jueves 15 abr 2021 | Actualizado a 14:15

La tristeza Yuqui: Mujeres que sueñan con agua

PUEBLO. Facetas de la cotidianidad de los Yuqui

/ 7 de abril de 2021 / 12:55

Este pueblo indígena con 346 integrantes vive en la provincia Carrasco, en el trópico cochabambino. No cuenta con servicios básicos y vive estigmatizado

Cuando llora el cielo, los Yuqui lloran con él. Cuando cae el agua de la tormenta es que se ponen tristes. La pena y los recuerdos de los muertos, que todos tienen, que todos tenemos; nuestros muertos.

“Cuando llega trueno, relámpago, agua, mi abuela llora grave. Se acuerda de mi mamá. Cuando pierden la familia, a su marido, recuerdan. Cuando hay viento, se recuerdan de todo. Cuando no tenemos a nuestros familiares a nuestro lado, algunos cuando escuchan esos truenos, lloran y cantan tristes. No pasan rápido su pena.

Cuando fallecen nuestros familiares no comemos, no queremos tomar agua, esa costumbre también tenemos”, cuenta Carmen Isategua, 35 años, excacique en la comunidad de Bía Recuaté.

Ahora un bebé en su vientre no le deja energía para la labor de autoridad que ha ejercido por cinco años.

El pueblo indígena Yuqui del trópico de Cochabamba es uno de los más pequeños en población del país con 346 personas. Sus integrantes viven principalmente en la comunidad Bia Recuaté, ubicada en la provincia Carrasco del departamento valluno a unos 260 kilómetros de la capital. Otros migraron hasta el pueblo Chimoré, que queda a unas dos horas en carro.

Su reciente cambio de una vida nómada a vivir en casas y estar en contacto con el mundo exterior llevó a este pueblo a un limbo, social y cultural. Varias generaciones de mujeres lo cuentan entre lágrimas.

Este pueblo indígena siempre ha sido conocido —y temido— por ser guerrero. Y como “Abba” (en el idioma Yuqui, Biaye, que significa “persona externa a la comunidad)”, según cuenta la excacique, es mejor no acercarse cuando hay tormenta.

“Ese momento quieren encontrar a alguien para hacerle maldad. Quieren flechar en ese momento. Antes dicen, Abba mataba a sus parientes, y algunos lo recuerdan y quieren ese momento mismo encontrar a los collas para matarlos. La gente de afuera tiene miedo a nuestra flecha, esa costumbre tenemos nosotros cuando no escuchan. Esta flecha es silenciosa le dicen, en silencio le puede matar a la gente, sin escuchar ruido. Si se muere un Yuqui tienen que morir tres collas, más o menos así es”, cuenta Isategua. 

Rosa Isategua, en la carpa de su hermana. Foto: Sara Aliaga

Banco Fie y mariposas hermosas

Una reunión comunal ha convocado Abel Iaira Guaguasu, de 35 años. No tiene un cargo oficial en la comunidad, pero es una figura principal para el pueblo, haber sido criado por los misioneros de Misión Nuevos Tribus (MNT), con sede en EEUU, que tuvo los primeros contactos con los Yuqui en los años 60 y luego, junto al Estado boliviano, en 1989 los trasladaron en avioneta a este lugar en la selva, ahora llamado Bia Recuaté. Abel nos abrió las puertas para visitar la comunidad. Ellos son precavidos y no reciben extraños.

Nuestro primer día en la comunidad, a fines de febrero, Abel convoca a todos a una reunión comunal para elegir un nuevo cacique. Sus palabras son fuertes y chocantes. “El nuevo cacique no puede estar durmiendo en la calle frente al Banco Fie. Los Yuqui venden todo. Su cuerpo, su tierra, sus amigos, hasta su alma. Cuando hay plata, todo se quiere vender”.

Cuando salimos a Chimoré entendemos lo del Banco Fie, donde vienen a cobrar su bono de solidaridad una vez al mes. Si quieres encontrar los Yuqui en el pueblo, vas al Banco Fie: duermen ahí.

Busco a Carmen la excacique en la comunidad. El tiempo y los acuerdos siguen otra lógica aquí. “Tal vez esta Carmen, creo que tal vez la he visto”, dicen algunos vecinos. No hay señal de celular para llamarla. Caminamos casi una hora bajo el sol hasta su casa. Nunca he visto tantas variedades de mariposas de todos los colores en el mismo lugar. Bía Recuaté es una mezcla entre belleza y tristeza, entre lo intenso y dormido. Carmen no está en su casa, toca esperar a que aparezca.

‘Las dos semanas más duras de mi vida’

Hace dos años la doctora Gimena Torrico entró por primera vez a Bía Recuaté. Antes otros doctores escaparon por el río o salieron en el mismo transporte que les dejaba en la comunidad. No querían estar con los Yuqui. Gimena tenía que estar dos semanas y el resto del personal de salud había salido. Estaba sola. “Fueron las dos semanas más crueles de mi vida. Siempre he sido muy fuerte y me gustaron las aventuras, viajar me encanta. Esas dos semanas me quedé sola, en esta casa donde hay muchas ratas y estaba yo sola, sola, sola.

La gente por momentos me parecía salvaje. No había luz, ni velas traje, solo mi celular al que se le acababa la batería. A veces escuchaba una canción y la apagaba para no sentirme sola. Para mí, fue muy, muy duro. ‘No voy a llorar, no me voy a desesperar’, me decía; porque si eso pasaba, no había nadie que me diese una palabra de aliento”.

Con el tiempo se adaptó: “Después dije: ‘Tengo que cambiar todo. El sol tan bello. Estos pajaritos, qué lindo’. Cuando volví, al otro mes, me adapté. Pero las primeras semanas… nunca había sufrido tanto en mi vida. Es bonito recordar, porque superé todo eso y me siento muy valiente”.

Con tanto tiempo con los Yuqui, la tristeza también le llegó a Gimena: “Lo más difícil que me pasó en mi vida fue la muerte de mi esposo. Teníamos una familia muy linda. Les digo a mis hijas: ‘Que venga lo que quiera. He empezado a aceptar todo’”.

Y no ha sido cualquier tiempo el que le ha tocado aquí. La crisis sociopolítica en Bolivia que empezó en 2019. Luego la pandemia. Derrumbes e inundaciones.

Gimena nació en Oruro, ahora vive en Cochabamba y pasa más o menos la mitad de su tiempo en Bía Recuaté con los Yuqui, a quienes los antropólogos aún consideran en estado de Contacto Inicial. Por ejemplo, está el concepto de los tiempos. No puedes decir a los Yuqui que tomen una pastilla a tal hora o tal día.

ROSTROS. Carmen Isategua junto a su sobrina Dina Guaguasuvera. Foto: Sara Aliaga

La amenaza pandémica

“Apenas nos enteramos del COVID-19, yo decía: ‘¡Este pueblo va a desaparecer!’. Porque nos han informado que con las enfermedades de base es fatal. Y aquí la mayoría tenía desnutrición, tuberculosis o anemia”. Pero no fue tan grave como la doctora temía. Hasta ahora se han registrado 23 casos positivos con este mal. 

“La tuberculosis ha matado su población cada año en gran número. Es la enfermedad de los pobres. Donde vive mucha gente no hay limpieza, la alimentación y la higiene también es muy mala. Todo eso hace que la enfermedad esté prevalente en todos sus habitantes. Es una enfermedad terrible, que en gran parte de Bolivia está erradicada, pero aquí es el pan de cada día, por el hecho del agua, que no es potable. También hay parasitosis, anemia, desnutrición y micosis”. En otras palabras, un cuadro muy complejo, un pueblo con graves problemas de salud.

Recuerdos de la vida nómada

En una hamaca de tejido encuentro a Rosa Isategua Guaguasu, de 72 años. Está junto a su hija Ana. En su familia todos sufren de tuberculosis y tosen mucho, todo el tiempo. Rosa tiene una mirada dulce y nostálgica. Recuerda el tiempo antes de Bía Recuaté. Su relato fluye entre español y Yuqui, Biaye, intentamos seguirlo. 

“He vivido al monte. Había tanta fruta para comer. Toda la gente sacaba fruta. No sufrimos para comer. La gente robaba plátano para comer. Dormimos afuera tranquilos, en hamacas nomás, no había camas. Había carne, mono, chanchos. Los hombres cazaban. Así era en el monte”.

Y a ella le llega también rápido la tristeza Yuqui y sus ojos se hunden: “Mi esposo nos ha dejado. Y mi hijo. Mi mamá, mi hermana… se fueron a la casa de Jesús. He sufrido mucho. Mi esclava también murió”.

Cuando los Yuqui vivían en la selva era común tener esclavos, como cuenta Rosa. Y los robos a los campesinos causaron conflictos, hasta muertos, tanto de yuquis como de colonos. El choque entre vivir libremente en la selva, como los Yuqui, y el concepto de propiedad privada, de los colonos, ha sido y es muy fuerte.

Rosa llegó a Bía Recuaté con su primer hijo y su esposo, dejando a los que aún viven en aislamiento voluntario. “Los bárbaros hay en el monte. Miel de abeja han sacado. ¡Estaban bien cerquita los bárbaros! Mi hijo los vio cuando se fue a bañarse en el río. Tenían una mochila para llevar plátano”. Rosa se emociona mucho hablando de sus hermanos Yuqui en el monte. Está tejiendo un bolso con un hilo hecho de fibra del árbol del ambaibo.

Con inocencia foránea pregunto quién la enseñó a tejer, esperando que hable de su familia. “Teresa, una gringa”, responde. Nos interrumpe el hijo de Rosa, que llega muy borracho y nos echa del lugar. No queremos problemas, sabemos del carácter Yuqui: nos vamos. Otro día nos encontramos con Rosa sonriente, cosechando el fruto coquino junto a otras mujeres. Será la comida del día. Aún mantienen sus costumbres de cosechadores y cazadores, su conexión con la selva que les rodea.

Niños de la comunidad jugando en un campo abierto de Bía Recuaté. Foto: Sara Aliaga

Morir de pobreza

Gimena, la doctora, también habla de “los bárbaros”. Les tiene miedo. Un informe de 2010 de la organización IWGIA (Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas) sostiene que existen Yuquis que viven en aislamiento voluntario, es decir sin contacto con el mundo exterior. En el planeta hay alrededor de 100 pueblos que viven en aislamiento voluntario, la gran mayoría en la Amazonía, sobre todo en Brasil, pero también en Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia.

Según un estudio de la antropóloga boliviana Ely Linares, se estima que existen unas 20 personas o entre tres y cuatro familias Yuqui que permanecen en situación de aislamiento voluntario.

La noche en esta comunidad intimida, asusta, impresiona. Una noche sueño que mis padres me iban a mandar a un orfanato, que no me podían cuidar. Era chiquitita y fue tan real, que me quedé casi con la duda. ¿Fue un sueño o un recuerdo lejano? Todo el día me quedé impregnada de un profundo dolor. “¿Había interiorizado la tristeza Yuqui?”. Estaba el sentimiento de ser abandonado, de no pertenecer.

La doctora a veces se siente frustrada porque las habitantes del pueblo no le hacen caso: “No les gusta que les llamen la atención. Pero a veces es necesario hablarles duro, sobre todo si se trata de su salud, porque se trata de su vida. No estamos hablando de otra cosa cualquiera, sino lo más importante que tiene el ser humano, que es su vida”.

Gimena cuenta cómo todo el pueblo se enojó con ella porque había muerto una señora, en la ambulancia, cuando estaba camino al hospital. Y las cosas se pusieron feas hasta que Abel llegó a defenderla. “Ese día estaba lista para irme. Me querían linchar y no era mi culpa”. El tiempo desde que llaman a una ambulancia hasta llegar a un hospital afuera es de unas cuatro horas. “Es terriblemente duro cuanto eso sucede”.

Ahora Gimena está preocupada por Carmen, que quiere tener su bebé en la casa. “Si pasa algo se puede desangrar camino al hospital y ella y su bebé pueden morir”.

También se entristece recordando cuando murió un niño con severa desnutrición y anemia. Había tratado de convencer a los padres de llevarle al hospital afuera, pero no querían y el pequeño murió. “He llorado mucho. Amaba a aquel niño muchísimo. Cuando decidí estudiar esta carrera no pensé en ganar millones, sino en que voy a ayudar a la gente, porque la gente se muere por pobre y porque no conoce. Si no tiene plata, se muere, porque no hay cómo pagar lo que cuesta sanarse. Para mí, trabajar con ellos es una bendición muy grande. He aprendido miles de cosas con ellos. Quiero que estén bien, pues. Les tomo como mi familia”, dice la doctora y relata cómo les extraña cuando está afuera, y siempre les llama para felicitarles para su cumpleaños. “Ellos no saben que tienen cumpleaños pues yo soy la única que sé de estas cosas”.

RECURSOS. El río Chimoré no solo provee su suministro de agua para consumo, sino también es su lugar de aseo y de pesca. Foto: Sara Aliaga

‘Grave desean nuestro territorio’

Un día se convocó a un trabajo comunal para limpiar el camino. Carmen tenía cita médica el mismo día por su embarazo. “Estoy preocupada. Pero es que no puedo faltar a esta cosa en la comunidad, no puedo,” explica. “Voy a pedir otra cita”.

Para la excacique es importante el plan de manejo que tienen para la protección del territorio. “Ahí los colonos nos respetan. Si no hay plan de manejo pueden entrar al golpe a nuestro territorio, grave lo desean nuestro territorio, por eso armamos el plan de manejo para que no circulen dentro, no siembren coca, digamos.” Carmen también piensa en los Yuqui en aislamiento voluntario que están viviendo dentro de estas tierras indígenas. “Hay gente, nuestros parientes mismos, gente que no conocemos, pero ellos viven dentro de nuestro territorio”.

Aparte de que el territorio provee los recursos naturales para la sobrevivencia de este pueblo, su cuidado es una forma de proteger los bosques. Según un reporte publicado por la oficina regional de la FAO para América Latina y el Caribe, los pueblos indígenas de América Latina son los mejores guardianes de los bosques de la región con tasas de deforestación hasta un 50 % más baja en sus territorios que en otros lugares.

La excacique es una mujer fuerte, se luce su espíritu Yuqui, de guerrera. No duda en pelear contra narcotraficantes u otros interesados en sus tierras. “Como autoridades ya estamos amenazados por ellos. Decían que nos van a matar, así nos amenazaban. Grave me he enfrentado con gente de afuera para que no ingresen más cosas ilícitas, grave ha sido cuando era dirigente. Por eso a veces cuando no quieren escuchar, con flechas vamos a bloquear, así es nuestra costumbre”.

Llorar como un canto

Naty Belén Guaguasu Guasu, de 15 años, está estudiando en cuarto año de secundaria en el colegio en Bía Recuaté junto a otros 79 niños y niñas. La comunidad también tiene un internado financiado por los recursos del aprovechamiento de la madera del plan de manejo de su territorio. En el internado viven unos 30 niños. Algunos son huérfanos que han perdido a sus padres en la epidemia de tuberculosis. Y también niños cuyos padres salen a trabajar afuera, que prefieren dejarlos ahí para que estén en la comunidad.

“Me siento orgullosa de ser Yuqui, ¿por qué debería tener vergüenza si aquí estoy viviendo? No hablo tanto Yuqui porque mi mamá no me enseñaba. Solo lo que he aprendido con mi abuela, quien ya se ha fallecido”, expone.

Y a la adolescente también le llega la nostalgia y el recuerdo de la muerte: “Mis dos primas fallecieron al mismo tiempo, el año pasado en un accidente en moto en la pandemia. De mi tamaño eran, Jaquelin y Nancy”, y baja la voz cuando las nombra. Los Yuqui no deben pronunciar los nombres de los muertos. “Cuando una persona fallece, toditos vienen, tienen otra forma de llorar. No puedo hacer eso. Hablan en el idioma y lloran como un canto. Mi abuelo Lorenzo llora así. Y cuando las ranas lloran, va a llover dicen”.

Mientras hablo con Naty Belén, llora el cielo, a la quinceañera le preocupa la falta de electricidad en su comunidad: “No hay luz, solo vela o linterna. También tienen que limpiar la antena, porque no hay señal”, muestra algo que parece un árbol, pero que resulta ser una antena para internet.

El miedo de perder el idioma

Dina Ie Guaguasubera, de 27 años, es la cocinera para los niños del internado. Le pregunto sobre canciones. Todas las mujeres cantan, en Biaye, temas cristianos. Incluso éstos hablan de la tristeza: “Que estés feliz y nunca triste, porque Jesús vive, no estés triste”, traducen. Aún se siente fuerte el legado que han dejado los misioneros de Misión Nuevos Tribus (MNT), que dejaron la comunidad en 2005 cuando el Gobierno boliviano retiró su permiso para trabajar con los Yuqui.

“Era mejor mi comunidad antes. Ahora la veo muy triste. El idioma es lo que más me preocupa. Cuando era niña, mi papá y mamá me enseñaban a hablar el idioma. Y ahora hay dificultades, hasta mis hijos no saben hablar mi idioma, sí entienden, pero no hablan. Es muy importante que aprendan a hablar, porque nosotros somos poquitos y tal vez se pierda. El idioma ya nadie va a hablar. Tal vez yo me muero y mis hijos no van a saber. Si no saben, se puede perder mi idioma. Si eso pasa, es como si fuera que no vamos a existir”.

Según el Atlas de Unesco de las lenguas del mundo en peligro, el idioma Yuqui se encuentra en grave peligro de extinción. Según la antropóloga Ely Linares, de los 346 habitantes del territorio Yuqui, el 75% de la población habla la lengua biaye.

La mujer Yuqui cuenta cómo su pueblo sufre discriminación cuando va al pueblo de Chimoré. “Hablan mal de nosotros, dicen los Yuqui son cochinos, los Yuqui son flojos. Así habla la gente de afuera. Dicen cuando uno está sentado ahí comiendo: ‘¿Por qué comen en la calle, por qué no van a su casa o por qué no comen en una mesa?’. Así nos miran. Pero la gente trabaja afuera. Y comen pues, no tienen una casa; trabajan, se buscan la vida”.

En Chimoré se tiene esta percepción de los Yuqui. Un señor cuenta que en el pueblo se ha querido sacar a todos los Yuqui hace un par de años, o cómo ellos tenían relaciones sexuales en las calles, que robaban la comida del plato de la gente en el mercado; que dormían en la calle, que no respetaban las reglas de convivencia de la sociedad en el pueblo.

¿Cómo sería para los citadinos el tener que vivir como nómadas en la selva? Es difícil imaginar un cambio así en la vida. ¿Es por eso por lo que los Yuqui sienten esa tristeza? No pertenecen aquí, ni allá.

Alcohol y niñas-madre

Otro tema complejo con los pueblos en contacto inicial, como los Yuqui, es el de las adicciones, ya sea de azúcar, de medicinas, de alcohol o de drogas.

Dina cuenta que ella y su esposo tenían problemas con el alcohol desde hace menos que un año: “Cuando era chica, era bien fiestera y me gustaba tomar. Él borracho llegaba, me pegaba, feo me pegaba. ¡Yo también le pegaba con palo y todo! Pero hemos dicho: ‘Mucho estamos tomando, hay que cambiar nuestras vidas’. Nos hemos reconciliado con el Señor, tratamos de cambiar nuestras vidas. Ya no voy a las fiestas, mi marido ya no toma, y estamos tranquilos con nuestros hijos. Como medio año ya no tomamos”. 

Tienen cinco hijos; su primer hijito lo tuvo con 14 años. Algo normal en los Yuqui: las niñas-madre. Y no es raro que el padre sea de la misma familia. “Las niñas no están al cuidado de nadie, están en la calle y cualquier cosa puede pasar. Parece que en mujeres adultas lo mismo ha pasado. Algo normal. Una costumbre con ellos. Y parte de su cultura hasta que se podría decir que nos choca a nosotros. Pero es así —se preocupa la doctora—. Los hombres están con una mujer o una niña. Es triste. Hay una señora que tiene seis deditos. Otros tienen deficiencias intelectuales por estas situaciones. Sus padres son hermanos o primos. Y así hay varios casos”.

Los primeros bachilleres

Claudia Bazoalto Almaraz, de 30 años, es profesora en la primaria en Bía Recuaté. Recuerda su llegada hace más de tres años: “Verlos era algo triste. Siempre salían, no se quedaban aquí. Siempre los veía allá en el pueblo (Chimoré). Estaban queriendo olvidarse de su cultura. Los maestros hemos trabajado bastante en concientizar, en que su comunidad no debe ser olvidada, más bien debe ser valorizada, su cultura y su lengua”.

Todas las tardes la profesora va al río a bañarse y lavar ropa. Un paisaje bello, atardeceres espectaculares. Pero también lo hace por falta de servicios básicos: “Aquí faltan luz eléctrica, agua potable. Ellos todavía carecen de esto. Tienen derecho a tener energía eléctrica, de vivir cómodos. Por falta de servicios básicos emigran al pueblo; y como ven que hay luz, hay agua, entonces prefieren estar allá”.

El año pasado salieron los dos primeros bachilleres de Bía Recuaté, y fue un evento del cual toda la comunidad se sintió orgullosa. Y al verlos en el pueblo Chimoré, dicen: “Mira, ahí están nuestros bachilleres”. Es un gran logro para los Yuqui. Pero la profesora está preocupada porque hay un problema con la asistencia de las chicas a la escuela. “Las mujercitas en la etapa de adolescencia están desertando de la escuela. Piensan que ya tienen que formar familia y no es tan importante el estudio. Con sus 13 o 14 años, algunas ya están embarazadas. Eso preocupa. Tienen una mentalidad un poco perdida. Preocupa que a una edad temprana muchas han dejado de estudiar”. Claudia habla apenada de tres hermanas huérfanas que venden el cuerpo de una de ellas a los hombres en Chimoré.

La doctora también está preocupada. “Es como si las leyes no entraran acá. Parece Sodoma y Gomorra: mentira, engaño, robo, flojera, hay incesto. Hay todo esto. Hasta homicidio hay. Sí, es pesado”, dice.

 Pero no todo es incierto o desesperanzador: Irma Guasu Guaguasu, de 25 años, fue elegida como concejala Yuqui en el municipio de Puerto Villarroel.

Representando a su pueblo Yuqui, con orgullo y con un poco de nervios también, se pone su típica vestimenta tejida. Ella lucha para mejorar las condiciones de vida de su pueblo, quiere que su comunidad Bía Recuaté salga adelante. “Somos poquitos, pero ahí vamos, adelante”. La líder está gestionando para que llegue luz y agua a su comunidad.  

“Deberíamos ser orgullosos, de ser los únicos a nivel nacional. Somos los únicos Yuqui que existen. ¡No hay más! Para que pueda vivir la gente, el 100% en la comunidad, nosotros debemos tener luz y agua. Muchas veces, por eso salimos nosotros, porque no hay agua. Nos enfermamos. Digamos por tema del agua y de la luz. Ya no queremos vivir en oscuridad, como hace años, con velita hacemos nuestras tareas. Deseo que algún día llegue la luz. Eso es mi sueño, agrandar la comunidad”.

VIDA. La falta  de electricidad impide que haya educación virtual, las clases presenciales son la única opción. Foto: Sara Aliaga

Revivir en pandemia

Retornamos con Dina —la cocinera del internado—, y sus recuerdos: “Mi papá era cazador. Cazaba el mono arriba, con flecha. Tenía también escopeta. Nos traía fruta del monte, miel y carne. Buena gente era mi papá. Pero se ha muerto. Se ahogó en el río hace poco. Más bonito era todo cuando era niña, mi comunidad. Ahora los veo tristes, porque la mayoría salen. Abandonan su casa, su comunidad”.

A causa de la pandemia, muchos Yuqui regresaron a su territorio para protegerse. “Contenta paraba yo, bonito era mirarlos a ellos. Lleno en el río, todos a pescar. Comían bien. Harto pescaba mi gente, harta gente bañándose. Me sentí feliz porque toda mi gente ha venido en tiempo de pandemia”, rememora.

El sueño de Dina es que sus hijos sean profesionales: “Quiero que ayuden a la comunidad. Sueño que un día va a haber una buena carretera, que va a haber plaza aquí y tienda. Que va a mejorar la comunidad. Tienen que imaginarlo, les digo a mis hijos. Me imagino, mamá. Va a haber plaza, mamá, cuando seas abuelita”.

*Este reportaje fue realizado gracias al fondo de emergencia COVID-19 para periodistas de National Geographic

Museo de Anatomía, el otro lado de lo tétrico

Reabierto desde 2018, el museo junta piezas cadavéricas que pueden parecer lúgubres, pero que también son la inspiración para estudiantes de primer año de Medicina

AÑOS. Un cadáver diseccionado hace más de 30 años se conserva gracias a técnicas implementadas por los fundadores del museo

Por Adrián Paredes

/ 14 de abril de 2021 / 13:32

En un lugar de la ciudad de La Paz hay un cuarto lleno de huesos, algunos con más de 30 años de antigüedad. Todos están clasificados según su nombre científico y su tamaño y hasta tienen un pequeño código QR para que sea más sencillo ubicarlos.

Así es la osteoteca del Museo de Anatomía del Área de Ciencias Morfológicas de la Facultad de Medicina de la Universidad Mayor de San Andrés. La idea de este cuarto es que los estudiantes de las distintas facultades relacionadas a la medicina puedan prestarse una pieza ósea —tal como se prestarían un libro en una biblioteca— para estudiar con libertad.

Esta es una de las iniciativas que tiene el Museo Morfológico desde 2018, cuando los doctores Marcelino Mendoza Coronel, actual jefe del Departamento Facultativo de Ciencias Morfológicas, y Freddy Edwin Tancara Vargas, responsable del Museo de Anatomía, asumieron gestión.

El repositorio está ubicado en la misma Facultad de Medicina, sobre la avenida Saavedra #2246, en el barrio de Miraflores. Para entrar hay que ir detrás del edificio principal, virar a la derecha y encontrarse de frente con la estatua de un Atlas cargando un mundo que en su interior lleva estructuras celulares, ADN e incluso el pequeño feto de un bebé.

El Atlas es parte del cambio de atmósfera que Mendoza y Tancara trajeron con su gestión. Cansados de que se asocie a la unidad de morfología con lo tétrico, no solo trabajaron para rearmar el museo, también llenaron sus techos y pasillos de arte. Su primer acto fue poner esta escultura que representa a las cuatro cátedras de la unidad de morfológicas: Anatomía, Histología, Embriología y Biología. 

“Esto era lúgubre. Pero, a través de la escultura y las pinturas, el lugar ha cambiado un poco junto a todos los ambientes, siempre tratando de inspirar a los estudiantes”, expone Tancara a ESCAPE, durante un recorrido por el recinto.

En el segundo nivel está el museo, entrando por una puerta rodeada del mural que reproduce Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, la pintura de Rembrandt. También está una representación pictórica de la escultura La piedad del italiano Miguel Ángel; y un mural más con La creación de Adán, también de Miguel Ángel. “Antes era todo muy apagado, pero hemos intentado que esta sea una casa del estudiante donde todos los que vengan se sientan bien y puedan apreciar estas obras de arte”, cuenta Mendoza.

Tras la puerta, una amplia sala alberga la colección, pero en 2018, cuando Mendoza y Tancara asumieron su gestión, el lugar no era más que un depósito en el que los huesos acumulaban polvo.

La gráfica

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

AYUDA. El museo no sería hoy una realidad sin la ayuda de los estudiantes que pasaron por la unidad de Morfología y llegaron a quererla. Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

Foto: Álvaro Valero

‘Inspiración en la fascinación’

Dentro de la sala esperan maquetas y modelos que ilustran el funcionamiento y la estructura de diversas partes de la anatomía humana, pero también embriones, huesos y cadáveres, conservados para que los alumnos de primer año de medicina puedan aprender cómo funciona todo.

Al entrar, tres animales diseccionados con las vísceras expuestas están al inicio de una pequeña área dedicada a las bestias. El tiempo no ha quitado flexibilidad a los órganos de sus piezas cadavéricas, pero su textura se ve algo seca: algunas partes se pintaron con fines didácticos. Detrás de ellos, esqueletos de perros, gatos, pumas reposan junto a frascos con palomas flotando en formol.

No muy lejos de ahí yace el cadáver de una persona no identificada; murió hace más de 30 años, más o menos cuando el museo fue creado por los doctores Édgar Arené y Vito Rivas, jefes de trabajos prácticos de Morfología en esa época, quienes diseccionaron esta pieza cadavérica e implementaron las técnicas de conservación que lo mantienen intacto hasta hoy.

“La gente tiene el morbo de ver lo prohibido y, en este caso, ver un cadáver sin piel, cortado en dos partes para mostrar su estructura, despierta inquietud, pero también la motivación de realmente pensar en cómo está estructurado nuestro cuerpo”, explica Tancara.

El museo representa la primera etapa de formación de los estudiantes de Medicina. Antes de entrar en prácticas de segundo año, tienen que profundizar sus conocimientos de Morfología, de tal modo que conozcan a detalle cómo funciona el interior de su futuro campo de trabajo. “Lo hacemos en cadáveres para entender bien cómo funcionan algunas estructuras, tenemos que romper, cortar y abrir. Eso no podemos hacerlo en alguien vivo, solo en un cadáver”, aclara Mendoza.

Justamente fueron estudiantes quienes ayudaron a ambos doctores a convertir ese depósito intransitable de esqueletos deteriorándose a la luz del sol en un museo dividido en áreas con importantes piezas de aprendizaje, como huesos con fracturas mal consolidadas, cráneos acromegálicos y otros sacados de ch’ullpas con trepanaciones que alteraban su forma.

“Puede ser tétrico para quien no se dedica a la medicina, pero los estudiantes de primer año encuentran inspiración en la fascinación que les causa ver estas piezas”, asevera Tancara.

Los tesoros del museo

El museo también junta otro tipo de tesoros. Entre ellos, desde Francia, un modelo antiguo de cera, de esos que artistas de ese material realizaban junto a anatomistas en 1800 y que hoy valen más de $us 20.000. Alrededor de esta importante pieza histórica están modelos creados por los estudiantes. Pulmones, corazones, corneas en maquetas realizadas en porcelana fría, plastoformo y metal, a manera de trabajos finales, mostrando el funcionamiento de las estructuras.

Para Mendoza y Tancara éstos son los tesoros, muestras del amor de los estudiantes por el museo. Por lo mismo lamentan no tener suficientes fondos para hacer de éste un museo más profesional.

A futuro desean tener solarios, más murales, cambiar la fachada e incorporar vitrinas, luces y un sistema de alarma, para así poder añadir algunas piezas valiosísimas y muy raras, como invaluables microscopios antiguos, que por ahora guardan en algún lugar secreto.

No solo los fondos no alcanzan, su gestión termina el 10 de mayo y los galenos todavía no han decidido si repostularse para otros tres años o dejar de posponer proyecciones personales y académicas.

Solo les queda seguir intentando que el Ministerio de Salud y el de Educación — o cualquiera, en realidad— otorguen fondos para dejar el museo aún mejor de lo que ya se logró, especialmente ahora que, después de cerrar por la pandemia, el 5 de abril abrió sus puertas una vez más.

Comparte y opina:

Ramón Rocha Monroy: ‘Perdí al 90% de mis amigos’

El escritor cochabambino ha publicado una nueva obra literaria (corta) tras siete (largos) años de silencio. Es un tributo a su hijo y al rock. El autor además cree que la narrativa boliviana debe retornar a lo nuestro

EDICIÓN.El escritor Ramón Rocha Monroy junto a la editora Alejandra Carranza, de Mefistofelia.

Por Ricardo Bajo H.

/ 14 de abril de 2021 / 13:17

Ramón Rocha Monroy está de vuelta. Después de siete años de “silencio”, el escritor con pseudónimo misterioso (“Ojo de Vidrio”) ha lanzado estos días su última novela —corta—, un homenaje a su hijo Ariel y su afición/devoción por el rock que lo llevó a abrir tres templos rockeros en Cochabamba: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. Su nombre: Pedro y María. El ganador del Premio Nacional de Novela en 2002 con Potosí 1600 ha publicado más de 30 libros en diferentes editoriales pero ahora se ha decidido por una editorial independiente/artesanal dirigida por una mujer, Alejandra Carraza Gómez-García, poeta paceña, comunicadora y filósofa que hace años estaba a cargo de la revista de literatura Cien de Cien. El libro fue presentado el pasado 2 de abril en la Llajta en la plaza Colón y cuenta con una tapa diseñada por Sergio Condori Aguilar. Pedro y María narra la vida alterada de un matrimonio joven de empleados bancarios a raíz de la llegada a su hogar de un extraño gringo de pelo largo, una verdadera enciclopedia del rock y sus excesos.

Pedro y María es una charla de rock, es una novela de misterio y fuga —“este hombre sabe más de lo que dice”—, es un homenaje para tu hijo y sus boliches rockeros. ¿Es el divertimento más extraño de tu obra?

—Es un ajuste de cuentas con un pasado signado por la política y la dictadura militar, que a algunos nos empujaba al trabajo de resistencia y a otros al hippismo, a la yerba, al rock en inglés o venido de Argentina. Pero muy por debajo latía la influencia del rock. No hay que olvidar que yo soy menor que Los Beatles, los Rolling Stones y tantos otros. Tomé un argumento anotado por Nataniel Hawthorne para ver cómo, si varías el contexto, tienes otra cosa. Es como La montaña mágica, pero sin tuberculosis, con cáncer. Me sorprendió cuánto sabe mi hijo mayor Ariel sobre rock y él me dio por primera vez el rock en español, pero venido de México: no solo de Buenos Aires.

—En la novela también se puede “observar” tu pasado rockero, tus andanzas en La Paz de pinchadiscos y cassettes, ¿hay una cierta nostalgia destilada de lo que llamas “la generación del empute”?

—Es algo en lo que insisto en mi docencia de filosofía política. La “generación del empute” se remonta a los inicios del siglo XX con el existencialismo, recrudece entre guerras y se masifica con la segunda posguerra europea, que no mundial, con los hippies, Vietnam, el rock, que tiene antepasados negros en el blues, el jazz, el rythm and blues y el rock and roll. Desde entonces hay una rebeldía innata, sobre todo en los jóvenes, que algunos la llaman contracultura y yo “generación del empute”. Y no tiene solución porque es una crisis global de Occidente, que se manifestó en París en 1968, en México el mismo año y en Tiananmén más tarde. Nadie sabía por qué había consignas tan raras: los cronopios versus el sistema.

—¿Es ahora más que nunca necesario reivindicar esa rebeldía que tuvo y ya no tiene el rock?

 —La novela es un réquiem a tres boliches que alentó mi hijo Ariel, que quebraron antes y luego de la pandemia: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. El rock tiene hoy poca rebeldía; es tan solo una rebeldía de Charly García, Spinetta y Lito Nebbia en Buenos Aires; de Alex García, Rockdrigo González y Cecilia Toussaint en México.

Foto: Ricardo Bajo

—Sobre la novela navega el malditismo y el culto al exceso tatuado en el ADN del rock, con muertes, sobredosis, carretera y héroes abandonados en el camino. En el panorama boliviano hemos padecido/gozado ese universo pero a baja escala/intensidad. ¿Por qué no había hasta ahora una novela boliviana con riffs afilados de guitarra de fondo?

—Es que los de clase media somos muy modositos, y todos los escritores y lectores son de clase media. Yo he perdido al 90% de mis amigos por razones políticas, como si éstas abarcaran una vida, y no es así. Sin embargo, pago el precio porque nadie compra mis libros, las editoriales no me tiran pelota y las entiendo. Por eso, hay que cambiar de vida y conseguí una editorial artesanal, Mefistofelia, que me cobra baratísimo y vende también muy barato. No me interesa ganar dinero sino lectores. La crisis se nos viene y hay que cambiar de modo de vida.

—La novela cae en el estereotipo de la vieja estrella del rock escondida en el secretismo junto a su inevitable característica de portento sexual. ¿Es algo inevitable para la construcción del personaje?

—Eso quizá era antes. Hoy la yerba y en general la droga han caído sobre las bandas. Es imposible aguantar el ritmo de antes sin estimulantes. Pero hoy, con la pandemia y la crisis, los músicos no saben ya qué hacer. Están desocupados.

Monroy en su inseparable bicicleta

—De todos los músicos/bandas que caminan por la novela, ¿cuáles son tus favoritos?

—Los viejos. Joe Cocker, Keith Richards, Janis Joplin y Jimi Hendrix. Mick Jagger tuvo una mujer compartida con Keith, que cantaba temas de Los Beatles y era muy linda. Acabo de verla en una película, se llama Marianne Faithfull, una señora gordita, todavía guapa, que hace en el filme la paja a quienes meten el miembro por un orificio en un “sex shop” de Londres. Pero le da “codo de tenista”, es decir, tendinitis a la cual yo la llamo “codo de pajera”. La peli se llama Irina Palm(2007) de Sam Garbarski.

—¿Por qué no hay rock boliviano en la novela, por qué a veces parece que nuestro rock ni siquiera existiera para el resto del mundo?

—Yo no diría eso. Basta leer el libro de Marco Basualdo o recordar a Wara. Aquí hubo fusión de rock y folklore, pero somos un país chico y no trascendió. Cuando yo era adolescente, los artistas eran fonomímicos y así se presentaban. Mira lo que recorrimos.

—¿Cómo has trabajado la crítica/condena social que subyace en la novela contra esa pareja de bancarios, contra esa clase media cochala/boliviana que se cree “blanca” y sale como aspiración en las páginas de “sociales” de los periódicos?

—No debe haber jóvenes más domesticados que las y los bancarios, tan lindos, tan impecables, tan modositos. Pedro y María son bancarios: ganan un concurso para atender hasta sus días a un gringo de la tercera edad y las sorpresas vienen desde la recepción en el aeropuerto. Ellos esperan un gringo viejito, de corbata michi, camisa rosada y sombrero de paja y se encuentran con un calvo melenudo, de guayabera y borracho, que trastorna la recepción y va a la fiesta metiéndole mano a una chica, jalando y bebiendo Jack Daniels delante de todos. Ya digo: perdí al 90% de mis amigos por esa razón; pero todo arte es puro “cover”. Y los clasemedieros se parecen en todo el mundo. No son nada originales. En cambio, acercarse a una realidad concreta, por ejemplo, la Bolivia profunda, es siempre único, irrepetible.

—Has optado por una editorial artesanal y una distribución casera/personal, puerta a puerta. ¿Por qué has dejado los sellos editoriales de “prestigio” que antes publicaron tus novelas? ¿Cómo ves el panorama literario nacional?

—Hay unos cuantos que todavía conmueven a las grandes editoriales. Que no es mi caso. Entre nosotros hay imitadores hábiles: un poco de Borges, un tanto de Vázquez Montalbán, otro poco de Paul Auster y John Cheever y Raymond Carver. La literatura nacional no será original si no se acerca a fenómenos como el Gran Poder en La Paz o sus laderas; a la copla cochabambina liquidada por la morenada y a las bandas orureñas del Carnaval. En suma, volver a lo nuestro.

La tapa del nuevo libro del autor

—¿Dónde han quedado tus textos gastronómicos, abandonados en un cajón junto a tu querida bicicleta?

—En absoluto. Mi amigo Ingvar Ellefsen publicó Memorias de un Gastrósofo, que contiene dos textos ya agotados, Crítica de la sazón pura y Todos los cominos conducen aroma junto a un tercer libro inédito, Comer y descomer. Pero justo coincidió con la pandemia y no se lo pudo presentar. En cuanto a la bicicleta, que manejo hace 30 años, últimamente es lo único que monto.

—¿Cómo sobrevives en esta Bolivia polarizada que por un lado pide justicia por el golpe, la corrupción del gobierno de facto y las masacres y por otro lado sigue hablando de fraude y dictadura?

—El triunfo del actual presidente Arce fue un balde de agua fría para los “pititas”, que quedaron mudos de asombro. Quizá era mejor pedir justicia de inmediato, pero la justicia es lenta. Tiene sus protocolos y todavía no se los ha cumplido. Entonces hay sectores urbanos que piden reconciliación, no volver los ojos atrás, mirar al futuro sin venganzas. Pero ¿y los muertos de Senkata y Sacaba y otros lugares? ¿No cuentan porque los muertos son pobres y anónimos? ¿No habrá justicia para ellos? Si no se hace justicia, ¿no habrá otros personajillos que cometan tantas barbaridades? La ley obliga a gobernantes y gobernados. Gobernar en democracia no es fácil. Pero para eso tenemos más del 55 por ciento de apoyo, el 40 por ciento del voto urbano. ¿Vamos a transigir con grupos pequeños pero ruidosos de presión? El presidente Arce lo está haciendo muy bien: ha desarmado el paro médico con la aplicación masiva de vacunas; y no hay que olvidar que el “comiteísmo” cruceño vive sus últimos días. En Santa Cruz hay mucha gente inteligente que no sé por qué guarda silencio.

—¿Qué estás leyendo y escribiendo ahora?

—Tengo siete obras inéditas, entre ellas una novela larga y varias cortas, biografías y filosofía política. Incluso la segunda parte de Pedagogía de la Liberación. Leo mucho y es inevitable escribir, aunque no publiques.

La novela ‘Pedro y María’, a 20 pesitos, se puede adquirir en la tienda de la editorial artesanal Mefistofelia en Cochabamba: calle Juan de la Reza, entre Hamiraya y Tumusla, en el WhatsApp 72217747, en la página de Facebook de la editorial y contactando al propio autor en el edificio Zafiro, calle Chuquisaca esquina Antezana, frente al restaurante Paprika. “Díganle al conserje y ya”, dice suelto de cuerpo el bonachón de don Ramón.

Comparte y opina:

URBANO: Arte para salir de la pandemia

Una exposición colectiva ofrece miradas distintas en la galería Altamira, que se ha convertido en un espacio para respirar cultura

OBRAS. En la muestra se incluyen obras de Ejti Stih,

Por Miguel Vargas

/ 14 de abril de 2021 / 13:13

Si hay una puerta para renovar el alma en tiempos tan difíciles como la pandemia, es el arte. Así lo han comprendido Ariel Mustafá y Daniela Espinoza, de la galería Altamira (calle José María Zalles #834, bloque M-4, San Miguel), que inician su calendario de exposiciones con una muestra colectiva que reúna a artistas de distintas técnicas para pensar las ciudades.

Urbanoes el nombre de esta exposición con obras de más de una decena de obras de autores bolivianos. Permanecerá abierta hasta el 27 de abril de 10.30 a 13.00 y de 15.30 a 20.00. Aunque sobra decirlo, tiene las medidas de bioseguridad para cuidarnos.

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

Foto: Galería Altamira

Comparte y opina:

Godzilla vs. Kong

Los dos míticos y gigantes seres se enfrentan —otra vez— en un espectáculo sin sentido de CGI y luces. El crítico de cine Pedro Susz escribe sobre la cinta

HISTORIA. El mono gigante de la Isla Calavera y el monstruo japonés tienen larga data en el celuloide

Por Pedro Susz K.

/ 14 de abril de 2021 / 13:05

El confinamiento obligatorio de los espectadores, a lo largo de un año y algo, a consecuencia de la pandemia del COVID-19, dejó a muchos de ellos ansiosos por regresar a una sala para ver cine como se debe, y la paralela premura de las productoras para poner en circulación megaproducciones de altísimo presupuesto encajonadas en proyecto, a medio hacer, o totalmente acabadas, parecieran haber abonado el terreno para que Godzilla vs. Kong  el más reciente cometido de la otra pandemia, fílmica esta última: la de las sagas plagadas de efectos especiales y sus inacabables secuelas, precuelas y otras ramificaciones, se convierta en el fenómeno de taquilla codiciado por la sociedad Warner Bros/Legendary Entertainment, propietarias de la franquicia MonsterVerse, la cual conjuntó las dos figuras míticas del cine de monstruos, que vuelven a enfrentarse por cuarta vez, en la ocasión con un presupuesto de 160 millones de dólares.

 El gigantesco simio King Kong, habitante de la Isla Calavera, había asomado por primera vez en las pantallas en 1933 en la película dirigida por Carl Denham, convirtiéndose pronto en un ícono de la cultura popular cebada por la industria del entretenimiento que le exprimió el jugo desde entonces con más de media docena de remakes, amén de algunas series para televisión, libros, comics y, por supuesto, videojuegos.

Por su parte Godzilla, es un kaiju (bestia extraña o monstruo en japonés), que cuenta también con una larga historia desde que en 1954 el director Ishiro Honda rodó la primera cinta abocada a esa suerte de enorme dinosaurio mutante cuya figura fue imaginada por el realizador como una alusión metafórica a la devastación nuclear sufrida por el país asiático sobre el final de la Segunda Guerra Mundial. De allí en más apareció en 33 películas japonesas y tres made in USA, habiendo pasado a convertirse en el referente por excelencia del imaginario colectivo de su país de origen, donde adquirió la dimensión simbólica del antihéroe indestructible que lo pone a buen resguardo del caos, la devastación y la contaminación por culturas ajenas a la nipona.

Si bien ya en 1962 los dos monstruos prehistóricos habían coincidido en King Kong vs. Godzilla, producción japonesa dirigida por el mismo Honda, ambos ejemplares se toparon de verdad por primera vez en Godzilla (Gareth Edwards/2014), se reencontraron en Kong: La Isla Calavera (Jordan Vogt/2017), más tarde en Godzilla: El Rey de los Monstruos(Michael Dougherty/2019).

La tesis transversal de MonsterVerse es que hace millones de años especies gigantes, anteriores a la de los dinosaurios, poblaron la superficie terráquea alimentándose de la radiación sobrante del Big Bang y cuando ésta comenzó a escasear se refugiaron a hibernar en la Tierra Hueca, hasta que los sapiens y su voracidad depredadora los despertaron con explosiones nucleares, la minería intensiva y otros despropósitos similares. Tal supuesto se puso en circulación en la referida franquicia impregnado de un sesgo, por decir ideológico, de acuerdo al cual no es que los kaiju detesten a los humanos, a quienes por consiguiente no desean hacer daño —si bien en alguna oportunidad engullen algunos—. Son tan solo criaturas cuyo instinto los lanza a pelear por el territorio. Y si nosotros no hubiésemos devastado sin medida al globo, habrían seguido hibernando, acunados por fábulas y leyendas, sin sentirse impulsados a despedazar cuanto encuentran a su paso.

Dicho de otro modo, para recubrir de un barniz de significación a emprendimientos que no apuntan sino a sumar millones explotando a fondo las posibilidades de la animación virtual, la saga cuyo cuarto episodio nos cae ahora encima, finge estar molesta con las agresiones ambientales causantes del cambio climático y otras averías provocadas por los sapiens después de apropiarse de un planeta que pertenecía a los titanes.

En la ocasión, tal estrategia de encubrimiento de sus reales objetivos pasa por desparramar a lo largo de la trama livianas y fugaces alusiones a varios temas de candente actualidad, tales como el debate en torno a las alocadas tesis de la filosofía trans/poshumanista; las divagaciones fantasiosas  de varios de los heraldos de la Inteligencia Artificial; los dispositivos activados por las megacorporaciones administradoras de redes y plataformas, puntas de lanza de la mundialización del capitalismo informático, para colonizar las conciencias; y hasta las advertencias de los movimientos ecologistas a propósito de los horrores por venir, algunos ya vinieron, si la soberbia antropocéntrica continúa alimentando la idea de que los humanos poseen el derecho de seguir explotando a su gusto y sabor la tierra entera.

Sin embargo, pronto queda al descubierto que si algo sobra en Godzilla vs. Kongson los acartonados personajes humanos, algunos de ellos heredados de los eslabones previos de la cadena, otros, nuevos, metidos con fórceps dejando la impresión de que solo se trataba de agregar al listado de intérpretes algunos nombres con cierto prestigio: Millie Bobby Brown, una “estrella centennial” fabricada por las redes o Alexander Skarsgård para el caso, sin que su inclusión en el elenco actoral atienda a ninguna necesidad dramática o a la intención de densificar narrativamente la historia.

Ésta ilustra, mediante el atosigante uso de la técnica denominada Computer Generated Imaging (CGI), o imagen generada por computadora, un deslavado guion, que de acuerdo al criterio expresado en algunas opiniones acerca de la película de Adam Wingard —quien se resigna a ilustrar de modo asimismo falto de toda inspiración ese, en el mejor de los casos, boceto argumental— ameritaría que Eric Pearson y Max Borenstein sus autores fuesen de inmediato dados de baja del sindicato de guionistas.

En la Isla Calavera, habitáculo eterno de Kong, trabaja hace tiempo Ilene, una investigadora dedicada a estudiar el comportamiento del mono, mientras cría a su hija adoptiva Jia, niña sordomuda, única superviviente de los moradores originales del lugar, quien se comunica con aquél mediante el lenguaje de señas, entablando una relación supuestamente apuntada a aportar siquiera una gotas de emoción a la historia. Paralelamente en algún lugar de los Estados Unidos Madison, especialista en informática, ve aumentar día a día sus sospechas acerca de que la empresa cibernética Monarch anda en algo muy turbio, según las pistas que le proporciona su colega infiltrado, bajo el disfraz de empleado de limpieza.

Parece poco creíble que tamaña megacorporación tecnológica, capaz de construir naves habilitadas para llegar hasta el mismo centro de la tierra, no pueda detectar un audio dudoso en internet, ni identificar a su autor, pero ese ejemplo, podrían mencionarse varios otros, desnuda que la credibilidad, o la coherencia, no son algo que les hubiese importado un comino a los libretistas, ni al director. Como tampoco si el humor con el cual quieren aderezar algunas escenas funciona o resultaba pertinente. Menos todavía si las afanosas idas y venidas de los, anotamos, estereotipados personajes humanos conducen hacia algún lugar, dramáticamente digo.

A quienes les satisface la idea de que un pugilato tras otro entre los dos monumentales aspirantes a rey de los titanes en medio de un ruido ensordecedor y de un juego de luces enceguecedor, demoliendo, como mero efecto colateral, ciudades enteras y pisoteando a los miles de aterrados habitantes en su intento de huir —como ya sucedía en la versión de 1954, pero entonces con el arriba colacionado sentido alegórico, o sea con algún sentido—, constituyen suficiente motivo de entretenimiento o diversión podrá antojárseles que Godzilla vs. Kongamerita una pronta, segura, secuela. Conmigo no cuenten.

FICHA TÉCNICA

Título original: Godzilla vs. Kong

Dirección: Adam Wingard

Guion: Eric Pearson,  Max Borenstein – Historia:Terry Rossio, Michael Dougherty,  Zach Shields

Fotografía: Ben Seresin

Montaje: Josh Schaeffer

Diseño: Tom Hammock, Owen Paterson

Arte: Bill Booth, Dawn Swiderski, Mitch Cass, Andres Cubillan

Música: Junkie XL (Tom Holkenborg)

Efectos: Chris Apeles, Shane Bailey, Chris Brenczewski, Adam Avery, Katie Barker

Producción: Jay Ashenfelter, Yoshimitsu Banno, Shauna Bryan, Chen On Chu, Jennifer Conroy

Intérpretes: Alexander Skarsgård, Millie Bobby Brown, Rebecca Hall, Brian Tyree Henry, Shun Oguri, Eiza González, Julian Dennison, Lance Reddick, Kyle Chandler, Demián Bichir, Kaylee Hottle, Hakeem– EEUU/2021

Comparte y opina:

CH’ALLA DEL CD 60 A

Nos hemos inventado esta ch’alla de mi último disco 60A porque es triste vivir sin dar conciertos, sin el afán de las tocadas; es triste estar sin el contacto con la gente

Por El Papirri

/ 14 de abril de 2021 / 13:02

CH’ENKO TOTAL

Nos hemos inventado esta ch’alla de mi último disco 60A porque es triste vivir sin dar conciertos, sin el afán de las tocadas; es triste estar sin el contacto con la gente, sin el murmullo de la butaca; es triste estar sin música en los dedos, sin letras dando vueltas la cabeza; es triste sacar todo un disco con 13 canciones y sentir que no vuelan, que creaste canciones sin alas. Nos inventamos esta ch’alla gracias a los jóvenes gestores culturales de 8B Departamento Cultural de Cochabamba. El 8B se debe a la generosidad del cantautor y guitarrista Mauricio Canedo y de su esposa, la artista audiovisual Gabriela Olivera, quienes decidieron abrir las puertas de su casa a los artistas, entonces el living y comedor hacen de pequeño teatro algunas veces, otras de set de fotos y sesiones de video, en el fondo de la casa hay pequeñas aulas; es departamento porque al inicio, hace tres años, todo transcurría en un departamento, sin embargo la pareja se animó a cambiar el departamento por una casita, está lindo, extenso, el 8B.

Decidí tocar con el mismo trío del anterior streaming, el de inicios de octubre del año pasado. El  Papirri y su trío Cochala suena sólido, Luis Mercado en la batería y percusión es un músico cabal, un artista que ve la batería como un instrumento de percusión y eso se agradece. Hugo de Lafuente es un excelente bajista, ambos estudiaron en la Escuela de Música Popular de Avellaneda (EMPA), una institución pionera del Gran Buenos Aires que forma a músicos populares. Sinceramente, en Bolivia no creo que haya músicos solo de música “culta”, todos hacemos música popular, sin embargo los Conservatorios no lo consideran y nos alejan de los centros de formación, en mi generación teníamos que estudiar teoría de la música cuatro años para recién hacer sonar algo, aunque sea una lata de aceite. La EMPA llena este vacío, los chicos agarraron sus maletas y se fueron para allá, su formación no es solo musical sino también de tecnología del sonido, están bien actualizados, ensayar con ellos es un gran alivio, tocar un enorme sostén pues ya los años pesan. Más aún porque —a la vejez viruela— me dieron ganas de tener una guitarra eléctrica, todo el mes de marzo estuve con esa idea adolescente, tomé contacto con un excelente guitarrista eléctrico, Juan Ernesto Saavedra, fue mi guía sobre las alternativas, precios, modelos, una búsqueda tensa que concluyó con la compra de una guitarra que estabaen remate, de media gama, una estilo Stratocaster medio chutita, pero bien nomás está.

En el primer ensayo, hace una semana, me emocionó tocar Un k’usillo en Nottingham con esa guitarra eléctrica, se me salieron unas lágrimas al cantar y pensar en mi hermano que está como la canción, el sonido de mi Tocai (así es la marca) salió pleno en esta canción, mis dedos buscaban sosiego y a la vez emoción, eso era lo mejor, hacer menor esfuerzo articular con resultados sonoros extendidos a diversos timbres debido a una palanquita que te lleva a cinco diferentes. Lo jodido es acostumbrarse a las cuerdas de metal, che, las cuerdas son rudas, las yemas se fríen en un sartén metálico, hay que acostumbrarse, sin llorar.

También me emocionó mucho ver mi cuadernito de canciones donde pongo las letras, estaba desabandonado, polvoriento, tenía anotaciones del concierto anterior, decía 10 de octubre de 2020, se notaba temor para cantar algunas canciones, los golpistas todavía estaban en el gobierno, los motoqueros fascistas podían lastimarnos. Hoy cantamos lo que el alma pida, por eso este concierto es una celebración, un agradecimiento a los poderes superiores que nos permiten aún cantar, una celebración a la vida, un disfrute democrático, el placer de cantar nuevas canciones en libertad y aún con salud. 

Hoy martes grabamos el concierto que se emitirá el sábado 10 y domingo 11 de abril, apóyennos llamando a la productora Amalia Canedo a los celus del artecito. Interesante ver al Papirri con su guitarra eléctrica, interesante ver un streaming con cuatro cámaras, con buen sonido y luces, interesante escuchar las nuevas canciones del disco 60 A, mezcladitas con varios hits, interesante apoyar a los artistas nashonales. Estamos vivos. Respiramos. Todavía cantamos. Estamos algo solos. Algo gordos. Bastante achacosos. Entonces, mientras se pueda: ¡bien le cascaremos con un Ch’utis!

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Comparte y opina: