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Javier Bardem: ‘Soy un villano de Bond’

El actor español se tiñe el pelo de rubio y asume como el villano Silva, misterioso y peligroso enemigo de James Bond. De esta forma, Bardem se une a la gran familia del espía secreto, al que descubrió, fascinado, cuando tenía unos 11 o 12 años. ‘Operación Skyfall’, aventura dirigida por Sam Mendes, se estrenó ya en el Reino Unido y a Bolivia llegará el 1 de noviembre. “Nos divertimos mucho”, dice el artista que admite haberse sorprendido por el trabajo creativo que hay detrás de un 007.

/ 28 de octubre de 2012 / 04:00

Cuando era niño y vivía en Madrid, los padres de Javier Bardem lo llevaron a ver su primera película de James Bond. Él lo recuerda vívidamente. “Oh, sí”, sonríe. “Fue Moonraker con Roger Moore como Bond. Tenía 11 o 12 años y me impactó totalmente. Me encantó. Dije ‘Dios, ¿qué es esto?’ Y de inmediato me fascinó el tipo con los enormes dientes, Jaws”. Después, “fui a ver cada película de Bond; es la franquicia con más larga proyección en la historia y hay una razón para ello, es gracias a su excelente realización todos estos años”.

Así, es especial que después de casi 30 años, Bardem trabaje en la próxima y muy esperada película de Bond, de hecho es la número 23, Operación Skyfall, dirigida por Sam Mendes, con Daniel Craig que vuelve a su tercera interpretación como 007.

Y también es adecuado que Bardem —premio Oscar de actuación por No Country for Old Men (2008)— encarne al misterioso Silva, un formidable y poderoso antagonista del agente 007, que sin duda demostró ser un destacado villano, en una larga lista de memorables enemigos de Bond, como Jaws, interpretado por Richard Kiel.

“Eso espero”, afirma él. “Hay estupendos actores que han estado en las cintas de Bond y también muchos villanos. Pero intenté no pensar en eso. Sam y yo teníamos ideas propias y tenemos la esperanza de haber logrado algo original”.

Y aunque Silva será una creación única, al mismo tiempo con su interpretación desea mostrar su respeto por los inolvidables villanos que han aparecido en las películas anteriores de Bond.

“Lo considero como un homenaje en el sentido de que si vas a hacer algo así, debes enaltecer el género”, explica. “Pero me preguntaste si observé a otros villanos de Bond específicamente para esto y la respuesta es no. He visto todas las cintas a través de los años, pero no deseaba verlas de nuevo para buscar a un villano específico. Simplemente quería crear éste, Silva, con Sam. Por supuesto, la historia está en el trasfondo de tu mente y forma parte de la diversión”.

— ¿Cuánto has visto de Operación Skyfall hasta ahora?

— Sólo el tráiler y es bastante bueno (risas).

— Las películas de Bond casi son un género por sí mismas. ¿Cómo fue participar en una cinta tan enorme y con tal historia de trasfondo?

— Lo disfruté mucho y fue divertido, pero también fue creativo en el sentido de que el material es muy bueno; Sam y yo trabajamos para construir el personaje de la forma que consideramos más interesante. Al menos eso intentamos, espero que lo hayamos logrado. El proceso fue gratificante. A Sam le agrada trabajar con los actores, así que nunca sentí la presión que normalmente se sentiría al hacer una película tan grande como ésta. Con Sam y otros actores siempre encontramos formas distintas de hacer la escena hasta que Sam quedaba satisfecho.

— ¿Así que te sorprendió?

— Sí, así fue. Antes de hacer la película pensé que sería diferente, que llegaría y habría un ambiente donde nadie te notaría. Pero fue más creativo. Sam estaba abierto a diversas interpretaciones y me sentí feliz de colaborar con buenos actores que me ayudaron a entender la escena justo en el momento, pues son muy buenos en su oficio.

— ¿Qué te atrajo originalmente del proyecto? ¿La oportunidad de trabajar con Sam o el guión? ¿O simplemente ser parte de una película de Bond?

— La oportunidad de trabajar con Sam, el guión, un poderoso personaje, todo eso. Leí el guión y la historia me pareció excelente, más allá de ser una película de James Bond.Y colaborar con Sam Mendes era importante para mí. Después me hablaron del elenco y claro, Daniel estaba ahí; siempre lo consideré un extraordinario actor. Él dio un nuevo impulso a Bond. Quizá podrías decir un sabor distinto de Bond y eso es interesante. Cuando Sam me habló sobre el elenco y analizamos cómo crear el personaje para llevarlo a donde necesitábamos, me pareció un regalo estupendo; un gran director, un elenco maravilloso, una historia poderosa y encima de todo, es una cinta de James Bond. ¿Qué tiene de malo? ¡Nada!”.

— ¿Qué nos dices del personaje? Cuéntanos algo acerca de Silva.

— Sam me dio total libertad. Él escucha a sus actores, pone mucha atención e intenta distintas cosas, eso me encanta. A menudo, intenta hacer lo opuesto a lo que se espera, y resulta grandioso. Te pide que te involucres en el proceso de forma distinta. Y te puedo decir que el personaje, Silva, se debe a él. Yo aporté algunas ideas, pero él fue quien, junto a los guionistas, señaló la dirección. No estoy seguro de cuánto puedo divulgar, deseamos guardar algunas sorpresas para cuando el público vaya al cine, pero te digo que jugamos con el género, lo cual se espera de un personaje en una cinta como ésta. Sam dijo, y creo que es una excelente idea, que cuando haces una película de Bond, en especial si eres el villano, juegas entre la ficción y la realidad. Y eso es lo que tratamos de lograr.

— Descríbenos el aspecto del personaje. En la cinta tienes un impactante pelo rubio. ¿A quién se le ocurrió esa idea y qué opinas?

— Supongo que surgió de Sam y de mí mismo.

— ¿Has sido fan de Bond en el pasado?

— Totalmente, tengo 43 años y recuerdo la primera película de James Bond que vi en el cine, fue Moonraker con mi papá.  Tenía 11 o 12 años y me impactó totalmente. Me encantó. Y de inmediato me fascinó el tipo con los enormes dientes, Jaws (el villano interpretado por Richard Kiel). Después fui a ver cada película de Bond; es la franquicia con más larga proyección en la historia y hay una razón para ello, es gracias a su excelente realización todos estos años.

— ¿Sientes expectación y compromiso al interpretar a un villano de Bond?

— Sí, lo sientes. Hay estupendos actores que han estado en las cintas de Bond y también muchos villanos. Pero intenté no pensar en eso. Sam y yo teníamos ideas propias y tenemos la esperanza de haber logrado algo original.

— ¿Qué nos dices acerca de las escenas de acción? ¿Las disfrutaste?

— Tuve algunas escenas de acción, pero nada comparado, ni siquiera la mitad, de lo que Daniel hace. Tuve mucho menos tomas de acción que él, pues no estoy acostumbrado a eso. Pero fueron divertidas. Y siempre me sentí protegido por el increíble equipo de acrobacias con el que trabajamos, de verdad cuidan a los actores. Me sentí seguro, eso es esencial en esta clase de películas.

— Recuerdo que cuando hiciste ‘No Country For Old Men’, dijiste que no te gustaba la violencia y que odiabas manejar armas…

— Bueno, trabajo profesionalmente desde 1988 y ésta es apenas la tercera película en la que tengo un arma en la mano; las otras fueron No Country For Old Men y Perdita Durango. No está mal para un periodo de 24 años. Es poco. Pero debe ser algo más que sólo una pistola: se trata de crear el perfil de una persona para justificar que porte esa arma. Y ésta es la parte engañosa, donde no hay muchas oportunidades para construir algo detrás de la violencia. No digo que alguien sea violento, simplemente hablo de la violencia. Por ejemplo, en No Country For Old Men, hay muchas cosas detrás de ese personaje icónico en el sentido de que no pertenece a ningún lado y tampoco sabemos nada de él; es un símbolo de violencia por sí mismo. Representa el hado o destino para el resto de los personajes y eso fue un concepto grandioso para trabajarlo. Pero cuando ves muchas clases distintas de violencia en el cine, a veces no hay opción para que los personajes justifiquen esa violencia. No digo que este tipo podría ser tan violento. Me agrada la gente pacífica, pero soy un actor ¡y me tengo que ajustar!

— ¿También tiene cierto encanto (Silva)?

— Sí, es un villano de Bond. Debes recrear algo que hemos visto a lo largo de los años y se debe integrar en el territorio de lo que la gente espera ver. Lo considero como un homenaje en el sentido de que si vas a hacer algo así, debes enaltecer el género. Pero me preguntaste si observé a otros villanos de Bond específicamente para esto y la respuesta es no. He visto todas las cintas a través de los años, pero no deseaba verlas de nuevo para buscar a un villano específico. Simplemente quería crear éste, Silva, con Sam. Por supuesto, la historia está en el trasfondo de tu mente y forma parte de la diversión.

— ¿Viste la ceremonia de inauguración de Danny Boyle para los Juegos Olímpicos de Londres y el segmento de Bond con Daniel y la Reina?

— Por supuesto. Me gustó la ceremonia y fue realizada brillantemente. Me encantó el aspecto punk de ésta, especialmente frente a la Reina (risas).

— ¿Nos puedes resumir la experiencia de hacer ‘Operación Skyfall’? ¿Te sorprendió o era lo que esperabas?

— Sabes, quedé sorprendido de que hubiera un entorno tan creativo en el set. Pensé que sería más impersonal, parecido a una máquina eficaz. Y en realidad es muy eficiente, estos tipos saben lo que hacen. Pero también fue muy íntima y personal, además nos divertimos mucho. Trabajamos con uno de los mejores directores, también con un fantástico director de fotografía, Roger Deakins, así que no te tienes que preocupar de esos aspectos, sabes que harán un trabajo excepcional y tienes la certeza de que resultará algo magnífico. Fue una delicia colaborar con ellos: Dame Judi, Daniel, Ralph, Bérénice, Sam, Michael y Barbara. Cada día de trabajo fue un día agradable. Despertabas por la mañana, decías, ‘Voy a trabajar…’ y sentías, ‘¡Sí! Quiero estar ahí…’ Fue una experiencia maravillosa.

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Arte para transformar desde la COMUNIDAD LGBTI

Sus textos dramáticos, basados en teorías del amor, fueron premiados en reiteradas ocasiones

/ 20 de junio de 2021 / 19:21

KATY BUSTILLOS

AUTORA. Forma parte del elenco teatral Mímesis junto a jóvenes actores y artistas

Construidos sobre teorías del amor, los personajes de la dramaturga paceña Katy Bustillos representan el continuo cuestionamiento entre las relaciones humanas, sobre todo las que surgen entre personas que pertenecen a la comunidad LGBTI. “Una de mis mayores inquietudes es este tipo de teoría. De una u otra forma, siempre aparece el amor en conflicto en los textos que escribo, por ejemplo, con protagonistas no binarios o amores lésbicos”, cuenta la escritora parte del elenco teatral Mímesis, dos veces ganadora del primer lugar del Concurso Adolfo Costa Du Rels (2017 y 2020) y becaria por instituciones teatrales en reiteradas ocasiones, además de residente en casas artísticas.

Sus trabajos ¿Por qué lloras? Los muertos no lloran y Ver-tebral (obra beneficiada por el FOCUART) son, para su autora, un manifiesto social. “Yo creo en un arte político, no en el sentido de un adoctrinamiento o dador de mensajes, pero sí un arte que provoca, que desbarata los sentidos puestos por otros para la propia generación de pensamiento. Creo fundamentalmente en un arte que piensa y que permite a la gente pensar. Desde ese punto, creo que puede existir un avance como sociedad”.

Su escritura dramática, concentrada en las temáticas del amor lésbico, nace de una inquietud íntima. “Parto de una sensibilidad propia, no en un sentido de egocentrismo, sino que abordar mi propia ‘herida’, me permite acercarme a otros”. El teléfono contesta a Silvia, uno de sus trabajos, es un reflejo de ello. “El amor se ‘objetualiza’, los objetos empiezan a sangrar y los humanos pierden las palabras”.

La recepción de las obras y de la construcción de sentidos a través del arte es para Bustillos uno de los caminos de apertura social hacia temáticas urgentes como lo son los derechos de las comunidades LGBTI. “El arte nos permite mirar y pensar los acontecimientos crudos que estamos viviendo como sociedad. Sin embargo, se confunde el rol del arte con el de educar o dar mensajes. Hay que tener cuidado con eso. No banalicemos el rol del artista. Su papel está en potenciar el pensamiento crítico que tanto nos hace falta hoy”. 

JESS VELARDE

AUDIOVISUAL. Velarde, durante la filmación de los cortometrajes participantes del FIRA

Apelando al oído y a la cultura popular de la escucha, Jessica Velarde abordó en el programa Las InTRANSigentes, transmitido por Radio Deseo, las problemáticas de la comunidad LGBTI. Aunque su medio principal fue éste durante varios meses, también lo hace desde las artes como actriz, artista plástica, escritora y activista por los derechos humanos de su comunidad. Además las redes sociales, con su actual proyecto Flashback, son actualmente su espacio de denuncia, de provocación y de reflexión.

“El hecho de ser una mujer trans visible me hizo dar cuenta de que puedo utilizar los espacios artísticos como escenarios de llegada a la gente. Me convertí en una voz que puede reclamar, quejarse y hablar de las problemáticas, de las injusticias y de las discriminaciones”, comenta.

El uso de espacios públicos y el haber alzado la voz en el último tiempo son para ella signos de que la sociedad toma consciencia de su propio contexto. “No creo que hayamos avanzado como sociedad de manera considerable, pero sí hemos hecho que la gente sepa que estamos en todas partes. No somos un subgrupo, una minoría que aparece solamente el día de la marcha; estamos todos los días en el trabajo, en la calle, en los minibuses y en el café”.

“Cuando las personas conocen a alguien que forma parte de la comunidad LGBTI se liberan de prejuicios, por eso hablo desde mi experiencia. Soy el testimonio”. Así lo hace en su proyecto más reciente: dos cortometrajes realizados en el marco del Festival Internacional de Realizadores Audiovisuales (FIRA) y actuados y dirigidos por ella. “Fue una forma de dar un discurso honesto y sincero. Ambos videos denuncian el prejuicio de la sociedad hacia las personas trans y no binarias, sobre todo el área laboral”.

“El orgullo LGBTI es un rostro: es una forma de decirles a los jóvenes que se sienten diferentes que dejen de hacerlo, porque no es una moda, existimos desde siempre y hoy somos más manifiestos”. La forma de visibilizar y de dar esperanza, dice la artista paceña, es usar el arte como una forma de habla: “utilizarlo para sacar lo que llevamos dentro y queremos decir. El arte da universalidad a los sentimientos, todos podemos identificarnos”. En ese andar, la icónica frase del activista Harvey Milk es uno de sus cimientos: “You gotta give them hope (Deben darles esperanza)”.

CÉSAR ANTEZANA

Premio Nacional de Poesía, trabajó con comunidades LGBTI como el Movimiento Maricas Bolivia

L a voz, en el papel y hablada, es la forma en que César Antezana —Flavia Lima en algunos escenarios— usa para expresarse. Partiendo del verso, de su lectura o de su puesta en escena o de su teatralización, el escritor y artista paceño —Premio Nacional de Poesía 2017— problematiza las identidades. El muestrario de las pequeñas muertes, Cuerpos imperfectos, Masochistics y Anjani son algunos de sus libros atravesados, entrelíneas, por las temáticas LGBTI. Pero no solo refleja en su obra estas inquietudes, sino también las aborda desde su trabajo junto a la colectiva transcultural Almatroste desde 2004 y la editorial artesanal del mismo nombre.

Su obra es trastocada por cuestionamientos que encierran a la comunidad LGBTI. “Toda mi escritura, mis performances, mis actuaciones están atravesadas por la identidad no binaria de género fluido, marica, trava, no debido a una deliberada intencionalidad, al menos no con demasiada alevosía. Estoy convencido de que estos afanes ligados a la cultura pasan primero por el cuerpo, por la experiencia, por el entorno, por la historia y todo aquello que no podemos controlar del todo”.

Su trabajo se nutre del diálogo con los otros. Trabajó con la Familia Galán realizando la obra de teatro Las memorias de Katherine, con intervenciones callejeras; con el Movimiento Maricas Bolivia en el Festival Internacional de Poesía Marica Sudaka; con el colectivo El Socavón de los Deseos y sus performances por toda la ciudad. Estas manifestaciones culturales, reflexiones y diálogos entre grupos transforman la sociedad. “Las ‘artes’, un término por demás polémico, dialogan con su entorno inevitablemente”.

A la espera de continuar generando contrapuntos con otras comunidades, Antezana sentencia: “el mundo está cambiando y somos parte, ni duda cabe. Pero es indispensable volver los ojos más allá de nuestra especificidad identitaria. La herida sigue purulenta e infectada”.

ANDRÉS MALLO

Interpela desde las artes visuales. Alicia Galán es el nombre que lleva desde el transformismo

Performances, instalaciones, diálogos, artículos, videoartes son medios a través de los cuales Andrés Mallo —activista, artista y gestor paceñ o — c u e s t i o n a constantemente el género, el cuerpo impuesto y la construcción de imaginarios sobre las comunidades LGBTI.  Chola Trans Transformer,Biolípidosy Fiesta Mundo Rojo son solo algunos de los proyectos con los que supo polemizar e interpelar a su entorno.

Sudaca, una de sus más recientes exposiciones, presentada en el Museo Nacional de Arte (MNA) de La Paz en 2019, revisitó la historia de las comunidades de los años 70 y 80 en Bolivia y América Latina. Partiendo de una performance y una serie fotográfica, el proyecto da continuidad a la creación del personaje transformista de Mallo en el marco de cuestionar y cuestionarse en la sociedad: Alicia Galán.

Este proyecto, como los otros y como su trayectoria, se construyen sobre una base: “para mí, la comunicación está ligada al arte y viceversa”, cuenta el artista, que se dedica, desde hace dos años, a la Dirección de Comunicación de la organización Diversa. “Hago proyectos comunicacionales con contenidos LGBTI en derechos humanos y fortalecimiento de estas poblaciones”. La comunicación y el arte funcionan como herramientas para afrontar la “compleja realidad LGBTI en nuestro contexto nacional y sudamericano”. Empero, su voz parte, esencialmente, de su propio testimonio.

“El proceso que tiene que ver con la postura de introspección y de salida hacia una realidad que no es la normada se convierte en una reflexión profunda donde instrumentos son necesarios para que acontezca. El mío fue el arte. Devino en una forma de diálogo, primero con mi familia y después con la sociedad paceña”. El activismo, también ligado al arte social, son para Mallo dos motores de la sociedad. “Nos han hecho avanzar. Hoy los medios y las redes sociales son una apertura que nos facilita el hecho de mirarnos de otra manera, de abrir cabezas y de empezar a cuestionar. A partir de la globalización nos expandimos”.

Su primer proyecto se realizó hace 13 años. Desde entonces, su arte y el de su comunidad gestaron varios avances. “La Ley de Identidad de Género, por ejemplo, no se hubiera hecho realidad si nosotros a través de las artes y el activismo no hubiéramos construido el pensamiento que está por detrás. La Familia Galán y otros grupos que hemos hablado sobre los conceptos trans y binarios empujamos estos cambios”.

Junto a su personaje, Alicia Galán — parte de la familia mencionada, nacida en la década de los años 90 en los boliches donde se realizaban eventos de belleza transformista y que a lo largo de los años fue acogiendo a distintos miembros—, Mallo continúa generando proyectos “de preferencia en espacios abiertos y de fácil acceso”.

Fotos: Andrés Mallo, César Antezana, Jessica Velarde y Katy Bustillos.

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NICOLÁS PEÑA, el hombre que sabía demasiado (de jazz)

‘La quinta disminuida’ es el programa de jazz de Radio Deseo (103 FM). Detrás de él, está Nicolás Peña y su voz/estilo particular

Nicolás Peña

Por Ricardo Bajo H.

/ 20 de junio de 2021 / 19:05

El vino hace que las cosas sucedan más lentamente. El jazz, también. Nicolás Peña abre una botella de Catena Zapata, el reconocido caldo argentino, el “mejor Malbec del mundo”, dice. Sobre su cabeza nos mira una serigrafía/prueba de autor de Fernando Ugalde de su serie sobre Felipe Delgado, el personaje de Jaime Saenz. Hace unos años, el artista le confesó que su programa de jazz en Radio Deseo  —La quinta disminuida— le ayudaba a pintar. Ugalde entonces le pidió un “pequeño” favor: “¿me puedes grabar todos los programas en un CD?”. Peña, ni corto ni perezoso, grabó cientos de ellos en unos 60 CDs con carátulas personalizadas/temáticas de “las quintas” que ya llevan más de 700 sesiones al aire. Cuando el “Nano”, tiempo después, montó una exposición en La Paz lo llamó al “Nico” y le dijo: “escoge la obra que más te guste”. Y ahí está/sigue don Felipe Delgado y su laberinto en este cuarto de la casa de Nicolás en Achumani.

La segunda vez que le pasó algo mágico con uno de sus oyentes fue en El Alto. Peña era, por aquel entonces, gerente de la fábrica de helados Delizia. Un obrero de la sección lácteos se paró delante de su oficina y preguntó por él. Cuando “Nico” salió, se encontró con otra sorpresa: Raúl Fernández se había enamorado del jazz gracias a La quinta disminuida. Don Raúl tiene todos los programas grabados en cassettes. Y está delante de la fábrica para regalarle un grueso anillo de plata con leyendas en señal de agradecimiento. Han pasado años y “Nico” —mostrando el presente— todavía se emociona al contarlo.

El cuadro que recibió de regalo Nicolás Peña de manos del artista Fernando Ugalde, de la serie sobre Felipe Delgado

—¿Por qué haces un programa de jazz sin cobrar un peso?

“Porque un poema, lo lees y lo guardas pero la música está para compartirse. Porque lo más lindo es la retroalimentación con los oyentes. Cuando alguien te escribe desde las Islas Canarias o desde Argentina para reprisar tu programa en radio Nihuil de Mendoza, como lo hace el periodista y escritor Miguel García Urbani, no hay mejor pago ni compensación que esa”. Es un convencido de que si la música no se comparte, no tiene sentido. “De yapa, aprendo mientras preparo cada espacio, pues me obliga a actualizarme, a buscar un nuevo dato que no conocía, un autor famoso con hija pianista…”, añade.

Nicolás Peña Díaz Romero graba La quinta disminuida desde su casa. Antes subía desde Achumani a Sopocachi todas las noches de jueves para hacerlo en vivo y en directo. Es un obsesivo compulsivo, es un perfeccionista: nunca queda totalmente conforme con los temas escogidos, siempre piensa que podía haber sido mejor. Cuando en abril de 1999 abrió en la paceña avenida 20 de Octubre (en lo que fue el rockero Socavón) el Thelonious Jazz Bar —hoy venido a menos con otro dueño y otro lugar— tuvo una pequeña “discusión” con los otros dos propietarios: Juan Pereira y Reynaldo Arispe. “Yo me encargué de decorar el club, de colocar los cuadros de las leyendas del jazz. Lo hice pero no quedé conforme conmigo mismo. Al cabo de un rato me di cuenta de que todo tenía sentido, que todo obedecía a una línea de tiempo pero que faltaba algo, me faltaba una fotografía del trompetista Clifford Brown, sin él nada tenía sentido”, cuenta Peña. Pereira y Arispe zanjaron la pequeña polémica: “no jodas más, Nico, pon la foto de otro negro y punto”. Peña cedió, esta vez. Años después cuando un gringo fanático del jazz llegó a La Paz, entró en el Thelonious, paseó todo el boliche y buscó a Nicolás, él ya sabía que el círculo se iba a cerrar aquella noche: “está todo bien, la idea es excelente pero falta una foto: la de Clifford Brown”.

Si su primer boliche se llamó Thelonious por Monk (luego tuvo otro en San Miguel llamado Satchmo por Louis Armstrong), su primera banda se llamó Castidad (no pregunten por qué). Era un grupo colegial de rock. Peña estudió en el Colegio Americano. “Fue una de las mejores cosas que me pasó, era mixto, toda una rareza en la época y además tenía clases de música diferentes, no se enseñaba tanto teoría sino aprendíamos a tocar un instrumento o teníamos clases de audición donde simplemente escuchábamos música y teníamos que rendir examen luego identificando autor y obra”, cuenta Peña. Ahí nació Castidad con “covers” de Led Zeppelin, Cream, los Kinks, Hendrix… La formación titular: Jorge “Coquis” Reyes Villa en la voz, Marcelo Palacios en el bajo, Javier Mollinedo en la batería, Douglas Sebastián Pugliese en la segunda guitarra y Peña, primera guitarra. Cuando “Nico” se dio cuenta de que era imposible ganarse la vida con el rock —ni siquiera tenía un instrumento propio— estudió Ciencias Económicas en la Universidad Católica de La Paz. Y así pasó con el tiempo a ser gerente financiero de Soboce, de la Fábrica de Vidrios, de La Estrella; a ser funcionario del Ministerio de Comercio Exterior, a laburar en Pando en la empresa de castañas Tahuamanu, a trabajar en la Alcaldía de El Alto bajo la gestión de Soledad Chapetón como secretario municipal de Finanzas… hasta llegar actualmente a ser gerente de la Compañía Industrial de Tabacos aunque ha dejado de fumar hace años.

En el ínterin se dio el gusto de crear en 2010 la empresa de conciertos Ensamble de Altura con la que trajo a La Paz a músicos como Pedro Aznar, Lito Vitale, Baglietto, Luis Salinas, la tanguera Adriana Varela, el bajista de Fito Páez, Guillermo Vadalá, Kevin Johansen, la banda de jazz fusión Spyro Gyra, la cantante afroperuana Susana Baca…

PASIÓN. Peña frente a un cuadro del bajista Jaco Pastorius

“Nico” tiene 600 vinilos en su casa, la mayoría de jazz; y en un cuartito chico posee más de 5.000 CD. “Cada vinilo es parte de mi vida, me acuerdo dónde y cómo los compré cada uno de ellos y ahora que están de moda, sigo comprando. Siempre recuerdo que con 14 años no tenía plata para comprar”. Para un amante de los vinilos, todo está justificado: robar, engañar, mentir. No hay mandamiento que valga por encima del placer de la música. Cuando Peña era chango, acompañó a un amigo a comprar un vinilo en una tienda de la avenida 6 de Agosto. “Nico” había echado ojo a un disco de Al Di Meola pero no tenía un peso en el bolsillo. Ni corto ni perezoso, “sugirió” al cuate el vinilo soñado hablando maravillas del virtuoso guitarrista estadounidense. Cuando llegaron a su casa y pusieron la aguja, el amigo se decepcionó rápidamente. “El universo no es justo, ese disco me pertenece”, pensó. Entonces Peña entró a matar: “Si quieres te lo cambio por el mío de los Kiss”. Prueba superada: Di Meola estaba en su poder. Con su hermano mayor, Wálter, pionero de los informativos de canal 7 y fallecido en 2011, le sucedió algo parecido. El oscuro objeto de deseo de turno se llamaba esta vez: Pequeña serenata diurna (1978) de Chico Buarque. El sortilegio/nota mental comenzaba de manera idéntica: “el universo no es justo, ese disco me pertenece”. Su hermano, de seductora voz también, se murió creyendo que ese vinilo se lo había robado otra persona y así se lo recordaba siempre al hermano menor.

“Nico” Peña tiene un gusto ecléctico por los distintos géneros musicales, es una mente abierta con alma curiosa. Quizás tiene que agradecer su politeísmo a otro hermano mayor con el que se lleva 18 años. Cuando era un adolescente le regalaron una cassettera donde después de grabar todo tipo de sonidos, le pidió a su hermano conformar su primer “playlist”. Su hermano era Fernando, “violero” de los Black Birds, el germen de los míticos Climax con Pepe Eguino, Javier Saldías y Álvaro Córdoba. Aquella lista del “Nano” tenía canciones de los Beatles, Pink Floyd, George Benson y Di Meola, por supuesto, entre otros. Luego, a inicios de los años 80, ya en colegio, llegaron los tiempos de cambiar discos. “Si se escuchaba en las discotecas, ese vinilo o esa banda eran auténticamente descartados y desechados por mí. Me gustaba The Police hasta que el So lonely era pinchado una y otra vez en las discos. Cuando el rock se volvió pop, cuando el rock sinfónico alcanzó su más alto nivel, se agotó para luego precipitarse en el punk de los 70, entonces caí seducido por el jazz”.

“Nico” no compró su primer disco de jazz, tampoco lo robó, ni engañó a nadie, esta vez. Aprendiendo a tocar contrabajo en el Conservatorio Nacional —después de estudiar guitarra clásica en el Colegio Americano— se enteró de que el Instituto Goethe —cuando todavía quedaba en la 6 de Agosto esquina Aspiazu— tenía un servicio de préstamos de música. “La primera vez que fui saqué música clásica y dos discos de jazz: uno del pianista Milt Buckner y otro del bajista Richard Davies y sus “musas”. Pronto se iba a dar cuenta de que el jazz es dialéctico, dialoga con su pasado.

—“Nico”, pero el jazz tiene fama merecida de elitista, de ser una música para entendidos/jailones, para gente con formación musical. Te disparo la eterna/inevitable pregunta: ¿es verdad?

“Por fin llegamos a la cuestión de siempre. El jazz dejó de ser la música popular que fue, de baile, a partir de los saxofonistas Lester Young y Charlie Parker, que le exigen en aquel entonces talento al público, fue la revolución. Eso lo dijo un crítico francés llamado André Hodeir. Luego llegó Miles Davis, el músico más importante del género y lo volvió a cambiar hasta cinco veces cuando lo acercó a los jóvenes con el jazz-rock y demás. Pero contestaré tu pregunta: el arte y la música son gusto y apreciación. El gusto es que te gusta Love me do de los Beatles sin preguntarte nada más. Es un simple “re-fa-sol” y la letra no es muy sofisticada que digamos. La apreciación es entender las notas, escalas, pentagramas, etc. Cuando puedes juntar el gusto y la apreciación es lo máximo. Para mí, esa tercera burbuja se llama jazz”.

En Avesol, tocando con la banda Sombrerero Loco en 1997

Entonces cuando nace Radio Deseo en 2007, del gusto personal pasa a la pasión colectiva. El éxito de La quinta disminuida es el talante de Nicolás Peña y su inconfundible/carismática voz. El oyente siente que habla un amigo, un tipo que nunca te mira ni discursea desde arriba. “Nico” no da por hecho —como otros conductores de programas del género en otros países— que la gente sabe tanto como ellos. Peña se pone en el lugar del otro, del oyente que recién llega y del que lleva 700 “quintas” escuchándolo los jueves por la noche. No va de entendido pedante, no funge como el experto capísimo que parece que se inventa los nombres de los músicos y los títulos de los discos que comenta y lanza al aire. “Tengo un amigo, Sergio Medina, que me dice en broma que me invento los nombres, eso lo hizo a manera de joda una vez Julio Cortázar para responder y provocar a una crítica periodística que lo acusó, entre comillas, de lo mismo”, dice Peña que piensa que “la música no se reduce solo a pasarla bien y mover los pies, hay cosas al medio muy dulces y a mí me gusta saber, de dónde vienen las canciones, las influencias, los hallazgos; por eso te digo que el jazz a diferencia del rock es dialéctico”. En definitiva, “Nico” no cree que el jazz deba sentirse, como música, mejor que los demás. Si algo no es Peña, es un puritano.

El rico Malbec de Mendoza se ha terminado hace rato y la charla sigue alrededor de los discos y los amigos comunes, entrada ya la noche sobre Achumani. Fue precisamente en una tienda de vinilos llamada La Obertura (que luego fue boliche) donde “Nico” Peña conoció a los hermanos Calero, con los que formaría una banda llamada El Sombrerero Loco, el título de un disco de Chick Corea. Peña busca entre sus CD y encuentra el “tesoro perdido”, una pequeña “joya” del rock boliviano. Es una maqueta/demo grabada en vivo en junio/septiembre de 1997 en el añorado Avesol de la calle Goitia. En la tapa del disco, el quinteto posa con largos sombreros de copa negros y sombras expresionistas. Suena un tema llamado Humanamente imposible y después otras canciones originales de la banda y ocho versiones de Santana, Silvio (Causas y azares y Santiago de Chile), Joe Vasconcelos, Fito Páez y Charly. También se escuchan aplausos de la concurrencia bohemia del Avesol. En la voz y teclados está Sergio Calero; en la “bata” su hermano Ramiro; en la guitarra/charango, otro hermano Juan Carlos; en las percusiones (a lo Santana) Rubén Moruno y en el bajo, un joven treintañero que toca medio agachadito pues su figura alargada/quijotesca casi choca con el techo del Avesol. Su nombre, Nicolás Peña Díaz Romero, el hombre que iba a saber demasiado (de jazz).

La quinta disminuida —“desde la capital más cerca del cielo”— se emite por Radio Deseo (103 FM) los jueves  a las 21.00, con reprisse los sábados a las 17.00. Se puede escuchar y bajar desde la página www.quintadisminuida.com

Fotos: Ricardo Bajo y Nicolás Peña

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En el confesionario de LA COSTILLA DE ADÁN

Roberto Cazorla convirtió su casa en un pub-repositorio. El tupiceño ha reunido cerca de 20.000 antigüedades durante más de 25 años

Foto: Bruno Pérez Aguilar

/ 20 de junio de 2021 / 18:54

Si bien hay un confesionario dentro de este pub —sí, uno de esos que existen en las iglesias católicas—, Roberto comienza a hablar de su vida delante de la barra, ahí donde pasa la mayor parte del tiempo cuando abre La Costilla de Adán, uno de los locales que forman parte del circuito turístico de La Paz Maravillosa por sus objetos antiguos, por sus deliciosas empanadas y tamales tupiceños, por sus licores y, ante todo, por el encanto del anfitrión.

Dice que no está listo para que le saquen fotos. No obstante, accede a hacerlo porque sabe que se tratará de una charla más distendida, en la que cuenta la razón por la que dejó de ser uno de los peluqueros más requeridos de la ciudad, por qué comenzó a reunir miles de objetos antiguos y sobre las dificultades que ha pasado como consecuencia del COVID-19.

“Sabes, no tenía vida. Era estar alrededor de una silla seis días a la semana, desde las ocho de la mañana hasta la una de la mañana. Es que tenía bastante gente”, comienza. Vestido con un pantalón y chaleco beige, una chompa verde y un sombrero de copa negro —que se volvió una característica suya—, Roberto Cazorla Bernal (mejor conocido como Robert) se apoya en la barra para revelar que hace más de 25 años trabajaba como peluquero en el Shopping V Centenario, en el inicio de la avenida 6 de Agosto, en La Paz.

En aquel tiempo comenzó también a reunir objetos antiguos, muchos de ellos como heredad de la familia de su madre. Los traía de Tupiza, su tierra natal. “Botaban todo lo que no les servía, entonces comencé a guardar algunas cosas”, dice.

Pequeños caballos de porcelana, madera, plástico; blancos, de negro azabache; en pleno galope, de caminar tranquilo, dentro de un mostrador o en el techo a manera de un péndulo.

De aquellos primeros tiempos de  acumulación de tesoros todavía guarda una sombrerera, un molinillo de pimienta y una lata de café que pertenecía a su abuela. También reunió vehículos de juguete pequeños, todos distintos, que dan como para quedarse a contemplar cada uno de sus detalles por varios minutos.

En el momento en que sus amigos se dieron cuenta de su exquisita colección de objetos recomendaron a Robert que abriera un pub o restaurante que, a la vez, fuera museo. “No quería porque pensé que se iban a perder las cosas, iba a haber mucha gente y porque todo se deteriora”, confiesa. Empero, cambió de idea y decidió abrir su casa y completar sus colecciones. Inició una búsqueda en anticuarios y en la Feria 16 de Julio, donde halló verdaderas reliquias, que ahora están guardadas en su casa-repositorio de Sopocachi.

Tazas de metal y de porcelana, con grabados, con sellos de marcas de cerveza, con figuras mitológicas, con figuras de dólares, con escudos, con escenas de tabernas antiguas, en alto relieve…

En medio de ese panorama —con una amplia cantidad de antigüedades y con las ganas de emprender nuevos desafíos— tras 20 años de trabajar en la peluquería, Robert se sintió cansado, más aún por la presión constante de sus clientes.

Por ello, un día soltó las tijeras y el peine para alejarse de aquellos sillones de peluquería del Shopping V Centenario, adonde no regresó nunca más. En su lugar, Robert abrió su vivienda en Sopocachi y después mudó su pintoresca morada hasta la calle Armaza Nº 2974, detrás de la discoteca Forum, en Sopocachi.

La casa está como oculta. Mejor dicho, reservada para los amigos de La Costilla de Adán. Después de escuchar el timbre de la puerta de madera, al poco tiempo sale Robert, quien saluda como si el nuevo visitante fuera un amigo de siempre.

La primera pregunta que surge al ingresar es por qué tiene ese nombre. La respuesta surge al pasar por el jardín de la casa, donde, entre muchas plantas, está el cerimán, o costilla de Adán, una especie de planta trepadora de la familia Araceae.

PROPIETARIO. Roberto Cazorla es el dueño de este singular lugar que atrae a visitantes del país y del exterior. De su pasado como estilista queda una silla de peluquería. Foto: Bruno Pérez Aguilar

Al atravesar la siguiente puerta cuesta un poco acostumbrarse a la oscuridad y a las luces tenues, pero los ojos se abren de repente al notar que desde el inicio hay misteriosos objetos antiguos.

“La gente que llega por primera vez se queda sorprendida y quiere que cuente la historia que te estoy relatando. Imagínate que tengo que repetir como loro lo mismo”, ríe Roberto, apoyado aún en la barra, antes de entrar a la cocina para sacar una de sus famosas empanadas tupiceñas.

Una plancha de carbón, una caja registradora de mediados del siglo pasado, un teléfono de disco, otro teléfono que funcionaba con monedas, uno con botones y una pequeña pantalla, sobre un escritorio de madera antiguo.

“Hay colecciones que no se ven porque están en el depósito, como radios, micrófonos antiguos, floreros de cristal de Murano, lamparería, faroles antiguos, platillos, cucharas de plata”, enumera. El motivo para guardarlos es que no hay espacio en los ambientes. Entre los mostradores de diversos objetos también hay carteles que, probablemente, son únicos, como uno de cerveza Paceña y otro de Induvar, una empresa de zapatos de goma popular en las décadas de los años 70 y 80.

Gracias a una compleja instalación de lámparas, que se hallan incluso dentro de los aparadores, se pueden ver muñecas. Foto: Bruno Pérez Aguilar

Tinas viejas convertidas en mesas, techos de donde cuelgan triciclos, bicicletas, aviones en miniatura, faroles a querosén, alguna bruja de tela, mariposas de plástico, cochecitos para bebé… La mirada se centra en la parte superior del lugar durante buen tiempo, hasta terminar de enumerar todo lo que hay en este espacio.

Seguro se ha preguntado cuántos objetos hay en total. Robert responde que son aproximadamente 20.000 antigüedades, guardadas en dos pisos de su vivienda.

También shops de cerveza. Foto: Bruno Pérez Aguilar

Atraídos por el pub-repositorio, varios artistas bolivianos hicieron de este lugar su refugio, y así también se convirtió en un lugar turístico. Así, La Costilla de Adán fue visitada por el cantante argentino Pedro Aznar, los integrantes de la agrupación mexicana Café Tacuba y por James Kottak, exbaterista del grupo Scorpions y actual miembro de Kingdom Come.

La cuarentena total —declarada por el Gobierno el 21 de marzo de 2020 para evitar la propagación del COVID-19— ocasionó que varios negocios cerraran de manera temporal y otros de manera permanente.

Y caballitos de juguete. Foto: Bruno Pérez Aguilar

La Costilla de Adán fue uno de los afectados, pues durante estos meses dejó de atender, con el riesgo de no abrir otra vez.  “La casa es mía, así es que no tengo que cerrarla, porque es parte de libros, de videos y de la promoción de La Paz Maravillosa”, sostiene Robert.

El pub-repositorio volvió a atender hace un tiempo, con todas las medidas de bioseguridad y mediante reservas, con el fin de preservar la salud de sus visitantes, quienes se sentarán en uno de los sillones antiguos para mirar a todos lados y descubrir cuántos objetos ha reunido Robert, en un espacio que parece haber detenido el tiempo de sus antigüedades.

Empanadas y tamales de Tupiza

Uno de los atractivos de La Costilla de Adán son las empanadas y tamales de Tupiza, que tienen un aroma y sabor únicos. Con el fin de garantizar la bioseguridad  de sus visitantes, La Costilla de Adán atiende previa reserva. Para ello se debe llamar al teléfono 72074518. El pub-repositorio se encuentra en la calle Armaza Nº 2974, a media cuadra de la plaza Adela Zamudio y detrás de la discoteca Forum, en Sopocachi.

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Cruella

El crítico de cine Pedro Susz revisa la precuela del clásico de Disney ‘101 dálmatas’, centrado en las motivaciones de la villana del filme

Cruella

Por Pedro Susz K.

/ 20 de junio de 2021 / 18:42

Comienzo con una mala noticia —¿o pura presunción?— estamos, temo, ante la aceleración de otra saga, o franquicia, añadida a la pandemia de ese modo de estrujar las taquillas, con las correspondientes inacabables vueltas de tuerca sobre lo mismo, según permite sospechar el final de este emprendimiento y varios cabos argumentales dejados sueltos a lo largo de la narración.

Esperemos que quede en amenaza nomás. Rompiendo con el canon al uso, en la oportunidad los estudios Disney apuestan, y no es la única jugada, al reclutamiento de un equipo multinacional: el director es australiano, los actores británicos, etc. Pero sobre todo juega a gambetear la actualmente tan manida costumbre de repetir éxitos pretéritos del cine de animación en rehechuras con actores de carne y hueso. La idea aquí es la de una precuela que nos ponga en autos acerca de los orígenes de la Cruella de Vil, de sus comportamientos ulteriores, mediante un buceo en los rastros de su infancia y adolescencia.

Inspirada una vez más en la novela Los 101 dálmatas publicada en 1956 por la escritora inglesa Dodie Smith, adaptada la primera vez por Disney para la pantalla en versión animada —por estas latitudes conocida como La noche de las narices frías— , cinco años más tarde bajo la dirección tripartita de Clyde Geronimi, Wolfgang Reitherman y Hamilton Luske. Otro quinquenio después Stephen Herek tuvo a su cargo la primera versión de la misma historia estrenada en los países de habla hispana con el título 101 dálmatas: ¡Ahora la magia es real! y con Glenn Close en el papel protagónico del personaje, consignado por el American Film Institute en la lista de los 50 peores villanos de la historia del cine. En 2002, con el agregado de un ejemplar adicional de los canes blancos con el pelaje moteado de negro la coproducción británico-estadounidense puso en circulación con pálida respuesta en las taquillas 102 dálmatas dirigida por Kevin Lima. Y finalmente en 2003 fue el turno de la segunda versión animada: 101 dálmatas II: Una aventura en Londres dirigida por Jim Kammerud y Brian Smith.

Dicho de otra manera, la saga temida ya tuvo cuatro antecedentes, todas ellas versiones más o menos atenidas al original, pero ninguna interesada en develar los motivos por los cuales la Cruella de cabellera bicolor actuaba movida por una suerte de fijación para fabricarse algún día un abrigo utilizando el pelaje de las mascotas que la acompañaban en las diversas trapacerías por ella cometidas.

El giro propuesto entonces por el emprendimiento de Craig Gillespie vendría a ser entonces una suerte de indagación psicoanalítica en las pulsiones de la protagonista que, por obvias razones ya no podía ser interpretada por Glenn Close, y en la oportunidad fue encomendado a Emma Stone mientras otra Emma, Thompson, queda a cargo de hacerse  responsable de la personificación de una suerte de némesis, en la versión ambientada una vez más en Londres, específicamente durante la movida década de los 60 (los swinging sixties), escenario para la emergencia de la protohistoria de la rebeldía hippie/punk que alcanzó el cénit a finales de esa década y a principios de la siguiente. De hecho, la producción que costó cerca de 200 millones de dólares invirtió un buen porcentaje en la compra de los derechos de un largo listado de muy populares éxitos, y otros no tanto, de aquella época tan fecunda del rock, los cuáles acompañan desde la banda sonora varios de los momentos más tensos y logrados de la puesta en imagen, en un bastante equilibrado estilo que evita, en la mayor parte de los casos, reducir esta última a la mera ilustración de lo que se escucha.

Los iniciales 30 minutos del, por momentos, algo innecesariamente alargado metraje, se concentran en la pérdida de la “madre” de Estella, repentinamente huérfana, luego de la caída de aquella por un acantilado, y obligada a sobrevivir en las calles londinenses donde traba amistad con Jasper y Horace, un dúo de ladronzuelos, su flamante familia, con el cual comparte andanzas y aventuras, a la manera de una versión actualizada del universo de Dickens, antes de cambiar de nombre y sin dejar en momento alguno de soñar con hacer realidad su deseo de convertirse en una prestigiosa diseñadora de modas explotando al máximo su innato talento para el oficio.

De allí el relato salta a la juventud de la muchacha y su ingreso como responsable de la limpieza de los servicios higiénicos en la empresa  de la pedante, maltratadora y perversa estrella de la alta costura: la Baronesa Emma von Hellman —dueña de tres feroces dálmatas—, cuyas iniquidades quedarán finalmente chicas frente a las planeadas por Emma, en complicidad con sus amigotes, una vez mutada ya en Cruella de Vil, esta tome conciencia de la verdad acerca de su presunta progenitora y de los entretelones del accidente que le costó la vida.

En la cinta, Emma Stone representa a una joven Cruella de Vil, mientras que Emma thompon encarna a su rival, la baronesa Emma von Hellman

FOTO: PICS.FILMAFFINITY.COM

FOTO: PICS.FILMAFFINITY.COM

FOTO: PICS.FILMAFFINITY.COM

FOTO: PICS.FILMAFFINITY.COM

Estilísticamente Gillespie apuesta a la excelencia ayuna, menos mal, de firuletes, de la ambientación, al cuidado de la iluminación y a un manejo dinámico de cámara claramente inspirado en varios de los trabajos de Scorsese, al igual que el montaje abocado a no darle respiro al espectador. Pero el principal sostén dramático está en el contrapunto de las logradas interpretaciones de Stone y Thompson —aun cuando sobre todo en el caso de la Baronesa, la composición roce a ratos la caricatura, riesgo morigerando por el tono sarcástico que atraviesa toda la narración, sacando partido del clásico humor británico—, en ese duelo de malicias que les obliga a matizar sus personajes en una permanente oscilación entre el disimulo y la explicitación de un careo sin pausas que llega al franco afán de aniquilar a la contendora en el tramo final del relatado duelo palaciego entre la reina en funciones y la que anhela serlo, primero porque se considera predestinada a ocupar su lugar en ese negocio y más tarde por un deseo de venganza, puesto en acta mediante un maquiavélico plan.

Sin embargo la aspiración a zafar de la interpretación moralizante modelo Disney del mundo y los comportamientos de los individuos queda en varios aspectos a medias en un fallido enfoque queer —vale decir deseoso de quebrar todas las reglas y estándares—, lastrado por la corrección política indisimulablemente advertible, por ejemplo, en la adhesión a la extendida moda actual de un animalismo llevado al ridículo, o en el inexorable castigo del destino a los villanos condenados de antemano a pagar por sus culpas. Así la rebeldía que la película desea exaltar queda en algún grado deslavada, aun cuando, también es cierto que Gillespie consigue zafarse del estereotipo del héroe redentor puesto que Cruella es a lo mucho una antiheroína justificada en buena medida por ese viaje retrospectivo, o, si se prefiere, por esa versión sicoanalítica inefablemente burda, de los traumas y privaciones de infancia o adolescencia a guisa de justificación de los desmanes de los adultos fatalmente condenados a cometerlos por semejante calamitoso ayer que cargan sobre sus espaldas.

Dicho de otra manera Cruella dista de ser un resultado impecable. Son varias las redundancias, las escenas de relleno, que demoran cerca de 40 minutos la entrada en el conflicto medular, y los desvíos momentáneos hacia personajes innecesarios y en buenas cuentas dejados a medio construir. Tampoco se justifican del todo las incontables inclusiones de los mencionados fragmentos sonoros de interpretaciones por grupos populares emblemáticos en los años en los cuales está ambientada la historia — desde Deep Purple hasta los Rolling Stones, pasando por la Electric Light Orchestra y Blondie— pues si bien algunas responden a una función dramática, otros parecen nomás caprichosos picoteos, o regodeos, sin justificación de ninguna especie.

Con todo y esos altibajos, varios atribuibles al guion trabajado a seis manos, la película resulta en buena parte de sus dos horas y 16 minutos entretenida —no estoy seguro que lo sea para el público infantil—, con un ritmo adecuadamente sostenido y un atinado uso de las herramientas figurativas recurridas por la dirección sin afán aparente de exhibir esa cinefilia que, salvo en contadas excepciones, acaba testimoniando un banal afán de lucimiento, exhibicionista en definitiva.

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El corazón le falló al papá de ‘Star Trek’, Gene Roddenberry

La NASA nombró una de sus estaciones como “Enterprise” en honor a él y su trabajo en referencia a la nave espacial de Star Trek

El director de cine y productor Gene Roddenberry

Por Redacción

/ 20 de junio de 2021 / 18:33

ESCAPES

El director de cine y productor Gene Roddenberry nació el 19 de agosto de 1921 en Texas (EEUU). Fue piloto en la Segunda Guerra Mundial y al terminar ésta, estudió Literatura en la Universidad de Columbia y cultivó la ciencia ficción. Destaca en obra la serie Star Trek, que se difundió desde 1966, en la que se basó una larga franquicia de cine y Tv, aunque su primer programa piloto fue rechazado por la NBC.

La NASA nombró una de sus estaciones como “Enterprise” en honor a él y su trabajo en referencia a la nave espacial de Star Trek, la USS Enterprise. Falleció el 24 de octubre de 1991 mientras se filmaba la quinta temporada de la nueva generación de Viaje a las estrellas, a consecuencia de un ataque cardiaco en Santa Mónica, California. Sus cenizas fueron repartidas por el espacio con el lanzamiento del satélite español Minisat 01.

Lo que se conoce como ataque cardiaco podrían ser diferentes males relacionados con el corazón. Suele comenzar con dolor en el pecho. Hay que diferenciarlo de las causas potencialmente graves o letales, porque podrían necesitar de un tratamiento inmediato, esto se logra interrogando al paciente y realizando una explotación física adecuada, además de respaldar los hechos con exámenes complementarios, como una radiografía de tórax, electrocardiograma y exámenes en sangre.

Una vez establecido el origen de este dolor, se tratará la causa. En caso de no estar seguros de esto, es mejor mantener a la persona en observación hasta tener la certeza del verdadero origen e instaurar un tratamiento adecuado.

Dr. Aníbal Romero Sandoval En esta sección se abordan patologías relacionadas con personajes célebres.

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