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Monday 22 Jul 2024 | Actualizado a 02:43 AM

Engaño

Grandes empresas, públicas y privadas, hacen uso del engaño para librar de culpa a sus ejecutivos

Claudio Rossell Arce

/ 2 de mayo de 2024 / 06:52

Distorsión intencional de la verdad para inducir a alguna persona a actuar o creer de manera que beneficie a alguien, usando para tal fin técnicas como la mentira, la omisión de información, y la manipulación de hechos. Tal descripción se ajusta a lo que las ciencias sociales llaman desinformación. También funciona, aunque con matices, como descripción de la postverdad. En rigor, no es ni más ni menos que aquello que se nombra como engaño.

Existe toda clase de engaños. Desde aquellos que se presumen inofensivos y se producen por doquier bajo el nombre de mentira blanca, hasta aquellos capaces de cambiar la historia, para bien y para mal; los ejemplos abundan. Unos son estratégicos y operan a lo largo del tiempo, alimentándose de dosis homeopáticas de mentiras, que sin embargo no dejan de ser tales. También están los tácticos, que se emplean al calor del momento y buscan resolver los temas a la brevedad posible, a menudo sin medir consecuencias de mediano o largo plazo.

Consulte: Decadencia

Entre las filosofías de Oriente se considera que la vida humana transcurre detrás de un velo de engaño llamado Maya: la ilusión o la apariencia de la realidad que engaña a las personas, haciendo que perciban el mundo de manera distorsionada. Para el pensamiento marxiano, esta idea adopta la forma de una cámara oscura, ese dispositivo óptico descrito hace ya un milenio por un científico árabe, que consiste en una caja sellada excepto por un pequeño orificio, por donde penetran los rayos de luz que, al cruzarse, se invierten, proyectando la imagen de la realidad de manera invertida, tanto horizontal como verticalmente. Esta imagen representa a la ideología, entendida como falsa conciencia.

Mucho antes del siglo XIX la idea ya había sido planteada por Platón en La República, donde se dice que la existencia humana transcurre en una caverna, donde las personas solo ven de la realidad sombras de objetos que se proyectan al pasar frente a una fogata detrás de ellas. Quien se libera de la esclavitud de la caverna conoce la realidad y las cosas verdaderas, por lo que regresa para avisar al resto, pero no le creen: víctimas del engaño comprenden las cosas al revés. Han pasado más de 23 siglos desde que se escribió esta alegoría, y las cosas no han cambiado ni un ápice.

La palabra engaño proviene del verbo engañar, que a su vez tiene su origen en el latín vulgar ingannãre, derivado del término latino innocãre, que significa “hacer inofensivo” o “librar de culpa”; difícil saber si en aquellos tiempos, como hoy, la gente buscaba evadir responsabilidades a través del engaño, especialmente en comisarías, fiscalía y juzgados, y mejor si con ayuda de un abogado.

En la era de la postverdad, el engaño parece ser aún más intenso: las emociones y las creencias personales, casi siempre manipuladas, pueden dominar sobre los hechos objetivos en la formación de opiniones públicas. Eso explica no solo el ascenso de líderes con rasgos autoritarios y fascistas (sin importar el color de las banderas que agitan), sino también el éxito que parecen tener entre sus leales. Se dice que la mentira fascista es más que un simple engaño, pues los líderes que la enarbolan son víctimas a su vez de su propio engaño, y lo dan por verdadero.

Además del típicamente propagandístico e ideológico origen, probablemente, de la postverdad, existen otros engaños, como el que se produce cuando una persona busca obtener beneficio de otra. Grandes empresas, públicas y privadas, hacen uso del engaño para librar de culpa a sus ejecutivos o para mantener en la sombra manejos inescrupulosos del patrimonio ajeno, apelando incluso a muertes que parecen suicidios.

Escapar del engaño, si tal cosa es posible, pasa por reconocer su existencia y buscar la discrepancia entre lo que se sabe y lo que se cree, lo cual exige un ejercicio crítico a menudo agotador y, peor, solitario, pues consiste en poner en duda todo lo que se conoce y abandonar las certezas, que son como la roca debajo del suelo que se pisa. También sirve escuchar a quienes se han librado de la caverna y sus sombras, pero, ay, cuando se mira con desconfianza, ¿cómo se distingue quién cuenta la verdad y quién trata de engañar?

(*) Claudio Rossell Arce es profesional de la comunicación social

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Jugar

Al jugar se fomenta la libertad y la creatividad, mientras que el juego promueve la disciplina y la competencia

Claudio Rossell Arce

/ 11 de julio de 2024 / 06:51

Al parecer, hay consenso en que a todos los humanos nos gusta jugar. Nos gusta tanto, que hace más de tres milenios y medio ya existía un juego de mesa. Juego, porque tenía reglas. Jugar, entonces, es la actividad que nos apasiona a los humanos y el juego es la actividad lúdica, pero con reglas. Difícil saber si jugar es inherente al ser humano, porque ¿acaso hay algo natural, fuera de las funciones corporales, que son autónomas, en el comportamiento humano?

Lea: Idiota

El asunto es mucho más que el deleite de mirar a las mascotas o a los humanos chiquitos, jugando exentos de reglas (aunque aprendiéndolas en cada instante) y entregados a su inabarcable imaginación: la economía, la psicología y la sociología le han prestado muchísima atención. Fue el matemático J. Nash quien aportó a la teoría de juegos con la explicación del equilibrio, que se produce en una coyuntura en la cual ningún jugador puede mejorar su situación cambiando unilateralmente su estrategia; así, el prisionero puede escapar de su dilema confesando: en el peor de los casos obtendrá la mitad de la pena.

La teoría que llevó al matemático a recibir el Premio Nobel de Economía sirve como método para predecir el resultado de interacciones estratégicas en diversas situaciones, desde competiciones de mercado hasta negociaciones políticas y conflictos militares. En el fondo, este y otros matemáticos dedicados a estas reflexiones partían del supuesto que todos los humanos, además y antes que ser racionales, somos lúdicos y conducimos nuestros comportamientos a menudo motivados por la antinomia de ganar o perder.

Así, existe una explicación al por qué parece tan normal la suma cero, que es cuando una parte gana y la otra pierde. Se produce, con gran regocigo de los vencedores y pena de los perdedores, por ejemplo, en el fútbol, donde la gente llega a jugarse mucho más que su amor por la camiseta, o en el sofisticado ajedrez, donde los reinos caen, pero, ay, también en la política, que todo lo toca y lo convierte en feroz competencia entre las facciones opuestas; el problema es que a menudo pierden quienes no estaban jugando.

Desde la antropología se sostiene que el juego es anterior a la cultura; J. Huizinga argumenta que muchas formas culturales, como el arte, la literatura, la religión y las leyes, tienen sus raíces en actividades lúdicas. También afirma que el juego crea un espacio separado del «mundo real», donde se desarrollan reglas propias y significados específicos. Coincide la psicología, que mira a la pasión humana por el juego preguntándose por qué y para qué, y se responde diciendo que se juega porque, desde la infancia hasta la adultez, el juego proporciona un medio para el aprendizaje, la socialización, la creatividad y la adaptación.

Pero también hay juegos que todos juegan, para evitar la intimidad verdadera y protegerse de la vulnerabilidad, buscando, al mismo tiempo, satisfacer sus necesidades de reconocimiento, pertenencia y estructura. Eso explica al tío que se la pasa exhibiendo sus dolencias, al pariente que no para de hablar de sus viajes, a la amiga que no encuentra pareja porque siempre está encontrando errores en los demás o, peor, quien vive buscando evidencia de su falta de valía.

También se juega para pertenecer a la sociedad. Al jugar se fomenta la libertad y la creatividad, mientras que el juego promueve la disciplina y la competencia. Se juega las fichas que la vida le da a cada quien dentro de una estructura; al menos en teoría, el agente puede desbancar a la casa, pero eso implica, seguramente, saber más que solo las reglas. En la sociedad la gente pertenece a diferentes campos, a menudo varios a la vez, y en cada uno de ellos pone “enjuego” (P. Bourdieu dixit) sus capitales, que los ha conseguido o heredado, y acumulado, para convertirlos en el más preciado de ellos: capital simbólico, reconocimiento.

Es interesante observar que, aunque las mujeres pueden haber hecho grandes aportes a la comprensión de los juegos, de la economía, la psicología y la sociedad, son sus pares varones, heterosexuales o no, quienes tienen la fama y las citaciones. “Son las reglas del juego”, y es cuando se evidencia que muchos aspectos de la estructura no ceden ni cederán así nomás. Mientras tanto, no hay que dejar de jugar, así sea solo con las palabras.

(*) Claudio Rossell Arce es profesional de la comunicación

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Idiota

Están los idiotas desinformados, que basan sus opiniones y decisiones en información errónea o sesgada

Claudio Rossell Arce

/ 27 de junio de 2024 / 09:49

Muy antiguamente, se decía que una persona era idiota cuando no participaba en la vida pública o en los asuntos políticos de la polis; en ese sentido, un idiōtēs (que viene de la palabra griega ἰδιώτης) era alguien que se centraba únicamente en sus intereses privados y no contribuía al bien común ni participaba en el debate público. Es evidente que ese tipo de gente existió y existe, sin importar su estatus educativo, económico o de clase.

Revise: Historia

Es probable que el desprecio que esta gente provoca entre sus pares que sí participan en el debate público sea la razón por la cual el vocablo idiota se fue llenando de connotaciones negativas a lo largo de la historia, hasta convertirse en lo que es hoy: sinónimo de estupidez o falta de inteligencia, un insulto duro como piedra que se arroja con furia contra quien actúa de manera displicente o abiertamente negligente.

Se dice que los griegos (nótese que en este caso el género de la palabra importa, pues entonces ni las mujeres ni los esclavos participaban de la cosa pública) valoraban altamente la participación activa en la política y consideraban la vida pública como una parte esencial de la ciudadanía y la virtud, mientras que la falta de participación se veía como una forma de ignorancia o desinterés por el bienestar de la comunidad: una idiotez. En la década de 1960, Jürgen Habermas, sin nombrarlos, deploró el daño que le hacen los idiotas a la comunicación pública al convertirla en mero instrumento de propaganda.

En la literatura universal (y tiene que ser una idiotez creer que la humanidad y sus obras están en el centro no de su país o su planeta, sino del universo) hay idiotas famosos, y muy a menudo se les considera tales por razones diferentes a las señaladas hasta aquí. El príncipe Myshkin, de Fiódor Dostoyevski, es llamado idiota no por su falta de inteligencia, sino por su pureza, bondad y honestidad, que contrastan con la corrupción y el cinismo de la sociedad decimonónica que lo rodea.

También es considerado idiota, por no conformar con la sociedad, el personaje del cuento de Marcel Ayme, quien emplea el término para cuestionar las normas sociales y destacar la inocencia y la autenticidad de su personaje, Léonard. Miguel de Unamuno escribió La historia de los idiotas contada por ellos mismos, empleando la palabra de manera crítica y filosófica, y explorando la paradoja de la idiotez y la sabiduría. Sin ser nombrado de esa manera, Mersault, el personaje de Albert Camus en El extranjero queda como un idiota al ser condenado por no haber llorado la muerte de su madre y no por haber asesinado a un hombre a sangre fría; idiotas sus juzgadores, también.

Entre los idiotas contemporáneos puede identificarse al que pese a tener acceso a la información y la educación, elige mantenerse desinformado por comodidad o apatía; la realidad le resulta sobrecogedora y teme hacerle frente: es el idiota voluntario, que siempre resulta funcional a los intereses de quienes administran el poder o cuando menos intentan tomarlo. Eso explica la existencia de idiotas engreídos, quienes, a pesar de su falta de conocimiento o competencia, actúan con gran confianza y arrogancia, desestimando el consejo y la experiencia de los demás o, a menudo, hasta la simple razón; en la clase política abundan, y hasta toman decisiones.

Hay idiotas conformistas, como quienes siguen a la mayoría sin cuestionar, adoptando opiniones y comportamientos por simple presión social. Desinteresados, como quienes muestran una total falta de interés por aprender o entender asuntos importantes que les afectan directamente. Y están sobre todo los idiotas desinformados, que basan sus opiniones y decisiones en información errónea o sesgada, sin buscar verificar la veracidad de sus fuentes; las redes sociales no solo los han convertido en legión, sino que, como lamentaba Umberto Eco, les han dado voz y les han hecho creer que tienen algo relevante que decir.

Así, en tiempos de idiotez universal, probablemente también sea idiota, en el sentido literario de la palabra, creer que es posible recuperar valores democráticos como la confianza, la tolerancia y la predisposición al diálogo. Solo queda preguntarse ¡¿Y ahora, quién podrá defendernos?! Esperando al Chapulín Colorado, que era torpe, pero nunca idiota.

(*) Claudio Rossell Arce es profesional de la comunicación

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Historia

El registro más antiguo de tareas históricas proviene de la antigua Mesopotamia, específicamente de la civilización sumeria

Claudio Rossell Arce

/ 13 de junio de 2024 / 10:48

A inicios del siglo XX, un filósofo de nombre George Santayana escribió en su libro más conocido la frase “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Desde entonces, memoriosas o no, muchas personas han repetido la frase en toda clase de circunstancias y con diversas transformaciones, que sin embargo no le quitan su sentido. Es, como muchas, una de las joyas del pensamiento moderno que enfatizan en la importancia de la historia como fuente de conocimiento y luz para el porvenir.

Lea: Guerra

La historia es la disciplina académica que se dedica al estudio de los acontecimientos pasados de la humanidad; no solo se centra en la narración de hechos, sino también en la interpretación y análisis de las causas, consecuencias y significados de dichos acontecimientos. Para lograrlo, se vale de infinidad de recursos, que incluyen fuentes vivas, (casi) tanto documentos en toda clase de soportes, incluyendo los monumentos. Tal vez por eso en tantos lugares de herencia colonial los mementos de personajes como Cristobal Colón son a la vez tan despreciados por unos como protegidos por otros.

El registro más antiguo de tareas históricas proviene de la antigua Mesopotamia, específicamente de la civilización sumeria. La obra más reconocida de esta época es la Lista Real Sumeria, documento que mezcla hechos históricos con mitología, y data de alrededor del año 2.100 antes de Cristo (a.C.) y habla de personajes que vivieron hasta 400 años antes de que esas tablillas con grabados cuneiformes se escribieran. En Oriente, el Rigveda, un texto sagrado de la antigua India, que data aproximadamente del 1500 a.C., es considerado como el más antiguo registro histórico, pues, aunque su principal propósito es religioso, contiene valiosa información sobre la vida, la sociedad y las prácticas de aquellas épocas.

En China, uno de los textos históricos más antiguos y significativos es el Shiji o Registros del Gran Historiador, escrito alrededor del siglo II a.C. Esta obra monumental abarca la historia de China desde los tiempos míticos hasta la dinastía Han, pero además es considerado uno de los textos historiográficos más antiguos que se conocen. En Occidente, se reconoce como el registro histórico e historiográfico más antiguo la Historia, de Heródoto, escrita en el siglo V a.C. La distinción no es menor: mientras la historia se encarga de los hechos del pasado y su interpretación, la historiografía es una reflexión crítica sobre la propia práctica de la historia.

Así, seguramente pertenece al dominio de esta última la frase “la historia la escriben los vencedores”, recordando que ni todo recuento es exhaustivo ni toda interpretación es imparcial. En tiempos de postverdad la cosa se pone más complicada: aunque el estudio de la historia es el antídoto contra la desinformación, la mentira generalizada dificulta la tarea de recoger relatos que ayuden a construir el mosaico del estudio histórico. Qué difícil se hará estudiar los registros de estos tiempos, llenos de distorsiones creadas ya no solo por “los vencedores”, y en todo caso fabricados con objetivos políticos e ideológicos.

También ayuda a preservar la historia el monumental y a menudo sorprendente trabajo contemporáneo del estudio, entre muchas otras, de la historia oral, la historia comparada, la historia de las emociones y la historia digital, que seguramente está apenas en el umbral de todo lo que habrá de sucederle a la humanidad en el ciberespacio. Las nuevas formas de aproximarse a los sucesos del pasado obligan a mirar de otra forma el contexto, de cuando ocurrió el hecho y de cuando se interpreta. De ahí surgen, también, las críticas al modo en que “los vencedores” han contado la historia, omitiendo no solo hechos, sino incuso a pueblos enteros. Hay reivindicación en estas miradas contemporáneas.

El inglés reconoce History (así, con mayúsculas) de story, siendo la primera la disciplina científica y académica y la segunda el modo de nombrar cualquier relato. En español existe tal distinción, pero se nombra con la misma palabra. Tal vez por eso es cada vez más común que haya jefes y líderes que creen que están haciendo historia, pero no hacen más que contarnos historias, que para colmo son poco edificantes.

(*) Claudio Rossell Arce es profesional de la comunicación

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Guerra

/ 30 de mayo de 2024 / 00:32

De todas es la peor, porque nombra la cloaca más infecta del alma humana, la profundidad más oscura y el verdadero misterio de nuestra presencia en la Tierra. La guerra no es en modo alguno invento moderno, es más: parece que se puede rastrear hasta la prehistoria; la crueldad tampoco, pues se ejerce desde antiguo con los y las enemigas. Hay doctrina, normas internacionalmente aceptadas (e igualmente vulneradas) y siglos de estudios y enseñanzas.

Es comunmente aceptado que las guerras entre humanos, o sus ancestros, se remontan a la prehistoria, existen hallazgos arqueológicos que sugieren enfrentamientos violentos en comunidades neolíticas. Sin embargo, se considera que la guerra entre los humanos de manera recurrente surgió con el desarrollo de sociedades más complejas y jerarquizadas, producto de la agricultura, la sedentarización y la aparición de la propiedad privada, y que provocó que la competencia por recursos, territorio y poder se intensifique.

La necesidad de tierras fértiles para desarrollar la recientemente adquirida habilidad de la agricultura está entre las primeras respuestas a la pregunta de por qué guerrean los humanos. Pero para que la competencia violenta por los recursos haya sido posible, seguramente tuvo que desarrollarse un entramado social con jerarquías sociales y asignación de roles diferenciados: no es lo mismo el gobernante (y su corte, antecedente lejano de la actual burocracia), que el general de ejército o el filósofo, por no hablar de quienes realmente ponen el cuerpo para que el trabajo de esos tres tenga efecto.

En ese tránsito hizo falta más que la sola necesidad de recursos materiales que estuvieran en poder del grupo opuesto: cada grupo tuvo que construir al otro a partir de una imagen deformada de sí mismo, un no-yo que retiene equivocadamente o injustamente algo que se necesita; y si no se necesita realmente, más razón para revestir el reclamo de ideología, de una imagen agrandada de sí, pero recubierta de miedo al otro, de desprecio al diferente, de odio a todo lo que no se parece a uno. Increíble lo fácil que parece incentivar este sentimiento.

Súmese al conjunto de factores propicios para la guerra el desarrollo tecnológico, desde la primera honda que sirvió para arrojar piedras con tanta fuerza que se podía derribar a un gigante, hasta naves no tripuladas que llevan una bomba atómica en su vientre, pasando por toda clase de armas de fuego, capaces de matar a decenas con una sola carga. De por medio, la inventiva no escaseó a la hora de diseñar crueldades para causar el mayor daño posible, desde violar y embarazar a las mujeres, hasta aplicar los más inverosímiles métodos para causar tanto dolor como sea posible. He ahí la verdadera diferencia entre cualquier otra especie y la humana.

Precisamente por eso, en el siglo XX, luego de uno de los peores horrores de la historia humana (hasta ese momento, porque en lo que va del siglo XXI, la cosa se ha agravado, aunque en formas en apariencia más sutiles —o menos brutales), se actualizaron los discursos y experiencias para dar vida a una robusta legislación internacional y toda clase de pactos, reunidas en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario. Grandes avances de la humanidad que han servido de casi nada para evitar la verdadera desgracia de la guerra: el genocidio. Ayer fue en el África, luego de Europa oriental, hoy es en Oriente Medio.

Da lo mismo si los perpetradores del horror viven el fin de sus días en una lujosa prisión holandesa, en un búnker donde se esconden de los enemigos o en un lujoso palacio construido con el dolor ajeno: el daño que se ha causado es imposible de sancionar, como imposible de reparar. La humanidad, al menos esa parte que no quiere la guerra, se aferra a la utopía de la justicia internacional, que tarda demasiado e inevitablemente llega tarde para evitar la desgracia.

Mientras tanto, seguimos recibiendo cotidianamente noticias del avance de la guerra, aquí o allá o en todas partes al mismo tiempo, y no pocos mensajes que glorifican a los ejércitos y su capacidad de matar en nombre de ideas e ideales profundamente corruptos y equivocados, pero que muchas y muchos siguen dando por buenos.

Claudio Rossell Arce es profesional de la comunicación.

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Fake

El uso más extendido de ‘fake’ está en asociación con las noticias, mejor dicho: con las ‘news’

Claudio Rossell Arce

/ 16 de mayo de 2024 / 07:01

En tiempos de uso generalizado de anglicismos (mucho mejor aceptados que algunos usos inclusivos del lenguaje en español), uno capaz de causar asombro, ira, decepción, envidia y quién-sabe-cuántas emociones más es fake (que se pronuncia “feic”). Seguramente es mejor decir “falso o falsa” o “falsificación”, pero el uso de la palabra en inglés le da una connotación distinta: más contemporánea, pero también más rica en matices, dependiendo del contexto.

Gracias a la globalización de la moda, por ejemplo, muchas personas quisieran llevar la ropa o los accesorios creados por genias y genios del diseño, pero la calidad de los materiales, la fineza de la confección y, por supuesto, la etiqueta con la marca suelen convertir estos objetos en lujos muy difíciles de costear; lo mismo pasa con muchas joyas, incluyendo relojes de helvética manufactura. En auxilio de quienes quieren, pero no pueden sale una boyante industria subterránea que produce toda clase de imitaciones, copias y falsificaciones de lo que cualquier persona moderna y bien educada (con todo lo que eso significa) podría desear.

Revise: Engaño

Si los objetos de la moda pueden falsearse a gusto, también los documentos, de toda naturaleza. Desde declaraciones de aduana fake, precisamente para importar bienes fake, hasta títulos de propiedad o de identidad; todos ellos, delitos bien reales. Otra forma de falsear la identidad ajena es crear perfiles fake, copias de la cuenta de una persona en cualquiera de las redes sociales para hacerse pasar por ella. En los últimos meses parece haberse puesto de moda, pues mucha gente se ha visto obligada a aclarar que le clonaron la identidad. También eran fake las identidades de quienes hacían ofertas inverosímiles a través de WhatsApp desde números de teléfono de la India y sus alrededores. No pocas personas cayeron en la trampa.

Al menos desde la década de 1990, en los inicios de la World Wide Web, y seguro que muchísimo más ahora, existen sitios web fake, y aplicaciones fake, creadas para robar la información personal, incluyendo números de cuenta bancaria y claves de acceso. Hay otras aplicaciones en las que lo fake es su propósito: dicen que unen a las personas, pero solo si están físicamente separadas y tienen muchas afinidades, así como esconden que de las personas quieren conocer sus datos, sus gustos y fobias y que, sobre todo, quieren su atención.

Entre las aplicaciones contemporáneas de los recursos para captar y retener la atención de la gente, una de las más fascinantes, por peligrosa, es la que crea deep fakes: videos creados enteramente por inteligencia artificial que reproducen con gran detalle y exactitud las facciones y el modo de moverse y hablar de cualquier persona. Es irónico, pero estos fakes funcionan mejor cuando se ha atrapado la atención de la persona y esta no se da cuenta de los detalles porque está muy distraida.

Sin llegar tan lejos como la duplicación digital de las personas, el uso más extendido de fake está en asociación con las noticias, mejor dicho: con las news. El creciente desprecio por la función periodística, fruto, tal vez, de la depauperación de los medios tradicionales, sumado al éxito de influencers, que viven de carisma mezclado con retórica elemental, hace que cualquier cosa que se publica en el espacio público sea a la vez imposible de creer y perfectamente plausible. Es el ecosistema ideal para las fake news, que casi siempre tienen un porcentaje de verdad, lo cual, sin embargo, no les quita lo fake.

Que a nadie sorprenda saber que no solo cuando la cosa está grave la principal fuente de fake news es el poder o el gobierno de la cosa pública, que a veces hasta son la misma cosa. Falsedades salen de las bocas, de los gestos y de los tweets (o equis, si se prefiere) de quienes por tener algo de poder, o mucho, creen que basta con afirmar algo para que se convierta en verdad. Y solo por su insistencia, su convicción al afirmar, encuentran quién les crea y repita como mantra aquello que en el fondo, o en la superficie (porque la necesidad tiene cara de hereje), sabe que es falso, o sea: fake.

(*) Claudio Rossell Arce es profesional de la comunicación social

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