miércoles 20 ene 2021 | Actualizado a 06:49

La casa del futuro

The Biotope Boutique House es una casa de huéspedes que tiene un invernadero con plantas que emergen de tubos.

/ 31 de julio de 2019 / 00:00

Desde hace unos años, los edificios florecen como matorrales en Calacoto. Cual si fuera una competencia, las infraestructuras son cada vez más amplias y más altas, como escudos que se encargan de esconder los rayos del sol, en una zona con cada vez más cemento. Hay excepciones. Una de ellas está en la intersección de la calle 24 y avenida Montenegro, una casa de 300 metros cuadrados donde hay 13 habitaciones cómodas, un local de café orgánico boliviano y, fundamentalmente, un invernadero futurista, donde crecen aproximadamente 2.400 productos comestibles. Sí, todo ello en 300 metros cuadrados.

“Por mucho tiempo se ha creído que plantar cemento es desarrollo, por eso hemos crecido alejados de la naturaleza”. A tres cuadras de la iglesia de San Miguel Arcángel —en la zona Sur de La Paz—, una vivienda de rejas guindas y paredes de piedra se deja vencer por enredaderas que sobresalen hacia la calle.

A unos metros del ingreso, Lindsay Téllez —propietaria y gestora de The Biotope Boutique House— conversa con los primeros invitados mientras muele granos de café de Samaipata para preparar un expresso. Comenta que su inquietud por crear un hogar que sea amigable con el medio ambiente surgió hace casi dos años, con el objetivo de que la naturaleza se apropie y adueñe de las paredes.

“La parte fundamental para tener un ambiente ideal y que esté acorde con la supervivencia es la producción de nuestros propios alimentos”, dice. En lugar de talar árboles para poner cimientos, Téllez decidió reestructurar la vivienda.

Al cruzar el umbral cafetero, en el lado izquierdo está un comedor amplio, donde además de jugo de frutas y marraquetas crocantes se disfruta de quesos Flor de Leche que, al igual que la casa de huéspedes, es una empresa que produce sus alimentos de manera artesanal y ecológica.

En el lado derecho, el otro ambiente parece llevar al futuro. De una arboleda de tubos oscuros cuelgan verduras, hortalizas y algunos frutos. En este pequeño ecosistema, los colores son intensos. Por un lado, están los caños negros —como troncos de una selva— con plantas de color verde casi fluorescentes, mientras que en la parte superior se observa el ingreso tibio del sol acompañado en los costados por luces violeta. “Se puede cultivar de cualquier forma, con cualquier método, lo importante es tener una producción sana”, asegura Téllez, quien pese a que le dijeron que no se podía mezclar lechugas con tomates cherry, descubrió que se puede controlar las plagas de manera natural, con plantaciones de cebollas y ajos.

El invernadero —que se encuentra en 30 metros cuadrados— tiene tubos de casi tres metros de altura, donde hay macetas con una diversidad de vegetales y que no utilizan tierra, sino arena, turba y compost que se obtiene de los desechos orgánicos de la cocina. Cada cierto tiempo se escucha la circulación del agua y de compost líquido a través de los tubos, que completan el circuito del biotopo; es decir, el espacio cuyas condiciones ambientales permiten que se desarrolle una determinada comunidad de seres vivos.

Afuera, por un pequeño canal circula el agua que fue usada en las duchas, lavamanos y lavandería, que primero pasa por un proceso de filtración para culminar en una fase de biodegradación con totora. “Es un proceso continuo dentro de la vivienda”, sostiene la creadora del espacio.

A unos pasos está el jardín convencional, donde crecen betarragas, nabos, rabanitos y cebollas. En los rincones hay carpas solares pequeñas, donde se producen cilantro, apio, perejil, menta y otras hortalizas de hoja. “Generalmente hay baja producción debido a las bajas temperaturas, pero con las carpas se pueden obtener plantas”, explica Ruth Bonifaz, ingeniera agrónoma encargada de los jardines.

“Queremos que las personas que se alojan con nosotros compartan la responsabilidad con el medio ambiente y sean conscientes de la preservación de la naturaleza en la ciudad”, comenta Téllez. Por ello, para generar conciencia sobre el medio ambiente, las habitaciones de la casa de huéspedes recuerdan al salar de Uyuni, una bocamina de Potosí o la tranquilidad de Samaipata, desde donde se puede volver a practicar la agricultura en una casa que apuesta por otro desarrollo.

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Baila con la eternidad, Randolph

Los músicos Gustavo Orihuela y Luis Daniel Iturralde dan dos sentidas despedidas a su amigo y colega Randolph Ríos, fallecido por COVID-19

El músico Randolph Ríos

/ 18 de enero de 2021 / 22:07

Docente y director de la Orquesta Sinfónica Juvenil, DJ, contrabajista del Gustavo Orihuela Quartet y fanático de Star Wars y los aliens; así fue en vida Randolph Ríos y así lo recuerdan amigos y alumnos por igual.

Gustavo Orihuela:

Randolph Ríos (para mí, Gandalf, como el mago) fue mi hermano desde que arribé a La Paz y estoy agradecido por todo lo que vivimos y por todas las enseñanzas que me dejó. Compartimos la pasión por la música, por los aliens, por la comida, por el silencio en compañía sincera.

Gracias por darme el ejemplo del músico emprendedor que siempre fuiste, por tener un humor increíble, que siempre alegrabas cualquier reunión, viaje y ensayo, y por ser una persona que desde la sencillez hizo mucho, realmente eres un ejemplo para mí y para todos.

Gracias por haberme estrechado tu gran amistad cuando nos conocimos en la Orquesta y en el Conservatorio, gracias por habernos alegrado con tanta intensidad en cada momento de la vida.

Te quiero mi hermanito, gracias por ser mi hermano mayor desde que llegué a La Paz.

Buen viaje, papu.

Luis Daniel Iturralde:

La vida es como el agua, se escapa de las manos. Sin embargo siempre está, fluyendo y transformándose, en algún lugar…

Murió mi gran amigo Randolph Ríos, de semblante despreocupado y alegre, con esa caminata de pantalones chorreados llena de funk, con esas orejas enormes y curveadas que devoraban todo tipo de música, enfrascado en un smoking dirigiendo la Sinfónica, bailando salsa, disco y jazz con el baby bass, transformado en DJ de medianoche, alegrando los corazones de distintos públicos, en distintos lugares, a distintas horas, como una antorcha que alumbra las ganas de vivir.

Cuando se comparten las mismas pasiones no hay mucho que explicar, la conexión se hace de manera instantánea y más aun teniendo la bendición de trabajar juntos en un mismo proyecto musical exitoso.

Recuerdo los conciertos de Gustavo Orihuela Quartet. Recuerdo los conciertos abarrotados de gente y llenos de aplausos sinceros que compartimos juntos.

Como ejemplo puedo citar el teatro Gran Mariscal de Sucre, el Teatro Municipal Albero Saavedra en La Paz, El Teatro Nuna en La Paz (donde hicimos además varias grabaciones audiovisuales), festivales de jazz en Ecuador, Paraguay, Chile y Perú, o el Club Bonafide en Nueva York (club del gran y reconocido bajista camerunés Richard Bona) donde la gente se paró a bailar con nosotros, entre muchos otros conciertos grandes y pequeños donde siempre la conexión y la profunda amistad del cuarteto se reflejaban en nuestra música y entrega en escenario.

Randolph era una persona muy discreta y multifacética, docente de contrabajo del Conservatorio Plurinacional de Música, contrabajista de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Al mismo tiempo fungió como director invitado habiendo realizado una de las temporadas más exitosas de la sinfónica con sus conciertos de música para películas (Star Wars, Disney, Clásicos…). También era un DJ apasionado conocido como Moro Funk, quien hacía bailar a la gente en clubs como el Glam o Malegría.

Realmente Randolph vivió una vida intensa y enriqueció muchísimo distintas escenas de la música en Bolivia.

Baila con la eternidad, Randolph que siempre estaremos llenándonos de tu picardía, de tu genuina amistad, alumbrados por tu carcajada, por tu cálido abrazo musical.

Hasta pronto hermano del alma, la vida es como el agua, se escapa de las manos. Sin embargo siempre está, en algún lugar.

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Mi partecita en la vida de Canito

La cantante Tere Morales recuerda y se despide del guitarrista Juan Carlos Ríos, recientemente fallecido por COVID-19

El guitarrista Juan Carlos 'Canito' Ríos

Por Tere Morales

/ 18 de enero de 2021 / 21:47

Mejor conocido como Canito, Juan Carlos Ríos fue un guitarrista paceño conocido por tocar junto con el grupo K’ala Marka y el dúo Weimar y Cano. Muy llorado en redes sociales, el artista falleció a sus 47 años.

Canito me contó que consiguió en el colegio un cancionero de Silvio Rodríguez. Fue un descubrimiento que lo deslumbró, tanto por la exigencia en la técnica de la guitarra, como en la poesía de sus canciones. Sacó todas cuando tenía 10 años, más o menos. Luego vino lo demás: un dúo con Franz Valverde (Panchito) en lo que fue El Dúo Criollo. Canito tenía 17 años en ese entonces y según palabras de Panchito, “nuestros dedos volaban en la guitarra”.

En 1993 dieron conciertos y giras junto al grupo folklórico K’ala Marka, realizando conciertos y giras a nivel nacional e internacional. El Dúo Criollo no grabó ningún disco y solo dieron un concierto de reencuentro en 2013, donde hicieron el compromiso de grabar, pero nunca llegaron a concretarlo.

El nuevo desafío de Canito fue Cantares, grupo que existía desde hacía varios años y al que ingresaron junto a Rocío Moreira y Fernando Gutiérrez. Allí, grabaron tres discos y Canito trabajó en el grupo hasta el año 2007.

Al año siguiente, conformó el Dúo Negringo, con Leonardo Egúsquiza, haciendo un variado repertorio latinoamericano y trabajando juntos hasta 2013, cuando empieza una nueva etapa junto a Weimar Baldiviezo, en el exitoso dúo Weimar y Cano, con quien estuvo hasta su partida.

Con Canito nos conocimos en 2011, en un acto de beneficencia escolar, yo no tenía acompañante y me dijeron que un papá de familia acompañaría… yo estaba asustada, porque no es fácil cantar con una persona que no sabe tocar muy bien y menos sin conocerla. “Tere, te presento al Señor Cano, papá del Carlos”. “Mucho gusto, dije yo. Y ahora… ¿qué cantamos?”

Ambos nos vimos en una situación tan divertida, que empezamos a lanzar canciones y a ver qué sabíamos ambos, habíamos definido tres temas y sus tonos y nos llamaron a escenario. Salimos volando y recién allí, escuché la gran calidad de acompañante que me habían obsequiado… Cantamos las tres ¡y una de yapa! Ambos felices habiendo descubierto un encuentro tan afortunado.

Así nos fuimos encontrando en escenarios y tratando de siempre cantar alguito juntos. Cuando necesité acompañante para otra beneficencia, lo busqué y le pedí ayuda. Fue a dos ensayos y llevó a Weimar con él. Ambos ensayaron y dieron el concierto conmigo, sin pedir nada a cambio.

“Teresita, quisiera invitarte a cantar en mi programa de Facebook, los domingos. Hago guitarreadas en vivo y quisiera pedirte que cantes conmigo… ¿te animarías? ¡Ya hice 50 programas!” Así llegó a ensayar a mi casa y se enamoró del arbolito de ciruelo, me contó cómo cantó para los niños cuidadores de autos y lustras de la 21, en época de Navidad. Él solito con su parlante y su guitarra.

«Los niños querían regalarme monedas, Teresita, ¡qué ganas de llorar!” “Quiero hacer este programa con todos los amigos talentosos, para que en otros países los vean y conozcan la calidad de músicos que tenemos… y los lleven y los inviten, ¡que su música se difunda, porque se lo merecen!” Cantamos en su casa, nos aplaudieron mucho y nosotros tan felices.

Fuiste un regalo de la vida, con fecha de expiración muy corta Canito, porque no hay tiempo que alcance para disfrutar un alma como la tuya. Descansa en paz y visita nuestros cantos, con el cariño de siempre.

Tu cantora,

Tere Morales

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Patrimonio: Casonas de época en el Casco Viejo

Estas edificaciones de los estilos arquitectónicos Republicano, Neoclásico, Ecléctico y Art Deco forman parte del patrimonio de La Paz

Por Liliana Aguirre

/ 13 de enero de 2021 / 12:34

Estas casas son el retrato de una época; estructuras patrimoniales con estilos arquitectónicos que se conservan en el casco histórico de La Paz.  El esplendor de estas estructuras no pasó inadvertido y el Concejo Municipal de La Paz aprobó la declaratoria de Patrimonio del Municipio de La Paz a un tramo de la calle Ingavi y a ocho edificaciones emplazadas en la misma. Algunos de los inmuebles más conocidos son el Hostal Ingavi, el Club Deportivo Ferroviario La Paz Ltda., la Casa Solignio, el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Librería Olimpia.

También la edificación denominada Edificio Sickinger, que  fue diseñada por el constructor yugoslavo Ivika Krsul, con un diseño que tiene una clara influencia centroeuropea, es parte de la declaratoria. Según información proporcionada por la entidad municipal, este edificio fue construido en la década de los años 50 y es una expresión material de la época, marcada por un modelo social moderno post Guerra del Chaco.

No son las únicas edificaciones declaradas patrimonio. También están las que se hallan en la zona del Rosario. “Forman parte de nuestra historia cultural referencial y de la conformación de nuestra ciudad, por lo tanto son parte del imaginario colectivo de nuestra ciudad. Su modificación o alteración se constituiría en una pérdida irreversible para la colectividad”, se explica en un comunicado oficial. Además, la declaratoria toma en cuenta que el “Patrimonio Histórico, Arquitectónico y Urbano representa los valores esenciales de la ciudad, en su memoria histórica, la referencia viva de su pasado y que permanece cuando la sociedad que le dio vida ya ha desaparecido”.

Calle Ingavi, patrimonio paceño 

Una casa con balcones de época. Foto: Rodwy Cazón

Foto: Rodwy Cazón

Algunas casas patrimoniales ubicadas en el centro histórico de la ciudad. Foto: Rodwy Cazón

Algunas casas patrimoniales ubicadas en el centro histórico de la ciudad. Foto: Rodwy Cazón

Algunas casas patrimoniales ubicadas en el centro histórico de la ciudad Foto: Rodwy Cazón

Algunas casas patrimoniales ubicadas en el centro histórico de la ciudad. Foto: Rodwy Cazón

Valor histórico

Las edificaciones declaradas como patrimonio se adscriben a varios estilos arquitectónicos, como Republicano-Neoclásico, Ecléctico y Art Deco, que representan un momento histórico en la consolidación de la ciudad. Por su parte, el arquitecto Ronald Terán, quien cuenta con un máster en restauración y rehabilitación del patrimonio edificado, explica que es muy importante preservar el patrimonio en el centro histórico porque estas casas son el alma de una ciudad.

“En muchas ciudades del  mundo el centro histórico está lleno de vida con comercios y cuidado. No obstante, en La Paz es un sitio fantasma, por las noches, por donde no transita nadie”, cuestiona.

La Ley aprobada en la Sesión Ordinaria 67/2020, establece que será el  Órgano Ejecutivo Municipal el que defina  las acciones de protección, conservación, promoción y revitalización del Patrimonio Histórico, Arquitectónico y Urbano de las edificaciones declaradas patrimonio. Además, define que cualquier intervención que se pretenda hacer en las edificaciones, sean de refacción o mantenimiento, deberán adecuarse a las disposiciones enmarcadas en la normativa de Administración y Protección Patrimonial.

Terán sugiere que restaurar una parte de una estructura patrimonial y el retorno con equipamiento de inversiones, como un café o restaurante, es algo que necesita el centro histórico para revitalizarse y esto debería responder a políticas culturales. “Tienen que existir posibilidades económicas de retorno de inversión de un edificio restaurado, conservado y rehabilitado”. El arquitecto agrega que estos lugares tienen además un alto potencial para atraer turistas y que se podría hacer recorridos. “Tras la República viene la revolución industrial y a Bolivia llegan diferentes estilos con movimientos y estilos que vemos en estas casas”.

Terán analizó que aún hay muchas viviendas patrimoniales dejadas a su suerte. “La Alcaldía debería, con la Ley 530 del patrimonio, hacer que todas las instancias cuenten con un fondo económico y técnico para salvar esos edificios con trabajo de emergencia. Hay cosas reversibles que se pueden rescatar. Además se precisa mayor formación de los técnicos para realizar la categorización de estos inmuebles patrimoniales”, precisó.

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Los Gismondi: Un legado fotográfico rico y vivo

Luigi Doménico fue el gran retratista de La Paz. Por su estudio de la calle Comercio pasaron desde presidentes hasta caciques aymaras. 114 años después de su fundación, cierra sus puertas en el centro y se traslada a la zona Sur

Una reunión de caciques aymaras, registrados por Gismondi

Por Ricardo Bajo

/ 13 de enero de 2021 / 12:19

Un cartel da el aviso sobre una vieja puerta de madera de la calle Comercio, al 1013: “Foto Gismondi se traslada a la zona Sur” y debajo dos teléfonos, una dirección de Facebook y un correo electrónico. El mítico estudio fotográfico de Luigi Doménico Gismondi se inauguró en 1907 a una cuadra de la plaza Murillo y hoy, tras 114 años, cierra sus puertas en el centro. La familia Gismondi tiene negativos corriendo por sus venas desde hace siglo y medio: la bisnieta Geraldine sigue a pie de cañón tras heredar el oficio de su bisabuelo Luigi, su abuelo Adolfo y su madre Graciela. “Hemos vivido la fotografía en mi familia desde la cuna, está en nuestros genes”, dice Geraldine. Su madre Graciela tiene 81 años y siempre se opuso a trasladar el estudio, a hacer cambios. “Con su edad sigue sacando fotos y ese es su gran motivo para vivir”, contaba su hija el martes. Un día después, Graciela va a morir; quizás por un resfrío mal curado, quizás por el dolor de ver ese cartel sobre el número 1013 de la calle Comercio.

Luigi Doménico Gismondi llegó al puerto peruano de Mollendo desde San Remo, Italia, en 1890, huyendo de la miseria apenas unas décadas después de la unificación italiana. Viajó en barco junto a su padre Pietro, su madre María y sus tres hermanos mayores Giacinto, Stefano y Angelina. Tenía 18 años y todo un mundo para recorrer por delante. Se casó en 1901 en Arequipa con Inés Morán, una peruana de Majes, con la que tuvo catorce hijos, de los cuales solo sobrevivieron siete. Los Gismondi eran/son una familia de artistas e iban a seguir el legado de otros italianos célebres en el Perú como Bernardo Bitti y su rol fundamental en la Escuela Cuzqueña de Pintura.

Giacinto y Stefano comienzan a viajar por el vecino país y así recorren a finales del siglo XIX Cuzco, Arequipa, Lima, Chincha, Callao, Trujillo y Huacho. Son a estas alturas los Gismondi Hnos o Gismondi y Cía y sus servicios van desde los retratos al óleo, la acuarela y el pastel hasta los cuadros mitológicos/históricos y las decoraciones al estilo del Renacimiento italiano. Los hermanos de Luigi Doménico llegan incluso a pintar la “Capilla Sixtina” de Colán. Para entonces, nuestro Gismondi ya había viajado por todo el sur del Perú, el norte de Chile y toda Bolivia a lomos de una mula o simplemente caminando, siempre con su cámara de fuelle al hombro. El foto-óleo era una de las atracciones novedosas de su repertorio.

En 1904, Luigi Doménico llega por primera vez a La Paz. La flamante sede de gobierno apenas tiene 70.000 habitantes y 22 barberos. Tres años después, el italiano se instala y abre su primer estudio en la calle Yanacocha al 95 esquina Comercio en plena arteria comercial donde se asienta una nutrida colonia de extranjeros para vender telas, trajes, embutidos, cerveza y relojes. Ha conocido al presidente José Manuel Pando en uno de sus andanzas y ha logrado que lo nombre fotógrafo oficial de la presidencia. El negocio comienza a ir viento en popa con retratos de los mandatarios de turno que llegan caminando desde la antigua Plaza Mayor al estudio Gismondi. Los pongos, los caciques aymaras, los mendigos y las hermosas cholas se alternan en el tercer piso de su taller con las damas y los caballeros de la alta alcurnia paceña. Para Luigi Doménico, un rostro en primer plano es un rostro en primer plano. El racismo y el clasismo siempre quedarán fuera de foco.

El letrero de la mudanza del estudio

Por las noches, el italiano reproduce la Alameda iluminada, también hace inéditos fotomontajes y usa sus habilidades artísticas para retocar las fotos. Entonces, Gismondi decide embarcar de nuevo a toda su familia de regreso a Italia para comprar la vieja casa del padre rodeada de olivares, cerca de San Remo, junto al mar Adriático. Se va toda la prole menos dos hijos que han heredado la pasión paterna: Cesare parte a Lima para montar su propio estudio y

Adolfo se queda en La Paz. De los tres hijos que tuvo don Adolfo, solo Graciela siguió con el oficio de fotógrafa. “Desalojamos el estudio de la Comercio justo antes de la cuarentena rígida, tardamos dos días en trasladarnos en dos camiones grandes, bajamos todo, desde muebles del siglo XIX hasta viejas películas de mi abuelo Adolfo y el enorme catálogo desconocido de mi bisabuelo”, dice la bisnieta, la cuarta generación de los Gismondi.

Hace unos años, una institución de Estados Unidos llegó a La Paz interesada en la magna obra fotográfica y digitalizó unas 300 instantáneas que registran el trabajo en las minas, las ciudades de Bolivia y sus monumentos y las diferentes nacionalidades de todo el país desde el Chaco, los valles y la Amazonía hasta el altiplano. No es ni el 10% de todo un rico patrimonio que hoy está guardado en la casa particular de doña Geraldine. “Tres veces la Alcaldía ha intentado comprarme el archivo, como hicieron con don Julio Cordero, pero no hemos llegado a ningún acuerdo. Ellos quieren quedarse con los derechos de autor y yo no quiero renunciar al sello de Gismondi, ese es mi mayor tesoro y lo que me mantiene hoy haciendo fotos bajo el legado de mi bisabuelo. También quisieron darme unos 50 pesos por unos muebles de hace dos siglos diciendo que eran solo trastos viejos. Una vez también vinieron al estudio unos señores de Chile y me dijeron que las películas de cine son altamente inflamables, que tienen TNT en su composición. Lamentablemente en nuestro país no es como en otros que existen fundaciones públicas o privadas que tienen el presupuesto y el cuidado para tener todo estos materiales en buenos lugares de conservación y preservación con temperatura y luz adecuada”, añade.

Geraldine Gozálvez enseña un retrato de su abuelo Adolfo Gismondi

Geraldine todavía recuerda cómo jugaba con los químicos bajo la atenta mirada de su abuelo Adolfo. “Nos gustaba enredar con nuestras manos y asistir a ese acto de magia al ver cómo el blanco y el negro se convertían en sepia con el virado, adoraba colorear y sellar las fotos. Y me acuerdo de niña ver a mi madre batir la cola para pegar los cartones y las postales con fotos de naturaleza”, relata con nostalgia a pesar de que también rememora el frío y la oscuridad del cuarto de revelado y las manos dañadas. Su vida ha estado rodeada de negativos de vidrio, de acetato, de rollo, placas, daguerrotipos y grandes lentes. Y también de fuego y sus restos: “El estudio se quemó un día que llegó una pareja de recién casados a sacarse un retrato. El hombre encendió un cigarrillo y lo apagó en un maceta con serrín. Eso originó el incendio y se quemaron muchos negativos que hoy tienen la marca quemada. No me acuerdo si fue en vida de mi bisabuelo o unos años después”.

Geraldine Gozálvez Gismondi ha pasado en los últimos años buenos y malos momentos. Los malos se resumen en los días y semanas de octubre y noviembre de 2019 cuando el centro se llenó de gases y se vació de clientes. Luego llegó la pandemia y la posterior quiebra. Y el obligado traslado por la imposibilidad de pagar alquileres y demás gastos.

Los buenos momentos siempre llegan de la mano de los clientes más fieles. “Me siguen buscando en mi estudio de la zona Sur personas que llaman al teléfono desde Ciudad Satélite en El Alto o desde la plaza Riosinho. Son hombres y mujeres que estaban acostumbrados a pasarse por el estudio de la Comercio. Un señor mayor vino el otro día y me dijo: La fotografía más hermosa de toda mi vida me la tomaron en Foto Arte Gismondi en el año 1946, quería una copia, estoy recién buscando el original”. Geraldine suele vender también los originales de las fotos más celebres del bisabuelo, como esa que titula Hombres tirando una cuerda de 1925, obra que compró por su belleza y composición —propia de un gran artista plástico— el fotógrafo paceño Patricio Crooker.

Una de las virtudes del estudio es ofrecer fotos de antaño y retratos “vintage” con vestidos de hace un siglo que eran propiedad de las abuelas paterna y materna de Geraldine. “He estudiado publicidad, diseño gráfico y escenografía. He tomado cursos de maquillaje y de fotografía con grandes maestros como el peruano Oscar Medrano, que fue el primero en retratar a los guerrilleros de Sendero Luminoso en la selva de Ayacucho. Soy diseñadora de modas y fui bailarina con el ballet de Chela Urquidi y conozco mucho de posturas y poses. También fui modelo, por lo que sé cómo deben pararse las chicas y los chicos para una buena foto. Pero a pesar de todos los estudios y experiencia, creo que este oficio es innato”, dice Geraldine que reniega porque hoy la gente —con los celulares a bocajarro— no aprecia ni distingue una buena foto de una mala y porque hoy lo digital permite retocar todo y cambiar hasta la identidad de lo retratado.

Luigi Doménico —cuya biografía definitiva está escribiendo Miriam Quiroga Gismondi— no quiso comprar nunca los cuatro locales donde funcionó su legendario estudio entre la calle Comercio y la Yanacocha. Volvió a Mollendo para morir dos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Nunca pensó en quedarse pero se quedó. Gismondi, el gran retratista de La Paz, el gran constructor del imaginario de todo un país diverso que recorrió de punta a punta, registró para la posteridad nuestro mejor presente.

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Brazos caídos

/ 13 de enero de 2021 / 10:09

Ch’enko total

¿Qué puede hacer hoy un músico sin trabajo? ¿Sin ingresos? ¿Sin tocadas? ¿Sin conciertos? ¿Sin un boliche donde actuar? Somos nomás como aquel desaparecido videoclip de mi canción La mamada, donde estoy en la calle Yungas, sentadito al lado de los plomeros, albañiles, con mi maletín que dice: “músico”. Ningún gobierno se acuerda de nosotros. Ningún gobierno pone fin a la mala administración de nuestros derechos de autor. Este año recibí Bs 86 de derechos de autor del semestre I- 2020. Y eso que mi canción Alasita da vueltas por el país, en Cochabamba la escuché en todos los canales locales por octubre, mes que decidieron hacer la Feria del Ekeko. ¿Entonces, qué pasa? Uno sale pues a tocar, a venderse, saca un disco, va a la radio a anunciar y zas… se contagia con el virus cabrón. En este momento tengo por lo menos 20 colegas que se baten con la muerte en lucha desigual, tocaron en algún pub o en algún teatro con mitad de boletaje o ensayaron en la Sinfónica para tener algún ingreso y les cayó el virus. Por suerte están en el dígito cuatro y su organismo responde, se rebela, saca aire de donde puede, soporta 12 pastillas diarias. Siempre está una madre, una compañera, un novio para cuidarlos y ver cómo enfrentar esta batalla tremenda.

Por eso quiero agradecer a la Universidad Pública de El Alto (UPEA) que se acordó de mí y me dio trabajo estos últimos dos meses en la docencia. El título de Maestro de las Artes, especialidad Música, que me otorgó el Ministerio de Educación en 2017 me habilita para ser docente de la Maestría en Composición y Arreglos Musicales 2020, cursos de Posgrado de la UPEA. Dicto por segundo año consecutivo el Módulo IV sobre Composición de letra y música en la música popular, que estamos por concluir estos próximos días. Pero sobre todo me habilita la experiencia, el oficio de 40 años haciendo canciones además de 20 años de docencia en años pasados, sumados en nuestro querido Conservatorio de La Paz y el Taller de Música de la UMSA.

Siempre me gustó la docencia. Solo que esta vez —acostumbrado a la clase presencial— se puso más complicada la cosa por la pandemia y el tema tecnológico. El 9 de diciembre pasado inicié la primera clase por Zoom, yo había hecho unos cinco programas culturales de televisión, pero ahora temblaba, sentía que de golpe y porrazo era camarógrafo, sonidista, conductor, todo a la vez. No salió tan bien, pedí socorro a mis amigos tecnológicos para afrontar en mejores condiciones la segunda clase del 11 de diciembre, aprendí a perderle miedo a la autoeducación mediante los salvadores tutoriales de YouTube y le agarré al asunto. Mi clase tiene videos, partituras y también audios, mostrarlos por la pantalla de la clase Zoom fue todo un mérito, más aún porque en una de las clases a un alumno se le ocurrió dejar abierto el audio de su celular e irse a pasear… el cuate dejó el celular con sus dos wawas y la tele prendida. 30 minutos hablé a los gritos encima de alaridos de nenes y diálogos de una telenovela, el alumno pensó que con eso yo le iba a poner el puntaje de asistencia. Yo no era el anfitrión de la clase, no podía cortar ese audio abierto, el anfitrión era un técnico de la Universidad que también desapareció del mapa. Me di cuenta de que era muy peligroso esto del Zoom, si no lo manejas con cautela puede darte unas quemadas públicas gigantescas. El asunto es también peligroso porque si no operas esta cuestión tecnológica el alumno te considera un gil, un ignorante… Como si en la tecnología estuviera el conocimiento.

Mi clase tiene una visión histórica, con una mirada global desde los paradigmas del conocimiento y como guía, el encuentro intercultural de saberes. Esto lo aprendí en el Diplomado en Educación Superior que realicé en la UMSA en 2008, cuando era docente de la extinta carrera de Música de esa casa superior de estudios, diplomado que realmente me dio muchos insumos. Un shock para mis alumnos fue pedirles que manden sus trabajos a mi correo electrónico, no al watsap, muchos ¡no tenían correo electrónico! Tuvieron que sacar uno y mandar por esta vía los audios y las partituras para hacer seguimiento personalizado a sus trabajos creativos. Uno de los trabajos claves era componer una canción con el texto en décima, cuyo modelo es la bella canción Volver a los 17de Violeta Parra. Vino el cuestionamiento ético, yo pedía como tarea algo que no había hecho nunca: una décima. Entonces me puse a construir una canción en décima, demoré tres semanas pero lo logré. Concluir las clases con una nueva canción compuesta fue algo grandioso. Ahora tengo la resaca de final de clase. La incertidumbre laboral me come el sueño. Agradezco de verdad a la UPEA por esta hermosa experiencia y por darme trabajo aunque sea un par de meses pues sufrimos la ingratitud de una sociedad boliviana que nos ningunea, nos invisibiliza. Oremos por la recuperación de Canito, Pamela, Miguel, Carlitos, Weimar, Randolph, Diana y tantos colegas artistas que —con gran dificultad— luchan contra este virus cabrón.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monrroy Chazarreta

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