Monday 3 Oct 2022 | Actualizado a 20:33 PM

Elvis

/ 1 de agosto de 2022 / 14:34

La película del director australiano Baz Luhrmann recurre a un ritmo frenético para retratar la vida del ‘Rey’

CINE

Aún a los más apasionados fanáticos de la montaña rusa les resultaría insoportable trepar y caer sin pausa durante 2 horas y 38 minutos. Pues bien, una experiencia de esa naturaleza es la propuesta a compartir del director australiano Baz Luhrmann (Sidney/1962) —ponderado por algunos sectores de la crítica como uno de los directores sobresalientes del presente—, so pretexto de una biopic dedicada al, con puntería, denominado “Rey del rock”.

Aun cuando lleva 30 años en el oficio, la filmografía de Luhrmann se reduce a media docena de títulos, escasez atribuida por sus admiradores al hecho de que, además de director, suele ser el responsable de los guiones, la fotografía, la banda sonora y el diseño de producción de sus realizaciones, entre las más destacadas de las cuales se nombra a Moulin Rouge (2001) y El Gran Gatsby (2013). Consideración a millas de distancia por cierto de la unanimidad: no escasearon recensiones cuyos autores definieron al primero de los dos títulos como mamarracho.

Es cierto que Luhrmann posee un estilo propio, escorado casi siempre hacia el exceso autoindulgente, y sería absurdo, si ese se le antoja el formato preferido, pedirle que deje de lado tal manera de afrontar la puesta en imagen de sus trabajos. Pero entonces cabe preguntarse si aquella era la más adecuada para incursionar en la trayectoria de Elvis Presley. Cuestión de manera alguna secundaria, puesto que entre los primeros interesados en absolver los interrogantes de tal índole debieran figurar aquellos cineastas empeñados realmente en configurar una “obra de autor”, que en caso alguno puede plasmarse sin empatar de modo armónico el cómo con el qué.

En verdad, durante buena parte del interminable metraje de Elvis —de bloquear la tentación de echarse de tanto en tanto una siesta se encarga el innecesariamente frenético tránsito de unas situaciones a otras— queda claro que a Luhrmann, Presley le valía un cacahuate. ¿Será que debido a ese desinterés optó por montar su desnatado espectáculo exhibicionista en torno a las cavilaciones del “coronel Tom Parker”? Entrecomillo grado y nombre puesto que en algún momento se supo que ese sujeto desalmado y manipulador, adicto a las apuestas, deudor impenitente, que fungió como mánager de Presley a lo largo de toda su carrera, no poseía título castrense alguno dada su nacionalidad neerlandesa y ni siquiera apellidaba Parker, pues respondía al nombre de Andreas Cornelis van Kuijk, amén de haberse llenado los bolsillos hasta entonces como empresario circense, enmascarado en una falsificada nacionalidad estadounidense.

Pues bien, la trama arranca con el fondo de una reflexión en off de “alias” Parker, quien luego de sufrir en su oficina un desmayo, que lo estacionó en la orilla del óbito, recobra un poco de conciencia en un hospital de Las Vegas donde recuerda que acaba de ser blanco de varios artículos periodísticos los cuales lo tildaban de taimado estafador y de haberse aprovechado de su representado, hurtándole el 50% de las ganancias que obtenía en sus actuaciones y forzándolo a hacer lo que le ordenaba y no aquello que a Elvis le gustaría hacer, convirtiéndolo en suma en una suerte de títere manipulable. El moribundo Parker cree, de acuerdo a los guionistas, necesario aclarar las cosas, o terminar de falsificarlas si somos más precisos. Sus dichos y las confrontaciones con Presley pasan pues a ser los ingredientes esenciales del desabrido conflicto dramático de la historia (de la construida por el realizador desde luego).

Que la película eche toda la culpa al sinuoso “mánager” por los tropiezos en la carrera de Elvis, aun cuando por momentos desliza la contradictoria idea que fue él quien encaramó al personaje en los primeros planos de la notoriedad universal, es de igual manera un antojadizo recorte de una realidad cuya complejidad escapa por entero al alcance de un director que en la oportunidad acaba malversando los pocos créditos con los que todavía contaba.

Actor. El rol protagónico de la biopic dedicada al músico Elvis Presley está a cargo de Austin Butler. Foto: Internet

Ya que mencionamos el guion, mayormente desperdigado y esquemático, valga decir que si en algo acertó su cuarteto de autores fue en los tramos en los cuales el relato nos transporta al despertar de la vocación del personaje durante su niñez en Tupelo, humilde barrio obrero de Mississippi, cuando colándose en las carpas donde los músicos negros amenizaban, por así decirlo, las ceremonias religiosas, quedó prendado del ritmo de los blues, el góspel, el rhythm, la música country y otros géneros allí llevados a la perfección, los cuáles más tarde combinaría para, a partir de 1955, inaugurar un momento clave en la historia del rock and roll. Que un músico blanco hubiese dado con el modo perfecto de mezclar esas vertientes de origen afro fue la constatación más palmaria del talento musical innato de Presley. En algún momento también se creyó que ello validaba la figura de aquél como uno de los paladines de la lucha contra el racismo, falsedad con la cual comulga Elvis, pasando por alto, entre otros datos, su entusiasta apoyo a Nixon, quien supo instrumentar políticamente tal simpatía. Omitir semejante “detalle” parece una grave inconsecuencia en el enfoque de la película, que por momentos simula, nada más que eso, cuestionar la transformación de Presley en un lucrativo producto comercializable por la industria capitalista del entretenimiento y por el conservadurismo aferrado al poder.

El desinterés del director por el costado humano de Presley, por su estrafalario y borrascoso recorrido existencial, interrumpido en 1977, cuando contaba apenas con 42 años, resulta inocultablemente evidenciable en la ligereza, fruto de un apresuramiento sin sentido, con la cual Luhrmann aborda algunos episodios cruciales de ese paso por la vida: la relación edípica con su madre y la tragedia que para Elvis supuso su muerte; la debilidad mental de su padre, que acabó dejándolo a disposición de las jugarretas del turbio “Parker”; la conflictuada relación con su esposa Priscilla, mucho menor que él, así como con la hija de ambos;  finalmente el hondo pozo depresivo en el cual cayó durante sus últimos años de vida, preso de una obesidad descontrolada y adicto a las anfetaminas y tranquilizantes, cuyas sobredosis acabaron matándolo.

Algunos de tales episodios fueron exhibidos en los más de treinta largometrajes, en muchos de los cuales el propio Presley participó, o bien estuvieron inspirados en su idolatrada figura, así como en varias series y documentales para la pantalla grande o chica. Ello no hace otra cosa que ahondar las sospechas acerca de los motivos por los cuales el director australiano juzgó necesario sumar otro, fallido, intento biográfico.

Tales dudas son alimentadas por el infatuado estilo narrativo elegido para ponerlo en imagen, traveseando con recursos que inflan la impresión de sinsentido del emprendimiento apuntado en definitiva apenas a engrosar la insaciable egolatría del realizador. Cortes abruptos que interrumpen las canciones, una sola se incluye entera, cantidad exigua para un film que se quiere mostrar enrolado en el género musical pero acaba mimetizándose en el sin-estilo de los videoclips.

El uso discrecional de otros ingredientes de mera pirotecnia visual: la pantalla dividida, la cámara lenta, los textos sobreimpresos, las superposiciones, los atolondrados zooms de acercamiento y alejamiento, todo como parte de una prisa, de una hiperquinesis, carente de toda significación dramática o expositiva también dan la impresión de responder apenas a caprichos personales igualmente ayunos de cualquier derrotero. O bien, como es propio de los mencionados videoclips, la impaciencia expositiva, una compulsiva impaciencia para dejar que el espectador deje de serlo pasivamente interactuando con lo mostrado y más bien se acostumbre a las significaciones predigeridas.

La personificación de Elvis le fue encomendada al galán Austin Butler, de escaso parecido físico con el presunto biografiado, quien se las arregla empero a su manera imitando las sensuales contorsiones pélvicas del personaje, que enloquecían a las plateas, femeninas especialmente, sin dejar de ser consideradas escandalosas en tiempos en los cuales todavía una moralina hipócrita barnizaba en gran parte las opiniones públicas más conservadoras. Y finalmente, vista la película, se pensará que siendo evidente cuán poco le interesó a Luhrmann aproximarse al ser humano, apostando a  juguetear con el mito, poco importaba que el doble de Presley se pareciera nada al original.

Componer al antagonista del asunto, Parker claro, fue la tarea asignada a Tom Hanks, encajándolo a la mala por primera vez en su carrera en el rol de un villano hipercaricaturesco. El resultado es patéticamente malo, no solo debido a que a Hanks se lo siente incómodo con las varias capas de maquillaje y los muchos kilos de prótesis que se ve obligado a llevar encima, más bien, sobre todo, porque su encarnación consiste en, la imposible faena, de dar vida a un estereotipo de gestos forzados al extremo y dichos expresados con un no menos artificioso acento extranjero.

Para resumir, rápido y conciso: imposible encontrar en los casi 150 minutos de metraje de Elvis instante alguno de intimidad, pausa o sobriedad, dado que Luhrmann juega todos sus peones a la grandilocuencia, al ruido, a la transitoriedad, útiles quizás para destripar un mito, pero en caso alguno si se trata de empatizar con una persona. La inflación figurativa acaba nomás resultando tan perjudicial y encabritante como la otra (Ud. sabe a cuál aludo).

Erótica 6.0: cuando lo bueno se repite

Más de una veintena de artistas son parte de la muestra dedicada al erotismo y al desnudo en la galería Altamira

color. El pintor potosino Zenón Sansuste presenta ‘La vie en rose’, óleo sobre trupán (160 x 80 cm)

Por Ariel Mustafá

/ 2 de octubre de 2022 / 01:24

De las 16 fechas de exposición anuales que organiza la galería Altamira (calle José María Zalles #834, bloque M-4, San Miguel, La Paz), solo hay dos que son colectivas y, además, temáticas. Y solo una de ellas que año tras año se repite. Cuando la hicimos por primera vez, allá por 2016, bautizada Por el ojo de la cerradura, lo hicimos como un divertimento, como una manera de convocar —y provocar— a un público que sabíamos se acercaba al desnudo, que por otra parte goza de una gran tradición en la pintura universal.

Lea también

Enrique Arnal: El mundo de mi memoria

En ese momento convocamos a los artistas cercanos a la galería a que trabajen algo específico para ese tema. El resultado al recibir las obras no pudo ser más alentador. Las propuestas eran bellísimas y variadas. Por supuesto que por sobre todo estaba presente el desnudo femenino, pero hubo piezas sutiles y crípticas que contenían una carga erótica que nos llevó a pensar que este tema ofrecía muchísimas posibilidades. Al año siguiente empezamos a utilizar la palabra “erotismo” para la convocatoria. Lo demás es historia. Esta es nuestra sexta versión y no dejamos nunca de sorprendernos, y sorprender al visitante, que es el fin último de nuestro trabajo. Erótica 6.0  colectiva de desnudo, estará abierta al público hasta el 11 de octubre de 10.00 a 13.00 y de 15.30 a 20.00.

Y si algo nos causa asombro, algo que me atrevo a asegurar, es que el paso de los años hizo que nos convirtiéramos en sociedades más represivas, más pacatas. Revisando la historia del arte y del erotismo puedo decir, sin temor a equivocarme, que desde el inicio de los tiempos los hombres convirtieron el erotismo en arte, y lo hicieron de una forma libre y poderosamente abierta. ¿Una prueba? Intente usted subir alguna de las obras de esta exposición a Facebook y saltarán las alarmas. Esta es nuestra modernidad.

LA GRÁFICA

Encuentro. La paceña Carolina Lovo exhibe ‘Balcón’, acrílico sobre lienzo (80 x 80 cm).

Trazos. Del artista potosino Enrique Arnal se ha rescatado este ‘Estudio’, grafito sobre papel (100 x 83 cm)

Ciudad. La artista paceña Ángeles Fabbri muestra el políptico ‘Conversación en la Catedral’, acrílico sobre lienzo (140 x 150 cm)

Urbano. El paceño Gustavo del Río enseña ‘Business day’, óleo sobre lienzo (104 x 69 cm)

Desnudos. El paceño Mario Conde ‘Barbies’, acuarela sobre papel (76 x 56 cm)

Abstracción. ‘Confort’ (óleo sobre lienzo, 125 x135 cm), del pintor paceño Vidal Cussi

Trazos. ‘Dama’, xilografía iluminada sobre papel (16.5 x 33.5 cm), del sucrense Juan José Serrano

Mitología. El paceño Pablo Giovany propone ‘Cantar de los Cantares 8:6’, (acrílico sobre lienzo 70×70 cm)

Silueta. ‘Torso negro’, talla en piedra basalto negro (58 x 25 x 11 cm) del escultor paceño Jorge Aranda

Masculino. El paceño Rubén Perales pintó ‘Dionisio y los Zarzales’, óleo sobre lienzo (70 x 90 cm)

Humor. Christian Aranibar sugiere ‘El fruto prohibido’, óleo sobre lienzo (47 x 47 cm)

Escultura. El artista Juan Bustillos —nacido en los Yungas y radicado en Santa Cruz— propone ‘Placer’, una escultura en bronce (28 x 50 x 30 cm)

Fotos: Galería Altamira

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Cadenza: los sonidos de Bolivia

El dúo lírico de Susana Renjel y José Luis Duarte recoge canciones icónicas del país y les imprime una sonoridad diferente

Por Miguel Vargas S.

/ 2 de octubre de 2022 / 01:02

En 2017, el Dúo Lírico Cadenza presentó su primer disco, Algo que cantarte, un trabajo que reunía una efectiva y ecléctica selección de canciones que fungía de carta de presentación de la propuesta que desde 2016 han realizado la soprano Susana Renjel y el tenor José Luis Duarte: llevar el canto lírico a la canción popular .

Tras este material, el dúo recorrió diferentes géneros, desde la música de películas, pasando por los temas emblemáticos de los grandes crooners, hasta los éxitos de las décadas 1980 y 1990. Eso les llevó a llegar a un público más masivo y en convertirlos en estrellas de los eventos corporativos y bodas.

Fieles al crecimiento de sus respectivas carreras, más allá del éxito comercial, se plantearon, tras ese trayecto, un reto mayor: no simplemente interpretar música boliviana con el estilo del canto lírico, sino proponer una sonoridad diferente para la promoción de la música boliviana.

Lea también

Música, cine y romance en la edición cultural de viernes de ‘Piedra, papel y tinta’

Cadenza

Es esto justamente lo que Sonidos de Bolivia hace, no solo  a través de las voces de Susana y José Luis —quienes han trabajado arduamente tanto en consolidar su estilo personal de interpretación individual como en potenciar sus voces juntas en una “voz” de dueto que también goza de personalidad propia y que sirve además para demostrar que juntos manejan un rango interpretativo poderoso— sino en los arreglos y estilo que han cobrado las mismas canciones en esta grabación.

Es así que temas de compositores como Matilde Casazola, Gilberto Rojas, Willy Claure, Javier Quispe, Humberto Iporre Salinas, Julio Bracamonte, Willy Alfaro, Yuri Ortuño y Néstor Olmos, entre otros, de estilos tan diferentes, conforman una unidad en los arreglos de Luis García, quien también ejecuta el piano —siempre preciso, así como dulce y armónico—, que a través de 14 canciones da un viaje musical por el país que visita la cueca, el taquirari, la copla tarijeña con un estilo único.

Los vientos de Roberto Morales  y el piano de García acompañan las voces de Susana y José Luis con delicadeza y solvencia, ofreciendo canciones que se dejan escuchar a detalle, con delicados matices las interpretaciones, libres de efectismos. Es un claro ejemplo de que menos es más. Ahora, José Luis se apresta a participar en el show de Plácido Domingo en Santa Cruz, mientras Susana continúa sus actividades en España. Y si bien físicamente ambos músicos ahora están siguiendo caminos separados, este disco nos muestra las proyecciones de su proyecto, que sin duda, verán la forma de continuar. 

Foto: Focusmile

FICHA TÉCNICA DEL DISCO ‘SONIDOS DE BOLIVIA’

Voces:

Susana Renjel y José Luis Duarte

Dúo Lírico Cadenza

Producción:

Dúo Lírico Cadenza

Grabación, mezcla y masterización:

Cantus

Arreglos musicales:

Luis García

Piano:

Luis García

Flauta traversa, saxofón, quena y quenacho:

Roberto Morales

Fotografía:

Focusmile

Fotógrafos

Accesorios:

Collita

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Alma latina, un viaje a dos guitarras

Mauricio Lanza Acebey y Rodrigo Llanos Sangüesa brindarán conciertos de música latinoamericana en La Paz y Santa Cruz

Mauricio Lanza Acebey y Rodrigo Llanos Sangüesa

/ 2 de octubre de 2022 / 00:54

La música ciertamente ha impactado en todos nosotros en diferentes momentos y formas. En lo personal, descubrir ese mundo ha significado ser parte de un viaje con muchas estaciones en las que uno se detiene para ver el paisaje y apreciarlo. En este caso en particular, tocó embarcarse en un viaje algo distinto a lo que era usual para mí en los últimos 25 años de escuchar música, me refiero a que lejos de la distorsión de las guitarras o las baterías de golpes incesantes, había que darle espacio a una experiencia familiar, porque se da en un territorio local, pero con un alma y esencia distintas.

Así fue como la interpretación de guitarra clásica que ejecutan Mauricio Lanza Acebey y Rodrigo Llanos Sangüesa lograron que me suba a este tren y disfrute una experiencia latinoamericana. Son dos intérpretes bolivianos que desde 2018 vienen tocando juntos con la meticulosidad que el estudio les ha demandado y el corazón que solo los latinos podemos presumir ante el resto del mundo, en un dúo que ha trascendido las fronteras nacionales e internacionales.

Su pasión por este arte, así como los colores de su sonido único y al calor de la vibración de sus maderas, los ha llevado a emprender su propia aventura hace cuatro años, cuando estrenaron en el país La Sonata de los Viajeros, del compositor Leo Brouwer; una obra que, según quienes son entendidos de la materia, es una de las más fantásticas de nuestro tiempo y a la que, hasta la fecha, han sido los únicos en hacerle un justo homenaje. Fue esta interpretación la que los ha llevado a iniciar su primera gira por distintas ciudades de Bolivia. La experiencia tipo viaje a la que hacía alusión en el inicio es algo que también sucede en estos artistas, lo que quisieron poner en escena, al simular una travesía en tiempo y espacio, desde una visita inicial a las tierras heladas del sur de nuestro continente, hasta el mar de las Antillas; mientras contemplaban a la musa de Praxíteles y la obra de Cervantes, e incluso conversaciones del propio J. S. Bach con un sacerdote. Esta propuesta se hizo cada vez más grande y se sumaron ritmos andinos bolivianos, tangos, música brasileña y valses venezolanos, entre varios otros.

Lea también

La guitarra de Mauricio Lanza, en Europa

Alma latina

Dicen que cumplir los sueños es aquello que nos hace sentir vivos. Y eso es lo que ellos vivieron, cuando este viaje se materializó y pudieron llevar su obra hasta un festival internacional en Uruguay, donde mostraron su talento como solistas y como dúo, lo que les valió un premio internacional y la posibilidad de llevar su interpretación a Europa.

Como alguien que ha podido ser parte de estos conciertos y vivir la experiencia que transmite este dúo, los invito a que sean parte de esta gira denominada Alma Latina, en la que se interpretarán obras de compositores bolivianos como Alberto Villalpando, Cergio Prudencio, Rolando Peña y Eduardo Caba. Su propuesta también incluye música brasileña, argentina, cubana y venezolana, entre muchas otras.

Ser parte de esta gira es ser testigo del momento en que sucede la mística de una comunicación meramente musical entre el guitarrista y su audiencia, sin utilizar necesariamente recursos líricos, pero que captura esa alma latina que caracteriza a los sonidos y melodías de esta parte del mundo y que tenemos la suerte de disfrutar gracias al talento de estos guitarristas bolivianos.

La cita será en La Paz el 6 de octubre a las 20.00 en el Teatro Nuna (Calacoto, calle 21, a media cuadra de la av. Costanera) y en Santa Cruz el 7 de octubre a las 20.30 en el Museo de la Ciudad Altillo Beni (Centro, calle Beni, entre Sucre y Bolívar).

ALMA LATINA Un viaje a dos guitarras
Alma latina

Mauricio Lanza Acebey

Nació en La Paz, Bolivia. Licenciado en Música por el Conservatorio Nacional de Música de Bolivia, es cofundador de la Orquesta Sinfónica Metropolitana de La Paz, con la cual fue solista en el estreno latinoamericano del Concierto de Albéniz, de Stephen Goss, con Hugo Uyuquipa en la dirección (La Paz-Bolivia, 2017).

Ganó diferentes premios nacionales e internacionales, entre ellos el primer lugar en el Concurso Nacional de Guitarra “Homenaje a Eduardo Caba” (La Paz-Bolivia, 2018), tercer lugar en la mención de Música de Cámara en el Festival de Guitarra de Uruguay (Atlántida-Uruguay, 2018) y segundo lugar en la Bienal Internacional de Guitarra (Cochabamba-Bolivia, 2015).

Rodrigo Llanos Sangüesa

Nació en La Paz, Bolivia. Concluyó la carrera de Guitarra Clásica en junio de 2018 en el Conservatorio Plurinacional de Música con Marcos Puña. Asistió a muchos seminarios y clases magistrales con maestros destacados del continente como Leo Brouwer, Fabio Zanon y Pablo Márquez. También obtuvo varios premios a nivel nacional e internacional entre los que destacan el primer premio en la Bienal Nacional de Cochabamba en 2017 y el tercer lugar en la mención de música de cámara en el Festival de Guitarra de Uruguay en 2018. Entre 2019 y 2022, realizó una maestría en la Universidad para Música y Teatro de Rostock-Alemania con el doctor en música Thomas Offerman. 

Los conciertos

Mauricio Lanza y Rodrigo Llanos presentan Alma Latina, un recital para dos guitarras con música de Bolivia, Paraguay, Brasil, Argentina, Venezuela y Cuba. Se trata de una experiencia intensa, donde los ritmos y sonidos característicos de cada región dialogan entre sí. Habrá dos presentaciones: En La Paz el recital será el jueves 6 de octubre a las 20.00 en el Teatro Nuna (Calle 21 de Calacoto, parada de PumaKatari) y en Santa Cruz será  el viernes 7 de octubre a las 20.30 en el Museo de la Ciudad Altillo Beni (calle Beni, entre Sucre y Bolívar).

Texto: Gonzalo Sillerico Osuna

Fotos: Pankara larrea, círculo de la unión y rodrigo llanos

Temas Relacionados

Comparte y opina:

El papirri: 43 años de canciones

EL PAPIRRI

/ 2 de octubre de 2022 / 00:42

CH’ENKO TOTAL

Sinceramente se me puso difícil este año, incluyendo el retorno al escenario. El 23 de abril mi esposa tuvo un problema de salud tan serio que la muerte pasó rozando. A partir de allí empezaron las suspensiones de los conciertos, no quiero contarlos porque me viene el bajón. Cuando quise retornar en agosto vía Café Efímera, apareció Mr. Herpes Zoster a tomar mis territorios. Hoy, a dos meses de ser invadido, sigue Zoster manteniendo algunas trincheras en mi espalda, trato de no darle pelota, es una especie de Guantánamo que ninguneo. Hace unos días empecé a ensayar, toqué la guitarra luego de casi cinco meses, fue como cantar sobre ruinas de guerra. Canto y lloro a la vez. Nunca me pasó. Recién cumplí 62 años y ando lagrimeando y moqueando como wawita de pecho, una vergüenza. La emoción de volver a cantar y tocar me rebalsa. El asunto es que el próximo sábado 8 y domingo 9 de octubre vuelvo a dar conciertos en el mayor escenario de nuestro país, el Teatro Alberto Saavedra Pérez de La Paz, mi ciudad.

Decidí iniciar el concierto yo solito con mi guitarra, estrenaré tres canciones así en pelado, no me puedo poner nervioso pues Zoster saca sus agujas. La primera canción está dedicada a mi compañera Carolina, extrañamente suena un son atrás, describe semejante evento con marco medio salsero, me es difícil cantarla sin lagrimear: debo lograrlo. La segunda canción me atacó en súbito el año pasado en mi programa de tele Ch’utis, mi amigo el cineasta Mauricio Durán era el entrevistado. Un día antes había visto un documental de Durán que es desgarrador, investiga los pasos de su hermano asesinado por un milico en el servicio militar. Aquel día en el programa de tele apareció solita la canción El Murucullu, una cueca compuesta en 1987 y que nunca la había cantado en público. Es el misterio de las canciones. Me acordé todita la letra de este Muru, sarnita conquistador, linda cuequita es. La tercera canción tiene en el texto forma de décima, se llama Décima vez, es un ejercicio artístico académico nacido de las clases que dictaba en la Maestría de Producción Musical de la UPEA.

Yo mismo me complico la vida iniciando así este concierto, no es por masoco, es como tirarse un balde de agua helada y salir a la cancha, con esa sensación de vértigo de verte solito en un proscenio enorme, el ingreso al tablado con la gente y su murmullo de abejitas, solo-solito, como la primera vez, hace 43 años en mi estreno como compositor. Porque como guitarrista son 55 años que toco. Hay colegas que no sé cómo definen sus inicios y celebraciones, hay uno que festeja 60 años de carrera y no toca hace 20, hay otro que dice 40 años de carrera artística y tiene 50 años de edad, medio chacota el asunto. Yo decidí marcar la fecha de partida desde que presenté en público una primera canción mía, nada menos que en un concurso batiéndome en duelo en 1979 con los mejores cantautores de la época.

Lea también

El Avesol

Luego de estas tres canciones cantaremos composiciones del último CD 60A, que presentamos el año pasado. Haciendo un paréntesis bailaremos cantando el Pepino Pandillero en homenaje a los 474 años de la fundación de La Paz. En esta primera parte ya estarán en escena Heber Peredo y sus magníficos teclados; mi percusionista y amigo leal Vico Guzmán; en Amartelo aparece el bajista Raúl Flores, que acaba de llegar de gira por Europa; el talentoso Mauricio Segalez me hará el aguante con su voz y guitarrita; surgirá Diana Azero siempre segura e inteligente; el charango de Ariel Choque brotará en el caporal bilingüe Camote bailado por el Ballet Folklórico La Paz (Bafopaz), cerrando la parte con la cumbia posmoderna Ch’utis.

La segunda parte será iniciada con la presencia del tenor Mauricio Clavijo, una novedad en mis conciertos. Cantaremos Sacudite y Alasita, apareciendo seguidamente en escena el gran Bladi Morales (Efecto Mandarina, Vinilo 54), uno de los mejores bajistas de la actualidad. Bladi se inició profesionalmente conmigo hace unos 21 años, será un reencuentro muy lindo. Luego llegará el turno de David Portillo, que le da un aurea especial a la escena. El concierto acabará con jóvenes y niños, lindo final de esperanzas con Los Bolitas y el Papirri’s Kid. Es que no podré estar en los 500 años de La Paz, mi ciudad, serán pues estos jóvenes y niños quienes interpretarán mis canciones en mi ausencia. Esito sería. Vayan, pues. Con tanta suspensión ya no se sabe cuándo nos encontraremos de vuelta. La venta de entradas está disponible en Superticket, de manera digital, ingresando a la web de la empresa. También puede reservar con Iris al celular 705- 43667.  ¡Ahhh! Bien le cascaremos estará como bis. ¡Ahh! Estará a la venta el DVD El Papirri Sinfónico que salió en agosto. ¡Ahh! Manden nuevas metafísicas populares ¡Ahhh… chís! Me resfrié de nuevo…

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Utama

La premiada ópera prima del director Alejandro Loayza Grisi se exhibe en las salas de cine del país

‘Utama’ es el primer filme que dirige Alejandro Loayza Grisi

/ 2 de octubre de 2022 / 00:35

CINE

Tal cual acontece invariablemente con el cine hecho en estos lares, la disyuntiva a la que se enfrentó Alejandro Loayza Grisi en su ópera prima fue optar entre la mímesis o la introspección. Queda claro desde la primera imagen de Utama (Nuestro Hogar) que el director debutante tomó partido por la segunda de ambas alternativas. No en el sentido de volcar a la pantalla sus inquietudes íntimas, sino en el de retomar la clave esencial que permitió otrora a directores como Ruiz y Sanjinés adentrarse en los desafíos y las interrogaciones de una cotidianidad que se muestra desdeñosa con las enseñanzas heredadas de las culturas originarias, para volcarse por entero a la imitación de los patrones impuestos por la cultura (y por el cine también, desde luego) venida de afuera, presumiendo que tal vendría a ser el  modo de  acceder a una porción suficiente de nuestro exiguo mercado de la exhibición como para recuperar siquiera en parte lo invertido en la producción, aún a riesgo de levantar una muralla infranqueable para el espectador local alelado por ese otro cine repetitivo y desprovisto de cualquier valor identificable no bien la proyección concluye.

Rodada en la población de Santiago de Chuvica del municipio de Colcha K, situado en Nor Lípez (Potosí), la película testimonia el contundente impacto que tuvo en la visión del mundo de Alejandro su recorrido por el país, en función de fotógrafo de la serie documental Planeta Bolivia filmada por su padre, Marcos, en 2016. En ese escenario, a 3.972 metros de altura, donde no llueve hace un año y la devastación de la tierra ya alcanzó el extremo, viven Virginio y Sisa, dos ancianos cuyos únicos bienes son una pequeña cabaña de adobe y una recua de llamas.

La  existencia de la pareja transcurre con una rutinaria parsimonia que a los vástagos de la generación del videoclip puede de seguro antojárseles lindante con el absurdo. Muy temprano, Virginio, aquejado de tos persistente, síntoma de una grave dolencia respiratoria, sale a pastar sus llamas, entretanto, Sisa camina horas hacia al pueblo cercano, prácticamente deshabitado puesto que los moradores migraron escapando de la sequía. Procura conseguir agua para llenar los dos pequeños baldes, aunque la bomba tampoco ya cumple con su cometido. De allí se dirige al río donde las pocas mujeres que no se sumaron al éxodo acuden a lavar su ropa. Y, por último, retorna a su hogar a preparar el único platillo diario al que se limita su alimentación. De vez en cuando, al regresar a casa, Virginio trae de regalo para Sisa alguna pequeña piedra redonda. El gesto alcanza para significar que entre ambos, y a pesar de las escasas palabras que intercambian, perdura un sentimiento inmarcesible.

Lea también

Utama: identidad, medio ambiente y proyección

LA GRÁFICA

Utama

CINEASTA. Alejandro Loayza Grisi nació en La Paz el 10 de octubre de 1985

Filmación de la cinta Utama

Filmación de la cinta Utama

Filmación de la cinta Utama

Tal es por lo demás uno de los varios aciertos narrativos de Loayza, centrando su vista en los gestos, las miradas y los silencios, mientras rehúye apelar a las parrafadas que no habrían hecho otra cosa, sino falsificar un modo de estar en el mundo y de entender la relación con el otro. Ese mismo acierto se refleja en las connotaciones de algunas actitudes de Sisa, por ejemplo, cuando golpea la carne para ablandarla, trasluciendo una fuerza interior de igual manera no necesitada de explicitaciones sobrantes. Y eso mismo trasunta la metáfora del cóndor recurrida por Virginio para explicarle a su nieto Clever que, al igual como aquel al saber que la vida llegó a su fin, se deja caer sobre la montaña,  para acabarla, el abuelo seguirá en lo suyo hasta que llegue el fin que presiente cercano, sin angustias ni quejas.

Justamente la súbita llegada de Clever a bordo de una moto pareciera marcar un punto de inflexión en el lento decurso existencial de los padres del suyo. Las insistentes alegaciones de aquel para convencerlos de ir con él a la ciudad, alternando con los cortantes dichos de Virginio respecto a un hijo que, no resulta difícil deducir, se marchó dejándolos abandonados, colisionan con la negativa de este a dejar la tierra donde pasó su vida para aventurarse a un cambio cuyo sentido se le escapa y con las vacilaciones de la abuela. Pero el conflicto en ciernes no llega en ningún momento al estallido, puesto que en el fondo ambos ancianos están seguros de que solo se necesitan uno al otro.

Los entredichos de Virginio y Clever, quien no aparta un instante su mirada del celular, otro gesto suficiente para traducir la brecha generacional entre ambos, reflejada de igual manera en el desconocimiento por el joven de la lengua quechua, que le impide entender a cabalidad lo que el abuelo desea transmitirle, son, asimismo, demostrativas del enorme talento del director al momento de elegir las imágenes que le permiten redondear un concepto, una situación, apelando a los recursos propios del aparato creativo elegido para contar su historia.

Esta última podría dar la impresión, equívoca por cierto, de estar impregnada de un fatalismo, ajeno por completo a la cosmovisión de una cultura fundada en el estrecho vínculo de los sapiens con el contexto natural y las demás especies, muy diferente al homocentrismo propio de la cultura occidental que elevó a los humanos al sitial de dueños absolutos del mundo, autorizados por ende a explotarlo sin restricciones para su propio beneficio. Fue ese el relato del racionalismo cartesiano y otras vertientes de la filosofía occidentalocéntrica, la kantiana sobre todo, tentando respaldar teóricamente, con las consecuencias advertibles en la depredación ambiental, puesta sobre la balanza por Loayza, al igual que el menoscabo de la sabiduría de las generaciones enraizadas en un diálogo preñado de las advertencias descifrables tan solo en la atenta mirada a la naturaleza, por aquellas empujadas a mimetizarse con el fraudulento modelo civilizatorio de la modernidad capitalista, cuyo fracaso quedó expuesto por la reciente pandemia del COVID-19, aun cuando la masiva sordera pertinaz aparejada al consumismo y la espectacularización banal de la vida diste mucho de haber llevado a tomar nota de tal quiebre.

La señalada estrecha interacción hombre/entorno está muy claramente pautada en la secuencia de la ascensión del grupo de vecinos, incluido Virginio, al nevado que ya ha perdido toda su nieve (el calentamiento global, claro) pero deja que consigan un poco de agua para “sembrarla” en la Madre Tierra, mezclada con la sangre de una llama, pidiendo que las lluvias vuelvan. Y el hondo presentimiento del ocaso de una cultura propia, es el subtexto de la canción interpretada durante el funeral: “No hay en el mundo ya más como tú”.

Tales señalamientos profundos, inquietante, impregnan de principio a fin el relato construido por Loayza dejando, repito, que las imágenes, desvestidas en la ocasión del carácter meramente ilustrativo y/o decorativo al cual han quedado relegadas en un cine atiborrado de efectismos y apuros ayunos de finalidad dramática, magneticen el interés del espectador sumergiéndolo en la pantalla, rehuyendo coartar paralelamente su facultad de incisión crítica.

Resulta esencial para la sólida contextura figurativa de Utama el trabajo fotográfico de la uruguaya Barbara Álvarez, apartado por entero de las tentaciones paisajistas y centrada en hacer del contexto, del espacio entonces, un elemento esencial en el tramado de la atmósfera envolvente que acompaña a los personajes, interrelacionándose con estos y sus actitudes. Y lo propio ocurre con el tiempo gracias al igualmente preciso trabajo de montaje de su compatriota Fernando Epstein.

Desde luego es sorprendente la faena de los(as) protagonistas, todos(as) ellos(as) actores naturales, sobre todo la de José Calcina (Virginio) y Luisa Quispe (Sisa), sin desmerecer en absoluto la de Santos Choque (Clever), este último galardonado como mejor actor de reparto en el festival  de cine de Beijing. La sólida credibilidad de sus composiciones aporta bastante más de un granito a la solidez del producto final y de seguro se debe a la guía de Freddy Chipana, transmitiendo su experiencia como dramaturgo y actor.

Cada palabra, cada encuadre, cada movimiento de cámara suman connotaciones y espesor al relato, al igual que los sonidos entremezclados de la música, los ecos lejanos de las conversaciones y los ruidos del medioambiente. Este, dije, ha sido víctima de una mayúscula desertificación, constatable en la ausencia de vegetación, en las incontables grietas de los terrenos aledaños a la cabaña de los protagonistas, en la agobiante sequedad de la tierra que se escurre, literalmente, de las manos.

De tal suerte queda probado que no existe necesidad alguna de copiar las fórmulas de tantísimas películas y series distópicas, plagadas de bulliciosos efectos especiales, que andan circulando por ahí, y que más bien desde aquí podemos aportar de forma contundente al desnudamiento de las atrocidades atribuibles al Antropoceno y sus amenazantes secuelas de extinción de la tierra cuya gravedad, de cara al porvenir de las generaciones futuras, continuamos desoyendo irresponsablemente.

En buenas cuentas Alejandro  Loayza Grisi, contando, entre otros, con el aporte del Programa de Intervenciones Urbanas que, sería deseable no pase a ser un recuerdo pasajero, entrega un potente ejemplo de madurez y rigor estilístico sin desmedro, al mismo tiempo, de la naturalidad y desenvoltura narrativa. Para ser una obra totalmente redonda quizás hubiese sido aconsejable prescindir de la escena dedicada a visita del médico a Virginio, si bien esta es breve y alude a uno más de los cortocircuitos entre las dos cosmovisiones enfrentadas, y algún otro apunte igualmente prescindible. Al margen de esas pequeñas demasías, Utama es una valiosísima contribución a la filmografía nacional y, por ende, a la del mundo entero.  

Fotos: Película Utama

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Últimas Noticias