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Ramón Tito entre la piedra y el río

La Avenida del Escultor, casi llegando a la Muela del Diablo, alberga el taller del artista paceño. La vía recibió el nombre en reconocimiento a una vida dedicada al cincel

/ 10 de julio de 2019 / 00:00

Al igual que la piedra, Ramón Tito Villegas, maestro escultor, es hombre de pocas palabras. De voz melancólica (ya que “antes se vendía”, antes eran mejores tiempos para las artes plásticas, insinúa…), pero de muchas sensaciones, gestos, formas: su sonrisa inmóvil imita las curvas limpias y continuas que él trabaja en sus esculturas, sus ojos oscuros brillan con la potencia del basalto, sus manos invitan con la precisión del cincel a que pasemos a su casa. Sin embargo, su forma no puede reducirse a la rigidez ni la dureza: en su voz hay un dejo dulce de esperanza, en sus acciones hay un nomadismo, un moverse que recuerda al río que alberga a la roca, que la pule y le da un intenso resplandor: así como él también hace.

Casi llegando a la Muela del Diablo, en la Avenida del Escultor (llamada así en su honor), vive este artista. Trabaja en un jardín prestado de un vecino “que pronto se va a venir a vivir aquí y voy a tener que mudarme al campo” y al lado, en una especie de garaje, muestra sus obras que tiene por montones (aunque él me dice que son pocas para lo que en realidad ha hecho, porque está exponiendo en todo el país), de distintos tamaños, colores, texturas: “mármoles, calizas, basaltos, areniscas, también hago madera un poco”, todo traído del interior del país porque “materia prima aquí —en Bolivia— hay bastante, por mi humildad yo he decido hacer escultura”. Al fondo se ven un par de acuarelas con paisajes típicamente altiplánicos: el Illimani, las llamitas…

“Mirá”, dice señalando un torso femenino de piedra de al menos metro y medio justo detrás de mí, “me gusta el color, la textura, parece madera”. Me cuenta que entre seis personas han sacado esa piedra, que antes de ser pulida fue ligeramente más grande, del Valle Secreto. A veces necesitan excavadoras y palas mecánicas para obtener su material de trabajo. A pesar de que cerca de su taller hay materia prima, ésta está entre montañas y ríos: “en la cumbre hay harto”, me dice, “pero ya no puedo ir solo, te amenazan hasta de muerte”. La gente sospecha que él esté buscando otra cosa, las comunidades no entienden por qué alguien quisiera llevarse piedras.

“La pintura puedes trabajar muy sosegadamente en la casa, ¿no? Sin quejarte de nada. Por el contrario, la escultura, uy… es polvo, ruido”, indica el artista con voz triste, ronca. Su ropa de trabajo, como para confirmar lo afirmado, está cubierta de polvo, el rojo de su polera ya casi no es rojo, el desgaste se nota también en él. “Me afectó mucho: tengo una operación (de los pulmones) a causa de esto, por no usar implementos, mascarilla, ahora sí uso”. Sí o sí tiene que trabajar al aire libre “bajo el sol o la lluvia”, su sombrero de explorador verde, de esos que cubren hasta el cuello, confirma lo dicho… Como si cuando trabajara la piedra, también el mundo trabajara sobre él: su visión del arte no puede separarse de su visión de la vida.

Por las cantidades exageradas de polvo que produce, “los vecinos se han quejado”; donde vivía antes le pasó lo mismo. Cuando se mudó eran solo tres los vecinos, pero la modernidad se acerca cada vez más y él tiene que alejarse. A pesar de esas quejas, cuenta cómo lo reconocen y que eso también lo llena, ya se mencionó el nombre de la calle; pero falta decir que trabajó con sus vecinos para conseguir auspicios y, luego, con sus propias manos, adoquinar la calle.

Orgulloso, nótese el cambio en su voz, también muestra los premios y reconocimientos que le han brindado distintas entidades, por ejemplo, la Alcaldía paceña.

Ha tenido muchas exposiciones, “en casi todos los países del mundo”, dice. Aunque él no ha salido al exterior, los factores económicos no se lo han permitido, solo su obra.

Ha dedicado 42 de sus 62 años de edad a la escultura. Dice que esto le ha traído enfermedad, soledad, problemas económicos. ¿Por qué continúa? Brilla la ambigüedad, me responde con sus dos voces, entre el río y la piedra: “Yo llevo en el alma el arte, ¿no? Ese es mi alimento, de eso vivo”. De ahí en adelante su voz es río, afortunado homónimo: río es también una conjugación del verbo reír. La escultura le ha dado mucho más de lo que le ha quitado, algo que quizás solo se ve en la obra y no pone en palabras.

“Mis abuelos eran picapedreros, trabajaron incluso en el templo, en la Basílica de la Virgen de la Candelaria de Copacabana. En cambio mis papás eran más artesanos, aunque también trabajaban con piedra, de ahí vengo”. Se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Hernando Siles, experiencia de al menos 11 años que fue narrada en el libro Entre la Pachamama y la galería de arte, del antropólogo Hans Christian Buechler (2006: 103). Ahí conoció a su maestro, Víctor Zapana, famoso escultor boliviano fallecido en 1997. “En todas las materias nos incentivaba”, recuerda Tito. Zapana era un maestro “muy estricto, con solo decirte que a todos los otros profesores se los metía al bolsillo”, y el gesto de una mano replica sus palabras. Su voz es ligeramente más juguetona, sus ojos se entrecierran un instante.

De él hereda la visión sobre el arte, dice Antonio Paredes Candia sobre el maestro. “Zapana seguramente descendía de aquellos taumaturgos que forjaron Tiahuanacu, sabios cuidadores del secreto, del misterio que guarda la piedra” (Buechler: 62). También señala que él sería “parte del movimiento escultórico que se impone en Bolivia con Marina Núñez del Prado y Emiliano Luján” (Buechler: 63). A esta estética que encuentra la belleza ya en la propia naturaleza y solo la manifiesta también pertenece Ramón Tito, me cuenta que ha hecho esculturas desde cinco centímetros hasta cuatro o cinco metros: “esas grandes en Santa Cruz están”.

¿Cómo ve la escultura boliviana? “Hace años, no muy tan lejanos, he visto, en El Alto más que todo, buenos escultores, buenas obras, pero se van desapareciendo… Supongo que es factor económico, deben tener familias y no hay apoyo.” Menciona de pasada que su hijo, un ingeniero, lo sostiene a él: hace 13 años, cuando Buechler entrevistó al niño de entonces 14, él ayudaba a su padre a hacer esculturas y mostraba un fuerte deseo de ser artista. ¿Por qué se habrá desanimado?, irónicamente se preguntaría el lector.

A pesar de que le gustaría vender, ese no es su mayor objetivo. Ramón demuestra un amor al propio trabajo, al proceso que implica ir a buscar piedras, seleccionarlas, porque desde el momento que la elige, él ya ve en ella una figura, él solo la potencia, la pone en evidencia. Piensa que en algunas galerías solo les interesa vender, “a 100 bolivianos lo venderían si les dejarás”, pero su respeto por el arte le hace esperar “tiempos mejores”.

“Seguir adelante, incentivar a los futuros artistas que hagan escultura, pocos tenemos. Bolivia es un país de escultores, desde nuestra cultura, desde los tiwanacotas, desde los incas que somos descendientes.” Llama la atención su frase, quizás su noción de escultura es la lógica de la piedra y la de río, aunque para él parece claro que ahora somos más piedra que otra cosa, aunque insiste “mejores tiempos van a venir”, como profeta que indica que el río volverá a fluir.

Salgo de su casa, veo sus cuatro o cinco perritos, las filas de piedra sin trabajar en el balcón del piso superior; miro por última vez la contextura delgada de Ramón, quien ya se dirige de vuelta a su lugar de trabajo. Aprovecha cada segundo y sus piedras, entre ríos, no hacen más que multiplicar su belleza y su cantidad.

Pasión por la piedra

El artista Ramón Tito nació en La Paz el 24 de agosto de 1954. Alumno de Víctor Zapana Serna (1926-1997), estudió en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles, se especializó en Pintura (1980), Escultura (1982) y Grabado (1984). Ha realizado casi un centenar de exposiciones, entre individuales y colectivas, nacionales e internacionales.

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Sobre el Teatro de Los Andes o del dilema del hijo ante el Padre

La muerte de las artes, con énfasis en el teatro y sus formas de hacerse en Bolivia, se cierne como reflexión en tiempos de pandemia

Foto: wordpress.com

/ 20 de mayo de 2020 / 16:28

1. Lo dijimos en el anterior escrito, ciertas formas del arte se confirman hoy muertas: podría hacer un listado de éstas, pero sería infinito; resumamos: si puede ser nombrada, está muerta. Pero dijimos también que existen dos matices, íntimamente ligados, en primer lugar, que la muerte, cese de toda vida, contradictoriamente tiene todavía una potencialidad: la de recordarnos aquello que ha muerto, sus causas, su historia, no solo en un sentido enciclopédico. En segundo lugar, que a la muerte hay que llorarla, o algo así se dice en el Hamlet de los Andes, escrita por Diego Aramburo, y que yo pude ver en el festejo de los 25 años del Teatro de los Andes, sobre los que de forma tangencial escribiré aquí con el mayor cariño.

2. Un hombre al centro del escenario, algo dice, su voz truena, es intensa, es fuerte, conmueve; algo pasa, todo sale volando, un terremoto ha arrasado con su alrededor, pero no solamente, también con él, ahora su voz tiembla, su pantalón salió volando… En un sol amarillo pone en escena una poética evidente, señalada de todos modos por Julia Peredo en su tesis de licenciatura, pero que ella no se atreve a nombrar: “La obra está centrada en la injusticia que ejercen los poderosos frente a los desvalidos”, señala, además aclara que la suma de voces recopiladas (una pluralidad) son sintetizadas en una sola voz.

No dice que esa moral quiere convencer al espectador de una posición, busca, a la manera de las obras de Raúl Salmón estudiadas por Karmen Saavedra, su pasividad. “Sí, qué terribles son los políticos”, dirá el espectador luego de ver la corrupción en la obra, le tirará papeles, jamás pensará en ser político (en el sentido amplio de la palabra). Peredo habla de Brecht y de cómo Los Andes generarían una distancia crítica; sin embargo, los mismos elementos que ella ennumera (división dicotómica entre agredidos y agresores, la caricaturización de los segundos que logra identificación con los primeros, el humor en tanto sátira…) va en sentido contrario. Brecht también tenía una moral, diría ella, y tiene razón: ambos están muertos, matizando que la moral de Brecht, diría Benjamín, no era impositiva.

3. En dicho festejo vi mis primeras obras del famoso elenco nacional. Sí, no vi La Ilíada, La Odisea, Frágil, Otra vez Marcelo y otras obras que, dicen los sabios, marcan su mejor época, aquella liderada por César Brie. Pero confío en que esa moral, esa forma de hacer no haya variado sustancialmente (lo que no implica que los resultados sean técnicamente iguales) y es por eso que son lo que son: el ideal del teatro boliviano para muchos hacedores (casi todos los elencos hoy utilizan ejercicios provenientes de la Antropología teatral de Eugenio Barba, que obviamente llega al país con Brie) y críticos. Por lo tanto, son (un nuevo) Padre con las luces y sombras que tiene este término.

4. Así se vuelve interesante que hayan montado Hamlet, un hijo colocado en un dilema ético: el de constituirse como sujeto o el de replicar una subjetividad anterior (la de su padre que, también, se llama Hamlet; juego de dobles con el que Shakespeare estaba muy familiarizado). Los Andes resuelve fácilmente ese dilema, al final de la obra, los personajes se estancan en una puerta, afirman que están cansados de la venganza, faltaba un beso y abrazos, se retiran tras tanta confusión. Así, aunque no lo noten, siguen el camino del Padre, marcando una ley (matar o amar, da igual), ley que dicta y no deja al hijo progresar, pensar, ser un “sujeto que dirige su deseo”, diría Barthes. Así se aclara la poética marcada en la otra obra mencionada: primero hay que conmover, convencer, luego predicar; movimiento de la retórica clásica. Maticemos: un corpus clásico puede convertirse en un espacio “donde se pueda desear”.

5. Demos un salto mortal. El 2018, cuando gané el premio de crítica que quizás me impulsó a seguir escribiendo aquí, tenía entradas gratis a todo lo que se presente en el Teatro Municipal y, por supuesto, iba a todo. Llegó Luis Lugo, pianista cubano de —según dicen— alta fama internacional. El espectáculo no llegó a la cantidad de gente requerida y fue cancelado, sin embargo, el pianista decidió (ya que seguramente iba a pagar una multa, según normativa de teatros municipales) usar esa noche para grabar algunas de sus canciones. Yo tenía privilegios y, sin que me vea o me note, me senté en un palco a escucharlo.

El teatro vacío o, quizás, lleno de fantasmas. Él, solo con su piano, en el escenario, sin ropa formal, desarreglado. Tocó y aunque no recuerdo qué tocó, jamás olvidaré su intensidad: era un mar que se movía, sin demasiado esfuerzo, pero con el dolor de cada una de sus olas; era un llanto contenido en cada tecla, en el rechinar del viejo piano y a la vez era una fiesta… Los Andes logran (en el mejor de los casos) eso, la muerte tiene su potencialidad: la de recordarnos su peligro, la de hacernos creerla viva. Y si no la lloramos estaremos condenados a repetir el camino del Padre, cuando la lloramos borramos su peso, somos hijos ante el dilema, ante el caos. Y del caos es de donde empiezan las creaciones…

Camilo Gil Ostria – crítico

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Jazzmany Vasquez: mixtura convergente

Detector de estilos

Jazzmany Vasquez Foto: Christian Calderón

/ 18 de septiembre de 2019 / 10:20

Son tres las estéticas que Jazzmany Vasquez —fotógrafo y Dj, también conocido como Criminal Chuta— junta en su día a día, casi como una mixtura que sale de distintas épocas y lugares. Éstas son, comenta el artista, el estilo de los crooners, cantantes masculinos de los 40 y 50; elementos tradicionales de la cultura popular boliviana, y, finalmente, elementos contemporáneos que vienen de artistas trap, del hip hop moderno y del reguetón.

“Desde antes yo ya utilizaba mucha ropa formal clásica, porque me gusta la estética del jazz, de los hot clubs, donde la gente tocaba, bailaba; se usaba el abrigo, el sombrero y siempre con un cigarro en la boca”, comenta el Dj. Pero estos elementos no entran sin modificarse: cuenta que el otro día su papá le regaló un sobretodo que era demasiado largo, así que Jazzmany lo cortó, para dejar un saco elegante, aunque con un toque urbano.

Los elementos de la cultura popular boliviana se vuelven detalle importante para su estilo. “Siempre llevo algo que identifique mi contexto, como el chaleco que uso, es del norte de Potosí. El hecho de que sea bordado por una comunidad me llena al usarlo”. De la misma manera usa un anillo que representa el busto de un toro, “no como símbolo de opulencia, sino de las tradiciones milenarias”, o pines de t’ant’awawas. Uno de ellos representa a su abuela, a quien siempre lleva consigo. “Trato de no ser ofensivo con la gente del norte de Potosí u otras regiones que usa esa ropa por creencias, pero comparto mucho de lo que sienten y me identifico, pues al final es mi cultura también”.

Finalmente, las camisas floreadas, las uñas pintadas o las gafas oscuras provienen del ámbito contemporáneo. “Solamente son estéticos”, afirma el músico, quien les resta importancia, pero en el fondo actualizan una vestimenta, dando al estilo un nuevo brillo.

Y es que, para él, la moda es también una forma de generar empatía “con un diseñador reconocido o una señora que teje”, es “identificarse con ellos y mostrarse ante los otros”, es una postura que resulta del medio donde se mueve y de sus experiencias de vida. “Si fuera abogado o médico no podría vestirme así”, concluye Vasquez.

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¡Atención! Genios trabajando

Cuatro destacados jóvenes representarán a Bolivia en un mundial de robótica enfocado en problemas medioambientales

/ 18 de septiembre de 2019 / 09:52

Usualmente los colegios no tienen una materia de robótica o un laboratorio especializado. No es diferente el caso de la Unidad Educativa del Ejército (UEE). Pero, tal como se une una pieza con otra para hacer algo más grande, estos jóvenes genios se juntaron para no dejarse frenar y, trabajando en la casa de su capitán de equipo e iniciador del proyecto (preparada con mesas movibles, herramientas, espacio vacío y mucha luz), formaron un club de robótica. Como resultado, cuatro de sus miembros irán este año a representar a Bolivia en el First Global Challenge.

Este concurso tiene como objetivo afrontar los grandes retos de la ingeniería (por ejemplo, la contaminación de los océanos) y fomentar el amor por las ciencias. Esto se logra con distintas rondas donde se une el equipo con otros dos de distintos países y, juntos, se enfrentan contra otros tres grupos. Durante dos minutos y 30 segundos, sus robots recolectarán contaminantes en un escenario simulado y los depositarán en áreas de tratamiento.

Será la tercera versión del concurso, que se llevará a cabo del 24 al 27 de octubre en Dubái (India), con la participación de 175 países. Bolivia participó en eventos de años pasados, que se realizaron en Washington y en México D.F. En ambos casos fueron equipos de Sucre los elegidos a través de un torneo nacional de la Universidad Mayor San Francisco Xavier. Este año, entre 3.000 participantes, se eligió el equipo de la UEE.

¿Cómo llegaron estos jóvenes a desarrollar habilidades en el área? Robert Jordán Funk, comandante de la UEE, cuenta que “dos de ellos empezaron en una feria en la unidad el año pasado, hicieron una silla con movimiento mecánico para personas con discapacidad”. Por ello fue que se prometió la construcción de un laboratorio. 

Uno de ellos es Geovanny Ghilmar Tórrez Turumaya, líder del equipo y apasionado por la robótica desde sus seis años. Actualmente tiene 17 y su liderazgo se nota no solo por sus conocimientos en programación y diseño mecánico, sino también por sus habilidades sociales: se apresura en responder las preguntas, escucha a sus compañeros, complementa los comentarios de los otros…

Pero ningún miembro del equipo se queda atrás. Su mano derecha, desde el inicio, es Nicolás James Sánchez Leytón, encargado de la mecánica del robot. “Es necesaria mucha creatividad para hacer robots”. Con sus 16 años pasó por legos, arduinos y, ahora, piezas más complejas.

Marina Reinheimer Koizumi, encargada de comunicación, de 16 años, cuenta que pasó un tiempo en Japón, donde empezaron a interesarle los robots. “Pero aprendí más con el club”, afirma. Ella habla cuatro idiomas de manera fluida (español, inglés, japonés y portugués), por lo que es importante para el equipo en la difusión, pues First Global exige compartir sus avances en línea. “Tuvimos una videoconferencia con el equipo de Estados Unidos, y con la conversación hicimos varios cambios a nuestro diseño original. La anterior versión era demasiado compleja y tenía más probabilidades de fallar”, dice.

Finalmente, Pablo Marcelo Pacheco Bohórquez, encargado de la programación, aprendió sobre su área en Cochabamba, en Jalasoft, una de las pocas empresas de software boliviano. Igual de 16 años, amante de la creación de aplicaciones para teléfono celular, sueña, como su equipo, con  poder ayudar a través de la tecnología.

Todos han mejorado en el proceso, usan términos complejos a cada paso y se detienen a explicarlos. First Global ha potenciado sus conocimientos. “Para aprender a programar y armar el robot empezamos viendo videos de First Global, que te explican cómo funciona cada parte, etcétera, pero éstos no son muy extensos, son muy básicos, así que la mayor parte es prueba y error”, comenta Nicolás.

El camino no ha sido fácil. “Nosotros trabajamos de tres de la tarde a 10 de la noche todos los días”, informa Geovanny. El modelo que elaboran para el concurso está en un 20% de su desarrollo. En él utilizan el kit oficial de First Global Challenge, que fue el premio de la competencia en Sucre, donde se usaban arduinos muchos más simples que éste. “La mecánica es lo más complicado, es un robot que se hace en meses”, complementa el capitán.

El objetivo de la competencia es claro. “Existen dos tipos de contaminantes, los micro y los macro —explica Geovanny—, ganas puntos por recolectarlos y colocarlos en las plataformas: hay una a nivel del suelo, otra a nivel medio y otra muy arriba”. El reto es difícil pero, con una sonrisa ya ganadora, indican que no importa tanto el premio principal, sino que existen otras categorías a las que apostarán y que, de todos modos, nada los desanimará de seguir aportando al mundo desde la ciencia.

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El arte de la fermentación

Imilla Alzada, un restaurante en Cota Cota que produce pizzas y cervezas artesanales.

/ 11 de septiembre de 2019 / 00:00

Nuestra imilla es la levadura, porque la levadura alza cosas”, explica Sukko Stach,  dueño del restaurante de Cota Cota. La pizza, la cerveza, el pan, la sidra y el vino tienen algo en común: todos son fermentados. Éste es un proceso que simplifica sustancias y que, a veces, las levanta. Así se revela la razón de su nombre: Imilla Alzada, espacio que trata de ser dinámico, en constante mejora, pero, a pesar de todo, simple. “Al final es un espacio relajado para compartir un buen rato, sea con tus amigos, tu familia o tu pareja”.

Stach se crió en el área gastronómica: su papá y su mamá tenían restaurantes. Ella lo dejó hace unos 10 años, él lo mantiene en vigor. A sus 18, fue a estudiar diseño industrial a Canadá y empezó a trabajar en este rubro distinto. “Entré al que era uno de los mejores restaurantes de ese país, que estaba entre los primeros 50 del mundo. Me cambió la barra de expectativas, yo nunca había experimentado un nivel tan alto”. Este restaurante cerró, pero él no dejó de moverse, ascender y aprender. “Durante siete años trabajé en Toronto en el ámbito de restaurantes, unos más chicos, otros más grandes”.

A sus 26 años regresó a La Paz con el objetivo de abrir un local. Tres ya han sido sus emprendimientos: empezó con el café Antigua Miami. Luego abrió Hay Pan, una vinoteca. Finalmente, este tercer negocio sobre un producto que lo obsesionó desde el principio. “Cuando volví a Bolivia había como siete cervecerías artesanales, ahora hay más de 50”, señala Stach. Al ver la oportunidad estudió el tema a fondo.

“Hay gente que lee libros, yo leo recetas de cerveza”, afirma animado. Así, primero, creó la cervecería gitana Miskki Simi, que funcionó maquilando con cervecerías privadas. “Yo siempre digo: para hacer pan no necesitas un horno, necesitas conocer a alguien que tenga un horno”, indica el dueño. Hasta que tuvo un problema con una de ellas y decidió abrir la suya.

Volvió a Canadá a aprender a hacer cerveza durante seis meses. Luego colocó una pequeña fábrica en la zona de Sopocachi. Ahí elabora el producto que sirve en el local mediante grifos: de barril, cuya carbonatación es diferente, dando a la cerveza un toque muy fresco y permitiendo diferenciar las esencias cítricas, pero sin caer en lo dulce. Sus sabores van rotando, siempre cuatro disponibles en cada visita. “Ahora se nos acabó la de tamarindo y llegó una de maracuyá”, porque “no es divertido hacer lo mismo 100 veces”, afirma.

La elaboración del producto necesita la importación de casi todos sus ingredientes, lo que lo llevó a explorar otras opciones. “He empezado a hacer sidra, di una vuelta a Bolivia buscando manzanas”. Y el vino, como en su anterior negocio, es fundamental.

Así se va armando Imilla Alzada. “Pero no puedo servir chelas solas”, admite el propietario. “Hay pocas cosas que realmente te antojas al beber una cerveza, la pizza es una de ellas”. Al ver el espacio pensó inmediatamente en una pizzería. Para él hay una espiritualidad en esta comida: llena emocionalmente, no tiene distinción de clases sociales o de edades. “En occidente, todos nos hemos criado de una manera u otra con pizza; el otro día atendimos un cumpleaños de 20 años y otro de 90”. Para Stach, el encanto es que conoces lo que pides, de esta forma lo demuestran sus sabores clásicos: una masa de textura suave y delgada, con los ingredientes apropiados para lograr un sabor intenso.

Buscando, contacta a Teddy Tantani —jefe de cocina—, quien está haciendo su “tesis sobre masas madre. Ésta es especial, se tarda tres días en fermentar, tiene una textura heterogénea y es más fácil de digerir”. Un obsesivo para otro obsesivo. “Es mi compañero perfecto, estamos juntos desde el día cero”, dice. Ellos hicieron el horno de barro, decoraron y plantaron trepadoras que ya crecerán por todo el lugar. El verde jardín (ubicado en la calle Álvarez Plata Nº 50, Cota Cota) tiene campo para seis o más mesas, esto se complementa con un espacio semiabierto, ambos armonizados por música tecno, jazz…

“La idea es que sea un oasis para toda la familia”, añade. “Nos gusta cuando en la tarde vienen niños y corretean, comen pizza. Es un jardín y es para eso”. Recomienda ir a las 17.00, hora en la que abren de martes a viernes (los sábados están desde el mediodía, hora aún más recomendada). “Aquí se llena a las 20.30, pero hay gente que sale de la oficina a las 17.00 y puede venir. El espacio es abierto y, aunque hay calefacción, es necesario abrigarse en las noches”. Aun así todos vuelven, algunos con extraña frecuencia. “Hay una pareja que viene tres veces a la semana y siempre pide lo mismo”, señala entre risas.

“Vamos unos tres meses y ya nos han nombrado la sexta mejor pizzería de Sudamérica, la mejor pizzería de Bolivia en un blog con más de 1.000 seguidores, nos han comparado con la mejor pizzería de Dinamarca…”, enumera orgulloso Stach. “Hagamos pizzas, hagamos hotdogs o tucumanas es cuestión de ponerle el 110%”, concluye este experto, pero experto no solamente en restaurantes, sino en éste que es el arte de la fermentación.

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Casa Grito, un hogar para las artes

El espacio alternativo de la zona Sur ofrece sus abonos anuales.

/ 10 de enero de 2018 / 04:00

Casa Grito, ubicada en la calle 3 de Los Pinos, abrió sus puertas en abril de 2016 y hoy se posiciona como un referente cultural en la zona Sur. El espacio ha demostrado en 2017 ser, en verdad, un hogar para las artes, habiendo tenido más de 100 funciones en toda la gestión. Entre sus actividades participaron tanto actores de amplio recorrido artístico como jóvenes que recién empiezan un largo camino en el teatro, brindando su espacio con mucho apoyo y cariño a todos aquellos que lo requieran. Esto ha generado un nuevo movimiento que ha contado con elencos de La Paz, Santa Cruz, Cochabamba, Sucre, Argentina, Chile, Brasil, Colombia y Perú.

Cuando llegas al lugar los miembros del elenco Teatro Grito, quienes cumplen este año 18 años de trabajo, te reciben con los brazos abiertos; si estás esperando una función te tratan con una sonrisa en el rostro, te invitan a sentarte y, para el frío de la noche paceña, te dan un cafecito de cortesía, bien caliente y perfecto para levantar el ánimo luego de un día de ajetreos, lo que te prepara para entrar al teatro como a aquel lugar ritual que los griegos reconocían.

Con mucha predisposición te ayudan en todo aquello que necesites, desde mandarte todas las semanas la programación del espacio, reservar entradas, hasta —cuando presentas una obra— modificar el espacio tal y como se lo pidas. Incluso te ayudan a revisar (en caso de que lo necesites, como es el mío) tus diseños de luces, tu sonido, que todo ande por buen camino y siempre te hacen observaciones constructivas que ayudan a que sigas creciendo junto al espacio.

Entre sus actividades nos encontramos con un compromiso no solo de brindar el espacio para presentaciones (ya sean de teatro, cuentacuentos, pequeños conciertos, proyecciones de cine, baile y hasta para feria), sino también para formar tanto a teatristas como a espectadores. Es así que Casa Grito ha tenido diferentes talleres para adultos como para niños de actuación, de maquillaje, de producción… y ha generado lo que se conocen como Versus, una noche especial donde se invita a dos artistas tocayos de nombre o apellido y cada uno presenta una obra (o ambos presentan una juntos) como en un enfrentamiento artístico del que ambos salen campeones. Esta actividad inició, como es debido, con dos Arancibias (el actor Bernardo y su hermana Denisse, la directora de la película Las malcogidas) y, después de meses de esta actividad, ha concluido el mes pasado con dos Camilas (la coreógrafa Bilbao y Urioste, ganadora del Premio Nacional de Novela 2017).

Otra cosa que distinguió a este espacio fueron sus abonos. En 2017 vendieron unas tarjetas a Bs 150 y con ellas se podía entrar a 10 funciones, lo que te ahorraba más del 50% de la entrada. En el transcurso del año muchos las sentimos insuficientes y tuvimos que comprarnos una más, ya que hay funciones todos los fines de semana. Para 2018, el precio de los abonos hasta el 6 de enero era de Bs 160 y desde ahora se los puede comprar en Bs 200. La tarjeta incluye un 10% de descuento en cualquier consumo que se realice tanto en la pizzería Paparazzi como en el restaurante vegetariano La Ventanita, ambos lugares muy cercanos al teatro de Los Pinos. Estos abonos permiten que el espacio sobreviva y, de alguna forma, obligan al consumidor a convertirse en un espectador activo que acompaña las nuevas propuestas que se mueven en el país.

Todos los que somos caseritos y nos gusta el teatro agradecemos un espacio con estas características: accesible y acogedor. Por esa misma razón estamos esperando este 2018 con muchas expectativas, yo ya he escuchado un par de chismes de que habrá presentaciones por el festejo del aniversario de Khimaira Teatro, elenco dirigido desde hace siete años por Gino Ostuni, además de que ya se han iniciado diferentes talleres vacacionales para niños y jóvenes. Gracias a Casa Grito, sabemos que este 2018 será un año lleno de arte.

  • Camilo Gil Ostria n espectador de teatro y teatrista

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