Tuesday 9 Aug 2022 | Actualizado a 11:48 AM

Mujeres de Tocaña y Coroico al rescate de sus historias de vida

/ 20 de junio de 2022 / 11:45

Dos antropólogas desarrollan una investigación en Tocaña para rescatar el rol de la mujer afroboliviana

Con el objetivo de rescatar  el rol central de las mujeres afrobolivianas en la construcción cultural e histórica de la afrobolivianidad en los Yungas, las antropólogas Varinia Oros Rodríguez y María Soledad Fernández emprendieron la investigación “Mapas de Vida: Genealogías e historias de mujeres de Tocaña – Coroico”. Esta iniciativa pretende rescatar las vivencias de 50 mujeres de la comunidad de Tocaña, a través de  talleres (a realizarse en mayo y junio) sobre construcción de genealogías de vida.

El proyecto recuperará las experiencias de mujeres adolescentes, jóvenes, adultas y adultas mayores que viven en esta comunidad de Coroico. Los talleres se llevarán a cabo con enfoque feminista; utilizando mapas corporales para la realización de las genealogías como metodología de rescate del legado de las mujeres, dando cuenta de los saberes, los discursos colectivos y la constitución de los cuerpos. “Las historias femeninas son las que queremos ayudar a develar, por su importancia y trascendencia en las esferas familiares y comunitarias de la región”, explica Varinia Oros.

Al finalizar los talleres, las investigadoras diseñarán una exposición temporal a partir del material fotográfico y audiovisual elaborado durante los encuentros, con el propósito de enfatizar en la importancia y trascendencia de las historias de las mujeres en la construcción de la Identidad del pueblo. Esta muestra se expondrá, primero, en el Centro de Interpretación Afro Cultural Tocaña y, luego, en la Alcaldía de Coroico.  “La exposición visibilizará la vida e historia de las mujeres afrobolivianas en pro de una vida sin discriminación y violencia simbólica”, enfatiza Oros.

La exposición permitirá a los distintos públicos conocer la importancia de los saberes femeninos en la historia afroboliviana, posicionándose frente a la construcción de una cultura de igualdad entre mujeres y hombres, y cuestionando los patrones culturales patriarcales de las poblaciones afrobolivianas. “El proyecto también permitirá visibilizar la importancia de los saberes femeninos no urbanos y posicionar a la presencia histórica femenina afroboliviana en la lucha nacional por una cultura de igualdad entre hombres y mujeres”, explica Soledad Fernández.

Se beneficiarán alrededor de 300 familias (1500 personas que comprenden las redes de apoyo familiar (parejas, hermanos, hijas/os, etc.) y comunitario (vecinos, etc.) de las mujeres participantes. “La realización de este proyecto contribuirá a la cohesión social y brindará la oportunidad de interpelar las lógicas de construcción de la historia colocando en primer plano a las mujeres, sus cuerpos y espacios”, agrega Fernández.

Esta iniciativa de investigación cuenta con el respaldo del Fondo Suizo de Apoyo a la Cultura – fondo concursable 2022, y tiene como aliados a la Fundación Aguayo, el Centro de Interpretación Afro Cultural Tocaña y la Alcaldía de Coroico.

LA GRÁFICA

ENCUENTROS. Soledad Fernández y Varinia Oros junto a un grupo de jóvenes de Tocaña

Proceso. En estos encuentros, las mujeres exponen sus saberes en relación al desarrollo de su comunidad

FOTOS: VARINIA OROS Y SOLEDAD FERNÁNDEZ MURILLO

Notas para unos cuentos sin moraleja

El escritor Rodrigo Urquiola escribe sobre su viaje por el cuento hasta su más reciente libro, ‘Ayer el fuego’

Escritor. Rodrigo Urquiola Flores (1986, La Paz), en las calles de su barrio, Santa Fe de Khessini

Por Rodrigo Urquiola

/ 8 de agosto de 2022 / 11:47

El cuento, para mí, no es un género menor, es un objetivo. Si bien la novela es la epopeya de la modernidad, pienso que —en estos tiempos en los que lo digital no solo invade nuestros ojos, dañándolos, y nuestras mentes, llenándolas de ruido— el cuento será el lugar donde podamos encontrarnos (encontrar algo de paz en la lectura, encontrar discusión, vernos en el espejo, alejarnos del pesado escándalo de imágenes del presente), en el futuro, con mayor facilidad.

Mi primer libro, Eva y los espejos, publicado en 2008, es uno de cuentos. En ese entonces, con el impulso que me daba estar descubriendo la literatura como algo maravilloso, como el único camino que quería (o tal vez sea más acertado decir: podía) seguir, escribí aquellos cuentos con cierta ingenuidad juvenil y algo de apremio por llegar al final de las historias. Mis inquietudes eran otras a las que tengo ahora. Buscaba reflexiones existenciales que se confundieran con elementos fantásticos u oníricos, en el mejor de los casos, alejándome mucho de la realidad nacional que, en aquel momento, me avasallaba hasta el cansancio, pero que no podía razonar con las armas del presente. Mi manera de escaparme de esa terrible Bolivia era ocultándome de ella en la ficción.

Desde que le puse punto final a mi cuarto libro, otro de cuentos, La memoria invertebrada, que se publicó en 2016, me propuse continuar el camino que me señaló la construcción de este: acercar los escenarios a los que yo conociera en mi vida cotidiana, hablar un poco más de la historia nacional (hay en ese libro un cuento que transcurre en la Guerra del Chaco u otro en alguna de nuestras tantas dictaduras) y situaciones humanas, en las que la encrucijada del momento diera lugar a una historia que, aparentemente, no terminaría nunca. Aquel libro, hecho de aprendizajes como todos los libros, se dividió en dos partes, una en la que lo real fuera determinante y otra en la que la figura de un monstruo (que podía ser cualquier cosa, en realidad: lo político, lo fantasmagórico, la locura) desencadenara los sucesos que afectaban a los protagonistas. Ya no estaba tan obsesionado con un final artificial, como he visto que muchos cuentos buscan, sino uno, digamos, más natural, más cercano a la realidad que habitamos, donde no siempre existen los finales redondos.


Foto: Juan Quisbert

Ayer el fuego busca internarse todavía con más fuerza en esa realidad nacional. Por eso, vi apropiado que los diez relatos que lo conforman se disfrazaran de una autobiografía. Por eso recomiendo que se lo lea en orden (aunque, por supuesto, el lector siempre será libre de leer como le plazca). Todos los cuentos están escritos en primera persona. Hay un Yo que sobrevuela sobre todos ellos sin identificarse. En realidad, Él no es lo que importa, sino Lo que le ha sucedido o ha visto que le ha sucedido a los Demás. A lo largo del libro, se narra una Infancia, una Juventud y una Adultez.

Todos los cuentos transcurren en los lugares que mejor conozco: los márgenes de la ciudad de La Paz; para ser más específico, en los barrios que circundan al centro de la zona Sur, donde vive la gente, tradicionalmente, mejor acomodada económicamente.

En Chupacabras se narra cómo transcurre la primera infancia de un niño que debe permanecer a solas en un territorio hostil y solitario que recién está poblándose, está tan solo que se fabrica un amigo imaginario para conversar. Dysneyworld narra cómo este niño deja su barrio para vivir en la elegante casa donde su abuela es la empleada doméstica de una familia de apellido inglés. También habla de la soledad, pero vista desde otro enfoque. En algún momento, mientras en el comedor de los patrones hablan inglés y en el de los empleados hablan aymara, él le pregunta a su abuela si acaso puede enseñarle su lengua, porque en ambos comedores la gente se ríe, pero él no puede comprender nada. No, hijo, le dice la abuela, tú tienes que aprender inglés, tienes que ser mejor que nosotros. Y quizás lo que suceda luego, ese desesperado intento por agradar al amigo jailón, hasta simular un teatro donde todos están involucrados, sea por esa primera educación también.

En Árbol asistimos a una voz adulta que recuerda un episodio de la infancia en el barrio cuando, un niño, junto a otros, se reúne cada tarde a jugar fútbol en las calles polvorientas. Hay un loco que camina por la zona creyéndose el macho alfa de una jauría. Sospechan que él es el padre de un perro con expresión humana, que, por el bien de todos, debe eliminarse. Ashley cuenta la historia de un colegial que se aventura a las lejanas calles del centro de La Paz (es que la zona Sur es casi una burbuja para muchos que viven ahí. No es raro que te digan: “Los jailones no van más allá de la 2 de Obrajes porque les da sorojchi” y los otros habitantes, los de los márgenes, cuando se ven obligados a salir de sus barrios lo hacen por trabajo o distracción). Allí, descubre que su compañera, vecina suya, trabaja de prostituta.


Foto: Juan Quisbert

Senkata narra cómo la amistad de un grupo de futbolistas de canchas de tierra, que han sido campeones en Ovejuyo, se ve destrozada por la llegada de la adultez y, con ella, de las pasiones. Huérfanos es otro relato sobre la amistad. Esta vez la de un niño —que ha preferido vivir en una cueva en las montañas de Achumani junto a un hermano al que la locura le ha invadido el cerebro— y una buena señora que quiere adoptarlo porque se le ha muerto el hijo.

La muerte de Lennon narra el amor entre un embolsador de supermercado y una señorita de familia rica con conciencia de clase. Un amor que no termina para nada bien. Canario es la historia de una venganza, ocasionada por otro amor terrible que busca vengarse en los padres de un desaparecido. La venezolana se aproxima más al presente, se habla de la crisis política que sufrió Bolivia en 2019 junto a la llegada de la pandemia, y, en medio, el drama de los venezolanos que llegaron a nuestro país a sobrevivir muy difícilmente.

Ayer el fuego, el cuento que le da el título al libro, marca el final de una búsqueda estilística. Y también, bajo el disfraz de un cuento de amor, habla de la venganza, de la estupefacción ante el racismo entre personas de una misma condición, y de ese afán tan nacional de quemar las cosas, como si se quisiera borrar las palabras o los hechos.

Hace algunos meses leí a una crítica literaria inglesa —que, imagino, no se animaría a vivir algunos meses en nuestros barrios periféricos, como no lo haría la mayor parte de nuestros propios críticos y escritores nacionales— decir que la narrativa del yo, o la de la violencia, la del realismo, estaba definitivamente passé, pasada de moda.

¿Cómo le explicamos a esa señora que las cosas que pasan en nuestras calles latinoamericanas no entienden de modas? Ojalá pudiéramos, por ejemplo, decirle, al ladrón que nos quiere quitar el celular: “señor, no lo haga, baje su cuchillo, no me golpee, que eso es passé”, y él nos hiciera caso y nos dijera: “qué tonto fui, lo siento, buscaré una manera más adecuada de asaltar”. Y es que uno escribe desde donde le duele. La realidad inevitablemente lastima, si la observas a profundidad o si te amenaza con un cuchillo y te golpea de cuando en cuando. Y es sobre eso que habla este libro. No hay moralejas en sus páginas. No hay una voz que te guíe sobre lo que debes pensar o qué no o sobre qué es lo correcto y qué no. Pienso que el escritor no es un predicador. No debe serlo jamás. He intentado que Ayer el fuego sea un trabajo honesto y que el lector, ese ser de libertad, sea el único que decida en qué creer luego de sentir la narración como si, en el mejor de los casos, le hubiera pasado a él mismo.

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‘Romeo y Julieta’, en danza contemporánea

Para celebrar sus 10 años de trabajo, la Compañía de Danza SHA lleva a escena la emblemática obra de William Shakespeare

Por Miguel Vargas

/ 8 de agosto de 2022 / 11:28

Han pasado 10 años desde que los coreógrafos, bailarines y profesores de danza Haru Beltrán y Sergio Valencia conformaran la Compañía de Danza SHA, un espacio para explorar y crear a través de la danza contemporánea, además de brindar formación. Una década después, tras obras como Piel (2015), Locura (2016), Salvaje (2017) y Caminantes (2018), el grupo presenta Romeo y Julieta, una adaptación a la danza contemporánea de la afamada obra del inglés William Shakespeare.

La compañía SHA se ha caracterizado por explorar las emociones y las relaciones interpersonales a través de la corporalidad. “Estos 10 años son la bendición y la certeza de haber cumplido un sueño, pero al mismo tiempo de reafirmar el compromiso de la responsabilidad que tenemos como artistas de seguir generando espacios de aprendizaje colectivo e individual, de revalorización del arte de la danza, cultivando disciplina y pasión en la gente que pasa por SHA”, explica Valencia.

Es la primera vez en Bolivia que se adapta la obra de Shakespeare en danza contemporánea. “Hemos respetado la esencia de la historia, pero hay algunas sorpresas en medio e interpretaciones muy interesantes. Se trata de un proyecto autogestionado y autofinanciado, por lo que nos gustaría poder tener más temporadas en La Paz y mostrarla en el interior del país. Deseamos que la gente celebre junto a nosotros con esta obra”, agrega el director.

Son 50 artistas los que participan en esta gran puesta en escena que se podrá ver los días 13 y 14 de agosto en el Teatro Auditorio Illimani del Campo Ferial Chuquiago Marka desde las 19.30.

“Magia. Hechizo. Nudos irrompibles. / Imposibles de desatar. Rojo. / Es ahí donde se dieron cuenta que / Hay lugares mágicos que no necesitan explicación. / El amor, el amor es uno de ellos”, dice parte del texto que sustenta la obra, para la que se pueden comprar ya las entradas ingresando en la plataforma de SuperTicket.

Y como las artes escénicas se pueden apreciar mejor a través de la vista más que del texto, ofrecemos estas imágenes de los ensayos, tomadas por el fotógrafo especializado en danza Alberto Schwartzberg, a manera de invitación.

La Compañía de Danza SHA durante los ensayos de la puesta en escena

Fotos: Alberto Schwartzberg

Fotos: Alberto Schwartzberg

Fotos: Alberto Schwartzberg

Fotos: Alberto Schwartzberg

Fotos: Alberto Schwartzberg

FOTOS: ALBERTO SCHWARTZBERG

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Ira fecunda, las emociones femeninas desde la danza

La danza contemporánea se usa para transformar la energía de la violencia a través de la expresión y el movimiento

Por Miguel Vargas

/ 1 de agosto de 2022 / 15:32

Ira fecunda y Amar U son dos obras de danza contemporánea que cuestionan, movilizan y encarnan la vivencia de las emociones femeninas, sobre todo ante la violencia, a través del cuerpo. Ambas piezas se presentarán hoy domingo 31 de julio a las 19.00 en el Teatro Nuna (21 de Calacoto, Parada PumaKatari). 

Ira fecunda —interpretada por Carmen Collazos, Adriana Iturralde y Tania Carafa, dirigida por Yumi Tapia Higa— forma parte del proyecto Quiero Gritar, que nace de la necesidad de visibilizar la emoción de la ira desde el mundo femenino.

“A partir de círculos de mujeres que propiciaban expresar en sororidad vivencias en relación a la ira y el elemento fuego a través del trabajo corporal y la palabra, tomamos herramientas que permitieron expresar y validar el enojo que en muchas situaciones es reprimido o descontrolado”, explica Tapia Higa.

Los hallazgos de este trabajo inspiraron la obra, que además permitió proponer nuevos ejercicios desde el cuerpo, los que serán compartidos en el taller presencial que se dará gratuitamente después de la función. El objetivo es “transformar la energía de la violencia a través de la expresión y el movimiento, encauzando la energía de la rabia en energía de voluntad de acción constructiva”.

Los conceptos del autocuidado y el cuidado comunitario y colectivo son piezas clave de la propuesta, que cuenta con el apoyo del Fondo Apthapi Jopueti. A través de este trabajo con el cuerpo se pretende potenciar la fuerza creadora, transformadora y sanadora femenina.

Amar U es la segunda obra que se presentará esta noche. Interpretada por Jessica Velarde y Tapia, conjuga danza contemporánea y teatro, desmenuzando interrogantes sobre negación, vivencia y sanación de aquellas mujeres que han sufrido violencia física, psicológica o han sido víctimas de feminicidio, resaltando además la diversidad e interseccionalidad de la vivencia femenina.

¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Yo tengo la culpa? ¿Qué caminos he recorrido para llegar a esta situación? Estas son algunas preguntas que se hacen las mujeres víctimas de violencia. “Amar U es un momento filosófico-retrospectivo hasta el impacto con la violencia, pero a partir de entonces nace también un legado, una hermandad, no estamos solas: ‘Por nuestras muertas, ni un minuto de silencio, toda una vida de lucha’.

Para más información sobre esta presentación, comunicarse con Par Mil Productora Artística al teléfono 76558885.

IMÁGENES DE LAS OBRAS DE DANZA CONTEMPORÁNEA ‘IRA FECUNDA’ Y ‘AMAR U’

FOTOS:  IMMANUEL TAGGER

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Alberto Chimal: ‘El humor es una forma de descuadrarnos del mundo’

El escritor mexicano presentará ‘La ciudad imaginada’ en la Feria Internacional del Libro de La Paz el sábado 13 de agosto a las 18.00

El escritor Alberto Chimal

Por Roberto Oropeza

/ 1 de agosto de 2022 / 15:20

La urbe latinoamericana está reflejada en estos cuentos escritos en diferentes momentos y que se hacen una sola pieza en La ciudad imaginada, libro del escritor mexicano Alberto Chimal que la editorial Yerba Mala Cartonera presentará en la edición 26 de la Feria Internacional del Libro de La Paz, el sábado 13 de agosto a las 18.00 en el salón Emma Villazón (Campo Ferial Chuquiago Marka, Següencoma).

El autor nacido en Toluca, México (1970), ha publicado las novelas Los esclavos (Oaxaca: Almadía, 2009), Shanté (Monterrey: Regia Cartonera, 2010) y La torre y el jardín (México: Océano, 2012); además de cuentos, minificciones y literatura infantil y juvenil. También trabaja en traducciones literarias, guionización, dramaturgia,narrativa gráfica, enseñanza de escritura creativa y tiene además un canal de YouTube de difusión literaria.

—Si bien los textos de La ciudad imaginada han sido escritos a lo largo de varios años y sin un propósito común, ¿qué logra articularlos y darles un sentido?

—La idea de la ciudad. Seleccioné textos que tuvieran alguna relación con ella, desde entornos urbanos explícitos hasta comunidades o formas individuales de pensar que se relacionaran con ellos. Y por encima de todo ello está la imaginación fantástica, o por lo menos la de lo improbable y lo extraordinario.

—¿Cuáles son las fuerzas que rigen La ciudad imaginada?

—Por una parte, las de la naturaleza y el poder humano. Por la otra, las de la imaginación.

—¿Qué importancia tiene el territorio en estos cuentos?

—Mucha, porque el territorio es al mismo tiempo el espacio físico y una proyección de nuestro pensamiento. Lo que definimos como nuestro y de nuestros semejantes afecta todo lo que hacemos como seres humanos, y algo de eso se refleja en los cuentos.

—¿Por qué La ciudad imaginada puede ser cualquiera de Latinoamérica?

—Porque la imaginación fantástica que me interesa emplear en estos cuentos tiene un origen latinoamericano. Aquí usamos etiquetas usualmente importadas (“ciencia ficción”, “fantasía”, etcétera), pero necesitamos adaptarlas a nuestras circunstancias: a contextos sociales y políticos que no son los del norte global.

—¿Cómo fue el proceso de escritura de uno los cuentos más oscuros? Estamos hablando de Mogo.

—Este cuento es el más antiguo de la colección: ya casi cumple los 20 años. Y lo que quería hacer con él era retomar elementos de historias todavía más anteriores, en las que había ese entorno familiar (urbano, claro) y también esas presencias oscuras. Recuerdo que el primer borrador fue difícil, pero las revisiones lo fueron cada vez menos.

—En Cuerpo hay un placer por los comportamientos extraños, la desviación o metamorfosis en el ser humano. ¿Por qué le interesó trabajar esos temas?

—Parte del horror de nuestra época está en nuestro conflicto al parecer insoluble con el entorno natural. Lo que a veces se llama el body horror (otra etiqueta importada, qué remedio) usa la distorsión del cuerpo como símbolo de males interiores. En el cuento me interesaba hacer algo distinto a partir de esa misma noción.

—Existe un manejo del humor de manera sutil en muchos de los cuentos, sobre todo en Variación sobre un tema de Coleridge y Veinte de Robots. ¿Qué puede decirnos acerca de ese aspecto en su narrativa?

—Me gusta mucho el humor. El que suelo usar es muy mío, a veces muy enredado o muy surrealista, pero lo empleo porque me divierte (además de la obvia motivación de usarlo para criticar o señalar defectos de la vida real, que es importante, sí, pero me disgustan mucho los textos que solo intentan predicar). Me gustaría creer que el humor es también una forma de descuadrarnos del mundo, de cambiar nuestra percepción.

—Hablemos sobre los finales de sus cuentos, que a ratos se dan de manera abrupta, sin concesiones para el lector. ¿Cuándo se acaba una historia?

—Este es otro aspecto de lo que escribo, porque en esos finales interviene mucho mi propio gusto. He hecho finales convencionales, ¿por qué seguir haciéndolos? ¿Por qué no poder experimentar con diferentes formas y estructuras al escribir?

—En todos estos años como escritor, ¿cómo ha logrado pulir un estilo hasta llamarlo suyo? ¿Cómo es su proceso de edición?

—Mi proceso de edición es la parte más complicada de cualquier proyecto. A veces me siento como cineasta, porque al editar, montar, agregar y quitar es donde aparecen muchos aspectos interesantes (para mí, al menos) de mis textos.

—Ha incursionado en la novela gráfica y los guiones. ¿Qué valor le da a otros géneros literarios en su narrativa?

—Constantemente estoy buscando nuevas influencias, nuevas fuentes de ideas para escribir. Así que me gusta conocer (y crear) obras fuera del campo de la narrativa en “estado puro”. Empecé a encontrar esas influencias hace 30 años, cuando por un tiempo escribí muchos textos teatrales e híbridos. Sigo en eso.

 —Sabemos que dicta cursos y talleres en México. ¿Qué jóvenes autores puede recomendar?

—Ahora tenemos nuevas generaciones muy buenas por aquí. Un puñado de autores y autoras que (creo) darán mucho de qué hablar: Olivia Teroba, Andrea Chapela, Enrique Urbina, Aura García Junco, Luisa Reyes Retana, Atenea Cruz…

—¿Cuál es su relación con la tecnología para escribir, dar talleres o en el día a día?

—Desde la adolescencia, cuando estaba de moda la idea de la informática como una tecnología que iba a traer una especie de futuro utópico, me interesé por lo que entonces eran nuevas herramientas, nuevos sustratos para crear. Así que hay una influencia prolongada que está en mucho de lo que he escrito. En cuanto a las clases, actualmente trabajo principalmente en línea por diversas razones, así que esas otras tecnologías se me han vuelto indispensables.

—¿Sus planes en un futuro próximo?

—Espero terminar de reponerme de una cirugía de rodilla por la que estoy en rehabilitación prolongada. Acabo de terminar una novela que saldrá probablemente el año próximo, y me gustaría que el siguiente proyecto fuera otro libro de cuentos: textos —ahora— totalmente nuevos.

—¿Por qué publicar en una editorial cartonera como Yerba Mala?

—Porque me encanta el proyecto y el espíritu de las editoriales cartoneras. He publicado textos en varias de ellas y espero poder seguir haciéndolo.

Portada. El libro ‘La ciudad imaginada’ (ed. Yerba Mala Cartonera) se presentará en la Feria Internacional del Libro de La Paz

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Zenobia Azogue: bodas de Oro

La actriz y directora de teatro cumple este año medio siglo de trabajo sobre los escenarios. Repasamos su rica trayectoria

Zenobia Azogue

/ 1 de agosto de 2022 / 15:07

Mariana está perdida y loca. Mariana es una mujer/mito, lucha por la libertad contra el rey, don Fernandito. Y entrega su vida por la causa, por amor. Nadie se acuerda hoy del rey felón/Borbón, pero las canciones sobre Mariana Pineda se siguen escuchando dos siglos después; la obra de teatro que escribiera su paisano Federico García Lorca (ambos andaluces de Granada) se representa aún hoy en teatros de todo el mundo. Mariana muere asesinada con un método cruel —el garrote vil— por tejer una bandera con tres palabras: “libertad, igualdad, ley”. Su delito fue bordar en los vientos la bandera de su libertad.

Estamos en La Paz, Bolivia, año 1983, Teatro Municipal. Zenobia Azogue es la “heroína de la libertad”, es Mariana Pineda, como antes lo fueron Margarita Xirgú, María Dolores Pradera, Pepa Flores o Virginia Lago. Zenobia como Mariana “siente quemarse con su propia lumbre viva, está rosa de sangre su pecho” (Lorca dixit). Jamás en su vida de actriz ha sentido una angustia tan grande a la hora de meterse en la piel de un personaje. “Cuando volvía a mi casa después de actuar, no podía estar sola, me parecía estar cerca del cadalso a punto de morir en escena, sufría pesadillas y mis hijos tuvieron que botar todo lo relacionado con la obra, por eso ya no tengo ni un programa”.

Zenobia es como las rosas hembras, son las únicas que florecen, pero tienen espinas. Nace en La Paz el 24 de junio de 1944, es la primera de diez hermanos (Esperanza, Guillermo, Hugo, Isabel, Ricardo, María, Nancy, Franz y Deisy). Su padre, Hermenegildo Azogue Gutiérrez, marcha de joven hacia el Chaco Boreal. Las historias de la guerra formarán parte del acervo familiar. “Nos contaba cómo exprimían las hojas de los cactus para sacar alguito de agua y saciar la terrible sed, a mi padre le decían el Macho Azogue y cuentan que su fama llegó a oídos del mismísimo Germán Busch”. A su regreso a La Paz, tras pasar varios años prisionero en Asunción, donde aprende guaraní, don Hermegildo trabaja como profesor de Educación Física en Viacha. En el colegio conoce a la madre de Zenobia, doña Julia Crespo Valencia, que da clases de Castellano. Cuando el padre entra a la Policía, la familia acompaña en los destinos; ora Sajama, ora Corocoro, ora Cochabamba.

Zenobia va a crecer en la Llajta en una casa del centro, en la calle Ecuador. Hace la primaria en la escuela 14 de Septiembre, la secundaria en el colegio Elena Arze de Arze y luego ingresa a la Academia Man Césped para salir como profesora de Arte Escénico e Interpretación Poética. “El teatro y la poesía han marcado mi vida, con ambas me he sentido realizada a pesar de la falta de políticas culturales y del poco apoyo”.

Con siete años, Zenobia se enamora de la declamación. Ve un anuncio en el periódico donde Radio Rural de Cochabamba premia con entradas de cine a las mejores recitadoras. Aquel domingo se gana sus primeras cortesías para ver películas en las matinales  del Cine Bustillo. Zenobia todavía se acuerda de aquel primer poema que declamó en la radio; era Romance de María Barzola de Gontran Arranza. “Con un arco iris al hombro marchó María Barzola rumbo a la muerte minera, / rumbo al país de la gloria, abanderada del hambre y avanzada de la aurora”.

En 1970 una compañía de teatro de Buenos Aires llega a Cochabamba para dar unos talleres de teatro infantil. Zenobia está en primera fila y el bichito de trabajar con los niños se prende al cuerpo. Su profesora de la Academia Man Césped, Beatriz Hartmann de Bedregal, también cantante de ópera y poeta, la invita a participar en la zarzuela La rosa del azafrán del compositor Jacinto Guerrero, basada en El perro del hortelano de Lope de Vega. Junto a los personajes cómicos de la obra, Moniquito y Carracuca, Zenobia interpreta a una mujer de pueblo y levanta aplausos y risas en el Teatro Achá.

LA GRÁFICA

Activa. La teatrista posa en su casa de Irpavi. Continúa produciendo

Artistas. Zenobia Azogue junto a Beatriz Hartmann en una foto del archivo de Azogue

El afiche de la obra Fedra, en su estreno teatral en 1972

Recital de poesía en Cochabamba, con escenografía de Gíldaro Antezana

Azogue en ‘Mónica y el florentino’ (1981)

Niñez. Azoque, en su faceta de educadora en talleres de Teatro Infantil.

La obra que le regaló el ecuatoriano Guayasamín

Portada del álbum artístico

El debut en el teatro llega pronto. Cochabamba es, en los setenta, la capital del teatro boliviano. La fundación en 1967 del Instituto Boliviano de Arte (IBART) ha provocado un inusitado movimiento teatral en la Llajta de la mano de Julio Travesí, el chileno Raul Horth, Oscar Cortés y Asuntita Limpias de Parada. Llueven los festivales y brotan los elencos, hasta un total de 17. En uno de ellos, en la Compañía de Teatro Canata, Zenobia se estrena en 1972 sobre las tablas con un papel en la obra Fedra de Miguel de Unamuno (con Sonia de la Rosa, de “prota”). Hace de Eustaquia, la nodriza de Fedra, bajo la dirección de Jorge René Vargas que también pone en escena obras de Pirandello, Chejov, O’Neill, Usigli.

Para aprender a utilizar el cuerpo y ganar en plasticidad, Zenobia entra a la escuela de Lila Arzabe, la Academia Ana Pávlova. Su primer rol protagónico llega con Luna de miel, bajo la dirección de Raúl Horth en 1974. En esa efervescencia teatral cochabambina, también actúa en el Achá para el grupo de teatro El Punto de Saúl López Terrazas con la obra filosófica/existencialista Berenice de Ernesto Vaca Guzmán e interpretada por Melita del Carpio.

La poesía, no obstante, sigue rondando sus pasos. Un buen día, el pintor de Ayopaya, don Gíldaro Antezana, conocido por sus gallos y sus girasoles, escucha un ensayo de teatralización poética y se compromete a diseñar la escenografía para sus recitales. Dicho y hecho. Gíldaro pinta flores y palomas de la paz en su particular estilo expresionista figurativo. Elsa Dorado escribe así en el periódico El Diario: “En el arte de Zenobia Azogue el verso vibra, se nutre y se expresa en una explosión de humanas emociones; su voz cristalina es la expresión vital de una gran esencia”.

Por motivos de trabajo de su compañero, vuelve a la ciudad de La Paz en 1976. Vive en la plaza Triangular del barrio de Miraflores y se hace cargo del Taller de Teatro Infantil de la Alcaldía que dirige Mario Mercado Vaca Guzmán, siempre presto a apoyar el cine y el teatro, amén de su querido club Bolívar. Los otros talleres que se imparten en el Teatro Municipal tienen como profesores a Willy Pozadas y Juan Antonio Maldonado (de música), Margot Salas (danza folklórica) y Morayma Morita Ibáñez (títeres).

Los hijos de Zenobia (Marco y Geraldine Montaño) interpretan las obras que dirige su mamá junto a decenas de niños y niñas. “Eran todos sumamente creativos, absorbían mucho, trabajar con ellos era maravilloso y me dejaban sorprendida siempre, hasta hicimos Blanca Nieves Rock con Norma Merlo”. En La Paz también actúa bajo la dirección de Ninón Dávalos La luz que agoniza de Patrick Hamilton.

Tres años después, en 1979, Zenobia gana una beca para viajar y ver teatro en París. De la escena en la “ciudad de la luz” le sorprende el cariño tremendo del público hacia los actores/actrices y la generosidad de estos a la hora de compartir sus experiencias. Conoce al director actor y Robert Hossein y Juan Canolle, director en La Opera, es su guía en París. En Francia (en la Maison de l’Amerique Latine) y luego en Madrid, Zenobia recita poesía española y boliviana con poemas de Norah Zapata, Yolanda Bedregal, María Virginia Estenssoro, Silvia Mercedes Ávila y Alcira Cardona, entre otras. Su poeta favorito es Federico García Lorca: “la fuerza de sus versos y la potencia de sus personajes son lo máximo, lo que transmite es impresionante”.

Dos años después, en 1981, funda el elenco La Mueca. “No teníamos un elenco estable, pues los actores y actrices conocidos del momento siempre llegaban tarde y eran muy indisciplinados, así que yo opté por convocar a jóvenes que tenían otros trabajos, pero que amaban, querían hacer teatro y eran puntuales”. Así, changos como Jorge Ortiz que laboraba en el Centro Boliviano Americano, ingenieros como Enrique Prudencio, artistas como María La Placa o diputados como Eduardo Chichi Siles y su hermana Eliana o Erika Brockmann debutaron como actores y actrices.

El nombre de La Mueca lo propone don Armando Soriano Badani, poeta, escritor y crítico de teatro. La primera obra de teatro que ponen en escena es Mónica y el florentino del dramaturgo venezolano Isaac Chocrón, autodefinido como “zurdo, judío y homosexual”. En el elenco aparecen Gabriel Revollo, Freddy Cano, María Eva Capparelli (hermana de Roberto, el gran delantero stronguista de los años 40), Maruja Serrudo Ormachea, Vilma Beltrán… A finales de los ochenta, participa en los talleres que dan en La Paz el uruguayo Carlos Aguilera (el cual monta Orquesta de señoritas de Jean Anouilh) y el argentino Roberto Perinelli.

En la casa de Zenobia, en Irpavi, la directora y actriz tiene cuadros de sus amigos y amigas artistas: hay uno de Gíldaro Antezana y otro de Gil Imaná; hay tres de Silvia Peñaloza; hay otro con dedicatoria incluida del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín; otro de Ángeles Fabbri en modo afiche de La Mueca; y un retrato (fotográfico) de Gastón Ugalde. “Guaysamín vino una vez a La Paz invitado para ser jurado del Salón Pedro Domingo Murillo, me vio en un recital de poesía y me regaló un cuadro suyo, la dedicatoria dice así: a Zenobia con cariño”.

Se muestra orgullosa de uno de sus mejores logros: “en 2001 conseguí que los artistas no pagaran impuestos por sus actividades en los espacios municipales”. Cuando llegó la actriz Geraldine Chaplin también pasaron cosas mágicas: “cuando le dije que mi hija se llamaba así porque la admiraba mucho se me emocionó y quiso conocerla, cenamos en su hotel antes de que se fuera a rodar la película de Jorge Sanjinés, Para recibir el canto de los pájaros.

Azogue también ha sido profesora de Teatro para docentes de colegio e impulsó el teatro colegial. Participó en los primeros Fitaz con Hay que deshacer la casa de Sebastián Junyent. En los últimos años, antes de la pandemia, no ha dejado nunca de ser una “intérprete del verso” (Homenaje a Yolanda Bedregal) y las ganas de hacer teatro se han mantenido intactas: “quisimos hacer una obra llamada Cuatro mujeres con Cecilia Córdoba y Erika Bruzonic. Y también hacer de nuevo Doña Rosita, la soltera de García Lorca, que estrené en 1990 en el Teatro Municipal de La Paz”.

Zenobia ha perdido la cuenta de las obras que ha dirigido y actuado. Su currículum teatral supera las diez páginas entre actuaciones en el extranjero (principalmente en Estados Unidos), dirección de teatro infantil y juvenil, cursos, talleres, zarzuelas, recitales de poesía… Los premios, diplomas y distinciones llegan a las dos docenas, incluida su incansable labor al frente de la Asociación Boliviana Pro-Arte.

Cumple este año sus “Bodas de Oro” sobre el escenario (debutó en 1972), medio siglo haciendo teatro. Diminuta, transparente, incorpórea a veces, invisible a ratos, como si estuviese en otra dimensión, presente siempre. Es Zenobia Azogue.

FOTOS: RICARDO BAJO H.

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