domingo 17 oct 2021 | Actualizado a 11:24

Propuestas con sabores del mundo

Mappe Monde combina  ingredientes bolivianos con técnicas francesas para retar a los paladares paceños.

Propuesta. Entre sus platos más importantes está el carpaccio de lagarto con helado de mostaza y el pato confitado con papas salteadas. Foto: Christian Calderón

/ 20 de septiembre de 2018 / 00:46

Vlada (26) no se imaginó cuánto le servirían sus estudios en lingüística cuando emprendió la aventura de llegar a Bolivia desde su Rusia natal, hace casi tres años. En La Paz la esperaba su pareja, el chef francés Jeremie Duprey (27), quien quería poner un emprendimiento propio en la urbe donde descubrió su vocación. “Al restaurante llegan franceses y hablamos francés, atiendo una mesa con gente boliviana, en español; otra, de italianos o rusos y son todos lenguajes que hablo. Aquí se reúnen diferentes culturas y conocerlas me apasiona”, describe la lingüista nativa de Orsk.  

Mappe Monde (C. José María Zalles 963, San Miguel) es el sueño hecho realidad de Jeremie. Vivió en Bolivia cuando era adolescente —de 2006 a 2008—, junto a su familia; todos llegaron de Francia por el trabajo de sus padres. Durante una práctica en La Comedie descubrió el universo de la gastronomía. De esa experiencia nació tal vez la ilusión más importante de su vida: tener su propio restaurante.

“Después de mi experiencia en La Comedie, mi plan siempre fue volver. Además, en Europa todo está industrializado y aquí es mucho más fácil y económico encontrar productos frescos y de calidad”.

Los cocineros que trabajan en Mappe Monde conocen bien los productos bolivianos con los que se puede contar, lo cual es nuevo para Jeremie, quien aporta con técnicas francesas con las que no se los suele trabajar. Su producto estrella es el pato —que llega de Cochabamba—, ingrediente de cinco platos diferentes.

Después de haber salido de una escuela donde la disciplina y la rudeza son parte cotidiana del trato con los estudiantes, Jeremie tiene muy en cuenta que debe tener la paciencia que sus maestros no tuvieron con él: “Desde la escuela, el entrenamiento es muy duro y en las cocinas es igual. Así que estamos muy acostumbrados a tratarnos a los gritos. En cambio aquí, yo sé que si trato a alguien así, al día siguiente no vuelve y me quedo solo”.

Para Vlada la situación fue diferente. Como sirven comida internacional con un toque francés, su clientela es mayormente extranjera, lo cual la ayudó al principio, cuando aún no hablaba un español muy fluido. En poco tiempo, mejoró gracias a su pasión por los idiomas y a su formación profesional, pero a lo que aún no se ha acostumbrado es a la cercanía con la que las personas se tratan en La Paz.

“En Rusia, como es un país del norte, hay mucha distancia entre la gente. Aquí al despedirse y al saludar no solo se abraza, sino que se da un beso. Otra cosa que me cuesta es tutear a personas que aún no conozco muy bien. Son elementos culturales que siempre sorprenden”.

Ambos coinciden en que una de las diferencias más grandes entre los comensales bolivianos y los europeos es la apertura a probar nuevos sabores. Sus clientes nacionales aún muestran mucho recelo ante proposiciones poco comunes, por lo que decidieron hacer degustaciones previas para que la experiencia supere los prejuicios y diversifique sus costumbres gastronómicas. Uno de los nuevos platos que lanzaron es un carpaccio (un plato con carne cruda, delgadamente cortada y sazonada) de lagarto (Beni), servido con un helado de mostaza o pimiento morrón.

“El helado no es solo un postre. También suele servirse con ensaladas. En este caso, el carpaccio y el helado son muy frescos y sus sabores, dulce y salado, se complementan”, detalla Jeremie.

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Jaime Saenz desde el teatro

El actor y director David Mondacca hace un recuento de su trayectoria teatral ligada a la obra del escritor paceño

OBRA. La puesta en escena de No le digas (2013)

/ 11 de octubre de 2021 / 12:40

Me llamó la atención  el tránsito poético de Jaime Saenz,  esa búsqueda de la trascendencia a través de la escritura… Me  imbuí de su obra y su poética en poco tiempo. En mi arte está así el reflejo de la vida, que es la escena viviente, y es muchas veces más verdadera que la vida misma, que a veces suele  ocultar su verdadero sentido. El teatro es el reflejo fiel de la vida, y es en aquel que mira ese reflejo que la existencia se hace real. Ese es para mí el arte de la representación a la que he abocado mi vida entera.

Son 35 años que venimos parafraseando los textos del poeta. Hicimos No le digas… (1998), un intento de acercarnos a su mundo. Luego vendrían las otras cuatro propuestas, ya acompañado con la productora, gestora cultural, directora y puestista que es Claudia Andrade. No le digas…es el único unipersonal, Santiago de Machaca (2001), Los Cuartos(2004), Aparapita para leer a Felipe Delgado de Jaime Saenz (2013) y Vivir en lo profundo (2019)  contaron  con una gran cantidad de gente, puestas en escena formidables, de alto impacto en el interior y exterior del país.

Las puestas en escena eran de tal magnitud que incluso el Teatro Municipal quedaba pequeño, por  la escenografía y el despliegue de la gente fueron inversiones carísimas. Por supuesto que jamás las recuperamos, lo más importante para nosotros era difundir al autor nacional, mostrar en su verdadera dimensión lo nuestro a través de lo que sabíamos hacer: “teatro nacional por excelencia”.

Sin lugar a dudas, le dimos un sello propio al teatro boliviano, como varias veces lo dije: llegábamos a un festival internacional donde estaban acostumbrados a obras que sin ser nacionales representaban al país. El autor condensó el imaginario paceño en su obra, nosotros fuimos  fieles al trasladar esa atmósfera y esas vidas a la escena, le dimos a esa literatura carne, hueso, voz, color, ritmo,  música… le dimos vida. Esa es nuestra labor como creadores y  actores de teatro.

Por otro lado, es indudable que Saenz influye en mi escritura. Al provenir del teatro clásico queríamos encontrar un punto medio, entre lo popular, que no está reñido con la técnica, y lo que toca los sentimientos más sublimes del ser humano. Logramos esa transición para el teatro nacional, donde íbamos a festivales internacionales se reconocía a nuestro país y se advertían sus raíces, le dimos rostro auténtico y verdadero a nuestras puestas en escena.

De vivir en la urbe enclavada en el Ande, sitio inexpugnable por naturaleza, la tradición, la leyenda y el mito de estos ambientes están vivos. Nada de esto está  afectado por  la modernidad, ni por los nuevos tiempos que corren en este espacio donde la tecnología está plantada firmemente. Igual,  los  personajes del pasado  parecen tener  vida eterna.

Nuestra quinta obra se llama Vivir en lo profundo, porque es el recuento de logros y sinsabores  que nos llevó representar al autor. Así es Saenz, te lleva al abismo para de ahí hacerte perseguir la luz, porque finalmente parece que  el destino del ser humano es advertir que existe la luz y buscarla a toda costa.

Ahora encaramos un nuevo proyecto, Aparapa: La Paz de Saenz, dramaturgia mía bajo la dirección y puesta en escena de Andrade; obra de grupo y  financiado por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia (FCBCB) que se estrena el 3 de diciembre en homenaje al centenario. El 6 de julio del año en curso realizamos Saenz en nuestra memoria, evento que ya está liberado en YouTube, así como No le digas…y Los Cuartos. El 8 de octubre, cumpleaños de Jaime Saenz, liberamos Aparapita para leer a Felipe Delgadode Jaime Saenz y Vivir en lo profundo.

Nosotros no solo contribuimos a la difusión de su literatura, a que haya la avidez de leer sus libros, a que se hable de él, sino a que surja una admiración por lo nacional. Recuerdo que la poetisa Blanca Wiethuchter en su última aparición en público hablando de nuestro trabajo y de Saenz dijo algo que para nosotros es muy importante: “…el actor es más fiel al poeta que el poeta a sí mismo…”.

Sabemos y somos conscientes que hicimos una labor escénica monumental, pues con el estreno de diciembre son seis obras sobre el escritor. Ayudamos y contribuimos enormemente  a erigir la figura del grande Jaime Saenz.

Junto a Claudia y a nuestro elenco seguiremos festejando y celebrando la existencia de Saenz, difundiendo nuestro trabajo en giras nacionales e internacionales. El teatro tiene llegada a la gente sencilla, común, a la gente de a pie, y ese espíritu popular que develamos haciendo sus textos está presente y está vivo en nuestras obras.

Fotos: Mondacca Teatro y Archivo La Razón

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Un barco para navegar por la arena

El editor Bernardo Paz comparte el texto (corregido y aumentado) del prólogo de Felipe Delgado

EDICIONES. Primeras portadas del libro ‘Felipe Delgado’

Por Bernardo Paz

/ 11 de octubre de 2021 / 12:28

El siguiente es un texto —aumentado y corregido, como adelanta el título— que escribí como prólogo para el libro Felipe Delgado de Jaime Saenz. 40 años, publicado en 2020 conmemorando las cuatro décadas de la gran novela de Saenz. El libro inaugura La biblioteca del Zorro Antonio, un proyecto de la Carrera de Literatura de la UMSA que cada año celebra con lecturas frescas obras fundamentales de Bolivia.

Pocos títulos en nuestro país son tan vigentes como Felipe Delgadoy pocos autores generan un impacto tan grande como Jaime Saenz. No solo en lectores, en la academia, en pintores, músicos, dramaturgos, sino también en nuevas generaciones de escritores que claramente beben y se alimentan de esta sólida influencia. Incluso quienes reniegan contra el estilo y las monomanías tan particulares de Saenz contribuyen, pienso, a afianzar su vigencia. No deja de sorprenderme la idea de que un autor boliviano —en Bolivia— logre tener tantos (y tan apasionados) fans y detractores. En el pequeño “mundo de las letras” —sobre todo paceñas— adoptar una de estas posturas parece ser algo de rigor. Ahora se celebra 100 años del natalicio de Jaime Saenz. Me siento poco calificado para hablar de toda su obra, por eso me refugio en Felipe Delgado. Y no es que me sienta más calificado para hablar de esta novela, pero me reconforta adherir mi voz al tremendo grupo de escritores que conforman el libro que edité hace ya un año y que se presentó hace unas semanas en la FIL La Paz. A continuación, pues, el prólogo.

1.Felipe Delgado es una de las obras más importantes de la narrativa boliviana (una obviedad necesaria que vale la pena despejar de entrada). No lo digo solo porque forme parte de un canon nacional consensuado (como el de las 15 novelas fundamentales de Bolivia), sino porque su influencia se ha extendido a varias generaciones de lectores y escritores. A pesar de haber cumplido ya 40 años —tiempo por demás suficiente para aniquilar un título— sigue vigente y en movimiento.

Parte de este impulso viene de la figura misma de su autor. En agosto de 2020 habrán pasado ya 34 años desde la muerte de Jaime Saenz y estamos en medio de una transición: conviven hoy lectores que conocieron al autor y aquellos que solo conocen a alguien que lo conoció. Con los años, se irán añadiendo eslabones a esta cadena. Pocos autores, como Saenz, sobreviven a este oleaje irrefrenable y, entre ellos, menos aún pueden consolidarse como un mito. La extravagante imagen que se ha construido de este autor calza con las lecturas de Felipe Delgado, su obra más alta, y ambas se alimentan (una a la otra) en un movimiento cíclico que ayuda a mantenerlas vivas. No puede hablarse de Felipe sin mencionar a Jaime y viceversa. Sin embargo, algo más orbita alrededor de esta novela. Tengo en mi librero Felipe Delgado compartiendo anaquel con otras novelas igual de grandes (en toda la acepción de la palabra): al lado están Infinit Jest de David Foster Wallace y El hidalgo Don Quijote de la Manchade Miguel de Cervantes. No pretendo plantear una valoración, ni mucho menos; solo me parece que esta coincidencia espontánea me da pie a pensar en algunas características comunes entre las tres obras.

2. De pie, frente a ellas, todas producen una suerte de vértigo que aparece a medida que vamos tomando consciencia de lo profundo que han cavado, de lo amplias y complejas que son sus historias y del sinfín de asociaciones que las articulan. La perfección de sus universos es abrumadora y puede hacernos sentir cerca y lejos con total fluidez, en el fondo de un pozo y en el centro de un océano: junto a Felipe en La Bodega, analizando la porción de una costura en el saco de un aparapita, y en una playa desierta al borde del Pacífico, pensando en la muerte. Este ritmo da cuenta de la amplitud de la obra y genera este vértigo al que me refiero.

Coincidentemente, las tres son obras de largo aliento, es decir, textos extensos escritos en varios años (como 20 o más en el caso de Felipe Delgado). Y calzan en la manida definición de Ítalo Calvino sobre los clásicos: aquellas obras que nunca terminan de decir, esas que, aunque conocemos “de oídas”, al momento de leer (y releer) nos resultan completamente inesperadas. Son inagotables y, si bien ni la de Saenz ni la de Wallace existirían sin la de Cervantes, a su manera, cada una marca un hito en la literatura. La singularidad de este tipo de obras radica en que cuando nos adentramos en ellas no solo leemos algo, sino que leemos desde un lugar particular.

Las tres, en general —pero más concretamente Felipe Delgado— se han leído y analizado bastante, bebiendo de ellas hasta el cansancio. ¿Y qué se puede hacer cuando se agotan las aguas? Pues, como imagina Ray Bradbury en una de sus crónicas marcianas: construir barcos para andar por la arena. Las temáticas de un libro pueden agotarse pues, como las metáforas y las experiencias humanas —decía Jorge Luis Borges—, solo hay unas pocas cuantas para contar. De lo que se trata, eventualmente, es de recorrer los mismos lugares, pero de formas completamente distintas, pues una gran novela —como lo son éstas, como lo es Felipe Delgado— guardan tantas lecturas como lectores dispuestos a leerlas.

Así es, precisamente, como me gusta pensar este número inaugural de La biblioteca del Zorro Antonio: como un barco para navegar por la arena.

3. Los textos que reúne esta publicación se dividen en tres secciones. La primera, que hemos llamado de “Acercamientos personales”, es una sección llevadera y relajada, sus temáticas oscilan entre aproximaciones a la obra homenajeada como tal y al autor de la misma. El texto que inaugura esta sección —y por lo tanto el libro— es la reproducción de una hermosa entrevista a Jaime Saenz hecha por Luis H. Antezana en 1978 para la revista Hipótesis. En ella, además de profundizar en varias obsesiones del autor, así como en sus próximas publicaciones, se leía como primicia un adelanto de Felipe Delgado. También acompañan esta primera sección Claudio Cinti (el traductor de la novela al italiano), Alan Castro y Álvaro Diez Astete.

La segunda parte del libro es la de “Acercamientos académicos”. Está compuesta por ensayos formales que responden a una estructura académica definida. Aquí encontramos ensayos como el de Mauricio Murillo, quien plantea una divertida comparación entre los remiendos de las telas del saco de aparapita y las pieles del monstruo del doctor Frankenstein de la novela de Mary Shelley. Escriben también: Susana Inés Santos, José Manuel Baptista, Rodolfo Ortiz, Iván Barba y Mirka Slowik.

Y, finalmente, la tercera sección se denomina: “Acercamiento a Imágenes Paceñas”. Es un breve homenaje a, precisamente, Imágenes Paceñas, con un texto titulado “Una ciudad que nos habita” de Carla Hannover. Un ensayo que aborda esta obra que también fue publicada en 1979 y que, por su importancia, no podíamos dejar de mencionar.

Fotos: Archivo La Razón

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‘La noche del viernes’, el aún velado mundo de Saenz

Descubrir su obra dramática, representarla y acercarla al público es una de las actividades del centenario

Por Miguel Pecho

/ 11 de octubre de 2021 / 12:02

Jaime Saenz es sin duda uno de los escritores más extraordinarios de la literatura boliviana del siglo XX y debido a esto es ya considerado un escritor de culto. Sin embargo, en ocasiones considerarlo “de culto” ha significado someter su literatura al abandono u olvido, descuidando la necesidad sociocultural de acercarse a la obra misma del escritor para conocerla, sin dejarse obnubilar por mitos o anécdotas, sometiendo al texto a una evaluación y disfrute con sentido crítico.

Pese al éxito que ha tenido Jaime Saenz en el imaginario de lectores paceños, bolivianos y extranjeros no es una exageración afirmar que las más de las veces los lectores que se acercan a Saenz se remiten únicamente a su faceta narrativa, ignorando la obra poética y ni qué decir la obra gráfica o las exploraciones que el poeta realiza en artes escénicas y dramaturgia, pues a pesar de que existen adaptaciones e interpretaciones teatrales basadas en la narrativa del escritor paceño, hasta hoy no hemos podido conocer cómo es realmente la propuesta teatral que esperó representar en escena, por lo que resulta importantísimo enfatizar que su obra presenta muchos espacios aún no conocidos por el público lector (y no tan lector), los cuales deparan más de una sorpresa.

El centenario del  nacimiento de Jaime Saenz trae consigo algunas actividades que merecen ser destacadas, pues al tiempo de ser un homenaje al escritor se constituyen en oportunidades para acercar a la población de forma directa a la obra del que es considerado uno de los grandes exponentes de las letras bolivianas y latinoamericanas. En la Feria Internacional del Libro (FIL) 2021 en La Paz la propuesta fue lúdica y dinámica, conociendo su trayectoria a través del juego de trivia Una noche en Montecarlo.

Otra de estas actividades es el estreno teatral de una de las obras más enigmáticas del poeta: La noche del viernes, única pieza escrita por Saenz para teatro hacia 1974, la cual es conocida solo por estudiosos o aficionados a su obra.

Lo que aún queda por descubrir

Leonardo García Pabón, estudioso y poeta, amigo de Saenz en vida, menciona en su presentación a la Obra dramática que si bien el teatro de Saenz es lo más desconocido de su producción, “no por ello deja de ser esencial para comprender su visión de mundo. Con claras relaciones con el resto de su producción literaria, pone en escena, y nunca mejor dicho, claves importantes de su escritura y pensamiento”.

A esto habría que adicionar que dicha producción es la más atrevida y experimental del poeta a nivel estético y conceptual, siendo además la más lograda en estos sentidos.

Ya de por sí la obra de Saenz se encarga de explorar los límites del lenguaje y la experiencia, pero en este caso, osada hasta la incorrección, “terrenal y visceral, aunque con esa fuerte dimensión mística” (ibídem), La noche del viernes busca generar nuevos sentidos de realidad a través de la acción en escena, para lo que requiere el trabajo de más de 40 actores a los que deberán sumarse el resto del equipo humano y técnico necesarios para su ejecución, convirtiéndose así en una obra monumental y, por tanto, una deuda pendiente con el escritor, así como con el público en general, puesto que la misma representa la faceta más extraña y fascinante de Jaime Saenz.

Dicha obra, la cual el autor mismo considera un “poema teatral”, nos presenta en tres escenas la experimentación que Saenz realiza de los márgenes de lo real, el absurdo y el inconsciente, recurriendo además a los símbolos que más representan su interés estético y metafísico, dando como resultado una obra de carácter vanguardista en extremo, la cual sin duda se encuentra tangencialmente alejada de abordajes tradicionalistas o romanticistas con los que en ocasiones se ha representado la obra del poeta.

Así, finalmente, este 26 y 27 de octubre se conocerá la dimensión real de La noche del viernes en el escenario del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez de la ciudad de La Paz, pues por primera vez se pondrá en escena la obra de forma íntegra, bajo la dirección de Freddy Chipana, con la actuación de Cristian Mercado, Pati García, Bernardo Arancibia, Luis Caballero, Bernardo Rosado, Ariel Baptista, Marcelo Fuentes, Juan José Canazas, Daniel Prieto, Carlos Mercado y René Suntura, junto a más de una treintena de actores secundarios y la escenografía de Ángelo Valverde, luces de Sergio López y música de Oscar Kellemberger.

Se constituye así en un digno homenaje a la obra de Jaime Saenz, realizado por un elenco reunido de forma extraordinaria para esta realización bajo la siguiente premisa: llevar la puesta en escena de la obra tal cual fue escrita, respetando el texto y los sentidos estéticos que propone hasta en el último detalle, poniendo en valor la obra del autor, acercándola de manera fiel al público conocedor de la obra de Saenz así como a nuevos públicos.

Por lo dicho, sin duda esta puesta en escena promete ser un gran espectáculo, no solo por tratarse de un estreno histórico con un elenco teatral de altísimo nivel, sino porque pone en valor la obra de Jaime Saenz más allá de preconceptos, expectativas o mitificaciones, develando uno de los misterios más grandes que dejó su literatura.

Fotos: Facebook Felipe Delgado/Plural

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El Jaime Saenz del entorno familiar

El lado más íntimo del escritor, en esta entrevista que su sobrina Gisela Morales dio a Juan Carlos Vásquez

Por Juan Carlos Vásquez

/ 11 de octubre de 2021 / 11:56

Allá por 2013, el escritor y periodista Juan Carlos Vásquez, completamente fascinado con la obra del escritor Jaime Saenz, a quien había descubierto 10 años antes, se entrevistó con Gisela Morales, sobrina del autor, además de responsable de su archivo y derechos de autor, para la revista Herederos del Kaos.

La entrevista, que ESCAPE reproduce parcialmente a continuación, ahonda sobre varios aspectos de la literatura de Saenz, pero también de su vida personal, de su entorno familiar, de quién fue él, más allá de esa imagen relacionada al alcoholismo que tanto se popularizó en Bolivia.

Gisela Morales Gonzales, además de su labor en el Archivo de Jaime Saenz, es comunicadora social y tiene una especialidad en Epistemologías del sur con CLACSO. Ejerció periodismo y actualmente elabora y desarrolla estrategias de comunicación y materiales impresos.

LEGADO. Gisela Morales es sobrina del autor y responsable de su archivo

—¿Qué existía en La Paz para que Saenz llegara a este desborde de ideas plasmadas magistralmente en Imágenes Paceñas?

—La Paz es una ciudad que emerge de una hoyada, rodeada de montañas y laderas atiborradas de construcciones. Geográficamente, su naturaleza andina y sus 3.600 metros sobre el nivel del mar, de hecho, la caracterizan como única.

Imágenes Paceñas devela una ciudad oculta, haciendo visible su magia a través de determinados lugares y personajes que la tipifican. La presencia de un mundo aymara, en un proceso de transculturización con otros, definitivamente tiene que ver con el “ser y estar” del que nos habla en el libro, y a partir del cual se crea una identidad. Es más, La Paz no solo está presente en este libro, es un personaje casi permanente en el conjunto de su obra.

Sus calles son angostas, de subidas y bajadas, de recovecos y travesías sin salida. En el día pueden pasar las cuatro estaciones, de una tormenta pasas a un sol intenso o un viento huracanado, nunca se sabe. El tumulto de sus habitantes y su apropiación de las calles te puede asfixiar y con ello el ruido llegar a ensordecerte.

Después de treinta y cuatro años de la publicación de este libro, dedicado temáticamente a la ciudad, aunque las montañas permanecen abrazándola y todavía la ha bitan los locos, las tenderas, los lustrabotas y los soldadores, su transformación sigue constante y su magia no ha desaparecido.

Tal vez no es que la ciudad tiene algo por sí misma, sino cómo uno la mira y vive, dentro de una dinámica sociocultural que la construye y de-construye, recreándola permanentemente.

—¿Fueron el alcohol y la noche un camino de sabiduría y de conciencia más profunda que la realidad?

—Voy a responder desde una perspectiva sobre todo humana.

Cada uno encuentra sus caminos, es una elección. Evidentemente el consumo de alcohol puede ser un recurso que determine ciertas experiencias, desde corporales y mentales hasta sociales, y por tanto, consecuencias que desencadenan en una toma de conciencia de la realidad o más bien, en un alejamiento o huida de la misma.

Considero que el consumo de alcohol que experimentó Saenz condicionó su vida y la de su familia, desembocando en duras experiencias y como resultado en décadas de abstinencia, aunque con algunas obvias recaídas.

La vida de Saenz fue de constante búsqueda. Sin límites, más de los que le pusieron los encuentros con los extremos. Si tenía que escribir, escribía hasta el final. Y si tenía que beber, bebía hasta el fin. Vivió al filo, entre la tentación del alcohol y la dedicación total a su obra.

En La Noche describe precisamente el proceso doloroso del vínculo con el alcohol y evidentemente lo asocia con la noche. Nos lleva a los rincones más oscuros que puedes experimentar para concluir finalmente en que “el alcohol abre la puerta a la noche” y “es la luz para quien conoce sus profundidades. Es decir, para él fue un recurso para salir de la oscuridad.

En todo caso, yo me quedo con el aprendizaje que provocó una acción al respecto. Cuando bebía no escribía.

—Entre el periodismo y la cátedra, ¿cómo fue su etapa laboral?

—Saenz empezó a trabajar en reparticiones del Estado. Luego en periodismo, por diez años, como Jefe de la División de Prensa de la embajada norteamericana. También en algunas revistas y escribió para algunos números del periódico MASAS del Partido Obrero Revolucionario de línea trotskista. Según algunas versiones, además fue secretario de Prensa de la Central Obrera Boliviana.

Nunca habló mucho de esta faceta. Recuerdo que antes de morir y sabiendo mi futura elección por el periodismo, me decía que tendríamos una larga charla al respecto, la cual quedó pendiente porque nos ganó su partida.

De la cátedra, existen muchos testimonios, los de sus alumnos, por supuesto. En todo caso, fue por impulso de Arturo Orías que optó por dedicarse en tiempo parcial a la actividad académica, la cual le permitió seguir escribiendo además de tener un ingreso fijo para sobrevivir. Inicialmente dicta Literatura Boliviana de 1970 hasta 1971, cuando el golpe de Estado militar toma las universidades estatales. Tras la época de dictadura, en 1978 es invitado y se hace cargo del Taller de Literatura Creativa.

—Es bien sabido y quizás no tan divulgado que Saenz en etapas posteriores abandona la bebida, entiende necesitar un grado de lucidez superior y es allí que rompe con los estigmas pues para lo que muchos escritores fue un viaje sin retorno para él fue un estado de experimentación necesaria para dar evolución a su obra

—Si bien el consumo de alcohol fue su mayor debilidad, considero que el abandonarlo fue su mayor fortaleza. Tanta fuerza de voluntad solo provino de experiencias muy duras, de haber tocado fondo y haber generado consecuencias en su familia. La presión ejercida por su madre, la tía y sus hermanas, tuvo cierta incidencia.

Como el hecho se convirtió en un asunto familiar, hasta llegar a la complicidad, los procesos de abstención implicaron la necesaria participación de su entorno. Le afectaba mucho ver cómo sufría su madre al respecto y si bien para él beber significaba internarse en el camino del conocimiento, para su familia implicó vivir en incertidumbre permanente, acondicionar sus vidas a su hábito y arbitrariedad, cuestión que no podía ser sostenible permanentemente.

Si bien esta presión lo alejaba de la familia, en el fondo fue la fuerza que lo impulsó y favoreció para seguir escribiendo. Es interesante cómo él ejerce una especie de represalia contra ellas al no tomarlas en cuenta en la presentación de sus libros, por ejemplo, más enojado porque impidieran que beba que por favorecer, en cierta medida, a que continúe escribiendo.

Existe otro componente, sus obsesiones. Saenz definitivamente tenía la fijación de terminar “la obra”, el conjunto de sus libros. Terminaba uno y comenzaba otro.

O los escribía paralelamente. La cosa es que siempre había uno pendiente que le impedía volver a un hábito que podía evitar el logro de su producción literaria. Se retaba a sí mismo permanentemente. Tomaba té todo el tiempo, chupaba pastillas de menta y anís, inclusive viendo beber a sus amigos.

Podían pasar años, décadas y no cedía a la tentación. Tampoco hablaba mal del alcohol y sus consecuencias. Todo lo contrario, escribir lo obligaba a dejarlo y a relatar sobre sus experiencias con “él”.

Me atrevería a decir que, si La Paz fue un personaje en sus obras, el alcohol o más bien su relación con éste era una especie de fantasma vivo que rondó permanentemente por su obra.

Al buscar la lucidez necesaria, dejando su consumo, escribió de forma casi continua durante los últimos veinte años de su vida y produjo más de quince libros.

—Y sobre los Talleres Krupp…

—Sus espacios y sus cosas. Cada uno para un fin y cada cosa en su lugar.

Los Talleres Krupp eran parte de la casa. Siempre organizada en el espacio común por una parte y en su espacio, por otra. Su espacio era su habitación, donde trabajaba y estaban los escritorios y biblioteca. Y los Talleres Krupp, con la mesa sexagonal para jugar generala (partida de dados), donde se escuchaba la música, estaba su colección de discos y su taller de relojería. Los relojes se destacaban en toda la casa, pero en los talleres guardaba algunos especiales. Colgados en las paredes algunos mapas mundiales. El de la esfera lunar lo tenía en el dormitorio cerca de su autorretrato en tiza. 

En este espacio seguro vivió su experiencia más social, sobre todo con sus amigos y alumnos de universidad, ya que las clases, desde que se dieron en su casa, fueron en los Talleres Krupp. Hasta cartel de entrada tenía.

En la última casa que habitó, “La Casa del Poeta”, propiedad de la Alcaldía Municipal de La Paz, el cuarto destinado a los talleres tenía dos ventanas, una con vista cercana hacia una antigua vivienda suya y la lateral, hacia la morgue y el contiguo Hospital del Tórax, que lo acogió en su última recaída.

Aunque siempre cubiertas con cartulina negra, alguna vez, escuchando música a todo volumen y cuando el insomnio sobrepasó su costumbre de dormir en el día, las abría, pese al efecto que la luz causaba en su vista. Desde su silla mecedora perdía la mirada en esas viejas construcciones y donde la morgue había permanecido para siempre.

Si el ochenta por ciento de su vida pasaba en su habitación, el resto lo vivió en los Talleres Krupp, con la marca del tiempo de sus relojes, su música todo volumen y sus dados sobre la mesa.

—¿Alguna anécdota en su vida que por su particularidad recuerdes más que otra?

—Para quienes compartimos con él quedan marcados momentos únicos como salir a caminar siempre en línea recta, hasta que algo te detenga y te pares a contemplarlo largas horas. Típico en las salidas al Valle de las Ánimas y Llojeta.

Las sesiones con el telescopio eran tan mágicas. Ver los planetas, escuchar sus relatos. Estabas en otra dimensión.

Jamás olvidaremos sus terroríficos gritos. Podía retumbar toda la casa llamando a la tía Esther o pidiéndonos que cerremos las puertas de sus cuartos para que no entre la luz.

Y por qué no recordar su imponente risa y carcajadas que muchas veces llegaban a un tono irónico y sarcástico.

Su tratamiento con el cigarrillo también fue particular. Fumaba los sin filtro y siempre los partía en dos antes de encenderlos. Otras visitas para contar son en las que encendía quinqués y lámparas de alcohol para iluminar la casa y contarnos historias de La Paz y sus personajes, en un clima de penumbra más cercano al misterio que a lo tenebroso.

Y así cada persona que pasó por su vida te puede contar infinidad de anécdotas, costumbres y manías, a veces aprendidas, otras descansando en el recuerdo.

COMPAÑÍA. Muñecas y relojes que acompañaron décadas al autor.

—1986, los últimos días. La conclusión de una obra.

—Su partida significa una de las experiencias más difíciles y por cierto de mayor aprendizaje en mi vida y en la de la familia.

La que junto con su obra me inspira un gran sentido de respeto y cercanía.

Su retorno final al alcohol, el que lo llevó al encuentro definitivo con la muerte fue el inicio de la partida, al cabo de 1985. La tía ocultó unas semanas la gravedad del asunto, pero fue inevitable que sus hermanas lo percibieran. Lo recuerdo muy bien, me gradué como bachiller y la tensión comenzó en Navidad, cuando ya se sospechaba la situación.

Dentro del cuarto de la tía había un vestidor o un pequeño depósito, el cual se fue llenando de las cajas de whisky, hasta llegar al techo. Como nunca antes, mi hermana menor y yo, ya adolescentes, nos habíamos hecho compañeras de Saenz, de la tía y del momento. Debíamos ayudar a sobrellevar lo que mi madre y su hermana habían vivido otras veces. Además de aprender a morir.

La tía ya había pasado los ochenta, la carga era dura y teníamos que cuidarla. Un año antes estuvo al borde de la muerte y debía cumplir el deseo de su sobrino, morirse después de él. Fue como un proceso planificado. Todavía pedía su tabla para escribir en la cama y nos hizo sus últimos dibujos y calaveras. Esta vez a todo color con marcadores permanentes. Nuestros sobres de regalo de Navidad fueron la confesión. A fin de año, el regalo era un sobre con algo de dinero. Esta vez los dibujos y la letra lo decían todo. Había vuelto a beber…

Ni las reflexiones, ni la memoria de su madre, tampoco el sufrimiento de la tía Esther lo movilizarían para considerar dejar de beber.

Agotamos lo imposible hasta la irremediable internación, primero en el Seguro Universitario. Luego en el Hospital del Tórax, a pocos pasos de la Casa del Poeta. En esos momentos íntimos, solo debíamos estar los más cercanos. Como él decía, era cuestión de pudor. Junto con nosotros recuerdo la incondicional presencia del doctor Cayo Alfredo Rivera, su médico de cabecera, y Arturo Orías, quien lo vivió tan profundamente como la familia.

Una vez recuperado y teniendo que permanecer hospitalizado por orden médica, solicitamos el alta firmado, haciéndonos cargo de las consecuencias. Tanto él como nosotros sabíamos que ese proceso no podía vivirse en un hospital y menos sin una copa y un cigarrillo en la mano, los cuales por supuesto estaban prohibidos.

Desde su regreso, duraría exactamente un mes, en el que por turno vivimos el desprendimiento lento de cada una de sus épocas, de cada uno de sus objetos y de su entrañable relación con la tía Esther.

El doctor Cayo, como lo llamábamos nosotros, anotaba a diario, la evolución del caso y nos decía que tal vez de esa noche no pasaría. Y así durante treinta días cada que llegaba la noche y después de largos días esperábamos que sucediera y no llegaba.

En realidad, él estaba viviendo su propio proceso, en la oscuridad de su cuarto, frente a sus libros y con quien lo había protegido los últimos treinta años de su vida, la tía Esther.

Mientras tanto tuvo alguna visita, una lectura de poemas, unas supuestas últimas palabras. Se cuentan varias versiones.

La nuestra, es que después de ese recorrido, entre personajes y cuentos, los que él nos contó en la niñez y se los hizo contar de vuelta, el día 15 de agosto de 1986 nos pidió que entráramos uno a uno, se despidió y pidió permanecer solo. Ya hacían varias semanas que a cuenta de “pisco” bebía unos pequeños tragos de agua y ni siquiera percibía la diferencia.

Hizo sus últimos garabatos en la tabla para escribir, cerró los ojos y comenzó a recorrer la distancia que tanto había esperado, desde las 9.45 del día siguiente.

—Hoy en día, de qué forma se puede entender o calibrar la aportación que ha hecho Jaime Saenz a la literatura.

—La obra de Saenz te remueve profundidades. Su dominio de la palabra, su forma poética y universalidad de lenguaje, abrió fronteras temáticas, expresivas y hasta geográficas.

Sus temas son fundamentalmente humanos y su tratamiento nos lleva a reflexiones existenciales, por lo que trascienden al tiempo. Siempre nos preguntaremos sobre la vida, la muerte y el amor y desamor, por supuesto.

Encontrarte con quien te abre la puerta a dimensiones del ser en las que preferimos no pensar y cuya narrativa y poesía te llevan hasta tocar el fondo, solo y exclusivamente a partir de su talento literario, es un privilegio para quienes lo permitimos.

Fotos: Archivo Saenz

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Releer a Saenz para festejarlo

El escritor paceño Mauricio Murillo destaca la importancia de festejar al autor leyendo su obra

Por Mauricio Murillo - escritor

/ 11 de octubre de 2021 / 11:49

La razón del aniversario del nacimiento de un escritor o de una escritora debería enmarcarse en la revisión de su obra. O sea, el aniversario debería ser un momento de relectura. Ahora que se están festejando los 100 años de nacimiento de Saenz es un momento interesante para volver a sus libros y a lo que se ha escrito sobre ellos.

Por ejemplo, se podría festejar este siglo con la revisión de toda su obra, entendiendo que desde El escalpelo hay un recorrido escritural que marca una escritura con nudos y relaciones. Por ejemplo, como lo marcan Elías Blanco Mamani y Marcelo Villena, entender que Felipe Delgadono es un libro escrito en un espacio de tiempo breve. Más bien, habría que marcar que fue escrito a lo largo de 20 años. Es decir, para estos 100 años de Saenz deberías poder entender que la obra de Saenz se hizo el tiempo, como un laburo de la escritura. Capaz este sería un buen momento para hacer charlar de una vez por todas su poesía con su narrativa. A tantos años de haber nacido Saenz, y a tantos años también de haber publicado, ahora, sin las ataduras del mito (pero sin poder desenredarnos del todo), sin la pose de quien abjura de lo popular o centro de importancia del escritor paceño, ahora tal vez podemos ir ensayando otras entradas de lectura. Y, también, hacerlas charlar con las lecturas críticas “clásicas”; justo está saliendo un libro de Luis H. Antezana, Hacer y cuidar. Lecturas de Jaime Saenz(La mariposa mundial), que reúne sus artículos sobre la obra de Saenz. Y no olvidar lo que han escrito, entre varios y varias, Blanca Wiethüchter, Marcelo Villena, Álvaro Diez Astete, Elizabeth Monasterios y más.

La importancia de Saenz en la literatura boliviana debería ser revisada en estos festejos centenarios. No para anularla o vencerla, sino para hablar de ella como lo que es, uno de los picos de la literatura latinoamericana del siglo XX. Un buen festejo habría sido reeditar sus libros (inconseguibles por mucho del siglo XXI), pero de eso ya se ocupó Plural Editores. Este es un gran homenaje desde el cariño que se adelantó a estos agasajos.

Y habría que hacer charlar este aniversario con otros más, como el de los 40 años de Felipe Delgado para el que la Carrera de Literatura de la UMSA editó un libro con ensayos sobre esta novela par la colección Los libros del Zorro Antonio. Ahí hay lecturas cuidadosas y rigurosas, que es, en realidad, la forma de honrar a un libro, ya sea desde la academia o desde el amor de la lectura.

El archivo de Saenz guarda sus manuscritos y dibujos

Se me ocurre, además, revisar el corpus publicado por Saenz y elegir el libro preferido de cada quien. Y volver a éste. En mi caso, será La piedra imán. Libro divertido, chistoso y paradójico que compara el hablar huevadas con la búsqueda mística, un ir en pos de un objeto mágico que nunca se logra. En este libro póstumo se pueden encontrar características importantes de la obra de Saenz como el humor y la alquimia, la escritura como una obra que modela el mundo desde el lenguaje.

A estas alturas del partido, ¿qué pasa con la imagen del aparapita? ¿Qué pasa con esa ciudad que Saenz veía mutar para mal o para acabarse en Imágenes Paceñas? ¿Qué es pues El escalpelo? ¿Cómo se recorre esta distancia? ¿Qué pasa con el Tetragrámatony Las tinieblas? ¿Cómo se lee el centro de La noche? ¿Qué hay en el ingreso a Lisboa en Los papeles de Narciso Lima-Achá? ¿Qué implica el juego de los autorretratos? ¿Por qué se ha perdido Felipe? ¿Por qué les gusta tanto a Jaime y a Ismael hablar huevadas? ¿Cómo se llenan y se vacían los cuartos? ¿Qué queda después de eso? ¿Por qué en Tocnolencias no hay comas? ¿Por qué tardó tanto en salir Tocnolencias?

Un homenaje, si lo vale, o, más bien, el festejo de una vida o de una obra implicaría preguntas, dudas, posturas. Es un momento acertado para generar nuevas miradas, para dudar, para caer en la paradoja. Capaz lo único que se pueda hacer para festejar es pensar en sus libros y en su escritura.

Queda, tal vez, imaginar a sus personajes, a los que han vivido y se han muerto, a sus amigos, a esos personajes que habitaban una ciudad de laberintos. Y tal vez al leerlo olvidaremos los estigmas con los que se ha apresado su obra: la noche, el alcohol, etc. Hay eso, pero hay más. Casi a todo autor que ha sido embutido en el canon y que ha sido erigido como faro se lo ha tratado de fijar. La literatura es justo lo otro, el ir en pos (tan saenzeano), el territorio pantanoso de la lectura, el paso del tiempo. Queda la obra paradójica marcada en el papel y nos queda, por suerte, la posibilidad de leerlo y releerlo.

Fotos: Archivo de Jaime Saenz

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