Wednesday 7 Dec 2022 | Actualizado a 22:50 PM

‘Un día sin fútbol, me parece un día vacío’

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 9 de enero de 2022 / 20:55

A  menudo imagino mi primera conversación con Dios cuando me muera. Me preguntará qué he hecho con mi vida, qué sentido le he dado. Le responderé que he intentado ganar mis partidos. Y probablemente me preguntará, decepcionado: ‘¿Eso es todo?’. Intentaré convencerle de que ganar partidos es menos fácil de lo que parece y que el fútbol tiene importancia en la vida de millones de personas, que crea momentos de unión, de alegría y de tristeza enormes”.

La frase está contenida en Arsène Wenger: La filosofía de un líder, el imperdible libro de memorias del célebre entrenador francés que durante 22 años fue el factótum de los éxitos y el crecimiento institucional del Arsenal inglés, así como de su juego agradable y ofensivo. Simplemente, él cambió su historia. Arsenal era grande por su gente y su tradición, con Wenger se universalizó también como equipo potente y ganador. El Profesor reconoce haberse dedicado íntegramente al fútbol, incluso por encima de su vida familiar y sentimental, desde los 7 años en Duttlenheim, una minúscula villa de Alsacia, donde se crió, hasta su actualidad como director de desarrollo del fútbol mundial de la FIFA. Lo que definimos como “un loco del fútbol”, un Bilardo, un Bielsa. La obra es otra maravilla que nos entrega a los futboleros el sello Córner, de Roca Editorial. Como antes nos deleitara con Puskas sobre Puskas y las autobiografías de Cruyff, Ferguson, Van Basten, Ibrahimovic, Gullit, tantos…

Arsène comenzó en el Nancy de la familia Platini, club pequeño, pero el que le dio estatus de Primera División. Buen primer año, triste tercero: descendieron. Ya era un “enfermo” del fútbol. “Habíamos perdido un partido las vísperas de Navidad. Pasé días encerrado. Solo salí el día 24 para ir a visitar a mis padres, pero estaba como un miserable, un zombi. Hoy me avergüenzo de aquella intensidad”. El Mónaco confió en él y Wenger dio el primer zarpazo de prestigio: en su año inicial ganó con amplitud el campeonato francés. No solo esto, comenzó a vislumbrarse quizá la mejor de sus habilidades: la de fichador experto, quizás el número uno del mundo en ese rubro crucial. Su ojo clínico y sus contactos consiguieron por monedas dos jugadores fabulosos: George Weah, que recién comenzaba en Liberia y llegaría a ser Balón de Oro, y Lilian Thuram, el fenomenal defensa que con 18 años actuaba en el Fontainebleau, un cuadrito amateur. Lilian sería campeón mundial 1998 y quien más vestiría la camiseta de Francia con 142 presencias.

Armó un plantel estelar. “Tenía unos jugadores fantásticos, como Manuel Amorós, el arquero Jean-Luc Ettori, Bruno Bellone, Battiston, Sonor, Bijotat… En el terreno de juego desprendían una enorme confianza, sabían lo que querían y no se dejaban pisotear. Me llevé bien con ellos y extraje una enseñanza: si el entrenador tiene buena conexión con los jugadores más fuertes, será más fuerte. Si no, nadará a contracorriente”.

Ya empezaba a perfilarse como un buen constructor de equipos competitivos, más en base a ingenio que a chequera. Partió al Nagoya Grampus, de Japón. “Me llevaron a ver un partido del equipo, iba último y llevaba perdidos 17 partidos consecutivos. Y ese que vi fue el 18. Me dije: ¿qué es esto…? Pero justamente fue lo que me decidió a aceptar: me gustó el desafío. Fue duro, eran unos muchachos buenísimos, había que hacerlos reaccionar. Lo conseguimos: avanzamos hasta el cuarto puesto. Y luego hasta el segundo. Incluso ganamos la Copa del Emperador y luego la Supercopa de Japón. Cuando me fui no intentaron retenerme. Me dijeron que se habían propuesto que Japón fuera uno de los mejores países futbolísticos en… cien años. ¡Yo era una parte del engranaje y de su plan! Es un dato revelador de su relación con el tiempo, de su persistencia y determinación”.

El 1° de octubre de 1996 cumplió el sueño de su vida: Inglaterra. El encanto de su fútbol. Y pudo cumplirlo en parte por un hecho fortuito: a los 29 años utilizó sus vacaciones para irse a Cambridge a estudiar inglés. Cuando fueron a tantearlo, empezó ganando: ya hablaba el idioma de Shakespeare. Llegó ante la incredulidad general: “¿Arsène qué…?”, preguntaron irónicamente los medios. Era un total desconocido. En 120 años era el tercer técnico extranjero en la cuna del fútbol, tras el checo Jozef  Venglos (Aston Villa) y el argentino Osvaldo Ardiles (Tottenham). Sin embargo, se impuso y transformó para siempre al club londinense. Wenger fue simplemente, “el Arsenal”. Técnico, director deportivo, fichador, administrador.

Armó un equipo de profesionales médicos y físicos de máximo nivel y cambió las reglas de alimentación y entrenamiento. Revolucionó el fútbol inglés. Suprimió los largos entrenamientos de alto contenido físico por sesiones más breves, trabajando siempre con balón. Eliminó los chocolates, que eran un clásico, y las carnes rojas, sustituyéndolos por una dieta más apropiada. Estos métodos son hoy norma en todos los clubes ingleses.

Conquistó 3 veces la Premier League, 7 FA Cup, 7 Community Shield, fue finalista de la Champions y de la Recopa de Europa, hizo que el Arsenal saliera del viejo estadio de Highbury para 38.500 personas y construyera el Emirates para 60.260. Y mostró su gran talento de ojeador, descubridor y captador. Hizo contratar a un jovencísimo Thierry Henry, a Patrick Vieira, Robert Pires, jugadores fenomenales, a precios irrisorios. A Kolo Touré (“el crack más barato de la historia”, dice). A Nicolás Anelka lo vendió al Real Madrid en casi cien veces más de lo que lo adquirió. Manejó 450 traspasos. Recuperó a Toni Adams, granítico capitán de Inglaterra que estaba hundido por la bebida y lo llevó a liderar al equipo seis años más. Explotó al máximo a Dennis Bergkamp, fichó a Cesc Fábregas, Marc Overmars, a Van Persie… Sacó lo mejor de ellos y luego los traspasó por el doble o triple.

Mientras otros DT se centralizan únicamente en el equipo, Wenger (tal vez por su título de economista) fue casi un gerente que contribuyó de manera decisiva a la grandeza definitiva del Arsenal. Para dar el salto de calidad, el Arsenal debía dejar su viejo y entrañable estadio de Highbury para pasar a uno mucho más grande y confortable, que generara mayores ingresos. Con su anuencia, el club se embarcó en un costoso proyecto para levantar el Emirates. Se le fueron las tres estrellas principales: Patrick Vieira, Thierry Henry y Robert Pires, que les habían dado tanta gloria. “No podía retenerlos y decirles ‘No, no te vas’. Los futbolistas son profesionales y quieren ganar. Hay que tomárselo con filosofía y ponerse en su lugar. Además, uno no puede enfadarse con quien le ha dado tanto. Su marcha era una forma de conseguir más ingresos para destinar al nuevo estadio”, relata El Profesor.

Comenzó la construcción de la nueva gran casa y el Arsenal quedó relegado deportivamente frente al Manchester United, el Chelsea y otros, que seguían fichando jugadores a altos valores. “Pensábamos invertir 220 millones de libras en la construcción y acabamos pagando 428 —evoca Wenger—. Para respaldar el proyecto se me exigió firmar por cinco años. Me comprometí por un lustro que estaría lleno de obstáculos. Aun así, reconozco que estaba encantado. El Arsenal era mi club, mi vida. Con el estadio logré cumplir mi idea del papel del entrenador: dar otra dimensión a la institución”. Se implicó tanto que, reconoce, “durante veintidós años no viví en Londres sino solo en el Arsenal”.

Implantó una economía de guerra. Para poder sostener con los ingresos del fútbol la construcción del nuevo estadio había que clasificar a la Champions en al menos tres de cada cinco temporadas, pero lograron entrar a 19 consecutivas. Y, una vez inaugurada la nueva casa, debían conseguir una media de 54.000 espectadores por partido, “pero logramos 60.000”.

Finalmente terminaron de pagar a los bancos y el Arsenal se hizo poderoso. “Cuando fiché por el equipo, sus acciones costaban ochocientas libras, cuando me fui habían subido a diecisiete mil. A mi llegada, el club tenía entre 70 y 80 asalariados, al irme eran setecientos. Quedó un club saneado y fuerte”.

Se fue del Arsenal el 13 de mayo de 2018. “Un club que durante veintidós años fue mi vida, mi pasión y mi preocupación permanente. Pero nadie debe haber tenido la libertad que tuve para hacer todo lo que quise. Fui inmensamente feliz”.

El Titanic argentino

Jorge Barraza, columnista de Marcas

Por Jorge Barraza

/ 22 de noviembre de 2022 / 17:28

Cuando aún faltaba mucho partido, en el minuto 59, Lionel Scaloni dispuso algo inusual en el fútbol: tres cambios juntos y tempraneros, síntoma claro de que el barco zozobraba. Intentó dar un golpe de timón, pero el iceberg ya estaba encima y el choque fue inevitable, catastrófico. Le hizo un gran agujero en su costado derecho. Por ahí le entraron los dos goles.

Argentina, segundo favorito en las apuestas para ganar el Mundial, perdía frente a Arabia Saudita en el debut, ante una multitud de seguidores que, embalados por el invicto de 36 partidos, empeñaron hasta el saco y se vinieron a Qatar. Perdía y perdió. El número 3 del Ránking Mundial cayó frente al 51. La derrota semeja el hundimiento del Titanic: toda la propaganda previa se fue al fondo del mar.

Es uno de los batacazos más grandes de la historia de los Mundiales. Arabia Saudita escribió todo su libro de oro en una sola tarde. Cuando pasen los años y se repare en el resultado Argentina 1 – Arabia Saudita 2 seguirá causando asombro, como aquel Estados Unidos 1-Inglaterra 0 de 1950 o el Corea del Norte 1-Italia 0 de 1966 o Senegal 1-Francia 0 en 2002.

El de ayer tiene un mérito adicional: los árabes perdían casi desde el comienzo y lograron darlo vuelta con dos auténticos golazos. Una tarde infausta para Argentina, que entra en los anales de la Copa del Mundo.

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Arabia Saudita es la única frontera terrestre de Qatar, y por tener el Mundial a la vuelta de la esquina se allegaron decenas de miles de sauditas, conformaron un gigantesco mosaico verde y exhibieron ante el mundo su segundo motivo de orgullo: este torneo maravilloso organizado por Qatar, primero en el mundo árabe, y luego esta demostración futbolística tumbando al país de Di Stéfano, Maradona y Messi, que fue cinco veces finalista de un Mundial.

La felicidad no les cabía en el cuerpo. Tranquilos y poco demostrativos por naturaleza, saltaban, se abrazaban, bailaban, no terminaban de irse nunca del fantástico estadio Lusail, al que acudieron 80.000 hinchas. Después de tantas goleadas en contra, por una vez en la vida les tocó a ellos la cara feliz de la moneda. Y merecidamente.

¿Cómo fue…? Se sumaron la inspirada tarde saudí y la completa debacle argentina, individual y colectiva. Y en ese contexto, una serie de factores concurrentes. Muy atrevidos los asiáticos, dinámicos, combativos, con extraordinaria actitud y respaldados por un biotipo físico óptimo. Ganaron todas las divididas, siempre llegando primero, saltando más alto, trabando más fuerte. Se sobrepusieron a dos contratiempos de arranque: al minuto, Messi pescó un rebote y remató bajo junto a un palo, que casi siempre se le da en gol, esta vez fue del elástico y provocador arquero Al Owais. A los 9 hubo un agarrón en el área y penal para Argentina que Messi cambió por gol. No lo sintieron, siguieron en la misma.

En el segundo tiempo, cuando se esperaba que Argentina apretara las tuercas y asegurara el resultado con otro gol, apareció Arabia Saudita en toda su dimensión y clavó dos goles fantásticos en los pies de Al Shehri y Al Dawsari. Aplicó, además, dos armas que la albiceleste no pudo resolver nunca: a) una fuerte presión alta que obligó a que la pelota se la pasaran permanentemente los cuatro defensores argentinos, de ida y de vuelta, sin encontrar salida; b) le tiró una y otra vez la jugada del offside, por eso le fueron anulados tres goles a los de rayas verticales. Correctamente anulados. Luego supieron aguantar la ventaja, con temple, aunque también demorando hasta el hartazgo.

Argentina jugó su peor partido en la era Scaloni. Y en la ocasión menos oportuna. Estáticos todos, fallones en el pase, con la pelota, sin poder contrarrestar el anticipo asfixiante de sus rivales. El centrocampista Leandro Paredes seguramente perdió el puesto; nadie puede jugar parado en la actualidad. Errático Papu Gómez, sin ganarle nunca a su marcador, impreciso Di María, desaparecido Lautaro Martínez, inoperante De Paul… Messi siempre fue un jugador de asociación, y esta vez no tenía a nadie para establecer una complicidad.

Cuando el equipo fue cayendo en la telaraña saudita y tenía diez rivales por delante, se marchitó también él. Hasta ejecutó un tiro libre impropio de su categoría, a dos o tres metros de altura. Pero Messi no es el culpable, fue un apagón generalizado.

Arabia Saudita terminó muy temprano su liga y concentró a su selección un mes y medio para preparar el Mundial. Llegó en óptimas condiciones físicas y tácticas. Argentina se juntó una semana antes y tuvo tres prácticas con todos sus jugadores. Todo cuenta.

No nos cerraba que Argentina fuera favorito y lo expresamos, la ilusión había devenido en exitismo, aunque no fue el hincha argentino solamente, los medios internacionales y muchos actores del fútbol lo ungían como fuerte candidato al título.

Favorito es demasiado título para un equipo que hace este ridículo. Le salió bien el resultado de México y Polonia -0 a 0- de modo que ninguno de los dos se le escapó más de un punto. Pero es muy de Argentina este papelón. En 1982, defendiendo el título, jugó el cotejo inaugural ante Bélgica, que no era esta Bélgica llena de figuras y potente de hoy. Entonces parecía un conjunto de aplicados estudiantes universitarios.

Ganó el cuadro europeo 1 a 0. En 1990 otra vez defendía la corona y abrió la Copa con un Camerún en proceso de aprendizaje. Cayó de nuevo por el mismo marcador. Y ahora Arabia Saudita, un medio que no tiene ningún jugador actuando en una liga europea.

Argentina es la única selección que no cuenta con futbolistas afrodescendientes, que garantizan la excelencia física. No tiene ni tendrá.

Es una desventaja apreciable, sobre todo frente a equipos como este de Arabia, de deportistas potentes, que llegan a todas. Para doblegarlos hay que estar muy frescos atléticamente y con chispa futbolística. Correr, moverse constantemente, para dar opciones de pase, mostrarse, ser preciso en las entregas y reinstalar el toque.

Fue el primer lleno de la Copa, y en el escenario mayor. Todo el periodismo acreditado acudió, era la presentación estelar de Argentina y con un Messi en estado de gracia. No le salió nada. “Vamos a levantar”, dicen los jugadores. No será fácil, deben mejorar un quinientos por ciento y la moral quedó por el piso. El único aliciente es que, en Sudáfrica 2010, España cayó en su estreno y luego dio la vuelta olímpica. El técnico debería hacer cambios, y ahora se mira la lista y no se ve riqueza de nombres. Fue un golpe mundial.

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Enviado Especial

Catorce goles en cuatro partidos

Jorge Barraza, columnista de Marcas

Por Jorge Barraza

/ 21 de noviembre de 2022 / 22:41

Alf Thumama es otro de los fascinantes coliseos presentados por Qatar para su espectacular Mundial 2022. Estadios que, en la mayoría de los casos, luego del torneo serán desmontados o achicados para dejarlos en una capacidad acorde a la pequeña cantidad de público local.

Las partes retiradas serán donadas a otras instituciones. Uno de ellos, el 974, construido con contenedores, desaparecerá y las “cajas de metal” volverán al puerto. Otros reducirán su capacidad a 20.000 asientos, acorde a la modesta liga local.

Las instalaciones reutilizables irán a universidades para sus campos deportivos. No quedarán elefantes blancos. ¿Qué significa el original nombre 974…? Simple, es el código telefónico de Qatar, otra forma más de imponer la marca país universalmente. Porque todo responde a un proyecto gubernamental para dar visibilidad al pequeño emirato e instalarlo como centro de negocios, entre otras cosas. Y en ese plan maestro, el Mundial es la corona de diamantes.

Aquí jugaron Holanda y Senegal, los dos próximos rivales de Ecuador.

Como a todos los demás coliseos, se puede llegar en metro, que no es subterráneo sino a la superficie. Y es gratuito. El transporte público es libre para los visitantes, periodistas o hinchas. Si la estación de metro está un poco retirada del estadio, hay cantidades de buses listos para acercar al público. No hay taxis en Catar, ese concepto no existe.

Si transporte de pasajeros mediante aplicaciones, que aquí son dos, Uber y Careem. No tardan más de tres minutos en presentarse y no es un servicio caro, entre 7 y 8 dólares por una carrera de 15 a 20 minutos. En cambio los precios en los estadios son elevadísimos: un capuccino de máquina, en vaso chico (vaso de papel), 6,40 dólares.

Otra de las exageraciones provenientes de la prensa occidental está referida al clima. La revista alemana Der Spiegel (nos guardamos lo de prestigiosa) calificó a Qatar como “país horno”.

Es posible que en junio-julio el calor apriete muy duro, así nos refieren, sin embargo en esta época es un calorcito tolerable, en ocasiones sabroso. Y por las noches viene del golfo una brisa fresca. Por si acaso, los estadios están refrigerados, lo que asegura una temperatura ideal para la práctica del fútbol. En ese sentido, es perfecto y es posible que este sistema de acondicionar el clima se imponga en el futuro. ¿Para qué arriesgarse con fríos o calores insoportables…?

Y después de todo, hubo un partido. Que se lo quedó Holanda por 2-0. Con justicia. Hizo dos goles. Mil veces hemos escuchado “fueron parejos en todo, la única diferencia fue el gol”. ¡Vaya diferencia…! El gol es un mérito.

Fue mejor juego que el inaugural, mucho afán por ambas partes, dinámica, ida y vuelta, también escasa creatividad. Meritorio el triunfo holandés por lo complicado que resulta desequilibrar a un bloque físicamente tan imponente. Además de correr como perseguidos, los senegaleses son atletas fantásticos, muchos de entre un metro noventa y dos y uno noventa y siete de estatura. En ellos se cumple a rajatabla el lema olímpico: «Más rápido, más alto, más fuerte”.

Con unas gotitas de técnica ya son futbolistas. Pero no alcanza para descollar, hace falta mucho más que eso: inteligencia, habilidad, talento. Por eso Messi puede ser el mejor de todos con 1,70 de altura y 67 kilos. El fútbol se juega con los pies, pero los pies cumplen órdenes de la mente. Ella es la que decide todo.

A estos senegaleses les cuesta desnivelar porque no tienen uno contra uno, ninguno gambetea. Y es la gambetea la que permite la situación de gol. Ricardo Bochini, genio de este juego, decía: ”Si eludo a uno, un compañero queda libre, si eludo a dos ya es situación de gol”.

La gambeta limpia el camino y genera espacios. Tampoco muestran inventiva para el pase filtrado, otra forma de provocar peligro. Tienen tanta exuberancia física, tantas posibilidades de llegar primeros, que basan gran parte de su táctica en correr, saltar o forcejear. Si les tocan la bola por abajo se complican. Y encima, sin Mané.

No obstante, Senegal perdió por dos fallas puntuales de su arquero Édouard Mendy, titular en el Chelsea inglés. En el primer gol salió en falso a buscar un centro, abrazó el aire y Gakpo le cabeceó a la red. En el segundo dio rebote en un tiro suave de Depay, del que sacó provecho Klaasen para empujarla a las mallas. Sin tales errores, parecía un 0 a 0 clavado. Pero Mendy juega para Senegal.

Holanda virtualmente clasificó, porque a estos tres puntos debería sumarle sin duda alguna los tres frente a Qatar. Y con seis se llega a octavos. Bien, pero ¿qué es Holanda…? Un conjunto organizado, muy de Van Gaal, sin grandes estrellas, aunque joven y con buenos actores, el mejor de todos Frenkie De Jong, un cinco con manejo y entrega de pelota puerta a puerta, siempre al pie.

Ecuador debería taparlo con un obrero que le impida la salida limpia. Sin su guía, Holanda reduce sus posibilidades. Además, siempre tiene el cuadro naranja la intención de jugar bien. A Ecuador le convenía que ganara uno de los dos, en lo posible, Holanda. Y se le dio el resultado perfecto, en una sola fecha ya le sacó 3 puntos y cuatro goles de ventaja a los dos terceros. Muy tranquilizador para el objetivo de avanzar de ronda.

Empezó bien el Mundial, no se vieron espectáculos maravillosos, pero hubo 14 goles en 4 partidos, a una media significativa de 3,50 por juego. Lo notable es que 9 de esas 14 conversiones fueron obra de afrodescendientes, o sea son igualmente un portento físico, pero nacidos o educados futbolísticamente en Europa o Estados Unidos, con otra interpretación del juego. Cinco de los seis goles ingleses fueron de Saka (2), Rashford, Bellingham y Sterling, Tienen otro chip que el de los senegaleses. Veremos que ofrecen Ghana, Marruecos, Túnez y Camerún.

No llegó tanta gente como se esperaba. No se llenan todavía los estadios y hay entradas a la venta. El Al Thumama tiene capacidad para 40.000 personas, pero en el cartel electrónico del estadio pusieron el dato de que la asistencia era de 41.900. ¿Error…? Y algo más: no estaba ni al 70%. ¿Estará surtiendo efecto el boicot europeo…?

(21/11/2022)

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Debut triunfal ante los ojos del mundo

Jorge Barraza, columnista de Marcas

Por Jorge Barraza

/ 20 de noviembre de 2022 / 17:17

Ganar es el mejor remedio para el alma, nadie conoce un tónico mejor. Que le pregunten a los dieciocho millones de ecuatorianos cómo se sienten hoy. Les tocaron el himno, los vio el mundo, ganaron… ¿Se puede pedir más…? La Tricolor tuvo su máxima exposición desde que existe como selección.

Se esperaba que más de cuatro mil millones de personas miraran por TV el partido de apertura del Mundial (al menos lo esperaba Infantino, presidente de la FIFA). Todos vieron triunfador a Ecuador, dar una muestra de solidez futbolística y mental. Y lograr un récord: es el primer visitante en casi un siglo de Mundiales que logra derrotar al anfitrión en el cotejo inaugural. Redondo.

Todo es impresionante en Qatar, autopistas, metro, edificios, hoteles de lujo, centros comerciales… Y el estadio elegido para albergar la ceremonia inaugural y el partido de arranque no podía ser más impactante. El novísimo Al Bayt —60.000 espectadores sentados— cercano al desierto, irradia su luz al borde del Golfo Pérsico.

Es un gran lamparón amarillo en la joven noche qatarí. Fue construido en homenaje a los habitantes nómades de la arena infinita. Por ello su techo semeja una carpa. Está en Jor, 25 kilómetros al norte de Doha, la única ciudad despegada de la capital-estado-epicentro-todo.

Es casi una ópera, un teatro convertido en campo de fútbol, rodeado de jardines, con una imponencia y un buen gusto exquisito, de sobrio modernismo. Y no hay pintores dando el último toque, todo está terminado, perfecto. Merece cabalmente la palabra impresionante. El Comité Supremo del Mundial y la FIFA le dieron el honor del saque inicial.

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Todo muy bonito, aunque no brilló Ecuador. Fue un triunfo burocrático, casi administrativo, al que la pomposidad del entorno superó largamente. Gustavo Alfaro, siempre tan a la defensiva y abriendo docenas de paraguas, había declarado en la previa que Qatar era favorito.

Quedó claro que no. Hace tiempo no se ve en los Mundiales un equipo tan flojo como este Qatar, rico en gas y petróleo, pobre en fútbol. Elemental, primario, sin ningún atributo visible, apenas una buena presencia física en la mayoría. Sin que Ecuador fuese una locomotora, Qatar remató al arco por primera vez en el minuto 75. ¡Y era local…! Encima se le fue muy alto.

Antes había tenido dos cabezazos —fallidos— que pudieron llevar peligro al arco del argentino-ecuatoriano Hernán Galíndez. Al minuto 75, una gruesa porción de hinchas cataríes empezó a vaciar el estadio. No querían seguir mirando eso. El resultado (0-2) no es indigno para una selección debutante como Qatar, pero ante Holanda puede pasarla mucho peor. La Naranja Mecánica ataca por aire, mar y tierra.

El emir, que puso 220.000 millones para montar la fiestita de cumpleaños, no debe estar tan feliz. El equipo no correspondió en nada. El técnico catalán Félix Sánchez llegó al emirato hace dieciséis años y está en la Federación local desde 2013. Primero se hizo cargo de la Selección Sub-20 y, desde 2017, de la mayor.

Diez de los jugadores son nacionalizados, sin embargo no se vieron aristas ponderables en el conjunto vinotinto. En el palco de prensa empezó a correr como reguero: “¡Y gana cinco millones de dólares anuales…!” Pero no hay que meterse con el sueldo de los otros.

En una actuación correcta, la virtud de Ecuador fue hacer los goles y jugar en todo momento seriamente, como si enfrente tuviese a Alemania. Eso habla de la mentalidad competitiva de este equipo que pareció el submarino amarillo.

Los tres puntos resaltantes: 1) Que por séptima vez terminó con su arco en cero, confirmando su excelente funcionamiento defensivo, sobre todo de la excepcional dupla central Félix Torres-Piero Hinchapié, y del granítico lateral Pervis Estupiñán. 2) Gustavo Alfaro puso el mejor equipo posible. Galíndez es el arquero y los diez restantes son los que deben ser. Los técnicos inteligentes no comen pasto, a la hora de la hora ponen a los que hay que poner. 3) Que volvió al gol su gran artillero, Enner Valencia, lo cual le eleva la confianza hasta la estratósfera pensando en lo que viene.

Enner debió llevarse de recuerdo la pelota, había hecho un triplete. A los 3 minutos aprovechó un centro de media chilena de Félix Torres y abrió la caja fuerte.

El VAR se lo invalidó, pero quedó la sensación de que era completamente legítimo. Su gol de cabeza es para pasárselo a los chicos en los colegios, una maravilla de golpeo, excelente salto, perfectamente direccionado, de pique al suelo, y preciso encuentro entre pelota y cabeza, para que la fuerza que da el cuello le llegue íntegra al balón.

Su ejecución del penal también fue una delicatessen. Y el gol de cabeza que le anularon era otra perla. Lleva 37 tantos oficiales en la selección, Enner.

Otro punto alto del vencedor: sus hinchas; 5.860 ecuatorianos compusieron un mosaico feliz en las tribunas y contarán a sus nietos de esta victoria. ¿Si los contamos…?. No, el número surge del Hayya Card, una tarjeta de identificación obligatoria que cada extranjero debe hacerse para entrar al emirato. Y todos estaban allí. Por eso el registro es exacto.

Día histórico: comenzó otro Mundial, el número 22. La Copa arrancó con sencillez y en una sola ciudad en Uruguay 1930, hoy es el máximo acontecimiento de la humanidad. Deportivo y de todo orden.

(20/11/2022)

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Siento ruido de pelota…

Jorge Barraza, columnista de Marcas

Por Jorge Barraza

/ 19 de noviembre de 2022 / 21:49

“No veré ningún partido de este Mundial, al diablo con la FIFA y esos árabes…”, nos dice, a manera de represalia, Juha, entrañable amigo finlandés, fotógrafo de los grandes, con varios Mundiales en su alforja, de esos que corrían cincuenta metros a Maradona o a Romario con treinta kilos de equipo fotográfico encima para hacerles la foto de tapa.

No lo cuestiono, su estructura mental, completamente eurocentrista, le indica que todo lo que tiene lugar fuera del Viejo Continente está mal, es corrupto o, simplemente, un impresentable organizativo. Como él piensan unos setecientos millones de europeos.

“No veas, Juha”, le respondemos. El Mundial se jugará igual, y posiblemente sea excelente. Con la temporada futbolística disputada apenas en un 40% y con temperaturas de 26 grados -gracias a la refrigeración de los estadios- podemos pensar en espectáculos vibrantes, hermosos. Eso, en cuanto al juego, que siempre es el eje central.

Sobre la organización, no dudamos que será óptima. Este es el Mundial más caro de la historia, las estimaciones hablan de 220.000 millones de dólares (Brasil 2014 costó 18.000). Claro, en la cuenta entran autopistas, aeropuertos, el flamante metro y otras infraestructuras que harán de Qatar un país cero kilómetro. En verdad, todo parece flamante. Y todo funciona.

Nos preguntamos: ¿merece Europa ganar un Mundial al que repudia…? Alemania, Francia o Dinamarca, por ejemplo, naciones que se sienten en una cumbre moral y han denostado tanto este evento catarí, ¿por qué no retiraron a sus selecciones…? ¿Si logran el título lo celebrarán en las calles…? Los medios que han hablado del Mundial de la polémica o de la vergüenza ¿exaltarán la conquista…? Ya veremos. Ojalá Brasil o Argentina hagan todo lo posible por ahorrarles el disgusto de tener que festejar.

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Todas las adjudicaciones de los Mundiales como de los Juegos Olímpicos han merecido críticas y denuncias. Incluso Alemania 2006 está aún bajo sospecha. Sudáfrica tenía virtualmente ganada esa elección, pero una extraña maniobra de último momento con el delegado neozelandés le dio el Mundial al país de Beckenbauer. Y el Kaiser quedó manchado. Desde entonces casi no aparece, lo guardan en un cofre, es un símbolo nacional.

Qatar no se salva de la censura. Después de echar unas cuantas paladas de tierra sobre Nicolás Sarkozy y Michel Platini (o sea, sobre Francia), Joseph Blatter señaló una verdad: «Con el primer pitido del árbitro, ya no hablaremos de todos estos problemas, sólo de deporte».

Esperamos que pueda ser el mejor torneo de la historia no por las instalaciones (que también), y no tan siquiera por el clima o por la frescura física de los protagonistas sino porque este es el mejor momento del fútbol. Nunca fue tan bueno. Desde luego hay una evolución natural de todas las actividades y este deporte no escapa a dicha regla.

Se está jugando a un nivel fantástico. Han mejorado la técnica, las tácticas, la preparación, el conocimiento del adversario, el cuidado de los atletas, el rendimiento físico. Hoy es un deporte de alta competencia. Antiguamente, el cuerpo técnico de un equipo lo componían un entrenador, acaso un ayudante y un preparador físico. Y dos de ellos, empíricos. Hoy son ejércitos de veinte a veinticinco miembros, todos profesionales con paso académico además de tener un pasado futbolístico. Hay un grado de excelencia notable. La nota disonante es el hincha de fútbol, una piedra. Vive anclado en el ayer, considera superiores los Mundiales de los años ’50, ’60, ’70 u ’80. Aquello fue hermoso en su momento, aunque nada que ver con esto.

En las casas de apuestas internacionales Brasil es claro favorito al título, paga 4,50 euros, segundo está Argentina con 6,50, tercero Francia (8 €), le siguen Inglaterra y España (9 €) y sexto marcha Inglaterra (12 €). Puede invertirse el orden, pero está claro que son los seis que apuntan a la corona. A un sabio entrenador (Tite), la Verdeamarilla le suma la cantidad de talentos. Lleva ocho delanteros, a cual mejor: Neymar, Vinicius, Richarlison, Raphinha, Antony, Gabriel Jesús, Rodrygo, Pedro, Gabriel Martinelli. Los dos peores serían sensacionales para cualquier rival. No obstante, el venerable Tostão se permite dudar de tanto favoritismo brasileño: “Hace años no jugamos contra una selección europea de las potentes”. También en Argentina sucede algo similar. La ilusión ha escalado quizás demasiado. El momento estelar de Messi, el sólido y estético andamiaje de conjunto y los 36 partidos invicto subieron la espuma hasta el exitismo, la gente cree que ya está. Se calcula que 38.000 hinchas argentinos, vinieron o vendrán a Catar. La mayoría viaja desde el país, otros de Estados Unidos, Europa y demás continentes. No es fácil explicar la Argentina.

Puede que ambos hayan mejorado mucho, sin embargo, tendrán adversarios temibles. Uno es Francia, el campeón vigente y el medio con mayor cantidad de figuras en las grandes ligas. Sólo el pensar un ataque con Giroud, Benzema y Mbappé genera temor. Deschamps, su entrenador, es un prestamista, un fenicio de este juego, se mueve bien en aguas defensivas, cediendo la iniciativa para luego explotar los espacios con Mbappé arriba. Y ahí, mata. Otro es Alemania. Alemania es el tren fantasma, todos gritan y sienten miedo mientras están ahí dentro. El alemán es un jugador de siete puntos que en los Mundiales pasa a ser de nueve. Alta confiabilidad, cero miedo escénico y generosidad en el esfuerzo. Peligrosísimos. Esos cuatro debieran definir el título.

Luego vienen, un escaloncito abajo, Inglaterra, llena de buenos elementos (cuando me dicen Harry Kane me pongo de pie), pero peca de candor táctico. Los otros son más astutos, le buscan la vuelta enseguida. Bélgica, porque en un partido bueno puede tumbar a un elefante (echó a Brasil en el 2018). Y por sus individualidades: Courtois, De Bruyne, Hazard, Lukaku… Holanda (prometo nunca decir Países Bajos) por su juego de calidad. Y… Uruguay. Nunca conocí a nadie que dijera “¡Qué suerte, en la próxima fecha jugamos contra Uruguay…!” Con ellos es meterse de noche en un callejón, no recomendable.

Si por ahí se entromete un Dinamarca, bueno, será cosa de Dinamarca, no tendremos nada que ver. Pero lo celebraremos seguro, los daneses son como Holanda, los violines de la orquesta, suenan bien: pelota al pie, técnica depurada, clase para jugarla….

Un dato que nos golpea: las ligas de Sudamérica sólo aportan 19 de los 831 futbolistas anotados para la Copa. Un escuálido 2%. Y de ellos, la mayoría es de Uruguay: 8. O van arqueros de acá: Armani, Weberton, Sosa, Domínguez, Galíndez, Ramírez. Habla de los flacos que son nuestros torneos.

Ecuador arranca en la inauguración defendiendo la ropa del continente. No en condiciones ideales. Hubo convulsión interna por el caso Byron Castillo. Sus dirigentes primero cacarearon y ahora no les quedó otra que excluirlo porque saben mejor que nadie que el muchacho está flojo de papeles. Y eso generó un terremoto. Choca contra el local, Catar. Que se juega el honor en la contienda. Doscientos veinte mil millones de dólares puso el emir. Digamos que los muchachos están obligados. Hay una estadística interesante: hubo 21 Mundiales y 22 anfitriones (en 2002 fueron dos, Corea del Sur y Japón). Nunca perdió el local en el debut: 16 ganaron, seis empataron. A ver si Ecuador hace historia rompiendo esa marca.

Hay dos fútbol, el jugado y el hablado, hermosos los dos, pero ahora sube el telón y se acaban las palabras: ¡Jueguen, muchachos…!

(19/11/2022)

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La miniatura donde todo es gigante

Jorge Barraza, columnista de Marcas

Por Jorge Barraza

/ 19 de noviembre de 2022 / 07:23

Casi no sale en el mapa de pequeño que es Qatar. Muy difícil descubrir ese puntito en el Golfo Pérsico. Sin embargo, por dentro todo es gigantesco, espacioso: aeropuerto, autopistas, veredas, shoppings, estadios, centro de prensa, los departamentos.

Todo posee unas dimensiones desacostumbradas para nosotros. Un síntoma que va más allá del tamaño: todo está pensado con grandeza. “Acá se nota que hay mucha plata”, dicen los muchos argentinos, mexicanos y ecuatorianos que bajaron del avión con nosotros.

En efecto, Qatar es la tercera reserva mundial de gas natural, hay ahora mismo trescientos barcos en la bahía cargando gas para medio mundo. Y está el petróleo también. Hay dinero, sí, pero ese dinero se ve, en las calles, en el metro, en las construcciones, en el modernismo, todo está como a estrenar. Y ese dinero se advierte también en la paz de la gente. Todo es absolutamente relajado, silencioso casi. No hay crispación social, nadie está tenso. No podemos traerles novedades desde occidente, ellos las tienen antes que nosotros.

Todo funciona. Pedimos un Uber desde el aeropuerto y la aplicación nos informó: el auto llega en un minuto. Al minuto estaba. El taxista, de túnica blanca, nos esperó diez, pero no perdió la paciencia ni nos cobró recargo.

Entre la tonelada de críticas con que Estados Unidos y Europa han bombardeado a Qatar estaba la de los tremendos requisitos para poder ingresar al país árabe. Nunca, en tantos años de viajes, entramos tan fácilmente a un país. Ni si siquiera un funcionario de migraciones nos atendió, pasamos por uno de los puestos automáticos, esos donde uno apoya el pasaporte sobre un lector electrónico y se abren dos puertas de vidrio. Y nada más, de allí, a la calle. Ni al llegar a Buenos Aires nos resulta tan sencillo y breve. Los periodistas, que llegaron tan aprensivos muchos, están sorprendidos.

No obstante, sigue presidiendo el misterio. El de saber cómo es todo aquí, por lo distinto. Es una ciudad rara, Doha. No se ven personas caminando por las calles, sólo autos. El silencio aturde en cualquier ámbito, no son de andar gritando ni mucho menos ampulosos los cataríes. No levantan la voz. El clima es muy similar al de Guayaquil. Unos treinta grados con humedad, pero perfectamente soportable, al menos en esta época del año.

Nos encontramos en el aeropuerto con Santiago Rubio Henao, joven estudiante colombiano que reside desde hace dos años aquí y sigue la carrera de Relaciones Internacionales y Servicios Extranjeros. Un muchacho sumamente educado que aprovecha el Mundial para ganarse un extra en turismo. Nos ilustró mucho. Le preguntamos cómo se sentía allí.

-Muy bien, es un país maravilloso, lleno de oportunidades, muy abierto con los migrantes y los turistas. Las condiciones están garantizadas para venir. Puede haber cosas menos buenas, como en todos los lugares, pero en general es más lo positivo-, arrancó.

-¿Crees que puede ser un buen Mundial?

-Va a ser un excelente Mundial, confiando en que todo saldrá bien.

-Habrás leído las ácidas críticas que se le hacen a Qatar, desde Europa y Estados Unidos principalmente.

-Por supuesto, hay cosas buenas y malas, pero se le ha criticado injustamente. En el tema de las condiciones laborales de los trabajadores de los estadios desde hace cinco años hubo cambios jurídicos que mejoraron el vínculo laboral. Gracias al Mundial se hicieron constitucionalmente varias enmiendas y hoy los trabajadores gozan de derechos que antes no se tenían.

-¿Y el tema de la discriminación?

-Es una realidad, sucede con ciertas nacionalidades. Es algo con lo que el Gobierno está tratando de avanzar también.

¿Con las mujeres?

-Con las mujeres depende, con las occidentales se tiene mucho estigma, se cree que las leyes son demasiado estrictas pero la verdad no es esa, sí hay que respetar las normas culturales, acatar lo que las autoridades dicen, pero no va a haber problemas por andar en el bulevar demostrando afecto. Lógicamente es una cuestión de ser respetuosos.

-¿A qué adjudicás tantas críticas?

-A una campaña propagandística muy fuerte, debe haber intereses muy grandes detrás. Y, como dije previamente, me parecen injustas.

El Mundial está presente en absolutamente todo, desde afiches y murales por toda la ciudad pasando por las calles embanderadas y hasta en los billetes de 10 reales cataríes, una de cuyas caras luce la efigie del estadio Lusail, donde se jugará la final el 18 de diciembre.

Son las primeras postales de Doha, apenas arribados y cuando aún no ha transcurrido nuestro primer día “mundialista”.

Pero la impresión es óptima. Esto es lo más parecido al futuro.

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