Saturday 2 Mar 2024 | Actualizado a 20:00 PM

EL ETERNO RETORNO DE SANTIAGO BLANCO (a puro machete)

Son pocos los autores y personajes de novela negra en Bolivia. El más capo, el más gordo, el más pendejo es creación de Gonzalo Lema

/ 3 de mayo de 2021 / 09:29

Santiago Blanco es un personaje excepcional en las letras bolivianas. Lleva 20 años dando vueltas y resolviendo casos. Expolicía y exdetective, ha aprendido a freír y comer sábado para no morir de hambre y no sentir la discriminación en Villa Montes. Sigue dramatizando sobre su pasado y su moral es la de siempre, flexible. “Blanquito” se nos está haciendo mayor, a medida que envejece, come y bebe más. Ha dejado atrás su etapa más negra, cuando tuvo que vivir debajo de un puente en Cala Cala (Cochabamba) y ahora “disfruta” del calor del Chaco Boreal. Idolatra al Wilstermann del 72 y al Real Madrid de la “Quinta del Buitre” y no olvida sus tiempos de arquero y esa chapa futbolera inigualable, Dormido. Es un perdedor y un hombre terriblemente solo rescatado por Gladys, su memoria/soporte/amor. Su hambre es de sed, conserva una sana gordura y en su última aventura Hola, mi amor (Plural editores, 2021) de Gonzalo Lema vuelve a la pega: balaceras y muertos en la frontera entre prostíbulos de mala suerte con nombre risueños como “La Perla” y boleros que nunca mienten.

Santiago Blanco vive en tres libros de cuentos y en tres novelas de Lema. Y en la patria de papel de muchos lectores y lectoras. “¿Cuándo vas a matar al Santi?”, pregunto al “Chaly” por teléfono y éste responde sin dudar: “es probable que él me mate a mí primero”. Miente el escritor como se mienten en las novelas negras. El abogado/personaje Lema es la elegancia/finura seductora que a Blanco alguna vez le gustaría alcanzar. Por eso, no lo mataría nunca. El machete, sin embargo, asoma vigilante.

—Don Santiago, punateño de corazón, se despide una y otra vez pero siempre vuelve: al amor y a los casos imposibles. ¿Por qué?

—Blanco no es, precisamente, un hombre afortunado. En el amor tiene el remordimiento profundo, una “piedra” grande en el pecho, de no haber prestado la atención debida a sus sentimientos para con Angelina, la adolescente nieta del General que lo contrata para cuidar las manos del Che. Esa desatención provoca el peor de los finales en una historia de amor; en cuanto a Marilú, su esposa de pocas semanas, ella se avergüenza de su carencia absoluta de ambición profesional y provoca la fractura de la relación. Lo presentaba a los amigos como futuro Ministro de Gobierno o futura eminencia en materia penal, y él, mientras tanto, se pensaba continuando de investigador adjunto en la “institución”, algo muy humilde. Creo que hizo bien en dejarla o hacerse dejar; con Gladys es un tema más profundo: ella, una prostituta de prostíbulo clandestino, ha de convertirse en católica militante, catecúmena, 30 años después. Él, investigador entonces, cervecero y mujeriego, ha de seguir siendo lo mismo pese a sus 58 años. Casi es obvio que se manifieste la incompatibilidad. Respecto a la “institución”, Blanco acumula una pesada decepción debido a la corrupción creciente. Un día, esta piedra caliente revienta en muchos pedazos y lo expulsa a la acera, en la plaza principal de Cochabamba, sin edad para jubilarse, pobre y sin futuro. Estas vidas son más numerosas de lo que advertimos. No es nada excepcional.

—El amor con la Gladys, desde la época del “clande” de la calle Calama, ahora se traslada a Villamontes y su “paraíso”. ¿Por qué la Gladys lo perdona una y otra vez? ¿Lo hace a cambio solo de ratitos de felicidad?

 —Sí, creo que es certero afirmar que le bastaban los “ratitos” debido a la vida que ella misma llevaba. ¡Era una prostituta! ¿Qué podía “pretender”, además de un humilde investigador de la Policía? Sin embargo, Gladys, que en ese tiempo se llamaba Soledad, nunca fue su mujer. No “hizo” cuarto con él. Como estaba enamorada de Blanco, se hizo cortejar hasta que las circunstancias arrancaron a Blanco de la institución y lo depositaron bajo los puentes. Se reencuentran muchos años después, con él mayor de 40 años y ella concesionaria de un kiosco cochabambino en la avenida América y Libertador. Gladys lo salva del hambre, pero no se hace reconocer. Luego viene su historia de amor mientras él es portero del edificio Uribe, del frente al kiosco. Se aman y piensan que pueden ser pareja. Los “ratitos”

quedan atrás para enfrentar la vida juntos en Villamontes. Creo que se trataba de una verdadera historia de amor. Dos personas muy golpeadas, maduras, lindas a su manera.

ESCRITOR. Gonzalo Lema nació en Tarija, Bolivia, en 1959. Estudió en Cochabamba hasta el bachillerato. Ingresó al Instituto Laredo para luego seguir la carrera de Derecho en la Universidad Mayor de San Simón. Ganó el Premio Internacional de Novela Kipus 2014.

—¿Cambiará alguna vez Blanco su carácter contestón e irreverente con el poder? ¿Qué tanto de Lema hay en “Santi” y viceversa?

—Yo quisiera que la vida funcione bien en todo aspecto para que todos nos dediquemos a ser felices. Sé que no es así y que nunca lo fue ni lo será. Santiago Blanco es, si se puede, más pesimista aún, porque en la institución comprendió que ni siquiera es posible alcanzar la justicia. Pero, al mismo tiempo, es terco y no se rinde y busca encontrar la verdad en los casos que investiga. Inclusive, en un principio, comentó que le gustaba discutir con el criminal o delincuente las razones íntimas que lo habían conducido a cometer un crimen. Un ilícito, como también se dice. No sé qué conclusiones sacaba. Yo ni siquiera eso. Escribo y leo, observo. Entiendo el poder político como cohesión al interior de una república o Estado, pero el abuso de poder me entristece hasta llevarme a escribir. No le rindo loas al poder, lo critico siempre. Bueno, quizás compartimos el mismo sentimiento más de lo que pienso.

—El tiempo lo volvió también nostálgico y sentimental, pero ahora vuelve a las andadas para resolver otro caso entre frontera y “patapilas”. ¿Sigue leyendo suplementos de cultura? ¿Sigue idolotrando a Mitre? ¿Cómo hace para ver/escuchar a su “Wilster” querido?

—Creo que la infancia lo convirtió en nostálgico y sentimental. Él fue criado básicamente por su tía Julieta, chicharronera en Punata, y no sé cuánto extrañaba a su mamá. Su nostalgia está anclada en un pasado que, entiendo, nunca vivió. Es una nostalgia poética, cierta pero inventada. Ahora, debido al oficio, es un hombre duro, muy capaz de soportar desilusiones, fracasos, frustraciones y golpes. Al mismo tiempo, es sentimental. Se conduele por las penas de una madre, de un niño, de un anciano… Se conduele de él mismo, al menos si carga muchas cervezas en el cuerpo y escucha boleros. Ese estado de ánimo, y su sempiterna curiosidad, hace que sea lector de suplementos culturales, siempre en Cochabamba y ocasionalmente en Villamontes. Le presta atención a la poesía de Mitre y Antonio Terán. Lee cuentos y opiniones hasta que alguna lo hace sonreír. Le gustaba ir a ver al Wilstermann pobre sin sus figuras campeonas del 80/81, peleando por estar en la panza de la tabla. Pero con los años se contenta con saber los resultados, nada más.

—¿Qué diría Blanco de los ataques de otros literatos y académicos que recibe Lema sobre trasladar/imitar/copiar al Pepe Carvalho de Manolo Vázquez Montalbán hasta la Bolivia glotona?

—Lo más probable es que no diga nada, que ni siquiera se alce de hombros. Él tampoco simpatiza con Lema. Pero en la vida, más concretamente en la sociedad, la simpatía y la antipatía son pan de cada día. Por lo demás, el literato criticón parece ser más glotón que Blanco y no debería extrañarse de encontrar comilones a su lento paso.

—Desde el inicio de Hola, mi amor aparecen tres señas de identidad innegociables de la serie Santiago Blanco: la capacidad para narrar de manera ágil, el cuidado por los detalles/personajes secundarios y el inevitable sentido del humor. ¿Cómo manejas ese tridente?

—Blanco tiene hasta ahora 19 cuentos y tres novelas, así que hace tiempo que camina por cuenta propia. Yo lo conozco lo suficiente como para intuirlo bien y me he propuesto respetar sus sentimientos, su ética y sus eventuales desmadres. Le soy rigurosamente fiel. A Gladys también la conozco y comprendo. A Lindomar Preciado Angola lo he conocido en las calles de Cochabamba y es mi buen amigo, con gran afecto y respeto. Los quiero, como se advierte. No me ha tocado ninguna circunstancia que me obligue a tomar partido por ellos, hasta ahora todo ha sido natural. Son seres muy vitales y muy bien intencionados. Son graciosos aun en la pena. Se manejan solos, aunque yo soy su transcriptor.

—Blanco es sinónimo de “cochabambinidad”, para lo bueno y lo malo. ¿Cómo trabajaste el personaje desde lo gastronómico en un nuevo escenario como es la frontera de “western” chaqueña y el recuerdo de la guerra?

—Creo que Blanco ha trasladado su “cochabambinidad” a Villamontes. Como tiene dinero, come y bebe mucho; como hace calor, evita la chanka de pollo. En el mercado encuentra bastante variedad colla y en el restaurante El Paraíso de Gladys está el sillpancho orejudo con doble o triple huevo que le prepara la cocinera Guillermina, su paisana punateña, para la cena. Como es frontera y él investiga inclusive por las noches lleva siempre su machete. Bebe cerveza como en cualquier confín de la patria. Vive con cochabambinos, salvo la nuera de Gladys que es chaqueña. Blanco camina por los senderos del monte chorreando a mares, de ojotas, y en vez de poetas y jubilados de la plaza de Cochabamba, encuentra a un benemérito divertido de la Guerra y a un fiscal inteligente y reposado que lo entiende. Bueno, no he encontrado dificultades que no haya podido superar.

—Si en los primeros relatos de Santiago Blanco (Un hombre sentimental, 2001) aprovechabas para retratar un país en crisis, para ahondar en lo más oscuro de nuestras realidades, para diseccionar a la Policía boliviana en un microcosmos brutal extendible en sus vicios, defectos y virtudes al resto de la sociedad, ¿qué hallaste diferente en Villamontes? ¿Extraña “el Santi” Punata y la “Llajta”?

 — Entiendo que Blanco no extraña Punata, aunque por supuesto que siente que allí pertenece. Él es punateño y luego es cochabambino de la ciudad. Sabe que en las ciudades están los barrios muy privados, con guardias en la puerta, los edificios de apartamentos, de oficinas y que por las noches algo se mueve además de Santa Klaus. Si se trata de vivir lo cotidiano, él ha de frecuentar los comedores de los mercados y ocasionalmente las esquinas con toldos donde comen los taxistas y los gustosos de clase media. En Villamontes está el mercado central, que es precioso y encierra la casa del alemán donde Salamanca sufre el golpe de Estado de 1934. Hay más mercados, porque es una magnífica ciudad: planificada, de calles y avenidas anchas, repleta de árboles y con el Pilcomayo a un paso. Es una ciudad con frontera próxima, con bastante dinámica económica. Esto hace que haya mucha gente, que la sociedad sea un conglomerado con muchos anónimos y que exista el crimen. Bueno, la verdad es que la delincuencia enraíza con facilidad donde viva el ser humano.

—¿Sigue siendo “Blanquito” un anarquista de derechas? ¿O la comida es su única patria?

—¡Santiago Blanco no es un hombre de “derechas”! No hay un solo indicio que justifique esa afirmación. Y tampoco es anarquista, ni siquiera en su matiz más suave. Él fue udepista, porque es la UDP, en su connotación general, la que instala esta democracia en 1982. No sé cómo habrá votado a partir de 1985, aunque podría aventurarme a decir que apoyó a los partidos que componían esa coalición. Más bien advierto que no le gusta la gente rica, platuda, salvo que sea culta como el señor que tocaba saxofón en la novela Dime contra quién disparo. Su “entorno” social ha sido de gente muy pobre, alguna expresidiaria, alguna delincuente común, algún clase media sencillo y encantador. Bueno, ahora parece que no tiene a nadie a su alrededor. Pero, ¿de cómo podría ser de “derechas”? La izquierda nacional aún ahora tiene muchos matices y él debe militar en alguno de ellos. Voy a preguntárselo apenas pueda. Ojalá tenga ganas de conversar conmigo.

—¿Hay chance de que el desengañado de Blanco abandone su visión de Bolivia como un país “arguediano”, fatalista y “cucarachista”?

—Que yo recuerde, es Lindomar Preciado quien pregunta si no podemos vender este país tan feo y comprarnos uno bonito junto al mar. La reacción de Blanco es, más bien, de indignación. Él riñe a su ayudante y saca cara por los indígenas que viajan con ellos en la carrocería del camión en las montañas subandinas. La visión “arguediana” está presente en ciertos bolivianos, no lo dudo, pero Blanco está contra esa gente. Él no es racista, de ninguna manera. Él es, más bien, un nacional-popular a cabalidad. Es cierto que no es optimista, pero ¿quién es optimista frente a tanta corrupción? Porque el problema número uno es la corrupción material, intelectual y sentimental que rebalsa en nuestro país. Todo lo demás se puede entender como un proceso en marcha y se puede esperar buenos resultados, aunque sea en las calendas griegas. Pero la corrupción nos divorcia de la política, de la burocracia, de la justicia, de la sociedad, etcétera. Blanco reacciona en consecuencia. Es uno más. E imposible que tenga la conducta “cucarachista”. Es todo lo contrario: frontal, sensato, capaz de decirse la verdad y de decírsela a otros. Algo más, que también me gustaría indagar en su visión de patria: yo sospecho que apoya la sabiduría de las masas, en especial las de noviembre. Que también este tema quede como pendiente.

—Hace cuatro años publicaste en Cataluña la segunda novela de la saga SB Que te vaya como merecesy ganaste la 11ª edición del Premio de Novela Negra L’H Confidencial, ¿qué fue lo mejor y peor que te pasó a raíz del logro?

—Todo fue de lo mejor, lo afirmo con convicción y agradecimiento. El libro publicado por la Editorial Roca es precioso, el premio fue bastante y suficiente, y la presentación y cobertura me sorprendieron por su generosidad. En Barcelona hice amistad con Jordi Canal, el director de la Biblioteca Negra, y quisiera conversar muy a menudo con él. Ese premio me llevó a la feria de Miami y me posibilitó conocer a otros escritores y comprender mejor los caminos que tienen los libros ante sí. Además de Barcelona, visité Madrid en compañía de Pedro Shimose, Andalucía y Lanzarote, la isla donde vivió Saramago, guiados por grandes amigos. Quisiera ganarlo otra vez, pero está prohibido que alguien lo gane dos veces.

—Tu amor incondicional por el género negro es consecuencia de tu universo narrativo cargado de pesimismo existencial. En los relatos al margen de la serie de Blanco, como en Después de las bombas (editorial La Hoguera, 2012) también retratas un universo sombrío donde el olvido todo lo puede. ¿Era inevitable que desarrolles por ende una colección y un personaje de serie negra durante 20 años?

—Santiago Blanco me ha sido inevitable desde que leí El largo adiósde Raymond Chandler, hace 35 años. Es importante que explique por qué: la influencia más fuerte que he sentido para escribir novela policial o negra proviene de la lectura, no de la realidad, ni del cine o la televisión. Cuando leí a Chandler entendí la importancia de la trama; luego, con más novelas suyas, y de otros clásicos del género, reparé en la importancia de una buena prosa. Con esa conciencia volví a fijarme en la realidad de todos los días. Lo que muestra y lo que esconde. Al mismo tiempo, como cualquier persona, sé que no todo está cubierto de sospecha y por eso escribí los cuentos de ficción. Ahora, como un común denominador, soy consciente de mi pesimismo relativo. No obstante, no soy un pesimista perdido para la redención. Me bastaría hallar buena fe y transparencia en los políticos para modificar mi ánimo. Que gobiernen para todos, sería un paso esencial. Que expliquen sus medidas para que midamos su grandeza, también sería muy importante. No me sorprendería volverme un optimista moderado casi de inmediato.

—Son contados los detectives y obras de género negro en Bolivia, ¿por qué crees que no tenemos más Blancos y más Lemas?

—Bueno, menos mal que solo hay uno de cada uno de ellos, así todos estamos aliviados. Juan de Recacoechea tiene sus preciosas novelas, muy parejas, anteriores a las mías. Hay cuentos policiales sueltos y alguna otra novela. Bien puede suceder que se publiquen varias de pronto. Nuestras sociedades son cada vez más anónimas y el vecindario va perdiendo el control social. La delincuencia crece y la Policía tiene dificultades para darse abasto. Algo más, muy importante: la novela urbana ha de reclamar más centralidad del género policial.

—¿Lees literatura nacional? ¿Qué libro estás leyendo ahorita?

—Leo literatura nacional con mucho gusto. Leo, además, libros nacionales escritos por cientistas políticos, sociólogos, psicoanalistas, músicos, poetas, literatos, etcétera. El penúltimo libro nacional que he leído es de Antonio Mitre, La pantalla indiscreta, una investigación en detalle sobre la cartelera de cine en Bolivia desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX, y el último, hace una semana, es una recopilación de ensayos políticos de Fernando Mayorga, Crisis y cambio político en Bolivia. Ahora estoy leyendo El retorno del profesor de baile, de Henning Mankell.

FOTOS: RICARDO BAJO Y ARCHIVO LA RAZÓN

Comparte y opina:

El barbero Sweeney Todd afila la navaja

El Espacio Kúu, un nuevo teatro con foso orquestal, subirá el telón con uno de los musicales más célebres y oscuros del siglo pasado ‘Sweeney Todd’

Por Ricardo Bajo H.

/ 25 de febrero de 2024 / 06:56

En el final del primer acto, la tabernera besa con lascivia al barbero diabólico de la calle Fleet. Se abalanza sobre él. La mujer que hace las mejores empanadas de carne de la ciudad es la señora Lovett (Ashford), interpretada por la actriz y cantante Pamela Sotelo; el barbero es Sweeney Todd, en la piel de Leonel Fransezze, actor y director del musical que llegará este mes de marzo para inaugurar el teatro/espacio Kúu en Calacoto.

El musical creado por Stephen Sondheim (“el gran genio de la música escénica del siglo XXI”, Mario Gas dixit) es un clásico de Broadway. Ha logrado innumerables premios (Tonys incluidos) y ha sido llevado a escena en muchos países del mundo desde su estreno en los años 80. No es, sin embargo, un musical al uso. Es una obra oscura y violenta con humor y horror, a parte iguales. Si no te gusta el género por ser muchas veces retrato ideal y feliz (con mucho glamour) de un mundo que no existe, Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet es una buena oportunidad para engancharte/reconciliarte con el musical. Si bien existen números musicales y canciones pegadizas, la obra (más de concepto) es teatro químicamente puro.

“Voy a vivir aunque lo tenga que hacer en las cloacas”. Es la frase al más puro estilo de Lo que el viento se llevó que grita el barbero cuando regresa al Londres de la era victoriana tras purgar una condena injusta. Es Fransezze que se adueña del escenario. Estamos en el ensayo general del musical. “Leo” se desdobla con una facilidad pasmosa. Cuando se mete en la piel del barbero asesino es un mal tipo; grita, insulta, se transforma su rostro. Cuando se pone en modo director, pide por favor las cosas. Con dulzura y a la vez rigor. “Muchachos, tienen que estar más rápido aquí arriba en la escalera, por si acaso”.

Fotos: Miguel Melgarejo y Ricardo Bajo Herreras

El protagonista del célebre musical es un barbero sádico que se dedica a pasar la navaja por el cuello de su clientela incauta. Es un asesino en serie. Esa es la parte del horror. La historia también es un cuento de amor, un musical sólido, un “thriller”. El centro del Espacio Kúu está dominado por una plataforma móvil que hace de cuarto arriba y panadería/barbería abajo. El musical requiere un gran trabajo escenográfico y el elenco viene ensayando duro durante los últimos 10 meses para que todo esté listo para el estreno este próximo 2 (sábado) y (domingo) 3 de marzo.

La obra tendrá seis únicas representaciones durante los tres primeros fines de semana del próximo mes. Sweeney Todd es también una fábula moral; un dilema ético con una historia fantástica/mordaz.

También puede leer: Marcos Loayza: ‘Cuestión de fe’ ha envejecido bien

Delante del escenario están ahora 25 músicos a cargo del director Andrés Muñoz. Son jóvenes talentosos salidos del Conservatorio, algunos con experiencia en la Orquesta Sinfónica. Son parte, ahora, de la flamante Orquesta Boliviana de Ópera que ha formado el propio Muñoz. En este ensayo general no están todavía colocados en el foso orquestal que va a tener el Espacio Kúu, situado en el Boulevard El Bosque de la calle 15 de Calacoto. “Vamos a inaugurar por primera vez desde 1845, desde la creación del Teatro Municipal, el primer teatro con foso para orquesta de toda Bolivia”, dice Fransezze, orgulloso, en uno de los descansos del ensayo.

“Red Bull y coca para todos; para los músicos, agua y galletitas, paramos cinco minutos, cinco no son quince”, grita el director. “Leo” y “Pame” charlan en la puerta. “Te abalanzas sobre el barbero pero creo que él no se deja besar”, le digo a ella. “Vas a ver el segundo acto, ahí prácticamente lo violo”. El humor y la tensión sexual entre los dos personajes malvados se mastica lentamente. Es una de las claves del éxito de la obra. Los dos, Fransezze y Sotelo, tienen ese reto por delante. Él todavía no está metido de lleno en el personaje. La relación entre el barbero y la señora que vende empanadas cerca de su barbería es una relación de complicidad y deseo. El hombre mata por venganza y la mujer amasa las mejores empanadas de carne de la ciudad para venderlas en su taberna: ora con los restos de un juez corrupto, ora con un barbero de la competencia, ora con un alguacil que molesta demasiado.

Las butacas todavía no han sido colocadas, esperan en los pasillos. El Espacio Kúu (oficialmente Kúu Inti por la marca comercial que apoya el emprendimiento) ha requerido una inversión de millón y medio de dólares. Los cuatro socios fundadores (Sofía Petignat, Leonel Fransezze, Luis Kushner y Alejandro Yaffar) saben que no recuperarán fácilmente la inversión. Y si lo hacen será dentro de 20 años.

La devolución va por otro camino: dejar/ofrecer a la ciudad de La Paz un teatro para todo tipo de eventos culturales/sociales: obras dramatúrgicas, ópera, musicales, ballets, “stand up”, cenas de gala… El Espacio Kúu tiene una capacidad en platea baja de 320 con mesas y sillas, de 420 con solo sillas y si se trata de un concierto, mil espectadores de pie. Cuenta con una platea alta (o mezzanine) y cuatro palcos, amén de cuatro camarinos con todas las facilidades. Tendrá un bar con terraza “lounge” con vistas a las hermosas bungavillas del boulevar, un bar “clandestino”, un “candy bar” y una variada oferta gastronómica. “Los tendremos haciendo fila”, dice el barbero como si hablara en realidad del Espacio Kúu. Por cierto, Kúu es un término japonés de difícil traducción: puede ser cielo, puede ser un espacio vacío, es siempre un lugar donde se juntan la creatividad, la energía, los espacios y el vacío.

Pero volvamos al ensayo después de este comercial. Con el director, no hay lugar para la pausa. Discute con el director vocal Fernando Pablo Valdivia. Recientemente llegado de Estados Unidos —tras 25 años trabajando en la escena—, Pablo discute con Leonel si tienen que entrar cuatro u ocho en esa escena. Estas “peleas” empujan al elenco a dar lo mejor, “nos acercan a la perfección”, dice Valdivia.

Ensayo en el Espacio Kúu. Abajo: Michelle Csapek, Pablo Valdivia y Sofía Ayala.
Ensayo en el Espacio Kúu.

El “casting” ha probado a un centenar de aspirantes con la colaboración de Freddy Chipana en la selección y la dirección de actores. “¿Quién se apunta para una afeitada gratis?”, grita otra vez Fransezze antes de arrancarse con uno de los números musicales. Algo no sale bien. “Vamos desde que le cortó el cuello, por favor”.

El musical tiene un costo de 38.000 dólares. “Leo” sabe que es a pérdida. “¿Por qué lo haces entonces?”, pregunto. “Porque me gusta, porque es el musical que más me gusta, es lo más anti Andrew Lloyd Webber que puedas encontrar, está en las antípodas de lo que la gente espera de un musical; es muy oscuro y violento”, responde con el entusiasmo vital de siempre. “Lo de hacer este espacio-teatro es parecido, es el sueño de toda mi vida, dejar algo tangible, perenne, que permanezca, a nuestra ciudad y a nuestro país. Los dos grandes impulsores de esta locura son Sofía Petignat y Mauricio Toledo”.

Sweeney Todd, el barbero demoníaco de la calle Fleet es una obra compleja musicalmente hablando y complicada a nivel escenográfico. Es simple y llanamente uno de los musicales más importantes del siglo XX. “Es un musical muy complicado en su ejecución. Requiere cantantes con mucho oficio. La bravura musical que generó el autor y que claramente refleja el estado mental de los personajes, no es fácil de cantar. Por lo tanto, el entrenamiento vocal tomó mucho más tiempo de lo habitual para nuestras producciones. Sostener ese tiempo de ensayos no fue fácil; como producción llevamos casi un año en este proceso desde la primera audición donde se eligió a la mayoría de las personas del elenco”, dice la productora Claudia Gaensel.

En el elenco, amén de la pareja de protagonistas (Fransezze y Sotelo), están Pablo Valdivia, Sofía Ayala, Michelle Csapek, Daniel Ardiles, Mariana Torrico, Bismarck Barrientos, Erwin Erazo, Pablo Estrada, Daniela Arteaga, Vanessa Alcázar, Adrián Flores, Wilmar Velásquez, Alejandra Ríos, Luis Enrique Elías, Lisset Arandia y Mariel De La Riva.

Por tratarse de una obra de época, el vestuario y la escenografía juegan un rol esencial. Los trajes y los vestidos corren a cuenta de la producción de Claudia Gaensel y la productora Macondo. En un principio el vestuario no ayudaba para transmitir esa sensación de época victoriana, de lujo y miseria a partes iguales. Por eso mandó a hacer todo de nuevo.

De izquierda a derecha: Bismarck Barrientos, Daniela Arteaga, Mariana Torrico y Daniel Ardiles.
Abajo: Michelle Csapek, Pablo Valdivia y Sofía Ayala. De izquierda a derecha: Bismarck Barrientos, Daniela Arteaga, Mariana Torrico y Daniel Ardiles.

“Este Sweeney Todd tiene un universo propio, es más ecléctico; no es una propuesta moderna, por eso elegimos el vestuario que nos gustó para cada personaje más que hacer un diseño estricto de la época, vamos a ver cómo queda. No me gustó porque si bien quería trabajar en una propuesta muy monocromática, el momento que la vi en escenario, que es el lugar donde realmente apruebas el vestuario, me faltó color y contrastes”, explica Gaensel.

“La escenografía es una protagonista más de la historia y como tiene efectos en su ejecución, requiere de cuatro personas dentro de escena que estén a cargo durante toda la obra. Logramos que sea efectiva para ayudarnos a contar y esperamos que se luzca como la concebimos. Tenemos la suerte de tener un equipo de gente muy talentosa que nos ayudó a armarla. El vestuario aún no lo terminamos, es la primera vez que me pasa de armar algo que tenía claro y cuando lo vi en escenario hace dos días no me gustó, así que estamos corriendo con los cambios”, dice Gaensel, que cuenta con la colaboración en vestuario de Belén Iñíguez.

“Se te olvidó lo del hombre infiel”. Reclama Fransezze, de vuelta al ensayo. Pamela Sotelo, fuera ya de personaje, acota con gracia: “es que el hombre infiel no existe, por eso se me olvida esa parte”. A pesar de los asesinatos y la oscuridad de la obra, el humor está presente en la obra, quizás para hacer más llevadera la trama. El humor está a cargo de la señora Lovett, por supuesto. Su rol ha sido interpretado en el teatro por Emma Thompson y en el cine (en la reconocida película de Tim Burton) por Helena Bonham Carter (Johnny Depp era el barbero). “De un gato salen cinco pasteles, cinco pies, nada más”. El barbero y la cocinera bailan pegados.

Mientras los músicos se concentran en el pentagrama, tienen que estar atentos. “Lo más difícil es mantener esa concentración, esa tensión a lo largo de dos horas y cuarenta y cinco minutos”, dice Andrés Muñoz. Francesse respira hondo cuando termina el ensayo general con vestuario y escenografía ya listos. Ese desdoblamiento es agotador. “Estoy un poco loco, ¿no ve?”. Y sí. Hay que estar un poco loco para montar un musical tan complejo en la inauguración de un teatro con foso orquestal, el primero desde 1845. Los músicos, algunos muy jóvenes, se abren camino entre las sillas y salen a buscar aire el boulevard. El ensayo ha terminado. La navaja de Sweeney Todd se afila de nuevo.

Post-scriptum: si se han preguntado cómo acabó en la vida real el famoso barbero Todd, la respuesta es que fue proceso por sus crímenes y ahorcado en 1802 frente a la muchedumbre. Aunque algunos aseguran que el barbero nunca existió. Otros juran haberlo visto afilando la navaja por el boulevard.

(Para informes y reservas para las funciones del sábado 2 y domingo 3 de marzo; 9 y 10; y 17 y 17 de marzo: comunicarse con el celular 625 17 819. El costo de las entradas es: platea en mesa, Bs150; mezzanine, Bs120; y palcos, Bs 100.

Texto: Ricardo Bajo H.

Fotos: Miguel Melgarejo y Ricardo Bajo Herreras

Comparte y opina:

Silvia Cuello saca a la luz el abismo

A través de ilustraciones, la artista visual recorre en un libro y en una exposición en el Museo Nacional de Arte su proceso contra la depresión

Por Miguel Vargas

/ 25 de febrero de 2024 / 06:49

No son frecuentes las valiosas oportunidades en que podemos encontrarnos con una narración tan bien ilustrada y elocuente de algo que resulta ser muy profundamente subjetivo: las vivencias de experiencias y emociones de la depresión, descritas por una persona que nada más y nada menos es una de sus protagonistas”, escribe la doctora Elizabeth Patiño Durán, presidente de la Sociedad Boliviana de Psiquiatría, en el prólogo del libro El abismo ilustrado, obra que con motivo de la exposición de igual nombre que la artista Silvia Cuello presenta en la sala Diez de Medina el Museo Nacional de Arte (Comercio y Socabaya) se plasmó en un tiraje inicial de 50 ejemplares. “Mi objetivo es lograr apoyos para realizar una tirada grande y que el libro pueda distribuirse en escuelas y centros psiquiátricos y sanitarios”, visiona la artista española radicada en Bolivia.

“En un despliegue de genialidad, Silvia nos muestra con una impresionante sutileza, en los trazos diáfanos, precisos y hermosos de sus pinceles y de su pluma, las diferentes manifestaciones del cúmulo de vivencias y emociones tormentosas, que caracterizan este trastorno”, continúa la especialista que trató a la artista, quien fue diagnosticadahace varios años con depresión crónica.

“En medio de todo ello, la motivación y el eje central que movió a Silvia nos muestra su gran capacidad de resiliencia, sobreponiéndose a la adversidad y presentándonos esta obra de arte que además se constituye en una innovadora guía, para ayudar a quienes atraviesan cualquiera de las formas de depresión, a sentirse menos solas y menos ‘locas’, y brindar valiosas pautas de empatía a las personas que las rodean, para entender, comprender, acompañar e impulsar a buscar ayuda a tiempo”, finaliza Patiño Durán, presentando la serie de 26 ilustraciones que conforman la exposición.

“La depresión es una enfermedad que despierta poca empatía. Apenas se habla de su existencia y muchas personas la padecen en silencio, o incluso sin saberlo.  Aunque es una idea extendida, la depresión no equivale a estar triste, sino que se trata de un trastorno mental complejo y difícil de describir, que en los casos agudos impide desenvolverse en la vida cotidiana”, introduce Cuello sobre la temática que explora El abismo ilustrado.

La artista nació en 1980 en Barcelona, España, es licenciada en Bellas Artes y se dedica a la pintura y a la docencia. Llegó a Bolivia como voluntaria a Cochabamba, y se quedó explorando distintos lenguajes, como el collage. Para esta muestra, el vehículo fue la ilustración.

“La depresión no es algo a tomar a la ligera, es la principal causa de suicidio a nivel mundial. Mirar hacia otro lado, tanto si el problema lo padece uno mismo, como si lo sufre alguna persona de nuestro entorno, agrava la situación. En la mayoría de los casos la depresión se puede curar, pero solo si se trata a tiempo con ayuda profesional”, acota la creadora.

También puede leer: Guía para ‘El Juicio Final’ del Santuario del Socavón

“Cada persona sufre de manera distinta la depresión pero, aunque los síntomas sean diversos, lo que siempre está presente es un padecimiento mental atroz, muy activo y difícil de describir. Es por ello que, en un intento de darle una forma visual a ese sufrimiento, he querido hacer este libro, cuyos principales propósitos son tres: En primer lugar, tratar de que las personas con depresión se sientan un poco menos solas en su lucha, al mostrarles que lo que están sintiendo no es algo raro. En segundo, enfrentar el tabú y dar a conocer mejor la enfermedad, para que personas que tal vez la padezcan sin saberlo, tomen conciencia de ello y busquen tratamiento.Y en tercer lugar, hacer la depresión un poco más entendible al resto, para que los familiares y amigos de los afectados sean más capaces de empatizar con ellos y poder ayudarles”.

Y así como fue una poderosa catarsis, la exposición tomó también la forma de un impreso y continúa hoy su propio camino. “Culminar este libro ha sido un objetivo personal que me ha dado sentido y dirección durante lo dos últimos años. El proceso creativo ha sido duro, ha habido varios momentos de desmotivación y amarga autocrítica. Así que estoy muy orgullosa de haber seguido adelante, hasta el final”.

Es duro ilustrar la propia vulnerabilidad, “pero pienso que como artista tengo la posibilidad y en cierto modo el deber de usar mi don para ‘tocar’ a los demás de algún modo. —concluye la autora— Con esta obra he querido transmitir el mensaje de que no es fácil vivir con depresión, pero que se puede salir, y que vale la pena el esfuerzo. Personalmente estoy agradecida por las lecciones valiosas que he aprendido en este camino”.

Texto: Miguel Vargas

Imágenes: Silvia Cuello

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Mi Chola: arte, sabor y cultura

Mi Chola: Especializado en técnicas culinarias llevadas a cabo en los mejores restaurantes de Europa con estrellas Michelín

Mi-Chola

Por Fernando Cervantes

/ 25 de febrero de 2024 / 06:40

Crónicas gastronómicas

Ají de plátano, relleno de chuño, anticucho de hongos, sajta de papalisa, achojcha rellena, ají de trigo, crema de tunta, pesque, fritanga, trucha ahumada, chicharrón de llama, ají de arveja, escabeche de pollo, queso humacha, chancho vallegrandino, asado de llama , ají de cochayuyo, paiche gratinado  o un alucinante postre como el de  budín de pan acompañado de mousse de cacao amazónico empapado de tierra de lacayote, merengues en aceite y crocantes de copoazú y manzanas liofilizadas son parte de las creaciones y reinterpretaciones que Miguel Ángel Fernández García viene realizando desde el 18 de mayo de 2018,  fecha en la que abrió el restaurante Mi Chola.

Especializado en técnicas culinarias llevadas a cabo en los mejores restaurantes de Europa con estrellas Michelín, donde aprendió la metodología de investigación y de transformación de alimentos, este joven chef paceño, hijo de padres cochabambinos, pone ahora en práctica las enseñanzas recibidas trabajando con los más nobles insumos del patrimonio regional alimentario boliviano, entre los que podemos citar diversos ajíes, tubérculos y hasta insectos que eran consumidos ancestralmente.

Prueba de ello son sus menús degustación (que cambian todos los días) de cuatro tiempos que incluye una entrada, dos platos fuertes, un postre y tres snacks (Bs 100) o el de cinco pasos a base de dos entradas, dos platos fuertes, un postre y tres snacks (Bs 120). También tienen un menú con maridaje incluido, el cual consta de cinco platos, tres snacks y cinco vinos (Bs 300).

Miguel afirma con convicción que no quiere estrellas Michelín ni ser parte de los 50 mejores restaurantes del mundo, él simplemente quiere que su apasionado trabajo se conozca a través de cada comensal satisfecho que visita su establecimiento ubicado en el pintoresco Pasaje Medinacelli del paceño barrio de Sopocachi.

Y a juzgar por la gran cantidad de reseñas positivas que dejan tanto turistas como clientes locales en aplicaciones internacionales como la de Tripadvisor, este restaurante de comida boliviana contemporánea va por muy buen camino.

También puede leer: Coffee Time: Escondido, mágico y bohemio

Miguel Ángel Fernández García es el talento tras la propuesta de Mi Chola.

Restaurante Mi Chola / Mr. Popet

Mi Chola

  • Dirección: Avenida 20 de Octubre esquina Pasaje Medinacelli Nº 2228, Sopocachi
  • Reservas: 77728323  
  • Rango de precios: Bs 100 – 300 
  • Recomendado: Menú de nueve tiempos con maridaje
  • Parqueo: No
  • Horarios de atención : Lunes a sábado de 12.00 a 15.00 y de 19.00 a 21.30

Contáctenos:

Fernando recomienda, Fernandorecomienda @fernandorecomienda  Correo: [email protected]

Texto: Fernando Cervantes

Fotos:  Restaurante Mi Chola / Mr. Popet

Comparte y opina:

Rosario Aquim presenta nuevos cuentos riberalteños

El poeta, escritor y periodista Óscar Ordóñez Arteaga presentó con este texto el miércoles 21 de febrero el libro ‘De duendes, ángeles y otros demonios’

Por Óscar Ordóñez Arteaga

/ 25 de febrero de 2024 / 06:30

Los nuevos cuentos de la poeta, escritora y ensayista beniana Rosario Aquim ChávezDe duendes, ángles y ortros demonios (Editorial 3600)— nos llevan a su pago: Riberalta, para ella, una fuente de innumerables hechos a los que convirtió en conmovedores relatos, cuyos argumentos no solo se componen de la vida cotidiana en sí, sino que se destacan por la forma en cómo nos muestra esa rutina, abrasada por un sol inmisericorde que baña con su calor esas pampas, a las que describe como un “inmenso mar verde sin horizonte”.

Esa rutina riberalteña que a Aquim le ocupa y le preocupa pertenece también al resto del país. Por ejemplo, la desgracia de ciertas personas que, cual señaladas por un halo maligno, están condenadas a vivir en una torturada soledad o ser víctimas de una adversidad sin nombre, a la que se opone la urgencia de la tan deseada felicidad.

En efecto: estos cuentos nos permiten comprender que la felicidad ya no consiste en el deseo de una aspiración justa, como sostienen algunos filósofos, sino en un derecho legítimo.

Sin embargo, para aquellas almas que la escritora retrata en estos cuentos, el infortunio ha cerrado las puertas del bienestar y de la satisfacción dejándolas a merced del olvido y de la amarga soledad.

Al cobrarles la vida el inexplicable impuesto endeudado de la felicidad, esos personajes deben aprender a aceptar en silencio que no tienen ningún derecho a reclamo, ni siquiera en el día en que se van para siempre de este mundo.

La escritora juega con la imaginación de los lectores; tanto es así que en varios cuentos permite que nosotros concluyamos la historia, porque en eso también consiste el arte de la ficción: darnos la prerrogativa para que, a través de preguntas y posibles respuestas, lleguemos a uno o a varios finales.

Jocheos y duendes

Cual si fuésemos agricultores, el lenguaje riberalteño de Aquim nos permite identificar las raíces de algunas palabras que pronunciamos en los andes bolivianos. Por ejemplo: ‘pascana’, una posada, cuyo origen se encuentra en el quechua paskána.

Hay también giros tan orientales como el de nombrar a la lidia de toros como jocheo, voz compuesta por el verbo ‘jochear’ y el sufijo flexivo -eo.

‘Jochear’, alteración fonética de ‘jochar’, tiene su origen en el verbo ‘huchear’, es decir: ‘formar un griterío’, ‘lanzar los perros en la cacería dando voces’. Deriva del grito de caza ¡hucho!, que para el gran etimólogo español Joan Corominas viene del antiguo francés anticuado medieval en desuso ‘hucher’ (llamar a gritos o silbidos). Sus sinónimos son ‘asediar’, ‘presionar’, ‘perseguir’.

Aquim también evoca en estos relatos a los duendes que, antes de convertirse en esos seres fantásticos y traviesos que habitan en los hogares o por los alrededores, eran —en sus tiempos mozos— los dueños de las casas.

También puede leer: Un singani de Villa Abecia guarda el alma de un teatrista

Así fue documentado en 1221, en el Fuero de Villavicencio, un documento que reúne “los decretos promulgados por el rey Alfonso V y su esposa la reina Elvira en una asamblea de eclesiásticos y nobles, celebrada en la ciudad de León”, España.

De duende surgió ‘duen’, una contracción a la que obligatoriamente se le debía añadir el complemento “de casa”: duen de casa.

‘Duen’ es una forma apocopada de ‘dueño’, como ‘primer’ de ‘primero’, buen de bueno, mal de malo, gran de grande, san de santo, etcétera.

En el siglo XV, gracias a la conversación de culturas europeas, adoptó el nuevo significado de “espíritu fantástico, con figura de viejo o de niño en las narraciones tradicionales, que habita en algunas casas y causa en ellas trastorno y estruendo”.

Hoy, ‘duen’ se considera un arcaísmo. Y a diferencia de las voces apocopadas que hemos mencionado, no se consolidó en el habla española y ahora vive en los diccionarios de voces históricas en cuyas páginas amarillentas aún podemos sentir la lignina, aquel aroma amaderado, propio de los libros antiguos que nos remiten a las palabras olvidadas o moribundas.

Al margen de estos breves apuntes etimológicos, reconforta saber que con estos cuentos, Aquim plasma el testimonio de aquellas experiencias que le dejaron la señal inequívoca de que no existe mejor argumento que el de contarlas, no para que esté en paz con su conciencia, sino para reencontrarse con la feliz necesidad literaria de expresar ciertas verdades calladas del oriente boliviano.

Texto: Óscar Ordóñez arteaga

Fotos: Editorial 3600

Comparte y opina:

‘Arturo Posnansky y el cine. El argumento de La gloria de la raza’

El libro del investigador Claudio Sánchez trata la construcción en cine de un imaginario nacional que recrea un pasado glorioso

Por Mitsuko Shimose

/ 25 de febrero de 2024 / 06:20

Arturo Posnansky (Viena, Austria, 1 de enero de 1873-La Paz, Bolivia, 13 de abril de 1946) llegó navegando a Sudamérica a finales del siglo XIX, en 1896. Había terminado de estudiar su primera profesión: Ingeniería Militar Naval de la Armada Austrohúngara y, tras ello, se le había despertado su espíritu aventurero, por lo que no dudó en montarse sobre una embarcación hacia la Amazonía boliviano-brasileña para explorarla. Súbitamente, tres años después de su arribo a esas tierras, estalló la Guerra del Acre. Posnansky no dudó en unirse al Ejército de Bolivia para luchar desde su barco particular, elemento clave en la contienda. Afortunadamente, a pesar de haber sido tomado preso por el bando contrario, logró escapar hacia Europa para reparar su navío. Cuando la guerra concluyó en 1903, Posnansky fue declarado “Héroe de Guerra”, además de, con ello, obtener paralelamente la nacionalidad boliviana.

Pero el austrohúngaro no solo era ingeniero militar naval, sino también constructor, urbanista, cineasta, fotógrafo, investigador, escritor, historiador, minero, empresario, paleontólogo, antropólogo y arqueólogo, según su biografía; siendo su labor como arqueólogo la más conocidade todas estas actividades y, la menos, su trabajo como fotógrafo y cineasta.

Es precisamente en estas aguas aparentemente distantes entre la arqueología y el cine que navega el crítico de cine e investigador Claudio Sánchez (Camiri, Santa Cruz, Bolivia, 4 de noviembre de 1986 – La Paz, Bolivia, 12 de diciembre de 2023), en su libro Arturo Posnansky y el cine. El argumento de ‘La gloria de la raza’, publicado en 2020 gracias al Fondo Concursable Municipal de Promoción al Desarrollo, Salvaguarda y Difusión de las Culturas y las Artes (Focuart) en la categoría de investigación, del que fue ganador en su segunda convocatoria. El libro tiene dos partes: un ensayo de aproximación a la obra de Posnansky en el cine ligado a la arqueología y el documento del Argumento de ‘La gloria de la raza’ reeditado casi 100 años después.

Relato literario llevado al cine

La pasión de Posnansky por la arqueología lo condujo a investigar las ruinas de la civilización de Tiwanaku. Así, a través del registro fotográfico de sus hallazgos y de su imaginación recreadora de la destrucción del mítico imperio incaico, logra hacer el montaje que da vida al filme que plasmaría sus teorías arqueológicas.

Este montaje, no obstante, fue realizado gracias a su Argumento de la película nacional ‘La gloria de la raza’, archivo que se encuentra adjunto al final del libro. Sobre este documento, Sánchez sostiene que “está escrito con tanto detalle que no es sencillo comprender cómo pudo ser llevado a la pantalla”. “Es una pieza literaria más que cinematográfica”, subraya.

Más allá del valor literario de la pieza, el crítico de cine enfatiza que, al estar la película desaparecida, “es importante ‘ver’ el Argumento publicado porque en él se encuentran dos fotografías que lo ilustran”.

La primera se denomina El saludo de los Urus, que muestra a un grupo de urus en balsas sobre el lago, y que en el encuadre destaca su reflejo en el agua, algo en demasía interesante para Sánchez, quien interpreta que “este ejercicio de hacer del agua el espejo es también una manera de referirse a que se están viendo, a que nos estamos viendo”, además de que “los urus navegantes también sugieren esta identificación con el propio arqueólogo/navegante”.

En la segunda fotografía, El vaticinio de la coca se cumplió, se ve a un grupo de indígenas urus con su tradicional vestimenta en una imagen que recuerda las fotos de familia, todos reunidos para mirar a la cámara. En este acto de posar, Posnansky “[re]conoce la importancia de hacerlos visibles, esta urgencia de no solo nombrarlos, sino de asignarles un cuerpo, una mirada, un lugar”, sostiene el autor, enfatizando que es precisamente por eso que la labor del arqueólogo es tan importante, “porque es gracias a estos estudios que se puede dar fe de toda una época que recupera a la anterior en función de un presente que ahora también es el pasado”.

Templete semisubterráneo y Kalasasaya, en Tiwanaku

Tras la imagen en movimiento

Una vez concluido todo el proceso del montaje con la ayuda del Argumento, La gloria de la raza fue estrenada y exhibida del 16 al 18 de septiembre de 1926 en el Cine París, además de también ser proyectada en la Semana Indianista de 1931. En el filme, Posnansky es uno de los protagonistas junto con un viejo chamán que lo guía por varias culturas preincaicas —desde los urus hasta los tiwanakotas— por medio de un recorrido lacustre, en el que el arqueólogo es el capitán. Esta escena es clave en la película, pues no solo Posnansky se vuelve en el personaje-investigador haciendo de su vida misma una ficción, sino que descubre esa otra cultura en la “voz de uno de sus descendientes”, posicionándolo no solo dentro del escenario ficcional, sino también nacional.

Si bien Posnansky inscribe su nombre como uno de los pioneros de cierto “cine científico” por su investigación, Sánchez resalta que el austrohúngaro “está más cerca de una corriente de la pura ficción lejos de las aspiraciones documentales”. El autor afirma esto debido al desenlace de La gloria de la raza, en el que arqueólogo recrea el fin de esta civilización. Subraya, además, que el director usó este recurso para que sus ideas pudieran llegar mejor al público a través de esa representación, recurso que lo convirtió, a su vez, en el “precursor de los efectos especiales” del cine silente boliviano. 

También puede leer: Cuando acecha la maldad

Sin embargo, La gloria de la raza nunca figuró como parte de “la época dorada del cine silente boliviano”, a decir de Sánchez, que cita el texto Wara Wara. La reconstrucción de una película perdida, de Fernando Vargas Villazón, en que sí figuran Corazón aymara (1925), de Pedro Sambarino; La profecía del lago Titicaca (1925) y Wara Wara (1930), de José María Velasco Maidana; y Hacia la gloria (1932), de Mario Camacho, José Jiménez y Raúl Durán, siendo esta última, según el investigador, el puente de transición hacia lo sonoro —concepto que se ampliaría en una próxima entrega—, dando paso a La Guerra del Chaco 1932-1935 (1936), de Luis Bazoberry, considerada como la primera película boliviana con sonido.

Espacio interior y exterior de la Casa de Posnansky, en Miraflores, La Paz

Un nuevo imaginario nacional

Finalmente, Sánchez llega a la conclusión de que la interpretación del cine como metáfora “forma parte de un proyecto cultural y político mayor”, citando el texto de María Chiara D’Argento, Modernidad, escritura nueva y cine en el Perú, publicado en Cine Mudo Latinoamericano. Inicios, nación, vanguardia y transición (2015). Así, “el cine, desde sus orígenes, ha pensado ‘el país’”, pues para Sánchez, cualquier imagen que se opta llevar a la pantalla tiene una intención no solo narrativa sino también discursiva. Es decir, “no se trata únicamente de contar una historia, sino de transmitir una idea, aquella que coincide con una —o varias— formas de pensar la sociedad y la cultura”. Los realizadores plasman lo que ven, pero también lo que idealizan de la cultura y la sociedad, dice. Así, en estos años, “el cine ‘boliviano’ se convierte en el lugar de los anhelos más que de las denuncias”.

En la Bolivia de ese tiempo, el tema fundamental era “la cuestión del indio”, por lo que se buscaba recrear esa realidad. En el caso de La gloria de la raza, Posnansky representa a “el otro” en un ejercicio de ver el pasado desde el presente, no solo contando una historia, sino reconociéndola en el pasado y dándole vigencia. Este tinte histórico caracteriza al cine silente de los años 20 y 30, dejando una “huella imborrable en el imaginario colectivo”.

Debido a la represión del gobierno de Bautista Saavedra, quien llegó al poder en 1921, se originó “una corriente crítica en la sociedad, aquella que volcó su interés por entender al indio como un sujeto político”. Así, las ideas del indigenismo no solo son en materia artística, sino también —y sobre todo— en cuestiones políticas, pues se buscaba el mejoramiento material de la vida de los indígenas y su consecuente incorporación a la nación, resalta el crítico de cine, citando a Huáscar Rodríguez García, en su artículo Sindicatos, izquierda e indigenismo en Cochabamba (1920-1952), del libro Los partidos de izquierda ante la cuestión indígena (1920-1977) (2017).

Si bien la imagen del indio ha sido negada dentro del imaginario, jamás ha sido reprimida, según la cita que hace el investigador de La patria íntima. Alegorías nacionales en la literatura y el cine de Bolivia (1998), de Leonardo García Pabón: “Por eso, no hacían (ni hacen) falta hechos sociales extremos para alterar su precaria estabilidad y desencadenar una inmediata necesidad de reestructuración simbólica”. Es por ello que Sánchez rescata a Pablo Quisberth en su artículo La gloria de la raza. Historia prehispánica, imaginarios e identidades entre 1930-1950, publicado en Estudios Bolivianos N° 12. La cultura del pre-52 (2004), donde afirma que “el indigenismo considerará a Tiwanaku como la representación constituyente de la ‘nacionalidad’”.

El monolito Bennett, en el Museo de Tiwanaku (izquierda). Posnansky junto al monolito Fraile en Tiwanaku (derecha).

Posnansky señala la figura en alto relieve del ‘Señor de los báculos’ en la Puerta del Sol, Tiwanaku.

Según Pablo Stefanoni, en Los incorformistas del Centenario. Intelectuales, socialismo y nación en una Bolivia en crisis (1925-1939) (2015), los impulsores del pensamiento indigenista “buscarán en el indio un sujeto de renacimiento nacional en clave vitalista”, resalta el crítico de cine. Para Posnansky, si bien Tiwanaku había desaparecido a causa de un cataclismo, sostenía que algo de esa superioridad de la raza había quedado en los aymaras que sobrevivieron, pues eran los herederos del conocimiento y las prácticas culturales de quienes habían erigido esta “cuna del hombre americano”.

Así, el arqueólogo dota al imaginario de una fuente que desde la ficción alcanza gran potencia, “a través de representaciones que nutren a una sociedad de referencias que se habían extraviado o que parecían distantes en el tiempo”. Posnansky, pues, consigue dotar a la sociedad boliviana posprimer Centenario de una referencia física sobre el pasado glorioso. De este modo, “consigue de muchas maneras sembrar de simbología tiwanakota el centro del poder político, generando toda una corriente que va a redescubrir su pasado y reconocerlo como fundacional de la nacionalidad” —lo que explicaría, según el autor, el traslado del monolito Bennett hasta la ciudad para instalarlo en El Prado (1933), antes de ser llevado hasta un templete semisubterráneo reconstruído con piezas tiwanakotas originales (1940) en Miraflores—, reivindicando de esa manera una ciudad y cultura desaparecidas como lo fue la tiwanakota y celebrando la de los urus, creando, a través de esta resignificación, un nuevo imaginario nacional.

Texto: Mitsuko shimose

Fotos: Mitsuko shimose, Archivo La Razón e Internet

Temas Relacionados

Comparte y opina: