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Ramón Rocha Monroy: ‘Perdí al 90% de mis amigos’

EDICIÓN.El escritor Ramón Rocha Monroy junto a la editora Alejandra Carranza, de Mefistofelia.

/ 14 de abril de 2021 / 13:17

El escritor cochabambino ha publicado una nueva obra literaria (corta) tras siete (largos) años de silencio. Es un tributo a su hijo y al rock. El autor además cree que la narrativa boliviana debe retornar a lo nuestro

Ramón Rocha Monroy está de vuelta. Después de siete años de “silencio”, el escritor con pseudónimo misterioso (“Ojo de Vidrio”) ha lanzado estos días su última novela —corta—, un homenaje a su hijo Ariel y su afición/devoción por el rock que lo llevó a abrir tres templos rockeros en Cochabamba: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. Su nombre: Pedro y María. El ganador del Premio Nacional de Novela en 2002 con Potosí 1600 ha publicado más de 30 libros en diferentes editoriales pero ahora se ha decidido por una editorial independiente/artesanal dirigida por una mujer, Alejandra Carraza Gómez-García, poeta paceña, comunicadora y filósofa que hace años estaba a cargo de la revista de literatura Cien de Cien. El libro fue presentado el pasado 2 de abril en la Llajta en la plaza Colón y cuenta con una tapa diseñada por Sergio Condori Aguilar. Pedro y María narra la vida alterada de un matrimonio joven de empleados bancarios a raíz de la llegada a su hogar de un extraño gringo de pelo largo, una verdadera enciclopedia del rock y sus excesos.

Pedro y María es una charla de rock, es una novela de misterio y fuga —“este hombre sabe más de lo que dice”—, es un homenaje para tu hijo y sus boliches rockeros. ¿Es el divertimento más extraño de tu obra?

—Es un ajuste de cuentas con un pasado signado por la política y la dictadura militar, que a algunos nos empujaba al trabajo de resistencia y a otros al hippismo, a la yerba, al rock en inglés o venido de Argentina. Pero muy por debajo latía la influencia del rock. No hay que olvidar que yo soy menor que Los Beatles, los Rolling Stones y tantos otros. Tomé un argumento anotado por Nataniel Hawthorne para ver cómo, si varías el contexto, tienes otra cosa. Es como La montaña mágica, pero sin tuberculosis, con cáncer. Me sorprendió cuánto sabe mi hijo mayor Ariel sobre rock y él me dio por primera vez el rock en español, pero venido de México: no solo de Buenos Aires.

—En la novela también se puede “observar” tu pasado rockero, tus andanzas en La Paz de pinchadiscos y cassettes, ¿hay una cierta nostalgia destilada de lo que llamas “la generación del empute”?

—Es algo en lo que insisto en mi docencia de filosofía política. La “generación del empute” se remonta a los inicios del siglo XX con el existencialismo, recrudece entre guerras y se masifica con la segunda posguerra europea, que no mundial, con los hippies, Vietnam, el rock, que tiene antepasados negros en el blues, el jazz, el rythm and blues y el rock and roll. Desde entonces hay una rebeldía innata, sobre todo en los jóvenes, que algunos la llaman contracultura y yo “generación del empute”. Y no tiene solución porque es una crisis global de Occidente, que se manifestó en París en 1968, en México el mismo año y en Tiananmén más tarde. Nadie sabía por qué había consignas tan raras: los cronopios versus el sistema.

—¿Es ahora más que nunca necesario reivindicar esa rebeldía que tuvo y ya no tiene el rock?

 —La novela es un réquiem a tres boliches que alentó mi hijo Ariel, que quebraron antes y luego de la pandemia: La Guadalupana, La Tirana y La Tirana y Olé. El rock tiene hoy poca rebeldía; es tan solo una rebeldía de Charly García, Spinetta y Lito Nebbia en Buenos Aires; de Alex García, Rockdrigo González y Cecilia Toussaint en México.

Foto: Ricardo Bajo

—Sobre la novela navega el malditismo y el culto al exceso tatuado en el ADN del rock, con muertes, sobredosis, carretera y héroes abandonados en el camino. En el panorama boliviano hemos padecido/gozado ese universo pero a baja escala/intensidad. ¿Por qué no había hasta ahora una novela boliviana con riffs afilados de guitarra de fondo?

—Es que los de clase media somos muy modositos, y todos los escritores y lectores son de clase media. Yo he perdido al 90% de mis amigos por razones políticas, como si éstas abarcaran una vida, y no es así. Sin embargo, pago el precio porque nadie compra mis libros, las editoriales no me tiran pelota y las entiendo. Por eso, hay que cambiar de vida y conseguí una editorial artesanal, Mefistofelia, que me cobra baratísimo y vende también muy barato. No me interesa ganar dinero sino lectores. La crisis se nos viene y hay que cambiar de modo de vida.

—La novela cae en el estereotipo de la vieja estrella del rock escondida en el secretismo junto a su inevitable característica de portento sexual. ¿Es algo inevitable para la construcción del personaje?

—Eso quizá era antes. Hoy la yerba y en general la droga han caído sobre las bandas. Es imposible aguantar el ritmo de antes sin estimulantes. Pero hoy, con la pandemia y la crisis, los músicos no saben ya qué hacer. Están desocupados.

Monroy en su inseparable bicicleta

—De todos los músicos/bandas que caminan por la novela, ¿cuáles son tus favoritos?

—Los viejos. Joe Cocker, Keith Richards, Janis Joplin y Jimi Hendrix. Mick Jagger tuvo una mujer compartida con Keith, que cantaba temas de Los Beatles y era muy linda. Acabo de verla en una película, se llama Marianne Faithfull, una señora gordita, todavía guapa, que hace en el filme la paja a quienes meten el miembro por un orificio en un “sex shop” de Londres. Pero le da “codo de tenista”, es decir, tendinitis a la cual yo la llamo “codo de pajera”. La peli se llama Irina Palm(2007) de Sam Garbarski.

—¿Por qué no hay rock boliviano en la novela, por qué a veces parece que nuestro rock ni siquiera existiera para el resto del mundo?

—Yo no diría eso. Basta leer el libro de Marco Basualdo o recordar a Wara. Aquí hubo fusión de rock y folklore, pero somos un país chico y no trascendió. Cuando yo era adolescente, los artistas eran fonomímicos y así se presentaban. Mira lo que recorrimos.

—¿Cómo has trabajado la crítica/condena social que subyace en la novela contra esa pareja de bancarios, contra esa clase media cochala/boliviana que se cree “blanca” y sale como aspiración en las páginas de “sociales” de los periódicos?

—No debe haber jóvenes más domesticados que las y los bancarios, tan lindos, tan impecables, tan modositos. Pedro y María son bancarios: ganan un concurso para atender hasta sus días a un gringo de la tercera edad y las sorpresas vienen desde la recepción en el aeropuerto. Ellos esperan un gringo viejito, de corbata michi, camisa rosada y sombrero de paja y se encuentran con un calvo melenudo, de guayabera y borracho, que trastorna la recepción y va a la fiesta metiéndole mano a una chica, jalando y bebiendo Jack Daniels delante de todos. Ya digo: perdí al 90% de mis amigos por esa razón; pero todo arte es puro “cover”. Y los clasemedieros se parecen en todo el mundo. No son nada originales. En cambio, acercarse a una realidad concreta, por ejemplo, la Bolivia profunda, es siempre único, irrepetible.

—Has optado por una editorial artesanal y una distribución casera/personal, puerta a puerta. ¿Por qué has dejado los sellos editoriales de “prestigio” que antes publicaron tus novelas? ¿Cómo ves el panorama literario nacional?

—Hay unos cuantos que todavía conmueven a las grandes editoriales. Que no es mi caso. Entre nosotros hay imitadores hábiles: un poco de Borges, un tanto de Vázquez Montalbán, otro poco de Paul Auster y John Cheever y Raymond Carver. La literatura nacional no será original si no se acerca a fenómenos como el Gran Poder en La Paz o sus laderas; a la copla cochabambina liquidada por la morenada y a las bandas orureñas del Carnaval. En suma, volver a lo nuestro.

La tapa del nuevo libro del autor

—¿Dónde han quedado tus textos gastronómicos, abandonados en un cajón junto a tu querida bicicleta?

—En absoluto. Mi amigo Ingvar Ellefsen publicó Memorias de un Gastrósofo, que contiene dos textos ya agotados, Crítica de la sazón pura y Todos los cominos conducen aroma junto a un tercer libro inédito, Comer y descomer. Pero justo coincidió con la pandemia y no se lo pudo presentar. En cuanto a la bicicleta, que manejo hace 30 años, últimamente es lo único que monto.

—¿Cómo sobrevives en esta Bolivia polarizada que por un lado pide justicia por el golpe, la corrupción del gobierno de facto y las masacres y por otro lado sigue hablando de fraude y dictadura?

—El triunfo del actual presidente Arce fue un balde de agua fría para los “pititas”, que quedaron mudos de asombro. Quizá era mejor pedir justicia de inmediato, pero la justicia es lenta. Tiene sus protocolos y todavía no se los ha cumplido. Entonces hay sectores urbanos que piden reconciliación, no volver los ojos atrás, mirar al futuro sin venganzas. Pero ¿y los muertos de Senkata y Sacaba y otros lugares? ¿No cuentan porque los muertos son pobres y anónimos? ¿No habrá justicia para ellos? Si no se hace justicia, ¿no habrá otros personajillos que cometan tantas barbaridades? La ley obliga a gobernantes y gobernados. Gobernar en democracia no es fácil. Pero para eso tenemos más del 55 por ciento de apoyo, el 40 por ciento del voto urbano. ¿Vamos a transigir con grupos pequeños pero ruidosos de presión? El presidente Arce lo está haciendo muy bien: ha desarmado el paro médico con la aplicación masiva de vacunas; y no hay que olvidar que el “comiteísmo” cruceño vive sus últimos días. En Santa Cruz hay mucha gente inteligente que no sé por qué guarda silencio.

—¿Qué estás leyendo y escribiendo ahora?

—Tengo siete obras inéditas, entre ellas una novela larga y varias cortas, biografías y filosofía política. Incluso la segunda parte de Pedagogía de la Liberación. Leo mucho y es inevitable escribir, aunque no publiques.

La novela ‘Pedro y María’, a 20 pesitos, se puede adquirir en la tienda de la editorial artesanal Mefistofelia en Cochabamba: calle Juan de la Reza, entre Hamiraya y Tumusla, en el WhatsApp 72217747, en la página de Facebook de la editorial y contactando al propio autor en el edificio Zafiro, calle Chuquisaca esquina Antezana, frente al restaurante Paprika. “Díganle al conserje y ya”, dice suelto de cuerpo el bonachón de don Ramón.

INTI, la drag boliviana que brilla en Europa

Nació en La Paz y a sus 20 años de edad fue seleccionada para participar en el afamado reality show Drag Race España que se inicia a fin de mes

/ 9 de mayo de 2021 / 20:30

Su encanto es divino. Quizá por ello el nombre de Inti, el del dios sol quechua, le cae tan bien. “Lo elegí porque es un reclamo a mis raíces. Surge porque como voy viviendo en España por 17 años, nunca pude volver a Bolivia, al principio por papeles y después por razones de dinero. Por eso trato de conectarme con todos los recursos que tengo con mis raíces, soy un niño en la diáspora que trata de reconectarse”, explica con una voz dulce pero muy decidida. Inti ha sido elegida entre las 10 participantes  de la primera temporada de Drag Race España, una adaptación del premiado reality show RuPaul’s Drag Race, ganador de 19 premios Emmy, y que se podrá seguir a través de la ibérica plataforma de pago Atresmedia Premium desde el 30 de mayo.

Ahora tiene 20 años de edad. A los tres, José Otero Aguilera dejó su natal La Paz con la familia y nunca más regresó. Actualmente reside en Amberes, Bélgica, desde donde conversó con ESCAPE. “Soy de La Paz, pero no me acuerdo de nada, nunca pude volver”. Como artista multidisciplinaria ha asumido el nombre de Inti, aunque no se considera exactamente una drag queen, pues no exagera lo femenino. “No soy un drag queen convencional, yo hago drag, que es como me presento al mundo. Yo utilizo mi cuerpo como lienzo para cosas que siento, que quiero enseñar o mostrar visualmente algo estético”.

Cuando José tenía 16 años ya empezó a experimentar con el maquillaje. Inti nació en 2018, por invitación de Putochinomaricón, cantante, artista y activista LGBTI, para actuar en una discoteca en Madrid.

“Fue como una reunión familiar. Nos dijo que se trata de bailar y acepté. Salió algo bonito y muy especial”, recuerda.

SHOW. La primera temporada de Drag Race España se verá por ahora en el país ibérico, pero se podrá seguir su desarrollo en redes sociales

Cuando se supo que la organización del reality show buscaba a las primeras participantes, Inti les envió algo en línea y dio la casualidad de que la estaban buscando. Entonces le pidieron que haga un video de 10 minutos para el casting, donde hable de su vida, de dónde viene y sobre cómo es su drag. Salió entre las 10 seleccionadas. Les gustó.

“Como modelo desde los 14 años, estoy muy conectado con la moda. En el show quería mostrar una imagen subjetiva de los indígenas en España, porque siempre se nos ha puesto como horribles”. Para participar necesitó mucho dinero: “Es carísimo, hay que preparar tacones, pelucas, maquillaje, vestuario… ha sido muy muy duro. No me lo esperaba ni yo, pero ha surgido y todo salió bien”.

Su familia le apoya mucho. Tiene tres hermanos que son sus fans y su madre, que tiene un negocio de uñas, le apoyó con tan importantes implementos.

Dentro de las grabaciones, pudo mostrar quién era en las pruebas de baile, sesiones de fotos, actuación, diseño y confección de trajes, modelaje y el lip sync, característicos de la franquicia. “Lo más difícil es gustarle al jurado —los presentadores y directores Javier Ambrossi y Javier Calvo y la diseñadora Ana Locking—, porque todo lo demás me resultó un reto. Fue divertido hacer cosas que no he hecho en el día a día, cosas diferentes y graciosas”.

El respaldo de los bolivianos ya se ha hecho notar en las redes sociales y le estarán apoyando en el transcurso del programa. “Es muy fuerte, es la mejor gente del mundo. Hay mucho amor, no me lo esperaba, Hice este programa imaginando que solo sonaría en España, pero hay mucha gente que se siente feliz por mí. Lo hice un poco por eso, para ser una representación de los bolivianos y los indígenas”.

Es así que, pisando fuerte, Inti ingresó para mostrar su posición en el mundo: “Las personas indígenas queer existimos, las personas van a ver que lo hacemos de una manera bonita”.

FOTOS: DANIEL DOMENECH Y CORTESÍA DRAG RACE ESPAÑA

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Cuadros virales: retrato de pandemia

La artista Ejti Stih expone sus nuevas obras en la galería del Paseo Aranjuez en Cochabamba

Por María José Richter

/ 9 de mayo de 2021 / 20:16

Multitudes con barbijos  o individuos aislados parecen retratar el miedo, la angustia e incertidumbre de un contexto marcado por la enfermedad. Acuciosa cronista pictórica de todo lo que sucede en Bolivia, especialmente en Santa Cruz, la artista Ejti Stih plasma nuevamente en su trabajo el contexto que hoy trastoca la vivencia humana.

“Pinto lo que pasa en la sociedad, trato de reflejar en los cuadros la realidad que se vive en el momento. Todos, en todas partes del mundo, vivimos desde hace un año la realidad del virus”, cuenta la artista plástica que llegó a Bolivia hace cuatro décadas desde Kranj, Eslovenia, y decidió quedarse atraída por Santa Cruz de la Sierra. Su obra llegó a Cochabamba, donde actualmente se exponen sus Cuadros virales. La exhibición está montada, desde hace unas semanas, en la galería del centro comercial Paseo Aranjuez (ubicado en la avenida América esquina Pantaleón Dalence de la capital valluna), uno de los nuevos epicentros culturales, comerciales y gastronómicos de la ciudad valluna.

“El nombre lo escojo un poco en broma, porque viral es algo que se hace muy popular, pero también un virus que se expande. Esto en muchos sentidos, por la pandemia, por ejemplo, hemos empezado a compartir todas nuestras actividades en las redes”, comenta.

“Todo este material, todos los videos y fotos de las personas buscando formas de sobrellevar la pandemia han generado un buen humor y mucha esperanza; mis cuadros cuestionan estas actitudes y las retratan”.

Uno de los cuadros está marcado por el uso de los barbijos en los rostros de las mujeres y los hombres. “En esta época, muchos dicen que el barbijo sirve, otros dicen que no. Unos hablan de un tipo, otros de otro. A estas incertidumbres me refiero”. En otro de ellos, rostros atentos miran fijamente a una persona que está siendo vacunada. “El cuadro Esperanza retrata a varios ojos atendiendo a una persona que es inoculada, todo el mundo alrededor la mira. Hay mucho asombro al respecto”.

TÉCNICA. Más de 10 cuadros están pintados con acrílico sobre lienzo, uno de los materiales favoritos de la artista por su rápido secado. Foto: Ejti Stih

Pintados con fuertes pinceladas de acrílico sobre lienzo en una paleta en que predominan los rojos y amarillos, como evocando La Comedia de Dante, donde sol e infierno se reúnen, las multitudes en muchos de los cuadros parecen cuestionar la vida. “Son tiempos salvajes. Me pareció usar esos colores intensos porque son adecuados para nuestros tiempos. Los colores reflejan lo que se vive ahora. Los colores que uso se los debo a la cultura latinoamericana”, agrega la artista.

A la manera de una crónica satírica, las pinceladas registran su contexto y entrelíneas sugieren nuevos sentidos. “Me interesa mucho estar conectada con la realidad, de esa manera también me conecto con el público. El arte, para mí, es principalmente una forma de comunicación entre lo que dice la obra y lo que rescata el público, su lectura. Se pueden usar diferentes recursos. Mi mirada es a veces irónica, a veces grotesca. Esta vez está llena de humor, el humor no debería ofender a nadie”.

Foto: Ejti Stih

Cuadros virales se exhibe por el momento en Cochabamba. “La gestora de la exposición fue Drina de Guzmán, con ella hemos organizado en distintas ocasiones encuentros artísticos en Santa Cruz y Tarija. En esta ocasión, la gente que transita el centro comercial mira los cuadros y eso está bien. Yo soy partidaria de la idea de que el arte no tiene que estar bajo siete llaves —esto es bueno para el arte y para el artista—, por eso mismo me gustaría mucho que esta exposición viaje un poco por las ciudades del país”.

La exposición está compuesta por más de 10 cuadros. “Los cuadros están a la venta, no sé realmente quiénes querrán mirar en su pared la historia del virus, pero es quizá una forma, en algún momento, de saber que lo hemos superado. Todavía no estamos fuera de esta tristeza viral, pero llegará”.

Ejti Stih (1957), hija de padres artistas —madre pintora y padre escritor—,  estudió artes en Eslovenia. En 1982 decidió viajar a Bolivia. Al poco tiempo, la artista se estableció en Santa Cruz. Obtuvo la nacionalidad por su matrimonio y por el asombro que este lado del mundo le causó. “Me pareció un país tan especial, distinto y exótico que fue amor a primera vista”. Desde entonces, realizó exposiciones (ilustraciones para libros y pinturas en diferentes formatos, instalaciones y cerámica) en todo el país y participó en bienales del extranjero.

Foto: Ejti Stih

Obtuvo varios premios que reconocieron su arte, entre ellos el premio en la categoría Pintura del Salón Municiapl Pedro Domingo Murillo (La Paz) con su obra Amor a la costura en 1987 y en 1989 ganó en Dibujo con la obra La siesta, el primer premio en cerámica y pintura en la Bienal de Artes Plásticas de Santa Cruz en 1993 y el premio de la Crítica a la Mejor Exposición de Viña del Mar (Chile) en 1997.

Desde 2005, junto a los artistas Juan Bustillos y Valia Carvalho, dirige el espacio artístico Manzana 1, ubicado en un edificio colonial del centro histórico cruceño.

El uso de colores vibrantes —salvajes como acontece esta vez, pues así lo describe su autora—es uno de los principales rasgos de su obra pictórica. El otro es la lectura del entorno y lo que él evoca. Cuadros virales reúne ambos, convirtiéndose así en un intenso retrato y registro emotivo y en constante cuestionamiento de la pandemia del coronavirus.

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EL PADRE

El escritor y director francés Florian Zeller acierta dosificando cuidadosamente la emoción en una película necesaria

Por Pedro Susz K.

/ 9 de mayo de 2021 / 20:05

Para los espectadores persuadidos de que se va al cine tan solo en procura de entretenimiento no resulta recomendable este estreno, tampoco para quienes estén experimentando o hayan transitado por una circunstancia similar, aun cuando, eso sí, unos y otros se perderán una de las películas recientes más atendibles.

En esta ópera prima cinematográfica el dramaturgo francés Florian Zeller traslada a la pantalla su obra teatral homónima metiéndose en la piel de un octogenario acosado por una progresiva demencia senil que le obstaculizará distinguir con un mínimo de claridad y orden el acontecer circundante, invadido en su tambaleante imaginación por la incertidumbre, la mezcla de rostros atribuibles a un mismo familiar y el sentimiento de que todo alrededor conspira para internarlo en un instituto geriátrico despojándolo de aquellos bienes y referentes que configuraban su vida en trance de fragmentarse en una serie de recuerdos entremezclados en el modo de una pesadilla cerrada donde las situaciones aparecen a cada instante impregnadas de los deseos, los sueños y los miedos que borronean la realidad. Así el mundo de Anthony, el protagonista, se transfigura en una suerte de caos en el cual el tiempo y el espacio dejan de responder a las figuraciones interiorizadas y nada es ya aquello que aparenta ser.

En el arranque de El padre, el hace algunos años jubilado Anthony, de físico relativamente fuerte y de carácter próximo a la terquedad absoluta, vive en su departamento londinense disfrutando de la música clásica y deambulando entre los recuerdos acumulados. Da la impresión de tener todo bajo control. Sin embargo su hija Anne, quien vive en otro departamento cercano y lo visita a diario, advierte algunos signos preocupantes, entre ellos el de presentir que a momentos papá la confunde con la hija menor, muerta hace años en un accidente, pero cuya pérdida nunca aceptó. Otro síntoma advertido por Anne de que algo no anda bien es enterarse de que fue despedida la enésima acompañante que contrató, a la cual luego de haber intentado seducir Anthony echó a la mala, acusándola de haberle robado su reloj preferido. La preocupación de Anne se acentúa al máximo puesto que planea trasladarse a París para convivir con un nuevo compañero ya que su matrimonio naufragó. Y el desasosiego alcanza cotas insoportables cuando al informar al progenitor de su intención éste reacciona de inicio con ironía, enseguida reemplazada por insultos de todo calibre, sumiéndola en la duda de no saber cómo hará para conciliar su obligación de cuidarlo con su derecho a una vida propia.

Pareciera que todo responde al formato convencional de tantas historias semejantes acometidas por el cine, pero enseguida todo desborda ese patrón cuando cada una las apariencias cobra un acento condicional, no bien la narración adopta el punto de vista de ese hombre con la memoria trizada y atenazado por el sentimiento de ya no tener nada claro.

Mostrando una soltura narrativa inusual para una película primeriza y a diferencia de lo que suele advertirse en las trasposiciones a la puesta en imagen de una obra teatral, Zeller consigue que la suya no se limite a ilustrar aquello que acontece en un limitado entorno donde los pocos personajes del original recitan enfáticamente sus diálogos que la cámara se restringe a mostrar con mayor o menor cuidado en la iluminación, y el montaje se contenta por su parte ensamblando los fragmentos, las escenas, con el debido cuidado para que la sucesión no provoque en el espectador ningún despiste.

PREMIADO. Anthony Hopkins nació el 31 de diciembre de 1937 en Margam, Reino Unido. Este año se llevó el Oscar a Mejor Actor. Foto: Internet

En el caso de El padre, sorteando, se dijo, las recetas convencionales del teatro filmado, la fluidez del relato sugiere, más enseguida desdice, la apariencia lineal de una progresión de momentos continuos, alterada aquí constantemente por pequeños cambios en el encuadre, la vestimenta, el maquillaje incluso, amén de haber tomado en préstamo un recurso de El oscuro objeto del deseo (Luis Buñuel/1977): consistente en que varios actores asuman un mismo papel. Así va empujando al espectador a sintonizar con las alteraciones mentales del protagonista y sus desordenadas fluctuaciones entre el pasado, el presente y las figuraciones de aquello que el anciano en el limbo se figura haber vivido o estar a punto de vivir.

Resulta claro que el trabajo de Zeller, el cual en momento alguno persigue manipular la sensiblería cayendo en la trampa de la lágrima fácil, elude reducirse a acumular golpes al hígado o gestos enternecedores procurando despertar lástima por el personaje, o por la familia que acompaña entre resignada y desesperada el sufrimiento de la persona amada, manteniendo en todo momento el enfoque en lo que Anthony siente y experimenta a medida que se va desmoronando sin asomo de conformismo, pero al mismo tiempo ayuno de la mínima posibilidad de fugar a su suerte.

El  gran acierto del enfoque optado para abordar semejante tránsito hacia la nada es que consigue mostrar de manera casi brutal el trastornado universo mental de aquel, franqueándonos el acceso a lo que acontece, por así decirlo, dentro de su cabeza en lugar de adoptar el punto de vista de un observador externo condolido por lo que ve desde mayor o menor distancia. De tal suerte que lo que comenzó como un drama de curso fácilmente adivinable, de un melodrama de vademécum si se prefiere, muta en la representación claustrofóbica de la demencia, alternando momentos de humor negro, de suspenso, de thriller sicológico y de ese vacío abismal inescapable, lo mismo para el protagonista como para el espectador.

Otra atinada decisión de Zeller estriba en la forma de mostrar paralelamente la demencia desde dentro y desde fuera de esa aterradora vivencia. Dicho paralelismo es fundamental para sumirnos en el desconcierto de Anthony, pues en ningún momento tenemos ninguna certeza de saber si lo que éste cree estar viendo efectivamente sucede, y cómo el director no cede a su vez a la tentación de mostrar algo y de inmediato “aclarar” que no era cierto, nos deja la tarea de someter a examen nuestras propias sensaciones preguntándonos sin pausa sobre los límites entre la realidad y la ilusión.

Desde luego la fantástica y precisa, atrapante, composición de Anthony Perkins es el principal puntal que sostiene la andadura de El padre. Resulta desde ya problemático encontrar el adjetivo preciso para calificar la memorable faena de Hopkins quien no interpreta su personaje, lo asume de pies a cabeza con un resultado que puede tildarse como desgarrador, estremecedor, imponente. Dejo a elección del espectador elegir el que prefiera de ese menú, u otro, que de seguro igual calzará a cabalidad.

Hopkins circula sin esfuerzo, aparente al menos, de la ternura a la indefensión, apelando en varios momentos a pequeños gestos: una mirada amorosa o desorientada, una sonrisa casi pasajera, transformada al instante a una explosión irascible. Cuenta, claro, con el apoyo de un macizo guion y con una historia sólida e intensa que no deja lugar a la distracción o la indiferencia. 

Reiterando una vez más la prolijidad de la puesta en imagen para apartarse del teatro filmado, sin resignar la intimidad de la obra dramatúrgica original, es preciso relievar cómo se ha trabajado la visualidad espacial introduciendo constantemente cambios casi imperceptibles en la angulación, el enfoque, la disposición de los objetos que rodean al protagonista, en particular las pinturas colgadas en las paredes, para transmitir la pérdida de orientación de éste. Por su parte la banda sonora compuesta de una mezcla de fragmentos de ópera y composiciones de Ludovico Einaudi, suma al incesante enrarecimiento del clima  que envuelve a ese anciano vulnerable que puede pasar en el segundo siguiente a una actitud despótica, o que es a la vez víctima y victimario, un ser encantador, trocado enseguida en otro extraviado en el despiste absoluto. Tampoco puede dejarse sin mención el magistral montaje de Yorgos Lamprinos, aportando a la trasmutación de la teatralidad en cinematografía pura. 

En buenas cuentas, una película necesaria —para no apelar al lugar común tildándola de aconsejable—, donde la emoción cuidadosamente dosificada deja huellas mucho después de encenderse las luces de la sala.

FICHA TÉCNICA

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La Grosería: la celebración es todos los días

Ubicado en la calle Sagárnaga, este local ofrece freak shakes, una combinación de malteada, torta, crema, jarabe y dulces; además de cervezas artesanales

El local La Grosería

Por Marco Fernández Ríos

/ 9 de mayo de 2021 / 19:59

Abrazados por una música apacible, Laura se acerca a la mesa con una bandeja. En ella hay dos freak shakes, cada uno con malteada, torta, crema de leche, chocolate derretido y dulces como decoración. Da miedo.

¿Es posible terminar este postre sin morir en el intento? ¿Esta crónica puede comenzar con una historia triste? A pesar de llevar el barbijo de bioseguridad, Laura Mita (35 años) refleja alegría en su mirada. Después de dejar las supermalteadas, se sienta y empieza a contar que ella y su pareja y socio, Franklin de las Muñecas, son ingenieros medioambientalistas.

Todo iba bien en la carrera de ambos hasta que, en 2016, falleció Juan Carlos Mita, el padre de Laura. Para ella fue como si el mundo se terminara, pues compartían muchas actividades, en especial el cariño por los “fierros”, es decir los automóviles y las motocicletas.

Foto: Salvador Saavedra

A partir de ese momento se dio una pausa en el área medioambiental y entró en una etapa de depresión. “Necesito que vuelvas a ser la de antes. ¿Qué quieres hacer?”, preguntó un angustiado Franklin. Entonces resurgió la otra pasión de Laura: la repostería. El horno, la harina y los demás ingredientes la retrotraen a su infancia. “Mi mamá (Susana Alanoca) siempre ha cocinado para festejar algo. Entonces, para mí, la cocina es una celebración”, cuenta Laura.

Ante esa situación, Franklin le preguntó a Laura qué le volvería a animar, ella respondió: “Quiero abrir una pastelería”. Así nació La Grosería, a finales de 2017, en un pequeño espacio de la avenida Sánchez Lima, en Sopocachi.

Foto: Salvador Saavedra

Muy pronto consiguieron el éxito, gracias a los freak shakes, una mezcla de malteada con torta, sobrecargada con crema y golosinas, con un decorado que encandila y al mismo tiempo asusta al paladar. Con el enorme vaso en la mesa, cuesta decidirse por dónde empezar. Como indica el dicho, a nadie le amarga un dulce, más aún cuando se trata de una de las especialidades de Laura. Hay que empezar por sorber la malteada, una bebida dulce y fría a la vez, que refresca y genera una sonrisa de satisfacción.

Para los emprendedores, los tiempos de crisis se transforman en oportunidades. Eso pasó con La Grosería, porque, debido a la pandemia del nuevo coronavirus, tuvieron que cerrar el local de Sopocachi.

Foto: Salvador Saavedra

Al poco tiempo, a Laura y Franklin se les presentó una oportunidad inmejorable: ocupar una casa amplia en la calle Sagárnaga, dentro de la zona turística de la urbe paceña. De esa manera, La Grosería volvió con sus dulces tentaciones en abril de 2020.

Ya sea un gore shake (malteada con galleta, muffin, crema, una minirrosquilla y jarabe), un shake it up (malteada, dulces, cupcake, crema, minirrosquilla y crema) o un the lady in red, los fuertes sabores se apoderan del paladar y se convierten en una grosería.

¿Y Franklin? Por cariño a Laura, también eligió alejarse de su trabajo medioambiental para dedicar su tiempo a La Grosería. Ahora se encarga de la administración, pero también se especializó en cervezas artesanales.

ARTE. Divertidas pinturas murales y un ambiente acogedor acompañan los freak shakes y las cervezas en La Grosería, ubicada en la calle Sagárnaga. Foto: Salvador Saavedra

“Cuando empezamos pensé que había como 15 cervecerías. Al conocer cada vez más, me di cuenta de que en Bolivia hay más de 80 marcas”. Una de las paredes del lugar está adornada con cientos de bebidas hechas a base de cebada, lúpulo y agua.

No se trata de un sabor, sino de una variedad de sabores, colores y aromas, que van desde un stout —con una intensidad de café— hasta sabores frutales, como maracuyá. Como buen conocedor de esta bebida, Franklin está atento a guiar y ayudar a elegir la cerveza ideal para cada visitante.

“Estamos felices de contar siempre con el apoyo de nuestras familias, del apoyo incondicional de nuestros amigos y de la gente con la que trabajamos”, dice Laura, con una alegría que trasciende el barbijo.

No solo se vive de postres

La Grosería tiene un menú amplio de postres y cervezas artesanales, pero no solo se vive de postres, así es que hay otras opciones, como jugos, milanesa napolitana, costilla a la barbacoa, pizzas, hamburguesas, desayunos variados y otros manjares.

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El bar de malteadas abre de martes a domingo, entre las 10.00 y 21.00. Para hacer reservas o consultas, llamar a los teléfonos 67009254 y 67005864, en el muro La Grosería, en Facebook.

CUIDADO DE EDICIÓN: ESCRITECA

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VOLVER AL ESCENARIO

Qué hermoso fue volver al escenario, reencontrarme con mis músicos paceños, las luces de colores dándote en la cara, los monitores orejones, los micrófonos puntiagudos, la distancia de la escena con el público (¿público?, sí… había unas 25 personas)

Por El Papirri

/ 9 de mayo de 2021 / 19:52

CH’ENKO TOTAL

Qué hermoso fue volver al escenario, reencontrarme con mis músicos paceños, las luces de colores dándote en la cara, los monitores orejones, los micrófonos puntiagudos, la distancia de la escena con el público (¿público?, sí… había unas 25 personas), una emoción nuevita luego de haber realizado cuatro streamings medio cojudos en soledad total. Sí pues, el último concierto en serio en La Paz fue en mayo de 2019, dos años habían pasado, che. Considerando que toqué en el Teatro Vinilo de Buenos Aires el 23 de febrero del año pasado, pues sí… es muuucho tiempo lejos de escena.

El concierto del viernes 23 de abril de 2021 en el Patio del Ministerio de Culturas, espacio denominado la Casa del Artista, fue gracias a que postulé al programa Encuentro con los Artistas que está promoviendo esta cartera de Estado. Otra vez tocar con la batería alegre de mi amigo Vico Guzmán, con el bajo sensato de Raúl Flores, con la sorpresa de saxos y flautas de Roby Morales, el charango posmoderno de Ariel Quispe y con la presencia de un gran artista, un cantante único, además de creador de bellas canciones: el notable David Portillo.

Francamente el streaming es demasiado desértico, más aún para mi música, que convoca la participación de la gente. No existe retroalimentación alguna, el streaming es un concierto sordo, una especie de ensayo con cibercuriosos. Yo amo la improvisación en escena, el mover los pisos del protocolo teatral, convocar al “error”, inquietar, alegrar y hacer pensar a la gente.

Llegué a La Paz, mi ciudad, un domingo helado. Es cierto, se notan los mil metros de subida desde Cochabamba y los 10 grados de bajada de “la clima”, pero mi La Paz me recibe siempre con inmensa ternura, arropándome en sus polleras gigantescas. El Illimani está cada día más hermoso (pese a algunos chinos que dice están merodeando por ahí), la luna paceña en estas noches fue magnífica, romántica. Lo más chistoso fueron los ensayos vía Zoom, debería crearse una plataforma para ensayo de músicos, el sonido llega muy retrasado. Me dejó pasmado que mis músicos no tenían el libro 40 años de canciones que presentamos un mes antes del golpe, tuve que enviarles vía delivery. Ahí nos veías ensayando con el Raúl a destiempo, con el Roby directamente decidí escuchar y corregir sus melodías porque si yo tocaba encima lo confundía más, el Arielito con su charango llegó el miércoles a casa y repasamos no solo las canciones sino también tragedias personales y públicas.

Luego del concierto que fue temprano, a las 19.00 horas, queríamos ir a festejar el encuentro pero nos dio miedo a todos y salimos corriendo rumbo a nuestras camas. Me gustó tocar canciones de mi nuevo CD 60A. Empecé el concierto con El Olvidado, canción dedicada a mi abuelo paterno y al mar boliviano. Me gustó que estén presentes aunque sea 25 personas permitidas por la pandemia. Me gustó escuchar mis canciones conociditas otra vez en la sensibilidad de mis músicos y en los barbijos de los presentes, me emocionó hasta las lágrimas tocar la canción Wiphala con tanta libertad en la garganta, recordando a los mártires que hicieron posible la recuperación de la democracia en Bolivia. Mi canción Ch’utis hizo levantar a la gente de sus asientitos, vi cómo movían las caderas, cómo se reían con sus ojitos con las nuevas metafísicas populares.

En estos días y para generar un poco de billete, puse un aviso de promoción en el Face: Directamente del productor al consumidor, sin intermediarios. Quedan 20 CD’s de la primera Edición del disco 60A, precio oficial 70 bs, oferta a 50 bs. El maravilloso libro 40 años de canciones, precio oficial 100 bs, oferta 80 bs. Aproveche la firma del autor y fotito más de yapa, nos encontremos por la avenida Arce. Interesados contactarse al watsap 732 21878. Y llovieron los watsaps. Gente entrañable vino desde El Alto, desde Laja hasta la avenida, ahí me veías correteando la Arce firmando discos y libros, haciendo el saludo de ch’utis con todo tipo de gentes y edades, familias enteras con wawitas como zampoña pedían sus fotos y dedicatorias a nombres difíciles, una señora se prendió de mi cuello sin ningún protocolo, algunos querían también los libros de Crónicas, di fin a los cuatro libros de Crónicas volumen 1 que tenía en un cajón, las cinco Crónicas volumen 2 que tenía en mi biblioteca también volaron, tendré que conseguir un par aunque sea del almacén de la editorial El Cuervo.

Todavía estaré unos días más en mi ciudad, el invierno nos hace partir de nuevo, tengo la certeza de que mi ajayu está aquí, amo La Paz, sobre todo por su gente tan solidaria, educada y entrañable. Ahora empieza a sonar mi timbre de nuevo. Llegará un joven paceño melómano, dice en su watsap que se compró mi disco Cuentacantos en formato vinilo en Bs 180 ¡No me quiero irrrr! Sin embargo, como dice el tango, mi cuerpo enfermo no resiste más. Gracias La Paz por tanto cariño. Gracias gente hermosa paceña. Gracias Ministerio de Culturas por la oportunidad de volver a un escenario. Bien le hemos cascado. ¡Pa qués decir!

(*) El Papirri: Personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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