viernes 27 nov 2020 | Actualizado a 07:49

El feis

Ch’enko total. El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Imagen de referencia.

Por Manuel Monroy Chazarreta

/ 12 de julio de 2020 / 14:11

Sería más o menos por el 2007 cuando empecé a conocer y estar en el feis. Solo pasaron 13 años. Al principio no entendía bien qué era, tengo un amigo informático que esas veces se ocupaba de mi feis como si fuera de una página web. Luego supe poner yo mismo los avisos de mis conciertos y sirvió como fuente de publicidad gratuita para convocar público. Seguramente presenté la portada de mi disco, “El Papirri presenta Helado propicio”, “tocaremos en Cochabamba” y así. El feis era un territorio sano, bonito. Incluso me encontré con una exnovia, vital en mi historia, que escapó de mí y de mis angustias y se refugió en brazos de un mexicano que vive en California. Fue emocionante saber que tenía mellizos y que era feliz, solo que parece que el mex era muy celoso y la obligó a dejar el feis. Recuerdo que en una tocada del 2008, en algún boliche paceño, se me acercó una persona del público y en confianzas me dijo: “Hola, Papirri, somos pues amigos del feis”. Yo lo miraba inseguro, no sabía qué responderle. “Amigos del feis”: todo un concepto.

Luego vino mi etapa laboral en una embajada y me olvidé del feis, el asunto era delicado. Ahí fue cuando el feis empezó a cambiar de cara, pues tenía demasiada exposición. Sin embargo, el 2017, 2018, hasta el 2019, el feis otra vez recuperó para mí esa candidez del encuentro sorpresa, ese territorio de encontronazos infantiles. Nunca busqué los “like”, los “me gusta”. Tenía una sobrina que se enojaba mucho porque ella publicaba una foto con su perrito y yo no le ponía like. Tampoco supe bien como interactuar con esos “amigos del feis”. ¿Quiénes eran? ¿Qué querían? Un día de esos me enteré de que no cabían más, que el límite eran 5.000 personas. Una amiga muy querida me dijo, “oye, che, creído, ¿por qué no me aceptas en tu feis?” Yo, en la luna. Ahora lo entiendo. Cada vez que aceptaba a un nuevo “amigo”, también aceptaba un probable antipático y cobarde enemigo. Y dejaba afuera a una amiga de verdad.

Entonces llegó un cuate del Papirri que dijo “deberías tener fan page”. “¿Qué es eso, pues?”, “Un feis solo de actuaciones, videos, entrevistas del artista”. “Ya, ps”, le dije. De buena gente el cuate construyó esa fan page y aceptó a otros 5 mil “amigos” más. Esos años de retorno a escena fueron gratos: otra vez el feis era un territorio de encuentro, me ayudó mucho. Pude vivir de tocar, de dar conciertos, el feis fue el instrumento social sano.
Solo que yo, conservador en algunas cosas, seguía haciendo afiches y hasta programas impresos de mis conciertos de gala. Hoy los miro como reliquia, como asunto de una vida pasada, pero están ahí, en físico, existen.

Mis preocupaciones sociales, mis ansias de que tengamos un país más igualitario, sin racismo, sin discriminación, con educación para todos, salud parra todos, son ecos que escuchaba de la voz y memoria de mi padre, uno de los creadores de la Revolución Nacional que eliminó la esclavitud indígena. Desde niño supe quién era Gualberto Villarroel, qué significaba para el país. Escuchaba las charlas de mi padre con su mejor amigo, el Chueco Céspedes, y aprendía.

Aprendí lo que era la Patria y los vendepatria. Aprendí lo que era la rosca, la oligarquía minero feudal, los imperialismos, el saqueo, los cipayos. Luego leí Nacionalismo y Coloniaje y pude saber más. Aprendí con la desaparición de mi tío Dardo lo que era la violencia de la derecha, aprendí con el llanto de mi madre lo que significaba violar los derechos humanos porque mi papa caía otra vez preso en esos 18 años de dictaduras. Entonces salí a marchar, con 16 años, contra la dictadura de Banzer. Y salí a pelear con 18 contra el golpe militar de Natusch. Empecé a componer canciones a los 19 y algunas de ellas traían esa preocupación social. Nació Hoy es domingo, Llockallita, Maribel. Pero la vida tenía muchos más colores, amores, sabores: existían Piazzolla y Charly, Borges y los Beatles, Gabo y Stravinsky. Y conocí el amor, y el sollozo por amar. Y conocí la noche, y el día
vuelto noche. Recuerdo que cuando recuperábamos la democracia con la UDP, hice mi primera cancioncita de propaganda apoyando al frente de izquierdas. Luego, con la Izquierda Unida, ahí estábamos cantándole a
las revoluciones, al Che. Ejercía mis ideales sin persecución ni insultos. Había retornado la democracia. No había feis.

A fines de noviembre de 2019 publiqué un post con mis preocupaciones sociales en mi feis. Compartía la noticia: suman «34 muertos en las masacres de Senkata y Huayllani». Y comentaba: «sin palabras». Llegaron 300 insultos. De algunos parientes queridos, de varios amigos de la infancia y por supuesto de aquel “amigo” del feis que bailaba con mis canciones. Siete meses no puse ni un solo post con mis preocupaciones sociales, hoy opinar en el feis es pecado. Puse que el Congreso argentino había declarado el 29 de mayo día del Folklorista Argentino, en
honor a la fecha del nacimiento de mi abuelo materno, Andrés Chazarreta. 4 comentarios. Que había dado un concierto en el Café Vinilo de Buenos Aires, lugar de gran prestigio. 10 comentarios. Que estoy haciendo un nuevo disco: 6 comentarios. Hace dos semanas brotó la preocupación social, denuncié en el feis que mataban al Ministerio de Culturas: 164 comentarios, la mayoría dizque insultos. Ahora no sé qué hacer con tantos “amigos” del feis. No tengo tiempo para sacarlos de mi vida. Son un montón. Parece que soy minoría absoluta en mi feis.

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El dulce que une a la familia

Ximena Prudencio y su hija Catalina Jordán han conseguido que los alfajores sean un delicioso vínculo de amor

Socias. Ximena Prudencio Bilbao y su hija Catalina Jordán Prudencio trabajan juntas con los alfajores, los muyus, de Muxsa

Por Miguel Vargas

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:16

A mi abuelita le encantaba el dulce. Si ella estuviese con vida, seguramente habría disfrutado mucho de estos alfajores”, recuerda Catalina Jordán Prudencio, chef de profesión y una apasionada por la pastelería. Durante la pandemia, mientras apoyaba a sus dos hijos en las clases en línea y desarrollaba sus actividades, encontró en su mamá —Ximena Prudencio Bilbao— una cómplice perfecta para concretar un emprendimiento lleno de sabor y basado en esta debilidad por los postres. Muxsa, “dulce” en quechua, es el nombre de la marca que han creado juntas, en una búsqueda del alfajor perfecto gracias a la técnica de Catalina y la pasión por los productos artesanales de Ximena.

Foto: Gabriela Prudencio

“En la cuarentena hemos hecho varias pruebas. De ahí surgió la idea. A mi abuela le gustaban mucho los alfajores y nos decidimos y tomamos unas clases. Acto seguido, nos lanzamos a experimentar y seguimos trabajando hasta perfeccionarlos. Los hicimos probar a familiares y amigos cercanos y, cuando estuvo listo, lo lanzamos al público”, agrega Catalina.

El producto estrella es el alfajor de manjar bañado en chocolate negro —el muyu, “redondo” en quechua— pero también hacen mermeladas caseras y pronto presentarán más sabores de alfajores. El empaque y las bolsas también son artesanales y se hacen también a mano. “Nos interesa rescatar las palabras en nuestros idiomas nativos, por eso tenemos un diccionario con términos en quechua, como la wayaqa, que es la bolsa hecha a mano o tukuy, que significa: ‘agotado’”.

Foto: Gabriela Prudencio

“Mi mamá es mi mejor amiga —dice Catalina—. Siempre nos hemos brindado mucho apoyo. Por eso trabajar juntas es importante, somos un equipo, ella es súper organizada y me jala a ser más organizada a mí. Nos repartimos tareas y cada una sabe en qué enfocarse”.

Una tercera Prudencio se ha sumado al equipo: la imagen y el trabajo en redes sociales está a cargo de Gabriela Prudencio Kaune, arquitecta de profesión, y con una sensibilidad especial para el desarrollo de imagen.

Ellas son las “Muxsas Prudencio” y de vender los alfajores a parientes y amigos, han visto crecer a un público demandante gracias al boca a boca y las redes sociales. ¿Y cuál es su ingrediente secreto? “El amor”, sonríen.

Foto: Gabriela Prudencio

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Andrés de Santa Cruz VI, guardián de su historia familiar

El bisnieto del Mariscal de Zepita domina la información sobre el árbol genealógico y la historia de su ancestro. Además, resguarda objetos históricos que le pertenecieron

Andrés Santa Cruz VI posa delante de un óleo que retrata a su bisabuelo, el Gran Mariscal de Zepita

Por Liliana Aguirre

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:10

Tiene 86 años y todo lo que le rodea lo liga con su pasado. Lúcido y ordenado, su don es resguardar la herencia más preciada que tiene, la historia de su bisabuelo, el gran Mariscal Andrés de Santa Cruz. “Yo soy Andrés Santa Cruz VI, mi nieto es el VII. Mientras que mi papá era el V. El hijo del Mariscal era el IV, el Mariscal de Zepita era Andrés III, su abuelo era Andrés II y su chozno o bisabuelo era Andrés I”, detalla respecto al nombre y apellido que llevan los varones de su linaje durante siete generaciones.

Andrés Santa Cruz Calavmana, el bisabuelo, era mestizo y nació el 5 de diciembre de 1792 en La Paz, entre las calles Comercio y Socabaya, como se ve en la copia de fe de Bautismo guardada por su descendiente. Fue hijo de Joseph Santa Cruz y Villavicencio, un criollo con título de noble, y de Juana Basilia Calavmana, heredera de una rica familia que poseía el cacicazgo de Huarina en cercanías al lago Titicaca. Se consagró como militar, fue presidente de la Junta de Gobierno del Perú (1827), el sexto presidente de Bolivia (1829-1839) y Protector de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839). Murió en el exilio en París, Francia.

En el apartamento en el que vive el bisnieto se guardan reliquias que reflejan el esplendor de los tiempos en que el ícono patriótico vivió. “Por las pocas cosas que recuperamos  tuvieron que pagar, aunque le pertenecían a mi bisabuelo. Él tenía una casa donde actualmente es el colegio San Calixto. Las conspiraciones políticas hicieron que  turbas enardecidas saquearan todo lo que tenía, hasta las enaguas de su señora se llevaron”, narra.

El bisnieto muestra un plato de porcelana que fue parte de la vajilla que perteneció al Mariscal de Zepita, quien fue presidente de Bolivia. Foto: José Lavayén

El linaje Santa Cruz

Entre las piezas que posee, reliquias rescatadas por miembros de su familia, se observan platos de porcelana que fueron parte de la vajilla del mandatario, sillas estilo Luis XV, cuadros de su abuelo y una fotografía, en blanco y negro, en la que el personaje de más de 1,85 metros de altura posa con un traje militar de la época. La imagen fue tomada en París.

Quien recobró los objetos de la familia fue el abuelo del entrevistado, quien nació en Francia, era el penúltimo de los hijos del Mariscal y llegó a Bolivia a sus 42 años para reencontrarse con su historia en 1892. “Como la sociedad era chica, en ese entonces, se sabía quién tenía qué. Mi abuelo era militar y era comandante del Regimiento Artillería de Montaña e invirtió su dinero en recuperar los objetos, por el valor sentimental”, recuerda el VI del linaje, sin embargo solo pudieron adquirir pocas piezas ya que muchas familias pretendían precios exuberantes por los objetos que pertenecieron a su estirpe.

El segundo apellido de Andrés Santa Cruz VI es García, nació en la calle Mercado al lado del Banco Mercantil Santa Cruz, que otrora fue la casa de su progenitora. “Del lado paterno, mi abuela era holandesa y se casó con mi abuelo. Salió mi papá con ojos color grises y yo recién he heredado el tono celeste. Mis dos hijas no tienen ese tono, pero sí mis nietos”, cuenta para dar más detalles de su árbol genealógico, el cual domina con fechas y lugares. “Guardo todos los documentos sobre mi abuelo, tengo copias y hasta notas del periódico”. No hay duda de ello: en sobres tiene una fotografía de la fe de bautizo del prócer y aclara que el segundo apellido era Calavmana y no Calahumana, como suelen escribirlo.

Este ingeniero mecánico trabajó en la Empresa Nacional de Ferrocarriles. “Después vino Goni y la capitalizaron  los chilenos. Comencé en Guaqui-La Paz, atendiendo la navegación. De Guaqui a El Alto, las locomotoras eran de tracción a vapor y de El Alto hasta aquí eran eléctricas. Con mi jefe, que era un inglés que estaba en Arequipa, nos comunicábamos por telégrafo y en morse ya que esa época no había celular”. Sin embargo, ahora el celular es su aliado con el que documenta información sobre su bisabuelo para seguir nutriendo su colección de recuerdos.

Mariscal de Zepita. Foto: José Lavayén

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Salazar: Necesito libertad plena

Un año después de la censura, Alejandro Salazar —‘Al Azar’— ha vuelto al periódico laRazón. Ha vuelto a pensar por las mañanas y dibujar por las tardes para llegar a la hora de cierre. Ha vuelto para seguir retratando la estupidez humana

Al Azar. Alejandro Salazar nació en Cochabamba en 1959. El ilustrador ganó tres veces del Premio Nacional de Periodismo en la categoría de Caricatura.

Por Ricardo Bajo

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:02

Alejandro Salazar ha conocido de cerca la censura y sus intentos. Lleva décadas viendo la cara a esta pasión de inquisidores. La primera vez que la sufrió fue en los lejanos años noventa cuando la hija del dueño del quebrado Banco Boliviano Americano se “molestó” por un dibujo que la retrataba vistiendo pieles de cocodrilo (el dinero desfalcado había terminado en un paraíso fiscal llamado Islas Caimán). Luego llegó la polémica de la Miss Bolivia Gabriela Oviedo (“somos blancos, altos y sabemos inglés”) y la caricatura de un triste Carnaval de Oruro con pasantes desfilando a pesar de los muertos. También una vez recibió una “llamada de atención” de un triste personaje de la embajada estadounidense en La Paz que no entendió una caricatura sobre Obama. Nada se comparó a los dibujos con esvásticas y cañones militares prometiendo paz y reconciliación del golpe del año pasado cuando sus “compañeros” de periódico exigieron el retiro de sus obras. Salazar se autocalifica artísticamente como “anarquista libertario”. Su pequeño estudio/taller/ biblioteca está repleto de pequeñas esculturas, biografías de artistas, libros de historia, cómics, novelas de suspenso, viejos cassettes y CD de rock progresivo, un “Evito” y dos retratos, uno del alemán Alberto Durero y otro de su padre.

—¿Alguna vez algún director o propietario de medio de comunicación te ha dicho qué podías dibujar y qué no podías dibujar?

—No. Una vez Jorge Canelas me dijo: “Puedes dibujar lo que quieras pero no te metas con los curas, todavía tienen poder”. (Nota mental uno del entrevistador: no hay más que mirar qué “numerarios” han ocupado la cartera del Ministerio de Justicia en los últimos años). Me contratan para opinar sobre temas y ejerzo mi derecho a la libertad de expresión. Alguna vez, por las reacciones ante mis dibujos, he llegado a pensar que estaba cruzando la raya pero se me pasaba rápido. Soy consciente de que existen derechos más importantes, así que si un dibujo mío puede causar males mayores, me lo pienso dos veces. Por ejemplo, en la polémica sobre el Carnaval de Oruro, había gente que había perdido un familiar y mi dibujo pudo herir sus sentimientos. El problema es que el dibujo no es un arte tan preciso como la palabra y a veces no puedes controlarlo todo.

—¿Tienes reglas?

—Varias, por lo menos dos: no ofender ni herir a las personas en particular. Y no insultar. Me gusta dibujar y reflexionar sobre situaciones y fenómenos sociales, no sobre personas.

—¿Qué te molestó de la última censura del año pasado por parte de tus propios colegas? ¿Cómo te afectó?

—No me gustó. Los periodistas deberían saber cuál es su trabajo. Todos los medios tienen una óptica política. Nadie es neutral. No es lo mismo trabajar en La Razón, Página Siete o antaño en El Juguete Rabioso. Todos tienen una línea ideológica. Los medios son una expresión del poder. El “Juguete” era para mí irreverente y anarquista. No me imagino un berrinche para cambiar y sacar a Walter Chávez del “Juguete” y poner en su lugar a monseñor Eugenio Scarpellini. No me gustó esa deslealtad, esa mala fe, esa mala leche, esa falta de empatía. Las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas. No todo fue malo. Me reconfortó que mis amigos de siempre me buscaran para saber cómo estaba tras la censura y las amenazas. También he perdido algunos que pensaba que eran amigos y nunca se interesaron.

—¿Cuál es tu relación con el poder?

—Te lo explico con dos imágenes: si tú estás en la calle y ves una viejita que se cae por pisar una cáscara de plátano, tú no te ríes porque es una persona desvalida, como puede serlo un niño, una niña o una mujer embarazada. Pero si el que se saca la mugre es el matón del barrio, el político de turno o el policía, te ríes porque así te estás vengando al hacerlo. Esa es mi relación con el poder. Mis dibujos son esas cáscaras de plátano. El poder siempre queda impune. Vengarme o vengar a la gente es mi objetivo, a veces lo logro, a veces no. Tengo esa sensación aunque soy consciente de que un dibujo de 10 centímetros no tiene gran valor y no puede cambiar el mundo pero a mí me permite seguir viviendo, seguir existiendo como artista y como persona. Y eso ya es mucho.

—¿Cómo trabajas?

—Veo noticias en internet por las mañanas, escucho un poco de radio por las tardes y comienzo a rumiar a media tarde sin un plan previo. Mi cabeza discrimina lo importante y mi mano dirige esos garabatos que a veces terminan en esa idea que he leído o escuchado por la mañana o la

tarde. No tengo un filtro lógico o racional como los periodistas. Al final simplemente el dibujo aparece junto al lenguaje. Si solo tienes habilidad manual y no construyes un lenguaje, no haces arte.

—El racismo, la desigualdad, el poder ya citado y la lucha por los derechos son algunos de los temas que atraviesan tu obra. ¿Por qué brotan estas “fijaciones”?

—De chiquito vivía en Tembladerani, un barrio de obreros, vendedoras y migrantes, como todas las laderas de La Paz. Los de mi zona bajaban al centro a los colegios fiscales. Al lado de uno de ellos estaba el Colegio Alemán, yo estudiaba en el Americano. En aquel entonces, yo les preguntaba a mis amigos del Alemán: “¿Qué tal las chicas en su colegio?” “Bien, lindas, ojos azules”, me decían. “¿Y las del fiscal que estaba pegado?” “Nunca las vemos”, me respondían. Fue la primera vez que percibí el racismo. Para ellos, había un muro. Simplemente ellas no existían y si existían era para ser meseras o empleadas, nunca como futuras parejas, nunca como objeto de deseo. Mi madre es del campo, de Vinto (Cochabamba) y mi abuela era de pollera. En el mundo de hoy en día no existe la igualdad de oportunidades. Como bien dijo Orwell, unos son más iguales que otros. En Bolivia sumamos una particularidad más: los más iguales tienen un color de piel diferente a los menos iguales. Todo está atravesado por el color de piel.

—Hablando de tu vida, tu padre fue maestro de dibujo en colegio fiscal. ¿Cómo heredaste esa pasión?

—Mi padre fue maestro y artista. Se llamaba Eduardo Salazar. Yo soy Alejandro Eduardo. Estudió en la Escuela de Bellas Artes y pintaba paisajes y retratos en la onda de la pintura indigenista. Y daba clases en el Colegio Villamil de la plaza Riosinho. Mi mamá María Rodríguez, que todavía vive en la zona Cristo Rey con sus 90 años, era profesora de Inglés. Todavía recuerdo el olor que tenían los óleos de su taller. Me parecía y me parece magia que de una página en blanco brotaran y nazcan figuras. Ahí comenzó mi gusto por dibujar. Estudié Arquitectura y salí egresado de Diseño aunque no presenté proyecto porque lo que más me satisfacía era dibujar, hacer exposiciones, relacionarme con otros artistas. Mi trabajo ahora es un poco también de psicólogo: retrato la estupidez humana.

—¿Cómo ves la Bolivia de hoy tras el golpe, las matanzas, las urnas y los deseos de reconciliación…?

—Nuestra estructura social es comparable a la tierra, a las placas tectónicas que colisionan y provocan terremotos. Mientras esas placas se mantienen estables, las fallas no se superponen las unas a las otras. Pero cuando hay fracturas, una tiene más poder y libera mucha energía y fuerza. En la sociedad boliviana pasa lo mismo. Hay una parte que pide más derechos, más poder. Y hay otra que se resiste a ceder poder, que no quiere perder sus privilegios. Los privilegios no se donan o se entregan fácilmente, mientras que los derechos se conquistan, se exigen. Hay una estrategia política para detener estos cambios, para frenar esos avances, para reconciliarnos entre comillas.

—¿Qué planes tienes a corto y medio plazo?

—Soy artista, no tengo planes (Nota mental dos del entrevistador: “Al-Azar” está riendo ahora como como es él mismo: tímido, socarrón, sarcástico, burlón, juguetón, con la mirada perdida en el horizonte de su ventana). Dibujo compulsivamente y prefiero ser mi propio patrón. Mi proyecto es seguir existiendo. Estoy armando lienzos para pintar y reproducir  figuras en 3D para acabarlas en madera. No tengo ni idea de a dónde voy a llegar con esto. A finales de año presento un nuevo libro que recogerá la obra de mis últimos cinco años, con auspicio de la Fundación Friedrich Ebert.

—Hablando de política, ¿cómo te defines ideológicamente hablando?

—Soy anarquista libertario, como artista. Es la necesidad que siento de tener una libertad plena para hacer mi trabajo. Ya como persona, creo que se necesita un poder, una regulación, unas instituciones, un estado, pero trato de vivir al margen de todo eso, siento que son un mal necesario.

La noche nos alcanza, han pasado tres horas de charla en el pequeño estudio/taller de Salazar en el ático de un viejo edificio de Alto Sopocachi. El artista se sube a una enclenque bicicleta estática, se quita su desgastada gorra de Boeing, “posa” para las inevitables fotografías ante un lienzo en blanco, se mete travieso debajo de la mesa junto a sus pinceles y agarra los mil y un pequeños monstruos que habitan en el interior suyo y de la habitación. Saca una vieja revista de las desordenadas estanterías: “Es El Tony, ediciones Columba, era una de las revistas de historietas. Cuando no había plata para ir al cine, estas revistas eran el cine de los pobres, se cambiaban, se fletaban…”, dice Alejandro Salazar mientras mira con melancolía un retrato de su padre colgado sin marco en la pared. De fondo suena un viejo cassette de Wara y una letra “real”: “hermano, vive tu historia / destruye el mito de pueblo enfermo / ahhh….. / tu tierra es grande y hermosa / ahora es tiempo q u e pienses en ella”.

Algunas piezas que el caricaturista ha elaborado sobre la coyuntura boliviana y mundial

Foto: Archivo

Foto: Archivo

Foto: Archivo

Foto: Archivo

Foto: Archivo

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A mano alzada

La Paz

Por El Papirri

/ 25 de noviembre de 2020 / 10:52

Escribo a mano alzada. Me cuesta decir algo. Vuelvo a La Paz, mi ciudad, luego de un año. Estamos vivos, la emoción me cubre con este aire andino bendito, no quiero recordar pero el Tata Mururata me dice, sacándose el sombrero: “Memoria, siempre memoria”. Mientras pasamos la tranca, recuerdo. Hace un año los fascistas irrumpen en el Palacio Quemado con una Biblia evangélica, queman oficinas estatales, los militares pisan la Wiphala, se arrancan la  bandera del brazo. Recuerdo, solo fue hace un año, algo le pasó al tiempo que no pasa, hace un año fue la masacre de Senkata, son asesinados jóvenes aymaras, albañiles, caseras, vecinos, cientos de heridos, denuncio esto en las redes sociales, llueven las amenazas. Recuerdo a una Waldita, docente de Literatura gritando histérica: “urgente, toque de queda, intervención militar”. Recuerdo la masacre de puente Huayllani, 15 de noviembre, 11 muertos, más de 200 heridos. Hay causas por las que se puede morir, pero no hay causas por las que se puede matar, dice una viuda llorando. Militares balean por atrás, policías balean por delante. El nuevo Arce Gómez dice que los vecinos se dispararon entre ellos.

Recuerdo cómo salimos de La Paz, sin ningún derecho en la piel, con cuatro fuerzas represoras alrededor: policías, militares, parapolicías, paramilitares; y el nuevo Arce Gómez amenazando con esposas y balas al que se le ponga al frente. Recuerdo a mi esposa temblando en el aeropuerto, nos íbamos a Cochabamba presionados, asustados, llovía a cantaros, militares aprobaban listas de pasajeros, decidimos irnos por separado, ella entra primero, yo al último, el gran Mirkito con su taxi nos ayuda, por fin paso al preembarque con mi sombrerito cocalero y mis lentes de aumento, de pronto dan mi nombre por el parlante y dos nombres más: los pasajeros… deben apersonarse a puerta 3. Me digo: “cagué”. No tenemos ningún derecho, a quién acudir, a quién quejarse, la Defensora del Pueblo está clandestina, es 22 de noviembre, la marcha por los muertos de Senkata ha sido reprimida, los ataúdes caen al piso. Un funcionario de Boa me lleva en silencio, vamos con una señora de pollera y un joven a la pista del avión, nos meten a un cuarto, tres militares gritan: “¡Abran sus maletas!” La mía la revisa uno con pintura de guerra en las mejillas, grita: “¡Por qué va a Cochabamba!”. “Ahí vivo”, le respondo. “¡Cómo lo comprueba!”. Saco de mi billetera el certificado de sufragio, le saca foto, me pide el celular, por suerte había borrado todos los mensajes de cumpas, lo mira sin mirar. El militar de al lado revisa a la señora de pollera: “¡Aquí hay!”, dice. El que está conmigo se va allí, la señora tiene un sobre con muchos dólares escondido en sus ropas. “¡Esto es prohibido, señora!”, gritan. “Estoy yendo a Cochabamba a comprar pollos”, dice la señora. “No se puede, además usted está yendo a financiar a los terroristas”, dice el otro. Se la llevan. “¡Váyase!”, ordena el milico llamando al de Boa. Subo al avión, mi corazón está por explotar, mi esposa llora, le hago la señal del pulgar de todo bien, llegamos a Cochabamba pálidos, nos vamos en taxis diferentes, por suerte el departamento de mi esposa es algo lejano.

Mientras la ciudad se enciende, recuerdo. Unos jóvenes rechonchos arrastran de los pelos a la Alcaldesa de Vinto, la desvisten y patean, le pintan el pelo color sangre, el nuevo Arce Gómez dice que correrá bala si siguen las protestas. Recuerdo. Unas señoras piden de rodillas golpe de Estado. Un exmilitar pide intervención de los marines. Un intelectual cómplice del golpe escribe y desea que este gobierno sea como la UDP. Mi esposa me dice: “párala, no hables con la mente”, se escucha, ya pasó. El Tata Illimani me saluda, tranquilo kilo dice, hay coquita en las calles,  está anocheciendo, el silencio es solemne en la bajada a la hoyada.

Entonces  llegamos a mi departamentito, tiene olor a la vejez, las fotos de mis padres lagrimean, corro detrás de mis guitarras encerradas en un ropero, riego desesperado cadáveres de plantitas, respiro los Andes profundos, pongo una velita por nuestros muertos. Lucho Arce jura como  Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia. Hay un Amuki diferente, de duelo, de dolor. Se festeja en silencio. El pueblo aymara  ha vuelto al palacio. El pueblo quechua jura honestidad en la Asamblea. La Bolivia profunda tiene esperanza y memoria. Recuerdo. Silencio. Memoria. Mano alzada, la izquierda. Que será. Que pasará. La dignidad ha vuelto. Amuki activo. La Patria revive herida de bala. Ya tenemos derechos. Nadies nos puede agredir así nomás. Honor y gloria a los que hicieron posible que respiremos esta nuevita libertad.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Chaco: La fluidez de hablar tu propio idioma

El director Diego Mondaca se impuso el reto de filmar su primera película de ficción con soldados como actores

Una de las escenas del filme que se estrenó de forma virtual a través de Multicine

Por Adrián Paredes

/ 25 de noviembre de 2020 / 10:45

Era 2012 cuando el cineasta Diego Mondaca volvía a Bolivia y de pronto recordó a Pastor Gutiérrez, su abuelo, benemérito de la Guerra del Chaco. Recién había terminado de filmar su documental Ciudadela, llevaba un tiempo fuera del país y volvía con la ilusión de hacer algo en memoria de aquel familiar.  El director del corto La Chirola (2008) deseaba recorrer como mochilero la línea fronteriza entre Bolivia y Paraguay, tal vez pisando los mismos terrenos que recorrió su abuelo durante el combate. Según el mismo Mondaca, ahí fue que comenzó a escribir Chaco, su más reciente película, que fue producida por Color Monster, Pasto y Murillo Cine.

El filme sigue a un grupo de soldados bolivianos, la mayoría de orígenes aymara y quechua, bajo el mando de un general alemán, completamente extraviados en el Chaco, sin un solo enemigo a la vista.

Plasmar esa sinopsis le costó años a Mondaca. Fue tiempo que invirtió en investigar sobre la guerra para entender las dimensiones de su horror y, a la vez, lograr dar con una imagen más allá de todas esas fotografías en blanco y negro, tomadas por oficiales de clase media que no entendían nada de quienes estaban fotografiando.

“Puedes imaginar el horror, pero muchas veces no lo puedes describir”, dice el director recordando esa primera etapa.

El cineasta Diego Mondaca. Foto: Marcos Soto

Por eso el director se tomó su tiempo. Se dedicó a formarse para un proyecto que le obligaba a dar un giro a sus habilidades como cineasta, pero que también le exigía aprender a leer aquello que no estaba escrito: todo lo que esos soldados campesinos e indígenas tuvieron que vivir, sin nunca recibir ningún tipo de reconocimiento histórico, fuera de alguna con veniencia política de temporada.

Finalmente todo se juntó.  El pensar en la sonoridad de la película, en el terreno, la imagen, los recursos; era saltar de los documentales a la ficción, era honrar no solamente a su abuelo, sino a los familiares de todo un equipo de producción con el que pronto tendría que adentrarse en el Chaco para realizar un filme.

Escena de la película ‘Chaco’. Foto: Marcos Soto

La ruptura del cristal

Mondaca se adentró a la región Ibibibo, cerca a Villamontes, junto a su equipo de filmación y un montón de jóvenes, reclutas del cuartel, que serían sus actores, sus extras y, con el tiempo, su más fiero equipo de producción. Pero aquel primer día parecían ausentes, empecinados en un mutismo que contrastaba con el entusiasmo con el que les hablaba el director. 

“No había posibilidad de diálogo hasta que hice que se cuenten cómo eran sus vidas en sus casas, pero en quechua o en aymara. Ahí comenzaron a soltarse más, a contarse chistecitos. Quizás estaban hablando de mí —ríe—, pero había ya una fluidez. Se había roto un cristal”.

Aquella comodidad alejó al grupo del rol de soldados en un cuartel y los acercó al de soldados de una guerra que pelearon sus antepasados. Era el quiebre de la barrera lingüística, el saber que podían hablar en sus propias lenguas y que el director, ayudado por otros compañeros que traducían todo, los escucharía y los dejaría proponer,  pues todos ahora tenían la posibilidad de explicarse mejor.

Mondaca lo admite: mucho de eso se logró gracias a la astucia de Raymundo Ramos, actor que interpreta a Liborio en el filme, cuya mediación logró que el grupo de actores siempre hicieran más de lo que se les pedía. “Sean extras o el director o el productor, tienen que sentir que son parte. Que el estar parado desde las cinco de la mañana hasta que caiga el sol tiene que tener sentido y es muy difícil de sostener”.

Esta compenetración del equipo se fue profundizando a lo largo de 21 días de rodaje en una región en plena cola de surazo, con días a 30 grados de temperatura y de un cielo lechoso con un velo de nube que barnizaba la luz. Tanto así que, poco a poco, algunos soldados comenzaron a hacer de asistentes de cámara, de ensayo, de maquillaje.

“Era hermoso ver a un uniformado de la Guerra del Chaco siendo maquillado por otro uniformado, pero con el camuflado actual. Uno representando un limbo y el otro viviendo ese limbo”.

Ibibibo se reveló para Mondaca como algo más que esa imagen de calor y monotonía desértica que se suele tener del Chaco. Para él se convirtió en una región llena de colores locos, raros, y de una belleza solo comparable con la de un canto de sirena.

Pero en los últimos dos días el sol desapareció con el surazo y la lluvia comenzó a arruinar la cinematografía de cada toma. Lo que es peor, cuando retornaron a una locación previamente alistada, descubrieron que un tractor había arrasado todo con el fin de hacer una fosa para almacenar agua para el ganado.

“Yo pensaba que era un sabotaje. Estaba completamente decepcionado, no sabía qué hacer. Encima estaba lloviznando sin esperanzas de que se despeje y si esas escenas no salieron mal fue gracias a esa voluntad que había detrás de los actores. Fueron ellos, no fui yo, que ya estaba muy nervioso, mudo porque me falló todo”.

Gran parte del elenco fue integrado por jóvenes soldados estacionados en Ibibibo, cerca de Villamontes. Foto: Marcos Soto

Tiempo para conversar

“Al menos en cine nunca sabes qué va a pasar. Por mucho que hayas hecho películas antes, la siguiente es una página en blanco, muy jodida”, afirma Mondaca.

Ahogado bajo la lluvia de Ibibibo, Mondaca tuvo que recordar sus palabras. Fueron sus actores, el constante Raymundo Ramos y también Omar Calisaya, junto al equipo de producción, quienes lo despejaron de sus miedos y lo alzaron cuando más lo necesitó. Gracias a ellos entendió que si en la pantalla un actor no queda bien, no es un problema del actor, es una deficiencia del director.

“Y lo digo desde la posición de director, porque si tú no instruyes y no apasionas a tu equipo, ellos no van a saber qué hacer. Y eso se logra dándose tiempo para conversar, siempre manteniendo una horizontalidad en todo momento. Sea en el desayuno, almuerzo, trabajo o fiesta”.

Lo que es más curioso para Mondaca es que de algún modo los entieron desde el primer día, cuando casi todos los involucrados se retiraron discretamente y en grietas escondieron hojitas de coca, “ch’allando con singanitos”, encomendándose para que todo vaya bien. Juntos, pero, por el momento, separados. “En el fondo estábamos todos muy nerviosos. No sabíamos a lo que nos estábamos metiendo. No sabíamos qué nos deparaba el Chaco”.

Aquel primer día tan complicado , la fortaleza y el entusiasmo vinieron del director. Pero en el último día, cuando la lluvia y un tractor arrasaron con Diego Mondaca, se terminó de filmar gracias a los lazos establecidos mediante la comunicación horizontal que pregona Mondaca.

Hoy, ese filme se llama Chaco y se exhibe a través de la plataforma digital de Multicine en todo Bolivia.

Otra escena de Chaco. Foto: Marcos Soto

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