lunes 8 mar 2021 | Actualizado a 15:21

Chiquinha

/ 27 de enero de 2021 / 09:27

Ch’enko total

Está difícil escribir hoy, amigos queridos sucumben cada día por este virus cabrón. Por eso, mejor recordar. Recordar a los pioneros de la canción latinoamericana. Buena idea. Es cierto que los géneros musicales como el minué, el vals, el chotis, la polka eran cultivados en estas tierras con la llegada de los europeos. Sin embargo, por 1850 llegan los encontronazos musicales interculturales y nacen géneros propios en nuestro territorio, especies mestizas que nutrirían el cancionero latinoamericano. Un hermoso ejemplo es el de Francisca de Gonzaga, Chiquinha (1847- 1935), carioca de luz propia, hija de un general del ejército imperial brasileño, heredera de tierras y esclavos, tocaba en su piano, como muchacha decente, minuetos, polkas y rondós que salían de sus deditos virtuosos en los atardeceres plácidos, mientras su madre seguramente cosía y tomaba té con las amigas. De pronto, la joven se complica la vida, comienza a escuchar y a mirar los barrios populares poblados de afrobrasileños, observan sus ojos hermosos los ritmos y melodías nacidas de esos poblados: eran muy interesantes… Observan sus ojos curiosos los abusos de la esclavitud colonial: eran muy dolorosos.

Chiquinha es obligada a casarse con un militar, tiene tres hijos, su carácter rebelde enoja a la sociedad colonial. Allá por 1870, con 22 años, invita a algunos músicos negros y mulatos a poblar el patio del fondo de la casona, a ocultitas empieza a formar ruedas de música con los músicos de las favelas. A Chiquinha le fascinó la concepción melódica rítmica de estas músicas, las cadencias cromáticas, así como también sus armonías inusuales. En 1877 compone en estos Rodos de Choro (Ruedos de lloro), una polka extraña, pero: ¿era una polka? La bautiza como Atraente, los músicos arrastraban la melodía, jugaban con los instrumentos, latía la sensualidad afro, circulaba la caipirinha. Un lúcido editor imprime la partitura que empieza a invadir los salones coloniales, los bares, las fiestas, los rodos de esclavos, en fin, sonaba un nuevo género: el choro. El choro había sido alguna vez una polka pero ya no era polka, era un género nuevo, mestizo, mulato, creado esta vez por una niña blancona. El padre y el marido contratan niños esclavos para que quemen las partituras de Atraentepero la música ya había invadido el alma de la brasileñidad.

El choro fue un encuentro de saberes, lo menos esperado por la sociedad imperial. Además era creación de una joven mujer de la corte que es expulsada de la familia patriarcal. Francisca de Gonzaga debe mantener ahora a sus hijos con clases de piano, vive en una pensión, prueba y afina pianos en las tiendas, esa mujer despreciada por la sociedad patriarcal y esclavista es la pionera de la canción latinoamericana, y no solo eso, poblada de rebeldías se enamora de nuevo y vuelve a separarse de un amor infiel, vende partituras de casa en casa para poder comprar la libertad de su flautista, un negro hermoso y virtuoso llamado Ze, antecedente del gran Pixinguinha. Es militante de la abolición de la esclavitud negra que por fin triunfa en 1888.

Chiquinha decide probar suerte en Portugal, vive en Europa algunos años, compone más de dos mil canciones, choros, chorinhos, maxixes, lundus… Dirige orquestas populares, es creadora de operetas, obras de teatro y, para rematar la cosa, a los 52 años se enamora de uno de sus músicos, un joven de 17 años a quien decide adoptar para tapar ese amor prohibido. Feminista, antiesclavista, primera compositora del Brasil contemporáneo, todo un personaje, muere a los 83 años poblada de éxitos, pero no de fortuna, pues la industria musical brasileña recién nacía.

Si uno analiza la partitura de Atraente analiza el espíritu del Brasil antropofágico, el ahora choro incorpora forma e intenciones de la polka pero se fecunda en la sensualidad rítmica  y en la alegría triste del pueblo africano traído en redes a tierras sudamericanas. Nuestro homenaje sentido a esta mujer valiente. La brasileñidad, en la segunda mitad del siglo XX, le reconoce sus méritos, crea líneas de investigación, editoriales, ensambles y sellos musicales sobre su obra y hasta  realiza telenovelas en su honor. Nada es suficiente para honrar esta vida valiente poblada de sufrimientos y tropezones que florece en creaciones musicales, hoy patrimonio musical de nuestro continente. Esito sería. Hey dicho.

(*) EL PAPIRRI: Personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Don Pedro

/ 3 de marzo de 2021 / 11:38

Ch’enko total

El recuerdo más añejo que tengo de Don Pedrooo… tengo siete añitos, camino de la mano de mi mamá la calle Rosendo Gutiérrez de La Paz, llegamos a la esquina de la avenida 6 de Agosto, entonces súbitamente empiezo a volarrrrr: dos manotas seguras, fuertes me hacen dar vueltas y vueltas. Asustado miro el rostro de Don Pedro y sus bigotes de galán mexicano, miro sus músculos poderosos y vuelo, vuelo como nunca me había pasado. Mi papá no me hacía volar. Don Pedro me hacía volar mientras mi madre iba escogiendo las revistas. “¿Me da por favor Vanidades para la Cristinita, para los chicos El Gráfico, para mí Siete Días, por favor, Don Pedro?” Entonces aterrizaba, lo veía absorto desde mi pequeñez. Era un gigante, un gladiador mestizo que sonreía, siempre sonreía, acariciaba mi pelo y me regalaba un Mu mu. El abuelo Andrés había hecho llegar platita de sus derechos de autor y felices nos dábamos el lujo de comprar revistas y un par de chocolates Nestlé, unos rojitos que tenían un papel estañado que a veces servía para la camiseta de mis arqueros de tapagol. Entonces mi mamá le paga a don Pedro, como despedida me regala su más franca sonrisa y me sube a su muslo de mármol, me ata los zapatitos. “chau, Manuelito”, me da un beso sonoro en la cabeza… Lo veo despedirse. Mi héroe se queda en la esquina, en la revistería para atender al público, solo deseo volver pronto a dar vueltas y vueltas en la calesita poderosa, a volar en los brazos de Don Pedro.

A los nueve años me recuerdo de arquero, toda la semana practicábamos en el callejón los pelotazos que se venían en serio los sábados en la tarde, trancábamos la Rosendo Gutiérrez con nuestras chompas de arcos. “¡No hay paso!”, indicábamos felices, jugábamos  tres horas un fútbol bastante violento. Allí aparecía otro Don Pedro, un aguerrido defensor con muslos de acero, yo suplicaba en oraciones personales ser de su equipo; a veces me tocaba, a veces no, dependía de los que escogían ganando la última pisada. Me decían Gatti, sobre todo por mi actitud suicida. Desde el arco lo veía a Don Pedro lanzar remates certeros que me doblaban las manos, pero como era defensor mis delanteros sufrían mucho más con aquel poderoso marcador de punta izquierda. En esa época los muchachos contaban historias épicas de Don Pedro, decían que era cachascanista, el tercer Don Pedro era Cruz Diablo, contaban que  había dejado de luchar por su familia, yo soñaba con Cruz Diablo haciéndolo papilla a Blue Demon, defendiéndome de la momia… con esto más, Don Pedro era mi principal héroe de la infancia, mejor que Batman, porque además lo tenía en vivo y en directo en la esquina de la revistería.

Luego nos prohibieron trancar la calle los del Tránsito, entonces descubrimos una canchita en la avenida Arce, donde hoy es la plaza Bolivia. Le llamamos la Bronco, una cancha de a ocho, de tierra, con arquitos de madera, allí veías la peregrinación de todos los changos. Yo había cumplido 11 años, era puntero derecho, por suerte no me marcaba Don Pedro sino el Pardal, pero lo mejor era jugar en su equipo. Fueron miles de meses que jugamos con Don Pedro en la Bronco, que era nada menos la cancha del Hospital Broncopulmonar. Nuestros camerinos eran la cocina del hospital, a veces pecábamos y le dábamos un manotazo al arroz que bullía furibundo, el árbitro —que además nos alquilaba la canchita— era el Mallku, el jefe de los enfermeros, siempre de blanco impecable. Tardes heroicas en la Bronco. Jugábamos hasta que la noche nos empujaba a las casas. No olvido un sábado de aquellos: llegó un cuate de  barrio ajeno directamente a anular mis gambetas con violencia; era mayor, me daba patadas por todo lado hasta que me calenté y le di un buen empujón que lo tiró de culo. Se levantó para sacarme la mierda y entonces apareció Don Pedro, se puso en el medio, Cruz Diablo lo puteó al extraño, le dijo que aquí venimos a jugar, no a pegar. Lo sacó de la cancha y de un grito le ordenó al Mallku sacar la roja. Todo volvió a su curso porque lo teníamos a Don Pedro, el Padre del barrio, la moral de nuestra comunidad.

Era el primero en llegar a la cancha y precalentar, era el único que compartía su papaya Salvietti cuando ganaba. Dicen que su puesto cumplió 60 años, o sea que Don Pedro llegó al barrio cuando yo nacía. La revistería sigue en la esquina. Hoy está cerrada, solita, nuestro Tata Mayor, nuestro Jach’a Pedro, nuestro papá comunitario ha partido de este mundo a los 82 años. Se fue el pilar, el último que daba sentido al barrio. Don Pedro Arratia descansa ahora, nos mira desde alguna nube con sus bigotes de galán mexicano y sonríe, siempre sonríe.

Su esposa Doña Exalta, sus hijos de verdad Eli, Cruz y Wilma; sus nietos Pedro, Claudia, Gabriela, Paola, Rodrigo, Isabel, Maggy; sus bisnietos Carlos, Alejandra, Valentina, Samantha y Sofia; sus hijos adoptivos del barrio Gafo, Carlos, Germán, Chiri, Jacinto, Sevas, Paco, Andrés, Rodrigo, Felico y yo, el Manuelito, lo lloramos y oramos para que su presencia pueble siempre nuestros corazones y que sus valores de solidaridad y respeto guíen nuestro camino. 

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Piraí Vaca, en Quito

/ 10 de febrero de 2021 / 14:32

Ch’enko total

Se iniciaba el 2011, me encontraba como gestor cultural trabajando en la Embajada de Bolivia en Quito. Había un ambiente difícil de laburo, la frase “no hay presupuesto para cultura” se escuchaba siempre en las reuniones de equipo. Sin embargo, me daba maneras creativas para que Bolivia estuviese en cartelera. Entonces llega a mi correo electrónico un aviso de la Fundación Cultural Sucre (FCS), poderosa institución que operaba los principales teatros quiteños, además de elencos artísticos y festivales. El aviso decía: “Muy pronto, en mayo, Tercera Bienal Internacional de Guitarras en todos nuestros escenarios”. Me escuece el desafío, estábamos en enero, ¿le meto al asunto? “Qué put’s”, digo decidido, investigando el nombre y contacto de la directora de la Fundación y solicitando audiencia. Hago mails a cuatro guitarristas connacionales profesionales, pidiendo que manden urgente su material en físico para postular, les mando el link del evento.

Mientras espero la audiencia y organizo la primera Fiesta de Alasitas en Ecuador con la FLACSO, llega en courrier el material del guitarrista Piraí Vaca con un hermoso video, un disco pulcro, un folder con el CV repleto de links. Le comento al del escritorio del frente, un diplomático de carrera circunspecto, la idea de postular a Piraí en la audiencia con la Fundación. “Para qué vas a hacer eso, la señora es intratable, la conozco. Es en vano, además no tenemos presupuesto, la embajada no es una oficina de contratación de artistas, tienes que pagarte el taxi hasta el centro histórico, eso te cuesta unos 30 dólares, ¿y cómo volverás? ¿En taxi también? Calcula, pues”.

Quince días después llega la audiencia. Me doy maneras de llegar, salgo con una hora de anticipación, un cuate administrativo hecho al jefe de personal me pregunta dónde voy, le explico todo, sonríe como diciendo: “este gil”. Me recibe la directora en su oficina solemne ubicada en la parte trasera del hermoso Teatro Nacional Sucre, un teatro histórico. Era una señora seria, muy protocolar pregunta: “¿Qué le trae por aquí?”. “Mire doctora —le digo— pude ver que están organizando un Festival Mundial de Guitarras… ”. “La Tercera Bienal Internacional de Guitarras”, corrige rígida. “Sí —le digo—, Bolivia tiene un gran guitarrista clásico. Este es su material, quisiéramos que lo considere…” Ella mira el DVD, ingresa a su laptop Mac, revisa obsesiva, una luz azul enciende su cara, silencio tenso. “Bueno, si la Embajada de Bolivia lo postula, lo consideraremos”, dice abriendo más links. “Déjeme el material, lo revisaremos con el Consejo de la Fundación, aunque le adelanto que estamos un poco tarde”. Se para, le doy mi tarjeta, me despide dándome una mano helada.

Al salir de la oficina recojo el tríptico que anunciaba la tercera Bienal. “La primera y segunda Bienal tuvo un contenido más tradicional y clásico, pero en esta tercera queremos mostrar la versatilidad de la guitarra, con la idea de irnos a lo popular, al jazz, bossa nova, recorrer las músicas del mundo en la guitarra”. “¡Uy! —me digo— No importa, lo sustancial es que hice la gestión”, palmeo mi conciencia. Retorno a casa exhausto luego de dar vueltas y vueltas en un bus interminable. En casa reviso mejor el tríptico, “la Tercera Bienal se realizará del 17 al 22 de mayo, están confirmados el estadounidense Stanley Jordan, Fabio Zanon de Brasil y la Orquesta de Guitarras de Quito con el concertista ecuatoriano Terry Pazmiño”, comunica el impreso indicando el precio de las entradas en preventa.

Al día siguiente hago el informe escrito detallado de la gestión al Jefe de Misión. Pasan los días, llega la primera Fiesta de Alasitas en Ecuador que organizamos con los estudiantes bolivianos maestrantes de la FLACSO en su explanada; sale bien, lindo presagio del Ekekito. A principios de febrero llama la doctora de la FCS a mi celular. “Señor Monrroy —patina la erre— el consejo ha aprobado la postulación del guitarrista Piraí Vaca, le llamará el encargado de la Bienal, muchas gracias”. Cuelga. Salto de alegría. El gran guitarrista había convencido al Consejo y sus doctores. Bolivia estaría presente en semejante evento. Días después, llama el encargado de la Bienal. “Nosotros nos encargamos de todo, por favor deme los contactos con el artista”. “Le ruego poner el logo de nuestra misión en el programa”, le ruego. “Hummm, haremos lo posible”, responde en quiteño.

Todo fluye perfecto. Piraí coordina directamente con la FCS todos los detalles de su arribo, pasajes aéreos, caché, lo alojan en el hermoso Hotel Quito, con alimentación incluida. El viernes 20 de mayo de 2011 da un concierto magistral en el Teatro Nacional Sucre con full público que lo ovaciona. El sábado 21 toca el genial Stanley Jordan en el mismo escenario. El día del concierto de Piraí, aquel funcionario diplomático de carrera mira circunspecto desde palco. En el vino de honor posterior saca cientos de fotos al Embajador con el artista, me saluda con las cejas. Ahí va la foto con Piraí Vaca en el aeropuerto de Quito, el artista la puso hace unos días en su ‘face’ y motivó este recuerdito. El minibús es de la Fundación Cultural Sucre, por si acaso.

(*) El Papirri: Personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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Brazos caídos

/ 13 de enero de 2021 / 10:09

Ch’enko total

¿Qué puede hacer hoy un músico sin trabajo? ¿Sin ingresos? ¿Sin tocadas? ¿Sin conciertos? ¿Sin un boliche donde actuar? Somos nomás como aquel desaparecido videoclip de mi canción La mamada, donde estoy en la calle Yungas, sentadito al lado de los plomeros, albañiles, con mi maletín que dice: “músico”. Ningún gobierno se acuerda de nosotros. Ningún gobierno pone fin a la mala administración de nuestros derechos de autor. Este año recibí Bs 86 de derechos de autor del semestre I- 2020. Y eso que mi canción Alasita da vueltas por el país, en Cochabamba la escuché en todos los canales locales por octubre, mes que decidieron hacer la Feria del Ekeko. ¿Entonces, qué pasa? Uno sale pues a tocar, a venderse, saca un disco, va a la radio a anunciar y zas… se contagia con el virus cabrón. En este momento tengo por lo menos 20 colegas que se baten con la muerte en lucha desigual, tocaron en algún pub o en algún teatro con mitad de boletaje o ensayaron en la Sinfónica para tener algún ingreso y les cayó el virus. Por suerte están en el dígito cuatro y su organismo responde, se rebela, saca aire de donde puede, soporta 12 pastillas diarias. Siempre está una madre, una compañera, un novio para cuidarlos y ver cómo enfrentar esta batalla tremenda.

Por eso quiero agradecer a la Universidad Pública de El Alto (UPEA) que se acordó de mí y me dio trabajo estos últimos dos meses en la docencia. El título de Maestro de las Artes, especialidad Música, que me otorgó el Ministerio de Educación en 2017 me habilita para ser docente de la Maestría en Composición y Arreglos Musicales 2020, cursos de Posgrado de la UPEA. Dicto por segundo año consecutivo el Módulo IV sobre Composición de letra y música en la música popular, que estamos por concluir estos próximos días. Pero sobre todo me habilita la experiencia, el oficio de 40 años haciendo canciones además de 20 años de docencia en años pasados, sumados en nuestro querido Conservatorio de La Paz y el Taller de Música de la UMSA.

Siempre me gustó la docencia. Solo que esta vez —acostumbrado a la clase presencial— se puso más complicada la cosa por la pandemia y el tema tecnológico. El 9 de diciembre pasado inicié la primera clase por Zoom, yo había hecho unos cinco programas culturales de televisión, pero ahora temblaba, sentía que de golpe y porrazo era camarógrafo, sonidista, conductor, todo a la vez. No salió tan bien, pedí socorro a mis amigos tecnológicos para afrontar en mejores condiciones la segunda clase del 11 de diciembre, aprendí a perderle miedo a la autoeducación mediante los salvadores tutoriales de YouTube y le agarré al asunto. Mi clase tiene videos, partituras y también audios, mostrarlos por la pantalla de la clase Zoom fue todo un mérito, más aún porque en una de las clases a un alumno se le ocurrió dejar abierto el audio de su celular e irse a pasear… el cuate dejó el celular con sus dos wawas y la tele prendida. 30 minutos hablé a los gritos encima de alaridos de nenes y diálogos de una telenovela, el alumno pensó que con eso yo le iba a poner el puntaje de asistencia. Yo no era el anfitrión de la clase, no podía cortar ese audio abierto, el anfitrión era un técnico de la Universidad que también desapareció del mapa. Me di cuenta de que era muy peligroso esto del Zoom, si no lo manejas con cautela puede darte unas quemadas públicas gigantescas. El asunto es también peligroso porque si no operas esta cuestión tecnológica el alumno te considera un gil, un ignorante… Como si en la tecnología estuviera el conocimiento.

Mi clase tiene una visión histórica, con una mirada global desde los paradigmas del conocimiento y como guía, el encuentro intercultural de saberes. Esto lo aprendí en el Diplomado en Educación Superior que realicé en la UMSA en 2008, cuando era docente de la extinta carrera de Música de esa casa superior de estudios, diplomado que realmente me dio muchos insumos. Un shock para mis alumnos fue pedirles que manden sus trabajos a mi correo electrónico, no al watsap, muchos ¡no tenían correo electrónico! Tuvieron que sacar uno y mandar por esta vía los audios y las partituras para hacer seguimiento personalizado a sus trabajos creativos. Uno de los trabajos claves era componer una canción con el texto en décima, cuyo modelo es la bella canción Volver a los 17de Violeta Parra. Vino el cuestionamiento ético, yo pedía como tarea algo que no había hecho nunca: una décima. Entonces me puse a construir una canción en décima, demoré tres semanas pero lo logré. Concluir las clases con una nueva canción compuesta fue algo grandioso. Ahora tengo la resaca de final de clase. La incertidumbre laboral me come el sueño. Agradezco de verdad a la UPEA por esta hermosa experiencia y por darme trabajo aunque sea un par de meses pues sufrimos la ingratitud de una sociedad boliviana que nos ningunea, nos invisibiliza. Oremos por la recuperación de Canito, Pamela, Miguel, Carlitos, Weimar, Randolph, Diana y tantos colegas artistas que —con gran dificultad— luchan contra este virus cabrón.

(*) El Papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monrroy Chazarreta

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Chau 2020

Ch’enko total

/ 30 de diciembre de 2020 / 11:23

Levanto mi copa y brindo por aquel Capitán M. (me pidió no dar su apellido) que me detuvo el 22 de diciembre de 2019 en el aeropuerto de Cochabamba, me sacó de la fila del chequeo de pasajes llevándome a un cuarto y me dijo: “Papirri, sé que estás yendo a la Argentina, yo soy del Tigre Campeón… Te aconsejo dejar tu guitarra, no te van a dejar pasar en sala de internacionales, hay listas, estás ahí, trata de pasar desapercibido, yo me encargo de que partas”. Así fue. Llamé al amigo querido, por quien levanto mi copa, hermano Ricardo que nos llevaste al aeropuerto pasando alambres de púas y tuviste que volver a recoger mi guitarra, la Sevillana, que se quedó con las ganas de conocer la Argentina. Levanto mi copa por el hermano Carlos que nos esperaba en Ezeiza, trabajador de la Universidad Jauretche, que nos llevó a la casa de María en el Barrio de Florencio Varela. Levanto mi copa por María y su familia florida, herida de guerra por el macrismo, que compartió sus panecillos y mantequilla con la alegría del mate mañanero. Levanto mi copa por el arquitecto Bartolucci, el compañero Bartolo, que nos llevó a compartir una Navidad marítima con los hermanos y las hermanas del Faro de la memoria en homenaje a los desaparecidos en la costa marplatense y nos hizo escuchar un Piazzolla inédito aquel año nuevo desde su balcón de cara al Japón.

Levanto mi copa por la solidaridad, por los que comparten su pan herido, por los que saben que estás jodido y te reinventan, por el arquitecto Giovanni que nos llevó a su casita de San Clemente del Tuyu y nos abrió su heladera, por aquel paseo bordeando el mar y sus delfines extintos… Por el Dúo Coplanacu levanto mi copa, artistas populares de Santiago del Estero que me abrieron su escenario en el Festival Internacional de Cosquín 2020 para cantarle a la Wiphala en aquel febrero de penas. Levanto mi copa por Teresa del Teatro Café Vinilo de Buenos Aires, que nos hizo un campito en su fina programación y pudimos trabajar y tocar y reír y bailar en aquel escenario de Palermo. Levanto mi copa por los músicos argentinos que hicieron el aguante, aquel bajista notable de Tucumán Jero Santillán, aquel percusionista amado Juan Cruz que nos dio su casa para ensayar con Pato Molina y su flauta mágica, levanto mi copa por mi hermano Jorge Luis Carabajal que vino desde Córdoba para apoyar a este boliviano descarriado al borde de los 60 que trastabillaba en aquel febrero de sudores.

Levanto mi copa por Carolina, esposa y compañera que decidió retornar a la tierra. “Quiero morir en mi cama”, me dijo una noche de insomnios. “Entonces volvamos en martes de ch’alla, cuando los milicos estén chupando, pues”, le dije entre sueños. Levanto la copa por la funcionaria de BoA de Buenos Aires que nos cambió el pasaje con tarifa mínima, retornamos renovados pero aterrados por el nuevo Arce Gómez y sus secuaces que producían penas y masacres. Levanto la copa por los fallecidos en Puente Huayllani, jóvenes quechuas que con su sangre libertaria dieron el camino a la hoy bendita libertad, levanto mi copa por los masacrados en Senkata, vecinos aymaras, su memoria nos acompañará hasta los últimos días. Por ese pueblo boliviano humilde, admirable, valeroso que salió a marchar en agosto, en plena pandemia, pidiendo elecciones democráticas, desafiando virus, balas y aviones. Levanto la copa por Eva Copa, warmi valiente, aymara valerosa, que en los peores momentos se convirtió en la voz de los callados. Levanto mi copa por Sonia Brito, que en los peores momentos hacía sentir su voz desde la Asamblea denunciando corrupciones, desapariciones y detenidos en este 2020 teñido de violencia. Levanto mi copa por las enfermeras y enfermeros que combaten día a día contra el virus, por el personal de servicio de los hospitales, por los médicos de base que desafían a la muerte, levanto mi copa por esta Bolivia entrañable que eleva su alma hundida en el silencio por el fascismo y sus secuaces y que, sin ningún rencor ni pizca de odio, comienza a renacer. Levanto mi copa por mi querido Club The Strongest que puntea la tabla y quiere levantar la copa. Levanto mi copa por la democracia, por la libertad, por la solidaridad, por la música, por mis músicos, por las canciones, por el respirar, por saber que es la vida que se va, se va, es el tiempo que no queda ya; por esta Navidad solitaria pero feliz con los pies bien clavados en nuestra Pachamama y las antenas abiertas al mundo.

Levanto mi copa por los que se nos adelantaron, por los que nacen, por los que crecen, por los que creen en una patria grande latinoamericana sin colonias ni fronteras. Bienvenido 2021.Como en el Titanic, cantaremos hasta el último segundo de nuestra existencia.

(*) EL PAPIRRI: personaje de la Pérez, también es MANUEL MONROY CHAZARRETA

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Listo Calixto

Este disco contiene 13 canciones que no grabé antes, parece que es el último que hago, el formato ya no existe, así nomás había sido

El Papirri

/ 9 de diciembre de 2020 / 11:07

En los próximos días estoy firmando mi nuevo disco al público amable que me apoyó comprando la obra en preventa para poder financiar parte de la misma. Este disco contiene 13 canciones que no grabé antes, parece que es el último que hago, el formato ya no existe, así nomás había sido. Pero quería sacar éste en físico, más aún porque el CD celebra mi 60 Aniversario. Ha sido un disco muy difícil de grabar, mezclar y concluir, los músicos grabaron desde sus estudios personales, por lo tanto las tomas de sonido eran todas diferentes, ahí lo tenías al sonidista Martino Alvéstegui angustiado desde su estudio Submarine de Obrajes, tratando de igualar las tomas, pidiendo unas nuevas, yo mismo grabando mis voces por primera vez: “Está muy alto tu volumen”, “el cuarto donde grabas genera mucho eco”, “el baterista grabó en su celular, hay que rehacer”, “el tiempo de Ch’utis está lento, no sé qué pasó”, “¿puedes adelantarlo?”. “Por favor, que grabe una percusión encima para llevarlo hacia adelante”, “¿quién de los bateristas tiene home estudio?”. Así pasaron ocho meses, con el afán de la vida en el medio, con las amenazas de los fachos en el medio, con el virus cabrón matando amigos.

Quiero agradecer a los músicos que participaron en el disco 60 A, grabaron con toda la buena onda desde sus casas, repitiendo tomas y más tomas. Gracias a Heber Peredo, pianista, arreglista, gran valor, talentoso y siempre sereno, pese a las mil cosas que hace. La canción Ch’utis, cumbia pandémica, acaba de ser concluida. Construimos dos versiones, Heber se puso en las dos. Gracias a Mauricio Segalez, talento alteño, multiinstrumentista, que además de tocar y cantar hizo el arreglo de dos canciones, la entrañable Amarteloy el raro Bailecito K’onana. Segalez, gran Tigre del pueblo, me ayudó en el peor momento, sus conocimientos técnicos de sonido me socorrieron puliendo mezclas alternativas de varios temas, pues el tiempo con Martino se había acabado. Gracias a Manu Rocha, notable músico y sonidista cochabambino, me enseñó a grabar mis voces y guitarras en el programa Cubase, grabó las nuevas versiones de Camotey A casa de Gaboen su estudio Quintosol, además hizo el arreglo de metales de estos temas y tocó su trompeta poderosa.

Gracias a Diana Azero, amiga y cantante sólida, siempre de buen humor. Gracias al cantante y cantautor David Portillo, que hizo varias tomas de la morenada Mamita Cantila, la había soñado en letra y música, no quería un asunto bailable sino más bien una oración de agradecimiento a la Cantila Morena por dejarnos respirar.  Gracias a Vico Guzmán, tuvo que llevar su batería al estudio de Martino en plena pandemia para grabar varios temas, resalta Ojos de Botón, canción de cuna para un perrito adoptado. Gracias a Raúl Flores por su bajo simple y magistral grabado desde su estudio personal, a Roby Morales por los saxos planetarios, a Ariel Choque por sus charangos caribeños. Gracias a Luchito Mercado, gran percusionista cochabambino siempre solidario, por su precisión en Ch’utisy Camote, este último un caporal bilingüe que tuvimos que grabar toooodo de nuevo con el bajo de Hugo de Lafuente, otro joven músico cochabambino entrañable y talentoso. Gracias a Lucía Cortez y Rodrigo Gozálvez por los respectivos saxo y trombón camoteros, a Iván Guzmán por las percusiones en Gabo, a Fede Gamba por el arreglo de El Barrilito, gato con música de mi abuelo Andrés y letra mía. Fede grabó en Buenos Aires su guitarra y coordinó la grabación de la flauta de Juan Carlos Liendro desde Salta, el violín de Víctor Agüero desde Tucumán, desde Cafayate Lucas Colque mandó el bandoneón, Roberto Auat desde Añatuya el bombo y Mariano Sarquiz el contrabajo desde Santiago del Estero. Gracias a José Carlos Auza por el hermoso arreglo y video de El Kaluyo del retorno, a Mauricio Canedo por el bello arreglo y las guitarras de El Olvidado, canción para mi abuelo paterno. A Cristhian Asturizaga por las cuerdas de Ch’utis.

El disco está dedicado a mis dos abuelos que tuvieron destinos tan opuestos, también está dedicado a los mártires por la democracia en Bolivia. Gracias a Diego Echevers, Adriana García y Alejandra Gamboa por el hermoso video de El Olvidado, disponible en las redes. Gracias al Papirri’s Kinder, bellos niños que fueron a grabar sus vocecitas al Submarino para Ojos de Botón. Gracias a Luis Soria, notable sonidista cochabambino que me ayudó en la desesperada última mezcla de Ch’utis. Gracias a Laurita Mercado por la foto de la portada y el diseño del cuadernillo full color, a Carlos Fiengo por el apoyo en las redes sociales y el video de Amarteloque ojalá salga, a Nelson Lima que trabaja en un videíto para Ojos de Botón, a Katsunori Osoegawa por la foto de la contraportada. Gracias a Marcelo Navia de Lado B por la masterización de todo el disco. Gracias a la imprenta Cibeles por el precio pandémico del cuadernillo de 16 páginas que contiene letras, fotos, fichas técnicas. Más de 20 músicos, cuatro arreglistas, cinco sonidistas, videastas, fotógrafos… Uy cará ¡tanto cariño se agradece! Solo falta que nos apoyes. Puedes comprar el CD 60 Aen el acto presencial de firma de discos a realizarse el 16 de diciembre en el hall del Cine 6 de Agosto de La Paz de 11.00 a 17.00 o tomando contacto con Amalia Canedo watsap 707 6461, Iris Mirabal watsap 705 43667. Gracias, gracias. Hey dicho.

(*) El Papirri: Personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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