excusa de la usurpación.

Don Severino, usted siempre confió en el talente de los pueblos hermanos y civilizados pero cuando la monstruosa injusticia mostró su cara no dudó ni un segundo. “Sin fuerza para combatir a los invasores que, alentados por nuestra debilidad, hacen gala de la entereza usurpando derechos y hollando la dignidad del boliviano, a nombre de la Patria abofeteada, os llamo, bolivianos, a que os reunáis en torno del desagarrado pabellón de Bolivia…”. Leo hoy sus palabras en el periódico El Comercio y me emociono.

Hemos olvidado también, coronel, que junto a su escasa guarnición de 60 gendarmes, salió por tierra hacia Cobija para montar la resistencia, que echó la última mirada hacia el puerto de Antofagasta para divisar a los tres vapores blindados de Chile con planchas de nueve pulgadas, que abandonó solo cuando se consumó la invasión. Pocos recuerdan que luego se replegó al interior del litoral para preparar la defensa de Calama, que usted estaba dispuesto a cumplir, mientras resistía en el vado de Yalquincha, aquella vieja divisa de la Roma antigua: «Dulce et decorum est pro patria mori».

¿Cómo llegó la hora de su muerte? Tal vez corrió la suerte de muchos soldados entristecidos por la pérdida absurda de nuestro mar: el suicidio. Como lo hizo el general José Manuel Rendón en septiembre de 1908 en Iquique. Sabemos que también estuvo en la última batalla de la guerra, entre los 5.500 soldados bolivianos y 6.500 peruanos en el terreno desértico del Alto de la Alianza, cerca de Tacna, al mando de la 2.ª División del Ejército Boliviano con cargo de los Batallones Tarija 7°, Chorolque 8° y Grau 9°. Y despúes, la nada. Dicen que volvió a La Paz, dicen que apenas queda su apellido en una calle.

Hoy me he acordado otra vez de usted, coronel Zapata. La Alcaldía de La Paz está renombrando las calles del centro con el apoyo de una empresa de pinturas. De la privatización del espacio público, hablaremos otro día. Hoy su calle, don Severino, ha pasado a llamarse “calle Emiliano Zapata”. Ha sido solo por 24 horas, no tema. El alcalde Luis Revilla me ha dicho en Twitter que ha sido un error y en verso ha añadido: “Ya he instruido la corrección, gracias por la preocupación”. En la calle solo queda un número, el 110, junto a un chifa. Dice “S. Zapata”, ese Zapata que es el nuestro. Ese Zapata olvidado como tantos otros que llevan las calles su nombre. ¿Quién se acuerda de un camarada suyo, J.J. Pérez? ¿Y de Lisímaco Gutiérrez, Agustín Aspiazu, Belisario Salinas, capitán Ravelo, Pedro Salazar, Fernando Guachalla…? Son nombres, son calles, cerca de la suya, nada más. Se ama sin razón y se olvida sin motivo. Don Severino, usted simplemente no se lo merece.

*Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter:
@RicardoBajo

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Fútbol boliviano: la última ‘ch’ampa’ guerra

Análisis. ¿Saldrá adelante una “nueva” licitación televisiva del fútbol boliviano en la peor coyuntura internacional posible cuando incluso la Bundesliga negocia a la baja?

/ 7 de julio de 2020 / 20:47

Una incidencia entre los clásicos rivales: Bolívar y The Strongest. Archivo La Razón

Como la pelota está parada en nuestro fútbol (y lo que queda), el “show” lo regalan (para no variar) nuestros queridos/amados/odiados dirigentes, espejo distorsionado de nuestra manera de estar en el mundo. El penúltimo “espectáculo” no gira alrededor del juego, por favor. La pelota hace rato que está manchada y sucia por disputas aún más turbias. Dicen que donde hay mucha plata y poder, surge la corrupción.

El fútbol lamentablemente cambió para mal, para siempre en los años noventa con la llegada de la televisión y su apuesta desproporcionada por los famosos y exclusivos “derechos” de transmisión. Entonces desembarcaron en el universo futbolero los personajes más “variopintos” de la galaxia: jeques del Golfo Pérsico más dictatorial, nuevos ricos de Europa del Este gracias a las mega-privatizaciones tras el colapso soviético, magnates de la construcción y diferentes representantes de los negocios más oscuros de la galaxia. En Bolivia los nuevos “ricos” se apellidan Salinas y Claure, Claure y Salinas, tanto monta, monta tanto.

Ambos protagonizan desde hace años una encarnada lucha fratricida (de “hermanos”) por el poder, el prestigio social… y la plata. El vil negocio del fútbol se ha convertido en el mejor medio para alcanzar reconocimiento público. Cámaras, luces y acción: aquí y en la China. La pelota importa poco o nada. Y sus protagonistas (futbolistas e hinchas) importamos menos aún. Por eso el fútbol ha vuelto en Alemania, España, Italia, Inglaterra… sin gente, con audios grabados y monigotes en las gradas. “The show must go on”.

La última ‘ch’ampa’ guerra gira obviamente alrededor de los benditos “derechos” televisivos, el único “recurso natural” inagotable de plata contante y sonante ante la deserción paulatina del público en la última década, la inexistencia de estrategias de marketing moderno y la creciente depauperación de nuestro nivel futbolístico. La batalla por la redistribución es barrio por barrio como en el Chicago de los años 20. Estamos condenados al extractivismo futbolero por naturaleza. Cada jefe mueve sus fichas como en un tablero de ajedrez. Cada “boss” cuenta –por supuesto– con su barra mediática a sueldo dedicada a aplaudir como en triste “show” grabado de televisión. Nadie es inocente.

El objetivo de Claure es sencillo: dar jaque mate a la reina, Salinas. Mover la silla y subir al trono. Su estrategia también es simple: divide y gobernarás. Claure es ambicioso, como todo nuevo rico, por eso tiene entre ceja y ceja a un viejo enemigo, Freddy Téllez, automarginado de momento a causa de unas escaramuzas con la libertad de expresión como excusa. Como liga de fútbol, somos un fracaso; como culebrón, la rompemos, nadie supera el nivelazo de nuestras “vedettes”. En sus vacaciones particulares, el “liberado” Téllez dispara a diestra y siniestra contra su coco particular: Claure y la venta turbia de entradas en  el Mundial de Estados Unidos 1994; Claure y el edificio “de” Bolívar en Obrajes; Claure y su no estadio; Claure y su pasión por las maquetas… Claure, el próximo emperador, está desnudo, grita en las redes sociales don Freddy.

La partida sobre el tablero es “apasionante”. De momento Claure va ganando esta guerra sucia, táctica y posicional, suma peones de ajedrez y vive feliz en los “Estados Pandémicos de Norte América” entre la pesadilla diaria de Trump y el glamour de sus extravagantes socios futboleros en el Inter Miami: Beckham y los hijos del ultraderechista Mas Canosa (ver el estreno fílmico “Red Avispa”). La telenovela suma villanos, malos malísimos.

¿Saldrá adelante una “nueva” licitación televisiva del fútbol boliviano en la peor coyuntura internacional posible cuando incluso la Bundesliga negocia a la baja? ¿Volverá a ganar Quiroga gracias a la cláusula de preferencia que todos los clubes firmaron a cambio de unos pesos más? ¿Por qué se pelean todos por esos derechos si nuestro fútbol es el peor del subcontinente y supuestamente no es rentable? ¿Es viable el plan Claure a contrarruta del espíritu de FIFA y Conmebol bajo el cual los derechos son de los entes matrices? ¿Contraatacará Claure con otra propuesta diviendo “forever” al fútbol entre el grupo de los ocho clubes bajo paraguas de Salinas y el grupo de los seis bajo la sombrilla de Claure? ¿Sacrificará Salinas la cabeza de Téllez para salvar la suya? ¿Afectará ese posible divorcio a la estabilidad en The Strongest? ¿Es viable el plan Claure o es pan para hoy y hambre para mañana? ¿Volverá Téllez de “vacación” vivito y coleando tras esta penúltima ridícula batallita que por ahora gana Salinas cuando Claure iba venciendo de inicio? ¿Retornará el fútbol en septiembre como opio para calmar al pueblo?

La hinchada se hace estas preguntas y mil más. Las respuestas ccomo la famosa e inexistente transparencia– están en al aire. Solo tengo una certeza: en esta champaguerra de egos, en esta patética telenovela de intereses particulares, perdemos todos. Pierde la selección de nadie –maltratada e ignorada por todos– y pierde nuestro querido (y nunca bien ponderado) fútbol. Porca miseria.

*Es periodista

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Teresa se llamaba dolor

Réquiem por Teresa narra un suicidio/feminicidio desde la perspectiva del hermano de la víctima.

/ 1 de julio de 2020 / 06:53

Villa-Matas pega en el clavo: “no se escribe —contrariamente a lo que creen tantos— para entretener aunque la literatura sea una de las cosas más entretenidas que hay, ni se escribe para eso que se llama ‘contar historias’ aunque la literatura está llena de relatos geniales”. No. Se escribe, dice el catalán, “para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu del otro y quedarse allí, para conmocionarlo y conquistarlo”.

Réquiem por Teresa es la mejor novela que he leído en mucho tiempo. Han pasado varias semanas desde que levanté de ella la mirada y sigo conmovido, conquistado, seducido. Tuvieron que pasar meses para que el libro del guatemalteco Dante Liano llegara a mis manos (bien baratito, como debe ser, gracias al Fondo de Cultura Económica, al cambio, 20 bolivianos). Se puede publicar y tener éxito con literatura buena y accesible, señores y señoras.

En agosto del año pasado, Paco Ignacio Taibo II me recomendó Réquiem para Teresa en la Feria Internacional del Libro de La Paz. Fuimos al poderoso stand de México y la novela no había llegado.

Semanas después, mi hermana viajó desde Frankfurt a Guadalajara y me compró la encarecida recomendación. Tuve que esperar a las últimas navidades para la reunión familiar en Bilbao y aún la lectura se dejó esperar hasta que comenzó el encierro por pandemia en La Paz. Después, gozar y sufrir, con banda sonora de Elvis, ante un retrato que ya pintó el poeta mexicano Juan de Dios Peza: “El carnaval del mundo engaña tanto/ que las vidas son breves mascaradas/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar con carcajadas”.

Réquiem por Teresa narra un suicidio/feminicidio desde la perspectiva del hermano de la víctima. Es el monólogo del perdedor, el que vio cómo un obtuso militar guatemalteco apagó la llama vital de Teresa y le dio, cobarde, el soplido final. Es la confesión desgarradora frente a un remolino de recuerdos verdugos.

La narración alterna interlocutores y planos con lenguaje coloquial, a ratos localista, que se empalma con la poesía gracias a la amalgama del humor. Todo ocurre en una tarde de farra que deviene en una noche decadente durante la tocada del más famoso imitador de Elvis en Guatemala. Hay cerveza a chorros, hay rock, y hay un duelo —oscuro y constante— por la muerte de Teresa.

Réquiem por Teresa retrata la metamorfosis terrorífica de una chica lista y bonita (auto) destruida, sometida a los golpes por una estructura patriarcal que no perdona, abandonada en la isla de las soledades repleta de gente sorda y ciega. “En Guatemala tu deber de hombre es también ese: defender medievalmente a tus mujeres. Y si no, fallaste, mano, como fallé yo esa mañana angustiosa en la que la Teresa llamó llorando porque el Pirata le había pegado por primera vez”. En primera persona, el hermano escarba en la amargura por no haber hecho nada para evitar la muerte, una “culpa que se retuerce como sabandija en la culebra”.

¿Por qué los hombres necesitamos ingentes cantidades de trago para hablar de nuestros sentimientos? ¿Por qué la masculinidad más tóxica nos envenena con soberbia y violencia? Es el sino de un continente derrotado por el machismo asesino que genera dolores colectivos. Ese imitador grotesco, panzón, entrañable y decrépito parodia a un símbolo ajeno, consciente de su degradación. Es la misma degradación de Teresa, de Guatemala, de Bolivia y de América Latina. “Sangre, sudor y mierda, las lágrimas en este continente son un lujo”.

Ante el feminicidio y el dolor, es fácil caer en lo cursi, en la pornomiseria o en lo obsceno de la culpa. Liano se mete en el lodazal y sale a flote con una “novelita” de 135 páginas, ambientada en los años 80 de las dictaduras militares centroamericanas, tan pasmosamente parecidas a nuestros días en lo cobarde, en lo corrupto.

“Vámonos de esta mierda, vámonos por favor a algún lugar donde la mente se ponga en blanco, en donde todo sea como fue alguna vez, sin felicidad, sin ausencia”, dice el narrador que llora a Teresa. Un narrador que, a estas alturas se ha adueñado de este lector, ha entrado a su espíritu y allí sigue. Voy a agradecer a mi hermana, precisamente a ella, este gran regalo.

Ricardo Bajo
es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual
Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Nuestro periodismo es un cadáver

¿Por qué ahora en los canales de aquí y de allá los nombres de los programas se basan en el apellido del periodista?

/ 17 de junio de 2020 / 05:54

Por qué la mayoría de los últimos escándalos de corrupción no han sido publicados en los medios hegemónicos de comunicación? ¿Por qué las redes sociales y los “Uniteles” de turno con jefes que van/vienen han ganado la batalla? ¿Por qué los mejores periodistas de derechas y de izquierdas ya casi no trabajan en los medios tradicionales? ¿Por qué ya casi no hay colegas de prestigio en canales, radios o periódicos? ¿Hace cuánto que no ves o escuchas una buena entrevista/ charla/conversación en la tele o en la radio? ¿Por qué muchas veces los diarios se te caen de las manos sin nada bueno que leer? ¿Por qué las contrapartes se buscan al día después de la nota publicada? ¿Por qué no se imprimen ya medios alternativos como El Juguete Rabioso? ¿Leemos ya exclusivamente en el digital y por ende leemos/entendemos peor? ¿Por qué hay tanta gente que se niega a ver canales nacionales o comprar diarios bolivianos? ¿Por qué tenemos que leer prensa extranjera para enterarnos de las cosas feas? ¿En qué momento colegas/ “buena gente” exigen censurar a colegas/ “mala gente” sin rubor? ¿Se soluciona todo atacando/amenazando a periodistas? Esta columna no tiene respuestas, es como el teatro.

Todo este panorama de incertidumbres, catástrofe, ahogo y revanchismo no es nuevo, no arrancó ni hoy ni ayer. Hace años que los colegas que conozco, de izquierdas o de derechas, migraron a las universidades, a las ong, a las fundaciones, a la escritura o simplemente cambiaron de oficio. Algunos pusieron un bar.

Las empresas/estancias mediáticas del buen/mal negocio despiden sin rubor o los periodistas se van, monta tanto. En el mundo la crisis del periodismo impreso ha encontrado una “salida mágica” ante el fenómeno de las redes/celulares que “informan”, entretienen, intoxican y opinan por el mismo “precio”, ante la desaparición progresiva de la publicidad que también se ha esfumado por arte de birlibirloque: la suscripción digital. ¿A cambio de qué? De buenos contenidos, de lindas crónicas, de buenas plumas, de investigaciones, de producción audiovisual de calidad… y de descuentos/ofertas en el cine, en el super, en el comercio de turno. ¿Cómo serán las redacciones de periódico del futuro? Obviamente no serán aquellas repletas de personas marcadas a sangre y fuego por las famosas tres “d”: depresivas, dipsómanas y divorciadas. ¿Serán viables en nuestro país redacciones con más de 50 personas? ¿Se acelerará la terciarización de suplementos, revistas y productos especiales de los diarios para ahorrar en personal y plata? Los mineros fueron obligados a partir hacia el Chapare tras la salvaje “relocalización” neoliberal, ¿a dónde nos van a mandar a los cientos/miles de periodistas sin pega?

En nuestro medio donde la suscripción digital se ve como algo lejano, marciano y/o simplemente imposible, las empresas mediáticas del mal/buen negocio despiden a los periodistas y/o éstos se van, tanto monta. ¿Por qué? Porque estorban, porque no se cuadran, porque ya no entran en el modelo del “bisnes”, porque se sienten/son ajenos y se van calladitos para no molestar al patrón. Y así, lo único que queda son las penas, pena de nosotros y pena de otros, lectores, oyentes y televidentes que todavía no han salido corriendo huyendo de la peste, el asco, la plaga. Las estancias mediáticas del buen/mal negocio que cambian de camiseta según el viento que sopla prefieren pagar a tres cuates dos salarios de miseria para fabricar una pinche nota para las redes y lograr miles de “likes” masturbatorios.

¿Por qué ahora en los canales de aquí y de allá los nombres de los programas se basan en el apellido del periodista? ¿Ese es el futuro? ¿Apostar a la “independencia” del colega de turno y no al logo desgastado del medio mercenario de turno? ¿Esa será la vacuna salvadora para esta infopandemia? ¿Y si apostamos por la honestidad?

Nuestro “viejo” periodismo es un puto cadáver, está muerto tirado en la calle y el “nuevo” todavía no ha nacido, peor ni siquiera se lo espera. En este maldito claroscuro solo alcanzo a sufrir sin parar perfiles de monstruos, miedos y mentiras. Es mi melancolía insurrecta, es mi infinita tristeza.

Ricardo Bajo
es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual
Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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