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Wednesday 17 Aug 2022 | Actualizado a 00:58 AM

Censo de calidad y no de comodidad

/ 3 de agosto de 2022 / 01:42

La realización de un censo es la actividad estadística más importante de un país. La esencia de un proceso censal es conocer cuántos somos, cómo vivimos y qué necesitamos. Se trata de averiguar acerca de la realidad sociodemográfica de cada rincón del país, de forma que la política pública pueda actuar adecuadamente para cubrir las necesidades insatisfechas identificadas.

El anuncio de postergación del Censo ha reabierto un nuevo frente de batalla entre el Gobierno y algunos líderes políticos regionales. Desde el oriente se ha construido un discurso que busca politizar el proceso censal. El cambio de fecha se ha interpretado como un intento de prorroguismo ante la inevitable reconfiguración del mapa electoral y como un perjuicio para las regiones con mayor ritmo de crecimiento de sus habitantes, quienes reciben menos recursos y, en consecuencia, un menor desarrollo nacional. En suma, la actividad censal ha sido reducida a la mera redistribución de la renta fiscal y el cuoteo político.

Este cálculo político lacónico y mezquino, que exige adelantar la fecha del Censo, desconoce que el proceso censal es un conjunto de etapas sistemáticamente organizadas y que las actividades precensales son igual de importantes que el día del empadronamiento. De la buena preparación del Censo dependerá la calidad de las estadísticas de población y vivienda sobre las cuales las propias entidades territoriales deberán ejercer sus políticas competenciales.

En el contexto actual, la etapa precensal está siendo perjudicada por el avance de la pandemia, que impide la movilización del personal y dificulta su socialización masiva. La guerra en Europa ha limitado la disponibilidad de dispositivos electrónicos como la compra de tablets, que son fundamentales para las tareas previstas. Estos inconvenientes afectan el normal avance de la cartografía y podrían condicionar las pruebas posteriores (piloto y censo experimental), como se ha advertido en otros procesos censales en el mundo.

La elección oportuna del día del Censo es una tarea eminentemente técnica que deberá tomar en cuenta, por ejemplo, el ciclo de desplazamientos poblacionales estacionales durante el año por factores climáticos, la zafra o aquellos vinculados al inicio y conclusión del año escolar. Pretender acelerar estos procedimientos es una muestra de desconocimiento de los estándares internacionales que avalan los procesos censales y un capricho político para quienes buscan su comodidad antes que la calidad del proceso censal. Se debe dejar de politizar la fecha del Censo como si se tratara de fijar el día de un clásico o un concierto.

Por otro lado, se ha creado una excesiva expectativa respecto a los réditos económicos y políticos a partir de los resultados del próximo Censo que es necesario desmitificar. Con base a las proyecciones de población del INE, se advierte que el número de escaños parlamentarios en Santa Cruz asociados al criterio de proporcionalidad podría incrementarse de 28 a 31 con una consecuente disminución en el occidente; sin embargo, es muy difícil que la recomposición de curules incida en el poder político gobernado por las alianzas andino vallunas, que continuarán siendo mayoría.

Santa Cruz pasará de representar el 26,8% de la población, según el Censo 2012, a cerca del 28,6%. De haberse realizado el Censo en 2020, los municipios en ese departamento habrían recibido cerca de Bs 100 millones adicionales, es decir, un 5% más de transferencias. Ello habría implicado que a otras regiones del país se les reste esa misma cuantía. Si bien la redistribución de la renta fiscal debe tener un correlato proporcional al tamaño de la población, no refleja estrictamente sus necesidades, ya que no es menos cierto que los municipios cruceños son los menos pobres en Bolivia y que esa redistribución acentuará las desigualdades entre regiones. Parecería que los gobernantes en el oriente aspiraran a subir sus ingresos fiscales a costa de otras regiones y aumentar su dependencia fiscal con el nivel central, en lugar de pensar en cómo generar sus propios ingresos. Es la autonomía reducida a la repartija de fondos estatales.

Todos estos elementos deberían ser analizados con antelación a la nueva redistribución fiscal; pero con independencia de ello, se debe dejar trabajar a la entidad que tiene a su cargo la importante tarea del proceso censal. La población debería exigir ante todo un censo de calidad, antes que otro de comodidad (de unos cuantos).

Omar Velasco Portillo es economista.

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¿Qué está pasando con las monedas en el mundo?

La bolivianización de la economía está en niveles históricamente altos, refleja el poder de ahorro de la moneda nacional.

/ 24 de julio de 2022 / 11:58

SALA DE PRENSA

La caída estrepitosa del peso argentino en el mercado informal, la depreciación acelerada del peso colombiano, la histórica marca de 1.000 pesos chilenos por dólar o la casi paridad entre el billete norteamericano y el euro son algunos de los eventos recientes que reflejan la volatilidad del mercado cambiario internacional. ¿Qué está pasando con las monedas en el mundo? ¿Por qué las monedas están perdiendo valor? ¿Cuáles son los efectos de las devaluaciones? En este artículo respondo a estas interrogantes.

Las monedas de los mercados emergentes han sufrido caídas importantes en lo que va del curso del año: lira turca (-23%), forínt húngaro (-19%), zloty polaco (-16%), lei rumano (-11%) y lev búlgaro (-12%). La región sudamericana no se salva de esta tendencia. El peso argentino (- 20%), el peso chileno (-14%) y el peso colombiano (-11%) han visto caer su valor frente a la divisa norteamericana. En contraste, el sol peruano, el real brasileño y el peso uruguayo muestran mayor estabilidad.

Las divisas conocidas como “monedas fuertes”, consideradas refugio internacional, como son el yen japonés, el yuan chino, la libra esterlina inglesa y el dólar canadiense también se han depreciado. El caso más llamativo es el euro, pues el dólar ha vuelto a alcanzar a la divisa europea después de 20 años.

Ahora bien, no solamente las monedas físicas han perdido valor, sino también las monedas virtuales. El Bitcoin cayó de más de $us 60.000 en octubre de 2021 a poco más de $us 20.000, lo que significó una descapitalización del mercado del criptoactivo de cerca de 3 trillones de dólares a menos de 1 trillón.

En contrapartida, el índice dólar que mide el precio del dólar norteamericano respecto a una canasta de monedas extranjeras (euro, yen, libra, dólar canadiense, corona sueca y franco suizo) se ha valorado en alrededor de 13% en el año. El dólar de Estados Unidos se está fortaleciendo en el mundo y su ascenso está provocando una recomposición de activos internacionales a escala planetaria que ha derivado en una mayor volatilidad cambiaria y pérdida de valor de las otras monedas.

La excesiva especulación del tipo de cambio daña la confianza de los agentes y entrega señales equívocas de asignación de precios. Es por eso que, ante la intensa volatilidad de los tipos de cambio, los bancos centrales, particularmente en los países que administran su política cambiaria mediante regímenes flexibles, se han visto obligados a intervenir sus mercados de divisas para reducir la especulación de sus monedas.

La pérdida de valor de las monedas frente al dólar obedece a distintos factores. Entre los comunes a todas ellas se encuentra la subida abrupta de la tasa de política monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos, conocida como la FED, que en junio incrementó en 0,75% el costo del dinero, el mayor incremento desde 1994. Los miedos de que la inflación en Estados Unidos pueda salirse de control ha exacerbado la respuesta de la política monetaria. A este evento se debe sumar el potencial riesgo de recesión de la economía estadounidense que ha sido pronosticado por organismos internacionales para 2023. Una señal de mercado de esta posible crisis se ve reflejada en la inversión de tasas de rendimiento de los bonos americanos entre 2 y 10 años.

Estas noticias han provocado zozobra e intranquilidad en los mercados de capitales, donde los inversionistas tratan de protegerse de este clima adverso comprando dólares del propio país del norte y liquidando sus posiciones en otras monedas y activos.

En la región, en el comportamiento de la relación de monedas, han pesado algunos factores intrínsecos a cada país. El cambio de ministro de Economía en Argentina, la incertidumbre social respecto a la conclusión del proceso constituyente en Chile o la incertidumbre política tras el cambio de Gobierno en Colombia ha puesto intranquilos a los inversionistas locales, que han penalizado a los países de la región con mayor demanda de billetes verdes. A la incertidumbre se debe sumar el deterioro de algunos de los fundamentos que respaldan al tipo de cambio real.

Como resultado de las devaluaciones de las monedas, es muy probable que la tasa de inflación continúe en aumento. Actualmente, varios países de la región ya se encuentran próximos a las tasas de inflación galopante, en un contexto en el que las expectativas de inflación se han desanclado de las metas anunciadas por los gobiernos.

Como medida paliativa los bancos centrales de la región se encuentran subiendo tasas de interés en un intento de controlar la inflación y contribuir a la estabilidad cambiaria. No obstante, esta orientación restrictiva de la política tiene límites. El alza de tasas de interés encarece el costo del dinero o su financiamiento, reduciendo el consumo y la inversión. Se esperaría un aumento del costo del crédito y un bajón en el mercado inmobiliario. El aumento de tasas de interés puede contribuir a reducir la inflación, pero a costa de un menor crecimiento económico, e incluso llevarnos a una recesión. Por lo que los riesgos de estanflación mundial son reales.

En Bolivia, la realidad es diametralmente distinta. Bolivia ostenta una de las inflaciones más bajas del mundo. La moneda boliviana, que está unida al dólar hace más de una década, también se ha fortalecido. Esta estabilidad cambiaria depende de sobremanera del nivel de reservas internacionales que han caído en los últimos años. No obstante, se observa en meses recientes que las reservas se han estabilizado y el contexto internacional podría incluso ayudar a incrementarlas. La bolivianización de la economía se mantiene en niveles históricamente altos y es otro reflejo del poder de ahorro de la moneda nacional. En esta coyuntura bastante inhóspita para la política cambiaria, apostar por la estabilidad cambiaria parecería ser la mejor respuesta.

(*)Omar Velasco P. es economista.

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Un boliviano fuerte

/ 9 de julio de 2022 / 02:05

El modelo neoliberal que se implantó en Bolivia era bastante vulnerable a la devaluación de las economías vecinas. Durante 1999 y 2002 hubo fuertes depreciaciones del real brasileño y del peso argentino que impactaron negativamente en la economía nacional, arrastrándola a una cuasi recesión y una contracción del PIB per cápita. Se utilizó el bolsín como mecanismo para enfrentar las devaluaciones vecinas, produciendo una pérdida del 25% del valor de la moneda doméstica.

La actual estabilidad económica que goza el país, reflejada en su tasa de inflación, tipo de cambio y crecimiento económico dista de esas malas prácticas adoptadas en el pasado. La moneda boliviana no solo se ha convertido en símbolo de estabilidad nacional, sino que ahora países como Argentina la han adoptado como divisa de refugio internacional.

El boliviano sustituyó al peso argentino en sus funciones de reserva de valor y medio de pago. Eso quiere decir que los argentinos (vecinos con Bolivia) ahorran en bolivianos y que el comercio fronterizo se hace en moneda nacional. Atrás quedaron los años de la hiperinflación cuando eran los nuestros quienes atesoraban la moneda foránea.

Hay dos razones que explican ese cambio de activos en las familias argentinas. Con una inflación interanual de 60%, la Argentina ostenta la inflación más alta de la región (sin contar Venezuela). En cambio, Bolivia cuenta con la inflación más baja de 1,8% en términos interanuales. La inflación corroe el poder adquisitivo de la moneda, lo que obliga a los agentes a buscar refugio en monedas consideradas como más fuertes, es decir, cuyo valor tiende a perdurar en el tiempo.

Este fenómeno no es exclusivo de Bolivia, lo propio ocurre en Europa con el franco suizo y el euro. La devaluación que ha experimentado el euro ha llevado a una reevaluación del franco suizo desde el estallido de la guerra en Europa, que actúa como moneda de resguardo para las inversiones europeas. Además, mientras que la inflación interanual a mayo en Europa se situaba en 8,1% en promedio, en Suiza llegó a 3,3% a junio.

Por otro lado, los argentinos no necesitan ahorrar en dólares porque el boliviano ofrece la misma estabilidad a un costo menor. Se debe tener presente que Argentina vive un periodo de escasez de dólares y ha limitado el uso del dólar de diversas formas. Restringió la compra de dólares al público a $us 200 mensuales al precio del tipo de cambio oficial y limitó las compras en el exterior con tarjetas de crédito. Ambas operaciones además están alcanzadas por un impuesto del 65% a la compra de dólares. La inflación en Estados Unidos, que se disparó a 8,6% en mayo, condujo los retornos, en términos reales, al terreno negativo. En cambio, la posibilidad de comprar bolivianos no está restringida y los rendimientos son positivos y estables.

Este hecho histórico ha tratado de ser opacado. Es absurda y hasta embustera la afirmación de que una devaluación nominal tiene implicaciones reales de consideración en el comercio exterior. Existe un consenso entre los economistas que la neutralidad del dinero se cumple, es decir, que las variables nominales solo se afectan a sí mismas y no a variables reales. Es posible que a corto plazo se modifiquen los precios relativos por rigidez de precios, pero no es el caso argentino donde el pass through es mayor a 1 desde hace varios años. Es decir, la inflación aumenta más rápido que el ritmo de devaluación, a lo que en Argentina le llaman atraso cambiario y que encarece los precios de los productos argentinos en lugar de abaratarlos. A mayo, la inflación interanual se incrementó en 60%, mientras que el peso se depreció solo 30%. Es improbable una avalancha de bienes argentinos porque los costos reales en Argentina aún continúan altos y su tipo de cambio real, apreciado.

También es un despropósito afirmar que la baja inflación boliviana se debe a que se importa productos más baratos del exterior, cuando la casi totalidad de países en el mundo sufre de mayor inflación, lo que eleva los costos de producción y hacen menos competitivas sus exportaciones. Empero, en esta coyuntura, las importaciones argentinas, como es el caso de la harina de trigo, son beneficiosas para el país porque no es un producto que compita con los productores nacionales y su costo de importación es prácticamente nulo al utilizar la emisión monetaria para comprar bienes, lo que implica que no genera presiones sobre las reservas internacionales.

Mantener el tipo de cambio estable fue una decisión acertada y hoy el boliviano está más fuerte que nunca.

Omar Velasco Portillo es economista.

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La crisis del maíz y el modelo agrícola

La biotecnología genética como única vía para elevar la productividad en el campo es una ficción.

/ 22 de mayo de 2022 / 20:30

DIBUJO LIBRE

La escasez de maíz en el mercado boliviano ha abierto un debate profundo sobre el modelo de desarrollo agrícola. Desde la Cámara Agropecuaria del Oriente se sostiene que la escasez es resultado de las restricciones a las exportaciones y el bajo rendimiento de las semillas no transgénicas. La Gobernación de Santa Cruz aduce la menor oferta a las pérdidas por sequía en el Chaco. El Gobierno acusa a los productores de especular con los alimentos. En estos breves párrafos se hace un análisis de estos argumentos.

Una de las leyes que rige el comportamiento de los mercados es el principio de la autorregulación. Cuando la demanda de un bien excede su oferta, el precio debe inexorablemente subir para reflejar la escasez relativa del producto. Esto no ocurrió con el maíz porque su precio subió de Bs 45 a Bs 100 el quintal pese a que la oferta anual estimada para este año de 1.029.179 Tm es mayor a su demanda 995.203 Tm. ¿Por qué esta aparente contradicción? ¿Podrían estar mal los cálculos del Gobierno? Si fuera el caso ¿Por qué en 2021 se exportó un nivel récord 57.000 Tm si no somos autosuficientes? O ¿qué o quiénes son los responsables? Para entender este enigma voy a recurrir a la teoría microeconomía.

Gracias a Arrow–Debreu (1954) y Walras (1874) sabemos que los mercados son interdependientes, que sus equilibrios se alcanzan de forma simultánea y que si todos a excepción de uno de ellos están en equilibrio el último mercado también debería estarlo. La teoría del equilibrio general asumía que todos los mercados operaban de forma eficiente. Sin embargo, no abordaron situaciones de desequilibrios simultáneos y cuando las fuerzas del mercado dejan de funcionar correctamente.

A nivel mundial existe escasez de algunos alimentos, como el maíz, que solían ser provistos por Ucrania y Rusia. Sin embargo, la guerra en el territorio del primero y la limitación para exportar dadas las restricciones financieras en el segundo, han reducido la oferta mundial de estos alimentos. En un mundo globalizado, el desequilibrio entre oferta y demanda se traslada rápidamente a otros confines del planeta, elevando los precios domésticos y generando asignaciones ineficientes, ya que habría consumidores incapaces de acceder a ellos o, para hacerlo, deben reducir el consumo de otros bienes; lo que en términos macroeconómicos se llaman inflación y caída de ingresos reales.

Los efectos del mercado no terminan allí, ya que cuando sube el precio en un mercado donde una empresa es demandante, traslada este costo a sus propios demandantes quienes a su vez podrían hacer lo mismo. Ésta es la razón de porqué la subida del precio internacional del maíz podría elevar el precio del grano nacional y éste a su vez el de otros productos como la carne de cerdo y de pollo, y que a su vez podrían trasladarse al precio de los almuerzos y embutidos. Quienes terminan pagando el costo de los desequilibrios de los mercados son siempre los mismos, los consumidores.

Ahora bien, parecería que el aumento del precio del maíz no solo responde a las fuerzas imperfectas del mercado sino al oportunismo económico. Considerando que los rendimientos por hectárea no cambian drásticamente de un año a otro, salvo que existan eventos climáticos de consideración como el efecto de la Niña, que hubo pero que afectó principalmente a las regiones de Argentina, Brasil y Paraguay y no así a Bolivia. De ser cierta esta sospecha, ¿podría la escasez de maíz deberse a la reticencia de los grandes productores de grano de vender su producción en el mercado nacional a Bs 100, siendo que el precio internacional equivalente es de Bs 180 por quintal (mercado de Rosario)?

Según la Real Academia Española, especular significa efectuar operaciones comerciales o financieras con la esperanza de obtener beneficios, aprovechando las variaciones de precios. La teoría económica justifica y reconoce a la especulación como un comportamiento racional de los agentes que buscan maximizar su rentabilidad. Se podría decir que especular es un arte. Hay que saber el momento exacto para hacerlo y cuándo retirarse. Pero más allá de ser un acto racional, es un acto criminal que atenta contra el bolsillo de la población, porque se beneficia a partir de una situación ficticia que crea el mercado.

La necesidad de una empresa estatal que regule los precios para corregir las fallas del mercado y el potencial riesgo de especulación es inmediata. La estatal Emapa compra el producto a un precio mayor (Bs 100) incentivando su producción y la vende a un precio más bajo (Bs 65) limitando el poder de los especuladores y evitando que los efectos distorsivos del mercado se trasladen a los consumidores finales como ocurriría en una economía de libre mercado, donde las ganancias se individualizan, pero las pérdidas se comparten.

Empero, la intervención estatal no está exenta de críticas que arguyen su baja capacidad de intervención y que compite con las labores privadas. En realidad, Emapa no tiene como objetivo abastecer a todo el mercado, sino solo a pequeños y medianos productores porque —a diferencia de los grandes— no cuentan con la capacidad financiera para comprar sus suministros por adelantado. Es así que los grandes productores no debieron verse afectados por el alza de precios internacionales porque la mayoría compra sus insumos con muchos meses de anticipación. Por otro lado, la creación de una empresa estatal agropecuaria no busca competir con el sector privado sino garantizar el suministro para pequeños productores, que las grandes empresas agroindustriales no están dispuestas a cubrir por los menores retornos que ofrecen al ser productos regulados. Como parte de la política de sustitución de importaciones también se ha promovido la producción interna de maíz tradicional a partir de créditos a bajas tasas de interés y de programas para mejorar el rendimiento.

Pero más allá de lidiar con la especulación, hay un desafío mayor que es superar, el patrón de acumulación de riqueza extractivista vinculado al auge de la agricultura. Desde los sectores económicos del oriente se propone que —ante el desabastecimiento de maíz— se autorice el uso de semillas genéticamente modificas para elevar el rendimiento. El uso de semillas transgénicas está prohíbo por la Ley de la Madre Tierra, por ser una amenaza a la diversidad y existencia de otras especies nativas. Pero las élites agropecuarias del oriente han encontrado en esta coyuntura internacional de precios, el pretexto ideal para reafirmar su demanda.

Los altos precios de los alimentos están promoviendo un nuevo ciclo de extractivismo en el sector agrícola boliviano, cuyo objetivo es expandir desproporcionalmente la frontera agrícola y elevar los rendimientos a costa del daño al medio ambiente y que podría comprometer la salud de los bolivianos a largo plazo, de admitirse el uso de transgénicos. La biotecnología genética como única vía para elevar la productividad en el campo es una ficción y apesta como el estiércol porque no busca contribuir a resolver la crisis alimentaria mundial, sino en como llenarse los bolsillos de dinero por abono.

 (*)Omar Velasco es economista  

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El costo de mantener ‘dinosaurios’

/ 20 de mayo de 2022 / 01:27

Fui dirigente universitario. Por aquellos años raudos cuando todavía la política se mezclaba con la ideología y la academia, participé de una de las últimas huelgas de hambre estudiantil que posibilitó alcanzar un acuerdo entre la UMSA y la UPEA por la distribución de recursos del IDH. Esas épocas, ser representante estudiantil era motivo de orgullo porque no se reducía a ganar una elección y convertirse en el estudiante “de moda”, sino que brindaba una satisfacción moral al poder ayudar a otros estudiantes. Esta actividad es hoy cuestionada por nuestra sociedad, porque se la ha deformado con el tiempo, creándose posibles focos de corrupción a su interior. En estas breves líneas comparto mi análisis sobre ¿cuál es el costo de mantener estudiantes “dinosaurios” en la universidad pública?

Dado que resulta extremadamente complejo calcular el costo por estudiante en las universidades públicas que tienen fuentes de financiamiento diversas, una función de producción difusa y porque el precio de mercado para acceder a la educación (la matrícula) no refleja el verdadero costo para el Estado (sueldos y salarios a docentes y administrativos, infraestructura, otros gastos de funcionamiento), en su lugar analizaremos su costo de oportunidad.

El costo de oportunidad es aquello a lo que renunciamos por tomar una decisión diferente. En el tema en cuestión, representa lo que hubiera gastado el estudiante de no haber ingresado a la universidad estatal y en su lugar hubiera optado por la enseñanza privada.

Tomando la información del costo estimado de la colegiatura en nueve de las principales universidades privadas de la ciudad de La Paz para la carrera de Derecho, se encuentra que el costo promedio anual de educarse antes de la pandemia ascendía a $us 2.100. Por razones obvias no haré alusión a las casas de estudio, pero como todo promedio esconde valores extremos que van de $us 800 a $us 4.857.

A partir de la información de la UMSA sobre el número de estudiantes con más años en la universidad, a quienes irónicamente se los ha denominado “dinosaurios”, se puede estimar el valor actual del costo de oportunidad de educarse en una universidad estatal en lugar de una privada (descontado a la tasa de inflación por simplicidad). Los resultados son alarmantes. El costo acumulado de retener estudiantes con más de 10 años se encuentra entre Bs 142 millones y Bs 359 millones. Para hacernos idea de la magnitud, el monto más alto representa más del 40% del presupuesto de una gestión anual.

Es posible que el tiempo de permanencia de un estudiante en una universidad pública sea mayor al de una privada porque estudiar a expensas del Estado no tiene costo o es muy bajo, en cambio, las universidades privadas tienen la fama de cobrar hasta por lo que uno respira. Entonces, ¿se debería privatizar la educación para hacerla más eficiente? Por supuesto que no. Elevar el costo de ingreso a las universidades solo nos haría un país más pobre y menos educado.

¿Se debería suspender el derecho a estudiar a quienes superen una cantidad de años inscritos? La solución no es tan simple. Más allá de la vida política dentro la universidad a la que puedan optar algunos estudiantes como Max Mendoza, el retraso en la obtención del título académico es generalizado. En 2017, sobre un universo de más de 78.000 estudiantes de la UMSA, se graduó el 5%, que equivale a la mitad del nuevo número de inscritos.

Entonces, ¿cómo acelerar el proceso de titulación? El mayor incentivo de un estudiante para que complete sus estudios también es su costo de oportunidad. Al estar estudiando y no titularse, deja de recibir un salario alternativo o éste es inferior a lo que podría ganar obteniendo el grado académico. La mayoría de los estudiantes no hace una correcta evaluación de su costo de oportunidad ya que tienden a subestimarlo, con lo cual se reducen los incentivos suficientes para acumular capital de prisa o porque el mercado laboral no está diseñado para absorber una gran cantidad de mano de obra calificada, lo que infravalora su costo de oportunidad. Este no es el caso de Max, pero sí el de muchos estudiantes que abandonan prematuramente sus estudios a cambio de un salario mediocre.

Espero que estas breves reflexiones aporten a la discusión en el XIII Congreso Nacional de Universidades.

Omar Velasco Portillo es economista.

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Campeones en inflación

/ 3 de mayo de 2022 / 01:58

A poco más de dos meses de iniciada la guerra en Europa, sus efectos adversos no se sienten en la economía boliviana. Con una tasa de inflación acumulada a marzo de 0,4%, Bolivia ostenta en 2022 la cuarta inflación más baja del mundo, solo superada por Jordania (0,2%), las islas Seychelles (0,2%) y Palestina (0,3%) sobre una lista de 82 países publicada por datosmacro.com.

En un contexto de repunte inflacionario a escala global, los resultados en la región no dejan de ser preocupantes. Argentina encabeza la lista con un aumento de precios de 16%, seguido de Venezuela con 11%. Un poco más atrás se encuentran Uruguay y Colombia, ambos con 4,4%, Paraguay 3,7%, Chile 3,4%, Brasil 3,2%, Perú 1,8% y Ecuador 1,1%. Un hecho relevante es que por primera vez en mucho tiempo Venezuela dejó de ser el país más inflacionario.

La inflación boliviana ha creado cierto desconcierto a nivel nacional e internacional. Analistas bolivianos y extranjeros se miran perplejos ante singular resultado y sus explicaciones son diversas. Le atribuyen la baja variabilidad de precios al régimen cambiario superfijo y las expectativas ancladas a éste, las generosas subvenciones desde tiempo inmemoriales —tan odiadas pero necesarias— y el incontrolable contrabando. Pero ningún mérito a las políticas económicas en curso.

En una reunión de amigos alguien lanzó una picardía. Me dijo que la política cambiaria había muerto porque ya no se movía. Mantener el tipo de cambio invariante fue duramente criticado más de una vez por analistas que hoy padecen del síndrome de Alzheimer y cuyo debate actual sería cuando menos infructuoso. Hoy se puede decir con bastante certeza que la apuesta por la estabilidad cambiaria fue acertada. Sin embargo, para mantener la inflación controlada no basta con congelar la relación de cambio de la divisa —al menos no en un periodo de euforia de los precios internacionales—, de otra manera Belice, Qatar, Eritrea, etc., deberían sumarse al cuadro de honor líneas arriba. El mismo silogismo también puede ser aplicado al contrabando comparando otros países.

La política de subsidios a la energía y los alimentos ha tenido su propio mérito, empero, hay economistas que piensan que los subsidios son un problema estructural de la economía boliviana y eliminarlos un deber. De haberse seguido las viejas recetas neoliberales, la inflación bien podría hoy rozar los dos dígitos como ocurre con la inflación interanual en varios países vecinos. Sin duda que la subvención tiene un costo —que la asumen el Estado y sus niveles—, pero a diferencia del modelo de mercado no se traspasa la factura a las familias. En todo caso, este es el peor momento para pensar en levantarlas.

El modelo económico entendió que la crisis alimentaria es un fenómeno inherente a las contradicciones del sistema capitalista, por eso ideó una empresa estatal con el fin de regular los precios en el mercado interno. Para los detractores, los déficits de caja son fiel reflejo de su ineficiencia, sin comprender que la naturaleza de esta empresa no es obtener ganancias. Las imperfecciones del mercado distorsionan los precios llevando a que algunos agentes experimenten pérdidas. Bajo el actual modelo, estas pérdidas son absorbidas por la empresa estatal sin que sean transferidas a los consumidores finales como ocurriría en una economía de libre mercado. Pocos países en el mundo tienen una entidad como Emapa que responde a cabalidad a este desafío, lo que pudo haber marcado la diferencia.

En suma, la baja inflación se explica por una acertada combinación de políticas de subvenciones, límites a las exportaciones —a la cual ya me referí en un artículo anterior—, regulación de precios internos, estabilidad cambiaria y un buen desempeño agrícola en lo que va del año.

Algunos esfuerzos últimos por desacreditar la estabilidad de precios ponen en duda su sostenibilidad, ya que ésta se mantendría a costa de incrementar los déficits fiscales y la pérdida de reservas. Como todo en economía, las acciones tienen costos y beneficios. Sin desconocer el enorme sacrificio fiscal que conlleva mantener una economía estable, en justo análisis, se debe reconocer los beneficios. Las empresas invertirían menos en un contexto de inflación alta, los trabajadores perderían más poder adquisitivo. Este primero de mayo los trabajadores tienen una razón más para festejar, porque somos campeones en inflación.

Omar Velasco Portillo es economista.

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