Voces

jueves 29 oct 2020 | Actualizado a 12:18

El Premio Nobel de Economía

/ 14 de octubre de 2020 / 02:51

El 12 de octubre, la Academia Sueca decidió otorgar a los estadounidenses Paul Milgrom y Robert Wilson el más alto lauro que un economista puede recibir por su contribución al conocimiento científico, el Premio Nobel.

El galardón se debe a sus contribuciones en el campo de subastas de valor común y valor privado en un ambiente de información incompleta. Para entender estos aportes supóngase que usted es un audaz empresario extranjero que está buscando obtener una licitación para la explotación de un recurso natural cuyo valor se desconoce, por ejemplo, la búsqueda de petróleo en un fondo marino. El problema surge porque usted no conoce cuál es el valor real de mercado de esa concesión hasta que ex post se adjudica y descubre si existe o no petróleo. Es así que cuando un agente no conoce el valor del objeto del cual se está subastando (valor común), ni tampoco conoce las valoraciones que le asignan al mismo objeto el resto de competidores (valor privado), puede terminar pagando un precio mucho más alto por el bien subastado en el afán de ganar la concesión. Este fenómeno se conoce en la literatura económica como la maldición del ganador.

Dado el evidente riesgo de caer en la maldición del ganador, las posturas de ofertas (de las empresas) tienden a ser más bajas de lo que realmente vale el bien subastado. Este problema es abordado por Milgrom y Wilson, quienes proponen nuevos formatos de subasta en la cual una mejora de la información entre agentes privados podría favorecer al subastador (gobierno) para maximizar el ingreso esperado de la subasta. La primera subasta en ajustarse a estas recomendaciones se realizó en Estados Unidos a principios de la década de los 90 y luego se fue difundiendo al resto del mundo.

Pero más allá de la relevancia de esta teoría deseo hacer hincapié en su utilidad práctica y contexto en el cual se premia dichos trabajos. Las contribuciones de Milgrom y Wilson se desarrollaron a finales de los años 80, cuando el capitalismo global estaba en franca expansión en la búsqueda de nuevas ganancias fuera de los territorios de origen. Cuando estudié por primera vez las teorías de Milgrom y Wilson, hace cerca de una década, la teoría de las subastas estaba en su apogeo en el comercio digital a través de las subastas electrónicas de bienes, incluso hoy que son realizadas por grandes empresas de distribución al menudeo como Amazon e E-bay.

Sin quitar mérito al trabajo intelectual de Milgrom y Wilson, lo que llama la atención son los criterios bajo los cuales la Academia Sueca escoge la oportunidad y relevancia de las contribuciones. En el contexto actual, donde la humanidad se enfrenta a transformaciones radicales, la teoría económica es desafiada para dar respuesta a problemáticas como el cambio climático, la desigualdad, la migración, la desglobalización, el estancamiento secular, los regionalismos fiscales, entre otros, que son muy renombrados en los discursos de los organismos internacionales, pero aparentemente de poco mérito intelectual para la academia internacional.

Mientras que en otros campos del conocimiento se premian avances vinculados a grandes saltos en la investigación científica, como en física, con el descubrimiento de los agujeros negros, los exoplanetas, las ondas gravitatorias; en biología por el conocimiento en biología molecular y genética o en medicina, con los hallazgos de nuevos tratamientos contra enfermedades, en economía se vive un adormecimiento intelectual dominado por la única corriente del pensamiento que ha logrado imponer su propia agenda de investigación. Habría que hacer un recuento de las contribuciones de las últimas décadas de los galardonados en economía para simplemente darnos cuenta de esa tendencia.

Probablemente los aportes de Milgrom y Wilson, como muchos otros, pudieron haber quedado al margen de un justo homenaje, que afortunadamente no fue el caso, no obstante, no puede perderse de vista la verdadera agenda de investigación económica que es aquella que dé respuesta a las crisis actuales.

Omar Velasco Portillo es economista.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Tendencias Globales

Una mirada a las tendencias económicas mundiales tras la pandemia

/ 16 de septiembre de 2020 / 06:32

La crisis pandémica del COVID-19 caló hondo en la génesis del sistema capitalista moderno. El ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos trajo consecuencias globales. Este país había asumido por décadas el protagonismo de la globalización, pero la administración Trump dio un giro inesperado a la política exterior: dejó de interesarle el liderazgo mundial y pasó a velar por los intereses internos, fiel al famoso eslogan “American First”.

Así, la política exterior norteamericana se enfocó en quebrantar convenios internacionales como el acuerdo de París de cambio climático, el pacto de no proliferación de armas nucleares con Irán y Rusia, su más reciente salida de la OMS.

La retirada de Estados Unidos como actor central de la globalización dejó un vacío de poder que la tímida incursión china no logró suplir, porque los intereses chinos se centran en lo económico a nivel mundial y geopolítico solo a escala regional.

El proceso de des-globalización también se ha reforzado en Europa con el brexit. La incapacidad de encontrar una salida constitucional para que el Reino Unido deje los compromisos económicos vinculantes que le atan a la Unión Europea, provocó la dimisión de la primera ministra Theresa May, para ser reemplazada por Boris Johnson, uno de principales críticos a la política excesivamente gradualista de May.

Otra cuestión que sacó a relucir la pandemia fue las desigualdades en el mundo entre países, regiones, grupos etarios, razas, género, etc. La crisis sanitaria desnudó que el mundo es más desigual de lo que realmente pensábamos. La pandemia golpea más a los pobres, no solo porque son los más propensos a contraer el virus sino porque son los más vulnerables a sus consecuencias económicas y sociales. La CEPAL advirtió que la crisis sanitaria podría convertirse en crisis alimentaria. En el mundo desarrollado la desigualdad se hace cada vez más flagrante y denunciada por economistas de renombre como Joseph Stiglitz y Thomas Piketty.

La pandemia ha exteriorizado nuevas formas de desigualdad global como las brechas tecnológicas, las digitales, las de acceso a servicios de salud, de infraestructura sanitaria, de capital humano y de participación social. La crisis de la pandemia bien podría derivar en una verdadera crisis de la desigualdad.

La agenda de la pospandemia con seguridad también demandará mayor conciencia social en el tipo de modelo de desarrollo y su impacto ambiental. El shock petrolero de abril de 2020 dejó como lección que el mercado puede llevar a equilibrios irracionales por efectos de la sobreproducción de energía no renovable. Los primeros esfuerzos para enfrentar el cambio climático se han anunciado desde Europa con la reducción gradual de la producción de autos de combustión interna y la masificación de autos eléctricos. En Francia se formó una comisión con la tarea de replantear el patrón de producción y el diseño de impuestos a la contaminación del medio ambiente.

La política macroeconómica a escala mundial también ha estado puesta a prueba tras la crisis financiera mundial y la reciente crisis sanitaria. A diferencia con la primera que tuvo un origen financiero y un epicentro más acotado en los países avanzados, la crisis actual tiene un carácter multisectorial y cuya intensidad se hace sentir con mayor crudeza en las economías en desarrollo.

Se debe matizar que el espacio de la política entre países y regiones es diametralmente asimétrico. Mientras los desarrollados gozan de una capacidad financiera descomunal para implementar programas ambiciosos de reactivación económica porque gozan del monopolio de la divisa internacional, en el mundo en desarrollo se vive una suerte de iliquidez financiera ante la caída de los ingresos de exportación y el endurecimiento de las condiciones financieras de los mercados para acceder a mayor financiamiento externo.

Un último cambio fundamental a considerar tiene que ver con el rol del Estado. Las crecientes demandas de mayor intervención estatal para proveer más bienes públicos en salud y contrastar los efectos negativos que dejará la crisis sanitaria han sido un común denominador por todos los economistas incluidos los detractores del intervencionismo estatal. Pero, detrás de esta aparente reivindicación de la importancia del Estado se ocultan objetivos y aspiraciones contradictorios; la intervención estatal, por ejemplo, se fundamenta en la necesidad de rescatar al sector privado. La crisis financiera global fue un claro ejemplo de esta mentalidad. Los gobiernos salieron al socorro de los grandes conglomerados financieros para evitar una crisis de mayores proporciones, la misma que terminó siendo pagada por las familias y los contribuyentes, para quienes no hubo rescate de sus deudas y obligaciones.

La crisis sanitaria igual está demandando mayores ayudas estatales para los principales negocios afectados por el confinamiento, con una lógica bastante parecida. El rol del Estado parecería estar subordinado a la total socialización de las pérdidas privadas. Esta reaparición del Estado es totalmente engañosa y transfigurada de la verdadera esencia de la función del Estado.

La humanidad se encuentra frente a un cambio de era, en el cual los desafíos que imponen la nueva agenda pospandémica son más exigentes y donde las necesidades sociales son cada vez más complejas y globales y reclaman con urgencia la necesidad de reinventar al Estado en cuanto a su alcance, capacidad de acción y protección a la sociedad.

(*) Omar Velasco Portillo es economista

Comparte y opina: