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‘Cuando deje de jugar, tiraré el televisor’

Jorge Barraza, columnista de Marcas

/ 16 de octubre de 2022 / 23:17

Faltaban 8 minutos más el descuento en el Estadio Olímpico de Montjuïc. El FC Barcelona vencía al Espanyol 1-0 en el derby de Cataluña y el cuarto árbitro, desde el costado, marcó cambio: sale Deco, entra el número 30, Lionel Messi, un chico de 17 años. Fue el 16 de octubre de 2004.  Ese día, sin que nadie lo advirtiera, un genio hacía su estreno en el fútbol profesional. El tiempo iba borrando la fecha, luego la leyenda de Leo la convirtió en efeméride. Pasaron dieciocho años. ¿Cómo imaginar que esa menudencia de 55 kilos y 1,69 nos regalaría miles de gambetas, túneles, pases-gol, controles sublimes, amagues y enganches deliciosos, arranques fulminantes siempre en línea recta al arco, internándose por estrechos pasadizos, entreviendo pases puerta a puerta para compañeros agradecidos…? ¿Cómo aventurar que estaríamos frente al rey del uno contra uno…? Goles a los ángulos, de derecha, de cabeza, picándosela al arquero, eludiéndolos, de emboquillada, de tiro libre… Tantas capacidades juntas posibilitaron decenas de títulos y goles, pero ese es el costado prosaico de su obra, el poético es el otro, el juego. Su fútbol razonado, aún a toda velocidad, pleno de sabiduría. En la relación con la pelota es el as de oro, mata la carta que venga.

Leo no es un jugador, son cuatro dentro de ese breve envase: la seriedad competitiva de Di Stéfano, el sentido del gol de Pelé, la habilidad extrema de Maradona y la inteligencia superior de Bochini.

Dieciocho años después de aquel cambio por Deco, atraviesa un momento fantástico, acaso el mejor de su carrera en cuanto a visión periférica, construcción de juego, generación de situaciones de gol, asistencias, creación de maniobras de ataque que desnivelen las pobladas defensas. Hace unos días, una estadística de Opta reflejaba que es el jugador más peligroso de las cinco grandes ligas europeas midiendo remates al arco y jugadas de gol creadas. Jamás un futbolista mantuvo tan alto nivel de excelencia durante dieciocho años. “El tiempo debería hacer una excepción con Messi”, tuiteó Diego Latorre. ¿El secreto de su extraordinaria vigencia…? Ama jugar a la pelota, entrenar haciendo el rondo y pateando tiros al arco, pasar horas en el vestuario, concentrar con sus compañeros. Y en la vuelta a casa, mensajearse con otros futbolistas, ver partidos por televisión, ensayar tiros libres y jugar con sus hijos en la canchita del fondo. Ama el fútbol. Y eso hace la diferencia.

Su último gol, al Benfica por Champions hace doce días, podría ser el mejor de la carrera de cualquier futbolista, incluidos los grandes, en Messi es uno más, reluciente, pero una perla más en el fondo de su mar de tesoros inagotables. Y son 781 goles. ¡Setecientos ochenta y uno sin ser delantero neto…! Ahí mueren todas las discusiones. Incluso puede que sume algunas docenas más. Esta actividad nunca había asistido a tal dualidad: que el artista del pase-gol sea además una máquina de gol.

“Soy Ronaldista y Messi no es mi ídolo, me parece un jugador frío -analiza Ricardo Montoya, periodista peruano, además de psicólogo y profesor de literatura-, pero indudablemente es el mejor de la historia, su nivel de perfección técnica es increíble, nunca vi nada igual. Tiene todo: gol, definición, pase, gambeta, maneja los dos perfiles, tiene pelota parada. No ha habido un jugador así. Si alguien prefiere a Pelé o Maradona está bien también, pero este es el mejor”. En cambio, Ricardo Vasconcellos, brillante opinador, editor de Deportes de El Universo, es resueltamente más enfático: “Messi no jugó solo 7 partidos en un nivel excepcional (México ‘86), sino 700. Para mí es el mejor que vi y, cuando se retire, el fútbol volverá a ser común y corriente”. Cierto, todo lo ha dado en copiosas cantidades, triunfos, bellezas, genialidades.

Hay una partida de póker, juegan Di Stéfano, Pelé, Maradona y Messi. Los demás, en otras mesas. En tal escenario, Leo saca una cabeza. Los técnicos y jugadores -en ese orden-, las personas que más saben lo que se puede hacer o no dentro de un campo de juego, por amplísima mayoría, coronan a Leo como el uno de la historia.

“Pero no fue campeón del mundo”, objetan sus muchos ateos (cada vez menos). Nadie es campeón solo, el fútbol es un juego de once. Se necesita un excelente entrenador y grandes compañeros. Y que todos estén en forma durante el mes mundialista. Si el fútbol fuera un deporte individual, como el tenis, Messi jugaría mil partidos y ganaría los mil. ¿Brasil fue campeón por Pelé en 1970…? ¿O por su constelación de monstruos…? La delantera formaba con Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino. Bien, si sacamos a Pelé y ponemos a Messi en ese quinteto, ¿no sale campeón…? No sólo sale, tal vez gane 10 a 0 todos los partidos. La hazaña de Leo es superior a eso: haber sido subcampeón con compañeros tan terrenales como Chiquito Romero, Zabaleta, Campagnaro, Garay, Rojo, Biglia, Enzo Pérez, Lavezzi, Higuaín, Palacio, Augusto Fernández, correctos elementos que acariciaron la gloria eterna por compartir con el 10.

Tampoco es que quedó virgen con la celeste y blanca: fue campeón mundial juvenil siendo el goleador y la estrella del torneo; campeón olímpico, de América, marcó 90 goles, más que ningún otro futbolista sudamericano.

El fútbol es juego, pasión, entretenimiento e industria. Reina sobre los demás deportes por el grado de dificultad: es el único que se juega con los pies. Y el fútbol de este tiempo supera largamente al de hace cincuenta o sesenta años por la misma razón: su nivel de obstáculo. Hoy es infinitamente más complicado lograr proezas por la velocidad, la presión, la intensidad, porque se defiende con once, hay menos espacios y se enfrenta a atletas de alta competencia. Antes el marcador más cercano estaba a cinco metros, hoy a veinte centímetros. En esta época escribió Messi su leyenda. Eso explica su primer puesto en casi todos los ránkings.

“Anda bien, pero en Francia…”, detractan los soldados del ya diezmado ejército de contras. La francesa es una liga africana con clubes galos. La potencia física imperante allí es atemorizante. Hay otras con mejores equipos (Inglaterra, España, Alemania, Italia), pero no es una liga de granjeros. Francia es el medio que más cantidad de figuras genera desde hace treinta años: Zidane, Henry, Thuram, Desailly, Cantona, Blanc, Pires, Vieira, Ribery, Benzema, Mbappé, Kanté… Ningún granjero.

Más allá del rectángulo está el deportista intachable, el ídolo manso, el personaje tímido y silencioso que acrecienta su leyenda. El que hace un mes enloqueció a Estados Unidos. “Nunca se vio una euforia igual con un futbolista en este país”, dice Luis Sánchez, peruano, columnista del Miami Herald. “Es un mago, el Harry Potter del fútbol. Cuando deje de jugar, tiraré el televisor”, exagera Christian Vieri. Y ya está rumbo a los 36…

Hace mucho tiempo escribimos: no se pierdan un minuto de Messi, estamos viendo la historia del fútbol. La hemos visto. Tuvimos la suerte de ser sus contemporáneos. Y dieciocho años para disfrutarlo. De ahora en más, todo lo que quede es propina.

Dos con sesenta

El periodista argentino Jorge Barraza escribe este homenaje al minibús paceño

/ 28 de abril de 2024 / 06:29

“Obrajes, Prado, Pérez… Obrajes, Prado, Pérez…”, la cumbia de Radio Cutipa se te hace pegadiza. Y los carteles, familiares. Yo espero Achumani Complejo. Dos con sesenta y me deja enfrente de casa. Más que el teleférico, más que el respeto de los bolivianos, más que la marraqueta, adoro esa institución nacional llamada “minibús”. Es una maravilla paceña. Vas a la cancha, te tomás el que dice Miraflores, vas al centro, a la Plaza Murillo. Son ágiles, prácticos, simples. Te paran donde estés y te dejan donde vas. No existe nada más sencillo. Ni en Suiza.

La Paz es la única capital del mundo sin transporte público. Es privado, particular. Depende todo del minibús. Pero funciona. Sin tren, sin metro, sin tranvía ni líneas de colectivos (las mínimas que hay no se cuentan como tales). El PumaKatari mitiga en parte esas carencias, aunque sin la agilidad de las combis, tiene recorrido y paradas fijas. Si no estás en la parada, sigue de largo. Y la cantidad… En la 21 de Calacoto, frente a la iglesia de San Miguel, da el semáforo en rojo y paran 20, 25 minibuses juntos. Y atrás viene otro cardumen. Y en la calle anterior, igual. Es un servicio nacido de la espontaneidad, una hermosa informalidad, que ni en el primer mundo. Ya quisieran.

“Cómprate un Quantum”, me sugieren. “Es muy lindo y lo estacionas donde quieres”. ¿Para qué…? Mi Quantum es el minibús. Dos con sesenta, me lleva a todos lados, es veloz, comete todas las infracciones de tránsito tolerables, mete la trompa y se adelanta a los autos particulares… Me encanta. Y, mientras, voy con el celular, leyendo noticias o enviando whatsapps.

Están las incomodidades, claro. Voy a Sopocachi y me toca uno de esos asientitos plegables que obligan a levantarte a cada rato, bajarte, abrir la puerta, dejar pasar, volver a subir, cerrar la puerta… Tengo al lado una señora que lleva el perro al psiquiatra y enfrente un muchacho que no para de hablar por teléfono. Quiero silencio. Después de la lluvia quedaron baches en todas las calles y cada vez que agarra uno, salto del asiento. Pero es lo que hay. Y aún a los saltos sigo amando al minibús.

“La Montes, La Ceja, El Alto…”, sigue Radio Cutipa, con el amigo René Hamel en la flauta. “Toma el que dice 20 de Octubre”, me recomiendan. Voy al consulado argentino a ver a Walter Giménez, un santiagueño que jugaba en Municipal y era una puerta vaivén: te pegaba de ida y de vuelta. Me bajo en Aspiazu, media cuadra y estoy en el consulado. Contento. Me tocó un asiento adelante y pasé todo el viaje relojeando al chofer del minibús, un talento de aquellos. Manejaba con pericia de Fórmula Uno, todo bajo control, el tránsito, los pasajeros, el cambio. Pasaba los semáforos después del amarillo, pero bien, con clase. Tenía puesto audífonos y era una máquina de hablar por teléfono. Una llamada, otra… Habló con la mujer, casi en susurros, porque los bolivianos hablan suavecito, pero se escuchan. Era casi un bisbiseo. Hice mis indiscretos esfuerzos por captar algo, sin éxito. Al final musitó un “te quiero” o algo así. Luego hizo todo un trámite telefónicamente mientras conducía, cobraba, paraba para subir a alguien, y entre todo eso, le había quedado un asiento libre y tocaba la bocinita para atraer nuevos clientes. Y todo tranquilo, sin mover un pelo. Verdaderamente, un crack. En Londres o en Barcelona no lo entenderían. Como esos mozos argentinos o uruguayos que atienden una mesa de ocho, les piden ocho platos distintos, no anotan nada y te sirven todo perfecto.

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“¡Esquina…!”, grita una mujer de atrás, cuando ya la combi había arrancado. “Tiene que avisar, señora”, responde el del volante sin levantar la voz. “Le dije que en la 15”, protesta la pasajera, gruñona. El piloto no se inmuta, le para. Total, una parada informal más no hace diferencia. Me resulta curioso la profesionalidad de los choferes, nunca hablan con el pasaje, son serios, se ciñen a su cometido y van escrutando todo. Tampoco discuten con otros minibuseros cuando se enciman por el tráfico. Cada uno a lo suyo. Al comienzo, por esa modalidad de cobrar al final del viaje y no al principio, me bajé tres o cuatro veces, cerré la puerta y me iba sin pagar. No me acordaba. Me lo pidieron correctamente, sin estridencias: “Boleto, señor…” Me avergoncé y me disculpé más que suficientemente. Luego aprendí, ahora pago antes de bajar.

“Cotahuma, Alto Tejar, Buenos Aires…”. Uno que viene de una urbe donde hay siete ferrocarriles, cada uno con varios ramales y decenas de estaciones, seis líneas de subterráneos y miles de colectivos, minibuses y metrobuses, se extraña. ¿Cómo hace? Pero el minibús se hace cargo del no transporte público. Es un pulpo cuyos tentáculos alcanzan todos los barrios. Villa Fátima, Achachicala, Chasquipampa, Calacoto, Irpavi, Sopocachi…

Me voy y lo extraño. Estoy en Buenos Aires, que tiene todo y no es cómoda, sujeta a horarios y reglas. Como dice el tango de Discépolo, “hay que rajar los tamangos” (gastar los zapatos). No hay organización mejor que la desorganización del minibús.

“Obrajes, Prado, Pérez…” Dos con sesenta, te acomodás bien y vas feliz.

Texto: Jorge Barraza

Foto: Archivo

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Gana el que ficha bien

Jorge Barraza

/ 20 de febrero de 2023 / 02:47

Julian Nagelsmann mira al banco y echa mano a Alphonso Davies, Thomas Müller y Serge Gnabry. Christophe Galtier necesita hacer un cambio, gira su cabeza y no ve a nadie potable, los que están sentados no pueden darle soluciones porque juegan menos que los titulares.

He ahí la diferencia esencial entre el Bayern Munich y el Paris Saint Germain. Además de los once cracks que tiene en campo -todos contrastados y de alto rendimiento-, el técnico alemán dispone de esos tres fenómenos. Y aún le quedan en la recámara Daley Blind y Mazraoui, que fueron figuras en el Mundial para Holanda y Marruecos respectivamente.

Incluso hay tres ausentes ilustres: Manuel Neuer, Lucas Hernández y Sadio Mané, ahora lesionados. Tiene siempre 20 ó 22 profesionales de máximo nivel porque disputa hasta el final todas las competiciones.

Salvo deshonrosa excepción, el Bayern se equivoca poquísimo en las contrataciones. Neuer, Kimmich, Goretzka, Pavard, Davies, De Ligt, Upamecano… Hasta hace poco Lewandowski, Alaba, Hummels, Ribery, Robben… Todos vienen de afuera, todos bien ojeados.

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En el club bávaro no hay pases ruinosos tipo Neymar (222 millones de euros) o Coutinho (160 M€). Con Coutinho y James Rodríguez probaron con un préstamo, no eran lo que ellos pensaban, los devolvieron. Ése es el secreto de su éxito permanente: saber comprar. Y es la clave de la felicidad en el fútbol.

Desde el inicio del nuevo milenio (contando a partir del año 2000) el Bayern ha hilvanado 47 títulos: 17 Bundesligas, 11 Copas de Alemania, 3 Copas de la Liga, 8 Supercopa de Alemania, 3 Champions League (y 2 subcampeonatos), 2 Supercopas de Europa, 1 Copa Intercontinental y 2 Mundiales de Clubes. Descomunal. Y en Champions varias veces llegó a semifinales o a cuartos. Siempre dejando su marca de solidez y confiabilidad. Nunca hipotecando las finanzas.

En medio de semejante cosecha, en 2006 adquirió en propiedad el fantástico estadio Allianz Arena. Hoy es el club de fútbol con más socios en el mundo: 323.000. Y posee 358.886 miembros registrados en sus 4.428 clubes oficiales de fans. El club posee, además, el 51% de una sociedad anónima llamada Bayern Munchen AG cuyos socios minoritarios son tres superpotencias: Adidas (8.33 %), Audi (8.33 %) y Allianz (8.33 %).

Desde luego, está extraordinariamente bien administrado, pero la base de semejante pirámide sigue siendo fichar bien, en base a tres preceptos: capacidad, rendimiento y carácter, los atributos esenciales que necesita un futbolista para triunfar en el club de Beckenbauer y Gerd Müller, padres fundadores de este imperio.

Aunque de naturaleza muy distinta, el Paris Saint Germain es otro notable acierto empresarial. El fondo soberano catarí Qatar Investment Authority compró el 70% de las acciones en mayo de 2011 a un costo de 70 millones de euros. Luego se quedó con el 30% restante.

En septiembre de 2022, la revista estadounidense Forbes estimó el valor de la marca Paris Saint Germain en 3.200 millones de dólares (sólo Kylian Mbappé vale 300 millones). Tomaron un club de escasa trascendencia que había ganado dos ligas desde su creación en 1970 y lo convirtieron en una referencia mundial. Y desde la llegada de Lionel Messi subieron excepcionalmente su imagen y popularidad en redes sociales, también su mercadeo.

En estos once años ganaron 8 ligas, 6 Copas de Francia, 6 Copas de la Liga y llegaron a la final de Champions en 2020, cayendo en la final justo ante el Bayern Munich 1-0 con gol de Kingsley Coman, curiosamente el mismo resultado y mismo goleador del choque de este martes que pasó. En cuatro meses estará listo el ultramoderno complejo deportivo de Poissy, que será la casa de todos los planteles del PSG, con 17 canchas inmaculadas. Y ya está el plan para construir el nuevo estadio por si finalmente el Ayuntamiento de París no le vende el Parque de los Príncipes, donde juega de local hasta ahora.

La inversión qatarí, ha sido un negocio fabuloso, que sigue creciendo y valorizándose. Han universalizado el nombre de un club sin tradición, del que nadie hablaba, al tiempo de alcanzar veinte conquistas y transformarlo en el número uno de Francia y en un grande de Europa.

Desde luego, la corona que falta es la Liga de Campeones y por ella insisten año tras año. Pero para levantar la Orejona se necesita algo más que visión comercial y un plantel correcto: una nómina casi perfecta, como la del Bayern, en número y calidad. De eso carece. Es un plantel mal armado, corto y con puestos no bien cubiertos.

Antes de iniciarse la temporada gastó 147,5 millones en varias caras nuevas: Nordi Mukiele (defensa, 12 M€), Vitinha 41,5 M€, Renato Sanches 15 M€ (ambos centrocampistas), los españoles Fabián Ruiz 23 M€ y Carlos Soler 18 M€ (volantes ofensivos), Hugo Ekitike (delantero, a préstamo) y pagó 38 M€ por la opción del lateral Nuno Mendes. Tres portugueses y dos españoles, huuuummm… Ninguno da la talla para el nivel europeo. Mendes muestra cosas interesantes en ataque, pero no defiende bien; el gol de Coman es todo de él: se distrajo, perdió la marca y Coman, detrás suyo, totalmente solo, marcó a voluntad.

Vitinha ha tenido alguna actuación ponderable en la liga francesa, pero, cuando alguien ficha por encima de los 40 millones, el jugador debe dar garantía inmediata. De seis fichajes importantes, dos al menos deben rendir a satisfacción, es un mínimo grado de acierto. En lugar de mejorar la temporada anterior, la empeoraron. Más que del técnico hay una responsabilidad del director deportivo, el portugués Luis Campos. A él lo apuntan. Deportivamente el club es terremoto. Ayer ganaba 2-0 al Lille jugando pésimo, luego perdía 3-2 y era casi bailado en su propio estadio. Sobre el final logró empatar Mbappé y a los 95 minutos Messi apagó el incendio con un golazo de tiro libre.

Pero el aire es irrespirable. Era tal la tensión y el descalabro futbolístico del PSG que el cuestionado Luis Campos, acusado de los ineficaces fichajes, bajó del palco al campo de juego y empezó a dar indicaciones a los gritos, ignorando al DT Galtier. Nunca visto.

Es verdad que al equipo lo damnificaron numerosas lesiones. Y los que entran no cumplen. Por eso, en lo que va de este año, mes y medio, perdió cinco partidos, tres por liga, uno por Copa (eliminado por el Olympique de Marsella) y el referido ante el Bayern.

El imaginario popular lee Messi, Neymar y Mbappé y piensa en un equipo de estrellas, pero Mbappé estuvo lesionado, Neymar es casi un exjugador y Messi está cercano a los 36 años. Ha hecho un Mundial de locura, pero apoyado por diez gladiadores, acá tira una pared y le devuelven un ladrillo. “El PSG tiene para armar dos equipos”, se comenta en Twitter. Error, no da ni para uno bueno-bueno. La mayoría de la gente no mira los partidos, ve goles sueltos. La Champions es una carrera que requiere de un auto ganador, como el del Bayern.  

Era claro que con esta dotación al PSG no le alcanzaba para la lucha por el continente. Con suerte se le da la liga local y esto provoca una decepción gigantesca. Hay un clima pesado en París, Neymar -lo admitió- se agarró feo con Campos en el vestuario por la mala conformación del plantel.

El Bayern era favorito y se dio la lógica. Al menos en el primer choque. Esto no quiere decir que la llave esté cerrada. Galtier ha logrado recuperar al ejército de lesionados, puede que llegue a Munich con el once titular completo. Y todo partido es ganable, aunque el candidato, como siempre, sigue siendo el que ficha bien.

(20/02/2023)

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2030: Bolivia va al banco

Jorge Barraza

/ 12 de febrero de 2023 / 18:28

Ya está, es oficial: Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile oficializaron el martes último su candidatura conjunta para hospedar la Copa Mundial 2030. Un hecho inédito, nunca hubo cuatro países reunidos en una misma organización.

Corea del Sur y Japón, no por deseo de compartir sino por un salvataje político, fueron los primeros países en dividirse el torneo en cincuenta y cincuenta. Y en 2026 serán tres naciones —Estados Unidos, Canadá y México— las responsables de montar la fiesta.

Ahora lo pretenden cuatro. Parece demasiado, pero es la tónica imperante: unirse. Las exigencias de la FIFA —y del mundo actual— son cada vez más altas y, a no ser por países con muchísimo dinero —Qatar, Arabia Saudita— o con sobrada infraestructura —Estados Unidos, Japón, Inglaterra, Alemania, Francia, España, Italia— es cada vez más difícil para uno solo asumir el reto.

Y aparte porque FIFA entiende que, de lo contrario, habrá muchos lugares adonde la Copa del Mundo nunca podrá llegar. El Mundial cobró una magnitud colosal. Mundiales caseritos como Uruguay 1930 o Chile ’62 ya no podrán repetirse.

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El hecho de que el anuncio haya estado a cargo del presidente argentino Alberto Fernández habla de la firmeza con que va el tema. Porque esta aspiración empezó con su antecesor, Mauricio Macri, y aunque son de signos políticos antagónicos, ambas fuerzas políticas la apoyan.

A efectos históricos, la iniciativa nació por una idea magnífica, redonda: que al cumplirse cien años del primer Mundial, la Copa volviera al sitio donde todo empezó: Uruguay. Como el país de Obdulio Varela no puede sólo con tamaño desafío, sumó a Argentina, quien fue su rival en la final del ’30.

Era una postulación inmejorable con un pretexto perfecto: el centenario de la Copa. Y el Río de la Plata como epicentro, aunque lógicamente Uruguay pondría una sede —Montevideo—, quizás dos —Punta del Este— y el resto en ocho ciudades argentinas.

Pero luego se agregó a Paraguay y más tarde a Chile en la fórmula, lo cual, a ojos internacionales destiñe un poco el encanto inicial, pero también descarga obligaciones económicas: más gobiernos compartirán los gastos.

El martes, mientras se lanzaba la propuesta de Uruguay, Argentina, Paraguay, Chile 2030, Alberto Fernández señaló que sería ideal que se sumara Bolivia. Un apoyo irrestricto y generoso, aunque en Bolivia nadie abrió la boca. “Así podamos recibir un solo partido mundialista, ya sería una fiesta», manifestaron algunos periodistas bolivianos.

Sin embargo, el aumento de 32 equipos a 48 desde la próxima edición 2026, hará que los 64 encuentros que se disputaron hasta Qatar 2022 deban aumentarse considerablemente.

Aunque aún no se decidió cuál será el sistema de disputa en Canadá-Estados Unidos-México, se presume que podrían llegar a 112 cotejos. Por ello, no sería problema darle 10 ó 12 partidos a Bolivia, todavía quedarían 100 para los otros cuatro. Una mayoría de ellos, en Argentina.

Muy bonito, pero, queda solventar un pequeño detalle: hay que ganar la candidatura, porque son cuatro. La elección tendrá lugar el año próximo y la decidirá el Consejo de la FIFA después de estudiar gruesos informes de factibilidad.

El Consejo está compuesto por 38 miembros, cinco de ellos de Sudamérica: Alejandro Domínguez (Paraguay, presidente de la Conmebol), Fernando Sarney (Brasil), Ramón Jesurún (Colombia), Ignacio Alonso (Uruguay) y María Sol Muñoz (Ecuador). Deberán convencer, entre otros, a 10 miembros de Europa, 8 de África, 7 de Asia…. No será sencillo.

Los rivales, hasta ahora, porque aún podría sumarse alguno más, son España, Portugal y Ucrania por Europa, Marruecos por África y Arabia Saudita, Egipto y Grecia en una inédita reunión de tres continentes.

Está última tiene mínimas chances porque, por el principio de rotación, quedaría invalidada pues Asia viene de ser anfitrión a través de Qatar.

Marruecos es reincidente, se presenta por sexta vez, ahora respaldado por su auspiciosa actuación en el reciente Mundial, donde además de buen juego mostró la euforia de su gente por el fútbol. Tiene una ubicación estratégica en el Mediterráneo, desde España sólo hay que dar un salto y ya está.

Es un país económicamente en crecimiento y dado que la última y la única vez de África fue en 2010, podría ser… El adversario a vencer, el más difícil, es España y Portugal, que lo tienen todo: cantidad de ciudades, magnífico sistema de transporte, grandes estadios, hotelería, historia futbolística, el apoyo europeo… En solidaridad con Ucrania, ambos países decidieron sumar a Ucrania en su papeleta. Parece más una intención de congraciarse con los electores, porque para el 2030 faltan siete años, pero ahí está.

La contra de la postulación ibérica es que el último Mundial en Europa está muy fresco: Rusia 2018.

¿Por qué se dividieron el Mundial Japón y Corea…? João Havelange aún era presidente te la FIFA hacia 1996. Le había prometido el torneo a Japón, igual que su secretario general Joseph Blatter, pero antes de llegarse a la votación —el 31 de mayo de 1996— sondearon a los miembros del Comité Ejecutivo —así se llamaba entonces— y, con estupor, advirtieron que estaba ganando claramente Corea del Sur, por lo cual se anticiparon y le ofrecieron al doctor Chung Mong-joon, presidente de la Asociación Coreana y dueño de la Hyundai Motors, compartir la sede y evitar el riesgo de los votos.

Mong-joon aceptó y el Mundial fue perfecto, aunque nunca hubo un deseo real de unidad en el emprendimiento. Corea y Japón querían la Copa en solitario. 

Los primeros comentarios a la pretensión sudamericana fueron “Cuatro países, ¿no es demasiado…?”. No es poco, sin embargo, Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile suman 4.120.317 km cuadrados frente a los 21.096.638 de Estados Unidos, México y Canadá. No llega a ser un quinto de territorio. Y en la Copa de 2026 habrá dieciséis sedes. En Sudamérica serán alrededor de diez. De modo que no puede ser esgrimido como obstáculo.

El concepto de “Mundial compacto”, que vendió la FIFA para Qatar 2022, o sea todo en una ciudad con cientos de miles de turistas-hinchas confraternizando, resultó excelente, pero se desvirtuó completamente para 2026, que será un torneo desperdigado. Un día se juega en Ciudad de México, al siguiente en Vancouver, al otro en Nueva York, luego Los Ángeles… En Europa sería como ir de Lisboa a Moscú, de Moscú a Roma, de Roma a Oslo…

El mejor argumento sudamericano para convencer a los miembros del Consejo de la FIFA debe ser LA PASIÓN. No hay ninguna otra región del planeta donde el fútbol se viva con igual intensidad que acá. Sobre todo, en Argentina.

Decir que quienes vengan de otras latitudes vivirán una atmósfera jamás imaginada de euforia. Activar la pasión en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, no requiere de tecnología ni de presupuestos, sólo hay que llevar el Mundial y ya. El hincha, solo, hace el resto.

El sueño mundialista está. Por ahora, Bolivia va al banco de suplentes; a ver si se anima a entrar…

(12/02/2023)

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¿Y los muertos de Qatar…?

Jorge Barraza

/ 5 de febrero de 2023 / 22:46

La honda preocupación occidental en general, y europea en particular, durante noviembre y diciembre últimos fueron “las violaciones a los derechos humanos en Qatar y los obreros fallecidos en la construcción de los estadios en el emirato”.

Quienes allí estuvimos, y fuimos alrededor de dos millones de visitantes, no advertimos tales violaciones durante nuestra estancia y no se registraron reclamos o protestas durante la visita de los extranjeros, siempre una imperdible ocasión de manifestarse para los locales en desacuerdo con algún tema.

No hubo restricciones para los turistas-hinchas, como predijo la prensa europea, ni semejó en nada a un estado policíaco.

Sí se disfrutaron libertades casi sorprendentes, incluso se respiró un bellísimo aire a confraternidad, a convivencia multirracial, a seguridad. Y sobre los muertos, no los desmentimos en absoluto, tampoco los confirmamos, simplemente seguimos aguardando informes oficiales de la Naciones Unidas, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de los propios gobiernos de los supuestamente fallecidos o mismo de sus familiares.

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¿Quién ganaría este duelo imaginario…?

Sobre esto último, es muy curioso no haber escuchado nunca una voz doliente por un esposo, un hijo, un hermano víctima. La OIT incluso abrió una oficina en Doha el 30 de abril de 2018 para colaborar y seguir de cerca la implantación “de un exhaustivo programa sobre las condiciones de trabajo y los derechos laborales en dicho país”, según informó.

Se fue el Mundial y los medios europeos no se refirieron más al tema. Nadie confirmó las muertes ni se dieron listas de nombres ni pruebas. Todo se basó en una información publicada por el diario inglés The Guardian, que, aseguró, hubo la impresionante cifra de 6.500 trabajadores muertos. Pero no ofreció documentación probatoria alguna.

El Gobierno qatarí, por su parte, contrarrestó: “Sólo se registraron tres fallecimientos por distintos accidentes en las obras”.

Hay 6.497 muertos de diferencia. En un tema tan delicado y que atañe a la sensibilidad humana, lo coherente sería un informe serio refrendado por gobiernos y organizaciones confiables.

Pero pasó el Mundial y parece haber pasado también la inquietud de esos mismos medios que, quince o veinte días de comenzar el torneo, como coordinados, arreciaron con reportajes y notas acusadoras. Tras la final no se habló más del tema.

¿Enterraron a los 6.500 muertos…? ¿Europa y Occidente necesitan un juguete nuevo…? ¿El Mundial les salió mal porque fue un éxito organizativo y futbolístico indiscutible…? “La final fue tan buena que fortaleció al Mundial entero, incluso a Qatar, en ese juego de proyecciones que hace el fútbol”, declaró con acierto Jorge Valdano tres días después de caer el telón. Pero puso algún reparo: “Una cosa es la realidad y otra la percepción, ayer la percepción fue que el Mundial ha sido un éxito“. Con esto último nos quedamos todos. No obstante, a Jorge le pasa lo que a muchos que viven y trabajan en Europa: les cuesta rendirse a la excelencia organizativa de Qatar.

Lo pueden las sospechas. Fue un Mundial magnífico, pero ya estaba tan vilipendiado que muchos se quedaron sin retorno. Ahora, cada mención en los diarios españoles, franceses o alemanes comienza con un latiguillo: “el polémico Mundial de Qatar”. No explican por qué.

La causa esgrimida para las presuntas muertes de miles de operarios en las construcciones fue que Qatar es un “país-horno” (definición de la alemana revista Der Spiegel) y que los pobres nepalíes, indios, paquistaníes, bengalíes, etcétera morían por el calor. Esta afirmación, resultante de una amplísima nota de la revista estadounidense Time. Pero tal veredicto choca con una constatación personal que hicimos in situ.

Nos sorprendió que en noviembre-diciembre hiciera una temperatura cercana a los 30 grados (a veces menos) entre las 11 de la mañana y las 5 de la tarde, para luego bajar considerablemente. Incluso llegaba a estar muy fresco durante la noche. Conste que los partidos eran en su mayoría a las 18, 20 y 22 horas.

Durante el torneo nos encontramos en el estudio que Win Sports montó en Doha con la familia Pacheco, colombiana, que vive hace dos años en Doha. Quisimos ahondar sobre el clima. Pablo, el padre de familia, un ingeniero en petróleo, respondió: “Calor fuerte, bravo, es en julio, agosto y primera quincena de septiembre.

El resto del año es como ahora, un calorcito agradable y, al caer la tarde, fresquito”. De modo que no cierra que durante ese breve lapso murieran tantos miles, sobre todo porque en un momento de las construcciones se decidió cambiar el horario laboral y que empezara a las 4 de la mañana. Además, mediaron doce años y nueve meses entre que Qatar fue elegido como sede -el 2 de diciembre de 2010- y el comienzo del Mundial. Hubo hartísimo tiempo y dinero para levantar los estadios sin necesidad de forzar la maquinaria humana.

Harold Mayne Nicholl’s, chileno, inspector de FIFA para evaluar las candidaturas de los Mundiales 2018 y 2022, dio a Qatar la nota más baja de todas, lo cual conllevaba una recomendación a no votar por el emirato en la elección. Entregó su evaluación el 14 de septiembre de 2010. Sin embargo, luego cambió radicalmente su postura.

Días antes del puntapié inicial del torneo declaró: “Me atrevería a decir que este será un Mundial excepcional”. Y lo explicó: “Yo no tenía derecho a oponerme a Qatar. Sí a informar que, de todas las sedes que se proponían para el Mundial, esta reunía menos requisitos positivos en 2010. Pero esa no es la situación de hoy. Tomaron el informe que hicimos y actuaron para corregir todas las falencias. Y lograron lo más difícil, que era cambiar la fecha para evitar el calor. El Mundial será espectacular». Y acertó.

Queda la sensación de que todo lo que no se hace en Europa está mal y hay que denostarlo, mancharlo. Rusia 2018 fue también un Mundial fantástico en lo organizativo, pero Rusia es mala palabra para los países cercanos al meridiano de Greenwich y los periodistas de Occidente se cuidaron de dedicarle cualquier elogio.

Simplemente tragaron y a seguir adelante. La aprobación por parte del Consejo de la FIFA del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026 tal como quedó anunciado sí es un desacierto que desvirtúa la noción de país-sede, de fiesta aglutinadora. Un torneo que se dispersará sobre un territorio de más de 20 millones de km cuadrados, donde los aficionados no podrán viajar miles de kilómetros diariamente para seguir los partidos que prefieran (en Qatar se podían ver dos y hasta tres por día).

Es física y económicamente muy complejo. Será un Mundial exclusivo para la televisión. Y para recaudar. Y en junio-julio quizás hará en México y Estados Unidos un calor insoportable, mucho peor que en Qatar, como lo padecimos en 1986 y 1994. Pero no se harán referencias al tema, nadie se escandalizará. Y es muy dudoso que refrigeren los estadios.

Mucho gasto. Francia ya avisó que no habrá aire acondicionado en la villa olímpica en los Juegos del año próximo y los atletas protestan.

Como en Qatar, el Mundial 2026 irradiará la imagen positiva o negativa que los medios dominantes construyan. Un ejemplo de su tremendo poder.

A propósito de Europa y de muertes, el 22 de enero, el jefe de Estado mayor noruego Eirik Kristoffersen reveló que la europea guerra ruso-ucraniana acumula ya 180.000 muertos o heridos en las filas del ejército ruso, 100.000 del lado ucraniano y 30.000 civiles muertos, o sea 310.000 en total. Número que aumenta día a día. De esto sí hay certeza.

(05/02/2023)

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¿Quién ganaría este duelo imaginario…?

Jorge Barraza

/ 29 de enero de 2023 / 21:50

La Copa del Mundo le debe al planeta fútbol una final Argentina-Brasil, el máximo clásico posible de este deporte. No existe nada igual, ni siquiera parecido. Por categoría, historia y rivalidad. Llevan 109 años chuceándose.

Ni Alemania-Francia, ni España-Italia, ni Inglaterra contra cualquiera de ellos generaría la expectativa universal del duelo sudamericano. Sería un choque de trenes que batiría todos los récords de audiencia del deporte. Y más allá del deporte también. Ocho títulos mundiales entre ambos y 13 finales disputadas. Una locura.

Estuvieron cerca de encontrarse en semifinales en Qatar 2022, lastimosamente Brasil se encontró a la vuelta de la esquina con un verdugo inesperado, Croacia. Hubiese sido espectacular verlos, aunque nada se parecerá a una final. Ojalá el Mundial 2026 nos haga ese regalo.

No obstante, como juego periodístico podemos hacer un partido imaginario entre el once ideal histórico de Brasil y su par de Argentina. Dos máquinas. Entre 1914 y 1956 Argentina le ganaba seguido, hasta que en el ’57 apareció un muchacho Pelé y se terminó el dulce.

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La pulseada se hizo palo y palo. En los ‘90 se desniveló con el surgimiento de los Rivaldo, Romario, Ronaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos, Kaká, Cafú… Demasiados cracks juntos. Y en los últimos tiempos volvió a emparejar la celeste y blanca. El historial ahora está 42 victorias para Brasil, 41 para Argentina. Ninguno permite que el otro se le escape.

La elección de los jugadores es a gusto del cliente. En nuestra consideración, Argentina debería ir con Fillol o Dibu Martínez en el arco; Cuti Romero marcando la banda derecha, Ruggeri y Passarella en la zaga y Olarticoechea marcando la otra raya. Burruchaga, Redondo y Maradona en el medio; Messi, Di Stéfano y Kempes arriba. Un 4-3-3 pero con Maradona también en actitud ofensiva. Batistuta, Caniggia, Sívori, Houseman, Bochini al banco. Y el técnico: ¿Bilardo, Menotti…? Mucho, pero mucho antes, Scaloni. Para empezar, Scaloni no le tendría miedo a Brasil.

Brasil alistaría a Marcos en la valla; a cargo del andarivel derecho Dani Alves (Cafú tenía más ida y vuelta, Alves más fútbol en la cabeza y en los pies); Aldair y Luis Pereira en el fondo, Roberto Carlos subiendo por el carril izquierdo. Gerson y Falcão en el centro del campo, Garrincha, Zico, Pelé y Ronaldinho en ataque. El sistema tradicional brasileño: 4-2-4. Y esto sí sería un desperdicio: Jairzinho, Tostão, Rivelino, Romario, Rivaldo, Ronaldo, Junior y una docena más de monstruos sentados junto al técnico Telé Santana al costado del campo.

La lista de convocables de Brasil es mucho más rica y extensa. Claro que al campo entran once y ahí Argentina equipara. Lo único seguro es que ninguna otra selección podría alinear tantos artistas como estas dos.

Si se juntaran Alemania, Francia, Italia, España, Holanda e Inglaterra, incluso Hungría, tal vez no alcanzarían a componer una aplanadora como éstas. En cambio, si Argentina y Brasil se combinaran, Europa entera no tendría ni una remota posibilidad de triunfo. Allí, mirando del hoy hacia atrás, nos damos cuenta de la abundancia de artistas sudamericanos y nos enorgullece.

Para empezar, son dos estilos distintos. Jogo bonito y contundencia Brasil, personalidad y buen fútbol Argentina. Arquero por arquero, gana la Albiceleste, Fillol y Dibu Martínez son más que Taffarel, Leão, Félix, Julio César, Dida, Alisson… No ha sido tierra de arqueros el país del carnaval.

El mejor goleiro brasileño que este cronista vio fue Marcos, el discreto pero segurísimo portero del Palmeiras que Felipão Scolari, quien lo conocía de ser multicampeón con el Verdão, lo llevó al Mundial de 2002 y fue decisivo en la conquista del título.

En eficiencia, Marcos no está nada lejos de Fillol o Dibu, en transmisión de coraje, estos dos le sacan una ventaja. 

En las dos bandas se impondría Brasil, cuyos laterales han sido los mejores del fútbol mundial. Ejemplo: en la izquierda, la Verdeamarilla ha contado con Nilton Santos, Francisco Marinho (fabuloso), Junior, Branco, Marcelo… Cualquiera de ellos sería el mejor marcador zurdo de todos los tiempos de, al menos, 200 selecciones. Y en la derecha, otra lista dorada: Cafú, Carlos Alberto, Leandro, Josimar, Paulo Roberto, escaladores espectaculares por su punta. Argentina opondría a Cristian Romero, que ni siquiera es lateral puro, pero se le da bien ese sector, tiene anticipo, velocidad, extraordinario sentido de la marca y un rigor terrible.

La izquierda debería ser clausurada por el Vasco Olarticoechea, tampoco lateral nato, sin embargo un jugador de una sangre conmovedora, con buena intuición de quite, pero especialmente con un corazón de oro, nunca estaba vencido, siempre sonriente, pecho henchido, soldado para todas las batallas. Los laterales de la Canarinha superan en clase a los gauchos, pero éstos tienen más instinto de marca.

En la cueva (término perimido, pero bello, permítasenos exhumarlo), Ruggeri y Passarella ofrecen juego aéreo, temperamento y determinación defensiva. Aldair y Luis Pereira, calidad y salida limpia, dos talentos que podrían haber sido volantes ofensivos de tanta calidad que poseían. Luis Pereira no te quitaba la pelota, te la sustraía. Defensivamente, en Brasil resaltan elegancia y proyección, en Argentina, firmeza y seguridad.

En la franja central, roba Brasil con dos genios: Gerson, el más estrepitoso armador, distribuidor y lanzador, con un don de mando excepcional (“Él era nuestro líder en el campo”, afirma Tostão), y a su lado Paulo Roberto Falcão, el Beckenbauer del mediocampo, capaz de subir y anotar doce o trece goles por temporada. Intentarían oponerse Redondo, el Falcão argentino, un medio sin gol aunque de manejo lujoso, exuberante y con buena mentalidad, y Burruchaga, volante completo: técnica, inmenso despliegue, rapidez y gol. No se le conoce un gol errado a Burru. Polifuncional, además.

Adelante, una constelación de monstruos. Es complicado decir quién prevalecería en esa línea porque son fenomenales los cuatro de cada equipo. En los dos casos, cabe pensar en qué podrían hacer las defensas ante tamaños rivales.

Se nos ocurre imaginar las paredes que podrían construir Pelé y Zico, dos tocadores en corto celestiales, pero enfrente también estarían Maradona y Messi, que harían auténticos desastres con la retaguardia brasileña. Garrincha y Ronaldinho en los extremos de un lado, el carácter indomable de Di Stéfano y Kempes del otro.

Obviamente están los que se escandalizarían de ver tantas figuras de ataque juntas. “¿Y quién marca…?”. El que quiera hacerlo. La mayoría va a querer jugar y atacar. ¿Cuál de los dos se apoderaría de la pelota…? Imposible responderlo.

¿Quién ganaría en este enfrentamiento…? Difícil determinarlo. No hablamos solo de jugar lindo, que estaría asegurado, sino de golear y corajear. Lo seguro es que, los dos, al recuperar la pelota, irían hacia adelante por una cuestión de vocación innata de los actores.

Se supone que Brasil será más persistente en ataque y más proclive a cuidar la casamata, pero las estadísticas concuerdan con esta apreciación.

El cuarteto albiceleste suma 2.018 goles (794 Messi, 523 Di Stéfano, 354 Kempes, 345 Maradona), el brasileño 1.798 (765 Pelé, 523 Zico, 395 Ronaldinho, 115 Garrincha). Entre ambas delanteras hay 3.814 goles, parece ciencia ficción. Es el clásico de los irmaos. Si se diera de verdad, explota el mundo.

(29/01/2023)

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