Monday 26 Feb 2024 | Actualizado a 07:23 AM

Sin jugadores es difícil

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 13 de septiembre de 2023 / 00:24

Después de tantos cacareos (“Bolivia tiene con qué ganarle a Argentina”) llegó el baño de realidad: Bolivia no tiene con qué ganarle a Argentina.

La distancia entre La Paz y Buenos Aires es equivalente a la que media entre las selecciones de Bolivia y Argentina. Hay al menos dos categorías de diferencia entre los futbolistas de uno y otro equipo.

Clase A los albicelestes, clase C los verdes. Esta posiblemente sea la peor expresión de una Selección Boliviana en décadas.

No hubo partido, el once de Costas no compitió. “La altura es la pelota”, dice convencido Guido Loayza. “No es que no se puede correr, se puede, el problema es la pelota, que toma una velocidad mayor”, explica. Tal cual, por eso dominar la bola les lleva dos y hasta tres tiempos a los jugadores. Argentina tardó diez minutos en entenderlo. Los pases se le iban lejos, los controles, largos.

Una vez que sus hombres lo captaron, gobernó el juego a voluntad. Impuso su jerarquía de indiscutible campeón del mundo. Empezó el toque y la búsqueda del momento para golpear en la red. Un monólogo a pura clase, similar al de los primeros 80 minutos contra Francia en la final de Qatar. Vale como consuelo: si lo apabulló a Francia…

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De haber apretado el acelerador pudo ser más que 3 a 0, pero mostró autoridad, no voracidad. Fue la victoria más apacible de la Albiceleste en Bolivia. Y que se puede correr en la altura lo confirmó Julián Álvarez, un galgo que corrió por propios y ajenos.

Marcelo Díaz, exvolante de la Selección Chilena bicampeona de América, publicó en su cuenta de Instagram un elogio poco habitual hacia la Celeste y Blanca: “Juegan como un verdadero equipo en su selección, están en los mejores equipos del mundo, tienen al mejor JUGADOR del mundo, ganaron la Copa América, la Finalissima, son CAMPEONES DEL MUNDO, son todos millonarios y se tiran de cabeza en cada pelota como si les faltara gloria deportiva. Son dignos de admirar y un lindo ejemplo para el deporte en general”.

¿Y Bolivia…? No compitió. Del 1 al 10, fue de una actuación de dos puntos, desacertada, triste individual y colectivamente, se vio superada y se fue entregando. Como se está haciendo costumbre, la excepción es Viscarra. Bolivia se ha tornado Viscarra y diez más.

Ahora los cañones le apuntarán al técnico, error, Costas tiene poco que ver, no hay material. Sin jugadores es difícil. Y no asoma ningún crack en el horizonte. Esto no es futbolín, no son muñequitos manejados desde afuera. Cuando empieza el partido, se mueven solos.

La gente cumplió, los jugadores no. Tampoco se los puede lapidar, son esto.

El once ideal es color sepia

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 25 de febrero de 2024 / 22:40

Se acaba de iniciar la 65° edición de la célebre Copa Libertadores. Ocasión propicia para echar una mirada retrospectiva y alinear el equipo ideal de la historia de la Copa. Es un juego atractivo, muy periodístico. Miles la han jugado, cientos han destacado.

La condición esencial que nos hemos autoimpuesto al escoger es que los integrantes de este once deben ser campeones. Sería ridículo que un zaguero sin títulos, por extraordinario que fuera (el caso de Elías Figueroa) desplace a Pancho Sá, seis veces coronado. Lo mismo acontece con la gravitación de un futbolista en el título de un club.

Ejemplo: difícilmente vuelva a darse una actuación como la de Juan Carlos Henao en el Once Caldas campeón del 2004. Jugó excepcionalmente los 14 partidos. No hay duda posible: sin él, los de Manizales no levantaban la Copa. Ya habíamos acometido este ejercicio en marzo de 2009, pero quince años después nos obligan a realizar un par de cambios.

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De antemano, duele marginar de este once hipotético a tantos grandes. A un monstruo como Falcão (subcampeón en 1980); a Carlitos Caszely, luminaria excluyente y goleador de la edición 1973 con Colo Colo; al cimbreante Willington Ortiz, figura enorme con tres casacas diferentes (Millonarios, Deportivo Cali, América), el Nene Cubillas, mas no dieron la vuelta olímpica. Y a tantos como ellos.

El puesto de arquero es, justamente, el más controvertido. Elegimos a Ever Almeida por ser un notable golero, doble campeón (1979 y ’90), atajador y rematador de penales, decisivo en las conquistas de Olimpia y hombre récord de la competencia (16 años y 113 partidos). Sin dudas Higuita, Henao, Chilavert, Rogerio Ceni, Zetti, Mazurkiewicz, Manga, Santoro le pisan los talones en calidad y rendimiento, sin embargo el uruguayo-paraguayo es el indiscutible arquero de la historia. Ever parecía el perfecto antiatleta, bastante rellenito y bajo, pero fue un casi heroico evitador de goles (por si acaso, la misión esencial de un guardameta). ¡Y lo que transmitía…!

El lateral derecho es la única duda que no nos permitimos dilucidar: Cafú y Hugo Ibarra, aquel de Boca. El brasileño fue el dueño de la banda, bicampeón y representó a un equipo histórico: el São Paulo de Telé Santana. Ibarra era completo: firme en la marca, bueno en las subidas, con gran remate y, sobre todo un hombre de temperamento, nacido para jugar finales. Cuatro coronas ganó el boquense. También es referente de un equipó inolvidable: el Boca de Carlos Bianchi. Los dos fueron fantásticos. Haber visto los bombazos teledirigidos de Nelinho también fue una fortuna. Pablo Forlán (Peñarol) y el Chiqui Arce (Gremio, Palmeiras) son otros magníficos ocupantes del puesto.

Hugo De León, triple ganador con Nacional y Gremio, caudillo con clase, personalidad y estampa, y Francisco Sá, hexacampeón con Independiente y Boca, gran intuitivo en la marca, es la dupla de zagueros. Sá estuvo cerca de ganar una séptima: perdió la final de 1979 ante Olimpia. Igual, la zaga es, quizás, donde menos estrellas recuerda la Copa. El lateral izquierdo debería ser unánime: el uruguayo Ricardo Pavoni, sangre charrúa, fabuloso en el mano a mano, abonado al gol, capitán, ganador, impasable. Junior, campeón con Flamengo en el ’81, es otra mención ineludible, pero el Chivo ganó 5 copas. Más que eso: Pavoni “es” la Libertadores. Incuestionable.

Todos los que jugaron o enfrentaron a Pedro Virgilio Rocha tienen un concepto unánime: fue un supercrack. Reunía técnica, potencia y gol. Coronado con Peñarol (’61 y ’66), ídolo en el São Paulo, es el “8” ideal de la Copa. Y un caballero de las canchas. Por si acaso, Pedro marcó 36 goles siendo volante…

Zito, esclarecido distribuidor de juego del Santos, era nuestro centromedio titular. Jugaba o raspaba, según viniera la mano. Para Pelé, “un fenómeno”. Claudio Marangoni, exquisito centromedio de Independiente en 1984, fue otro excepcional exponente del círculo central. Claudio lucía más, pero Zito era el comandante de la victoria. Con el paso de los años, Zito dejó su lugar en las preferencias a Juan Román Riquelme, conductor notable, tricampeón con Boca Juniors, eximio ejecutor de tiros libres, un as en el dominio del balón. Y con gol. Comenzó de 5, Riquelme, luego se fue adelantando en el campo. Su incidencia fue altísima en las conquistas boquenses. El hincha recuerda la de 2007 como “la Copa que ganó Riquelme”.

Ricardo Bochini es “el” 10, entre varios prodigios como Zico o Francescoli. Además de genio, Bochini los aventaja en números: ganó 4 coronas, siempre como figura esencial. El día que debutó en la Copa -la final de 1973 ante Colo Colo-, entró y dio vuelta el partido con su atrevimiento y su gambeta frontal.

Tres veces jugó la Libertadores, en dos fue campeón, en una goleador. Imparable, insuperable. Si aún no bastara con eso, digamos su nombre y termina todo: Pelé. Además de su magia, vaya un dato: jugó 15 partidos y anotó 16 goles, a un sensacional promedio de 1,07 por cotejo. Posiblemente el único futbolista de los miles que participaron de la Copa que tenga más goles que partidos jugados.

Cuando se arma el equipo de todos los tiempos se arranca con un ecuatoriano y diez más. Es Alberto Spencer. El 9 de la marca irrepetible: 54 goles. Y por si acaso, tricampeón (1960, ‘61 y ‘66). Luis Artime, Fernando Morena, Raúl Vicente Amarilla, Hernán Crespo, Antony De Ávila, ahora Gabigol y Germán Cano, hicieron muchos goles vitales. Pero ni se acercan a “Cabeza Mágica”. Es como la plusmarca de Pancho Sá, casi imposible que alguien los alcance.

La punta izquierda la retiró del mercado Juan Ramón Verón el día que dejó el fútbol. La Bruja, tricampeón con Estudiantes (68-69 y ’70), era completo: hacía los goles, enloquecía al público, daba brillo a un equipo mañero y áspero. Un inmortal. Su hijo Juan Sebastián, vencedor en 2009, también rezumaba calidad. De la savia nueva hay que contar a Neymar, campeón en 2011.

Que quede claro: son los que más méritos hicieron en la Libertadores. No cuentan títulos mundiales ni copas América ni otras conquistas o distinciones. Pasémoslo en limpio: Almeida; Cafú o Ibarra, De León, Sá y Pavoni; Rocha, Riquelme y Bochini; Pelé, Spencer y Verón. Cinco argentinos, 4 uruguayos, 2 brasileños, un ecuatoriano. Cuadrazo del revés y del derecho. Treinta y ocho títulos en un sólo combinado. Pero ninguno contemporáneo. ¿Por qué…? Si un futbolista es verdaderamente crack no dura más de un año en Sudamérica, lo que le impide ganar el trofeo o hacer historia. ¿Qué jugador de la época moderna hay indiscutible, que podamos recordar al instante…? En cuatro ediciones consecutivas Palmeiras fue dos veces campeón y dos semifinalista, ¿cuáles figuras recordamos del Verdão…? Acaso su capitán, el zaguero paraguayo Gustavo Gómez, ¿quién más…? Los únicos de los últimos 25 años que lograron meterse en este equipo de los sueños son Ibarra y Riquelme. Lo que califica las copas actuales.

Falta épica en estas ediciones. Un detalle nos refleja con crudeza lo que son las copas Libertadores de ahora: el jugador más moderno de esta selección es Riquelme, y disputó la Libertadores hasta 2013, pero cuyo último título es de 2007, diecisiete años atrás. Todos los demás integrantes son de hace 30, 40, 50 y hasta 60 años. Lo que nos revela que los de hoy no son mejores o no han reunido más méritos que aquellos o bien han participado mucho menos de la competencia.

(25/02/2024)

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Mundial 2026: más partidos, menos estrellas

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 18 de febrero de 2024 / 20:55

Nace una nueva era mundialista, un antes y un después. Habrá muchos cambios en la Copa del Mundo 2026, todo ha sido ampliado. Cada vez hay menos cracks, pero más y más competencias, partidos y viajes. Y los torneos que ya estaban se agrandan. Ejemplo: la Copa Toyota/Copa Intercontinental era una especie de Mundial de Clubes a un solo enfrentamiento en Japón, a partir de 2025 lo jugarán 32 equipos y abarcará 64 partidos. La Copa Libertadores nació en 1960 con 13 cotejos, la actual se compone de 155. Así todo. A ello deben añadirse los nuevos campeonatos y copas que se han creado. Todo ha crecido exponencialmente, aunque el año sigue teniendo doce meses.

El Mundial de 1970 contó con Beckenbauer, Müller, Uwe Seeler, Pelé, Tostao, Jairzinho, Gerson, Rivelino, Gigi Riva, Mazzola, Gianni Rivera, Teófilo Cubillas, Sotil, Chumpitaz, Bobby Charlton, Bobby Moore, Gordon Banks, Mazurkiewicz, Pedro Rocha, Lev Yashin… Muchas estrellas. Y eran 16 selecciones. Ahora serán 48 y apenas podemos calificar de tales a Mbappé, Haaland (si va, porque no clasifica seguido con Noruega), Bellingham… Hay escasez de luminarias. Por eso, millones hacen fuerza para que estén Messi y Cristiano Ronaldo, pero uno tendrá 39 años y el otro 41. Leo ha dicho que Qatar 2022 fue su última Copa del Mundo.

La Copa Mundial México/Estados Unidos/Canadá 2026 la animarán 48 equipos distribuidos en 12 grupos de 4 cada uno. Primero y segundo de cada zona más los 8 mejores terceros clasificarán a dieciseisavos de final. Esta es una instancia nueva que se crea, y hará que el campeón deba jugar 8 partidos en lugar de 7, como hasta ahora. De dieciseisavos hasta la final serán enfrentamientos eliminatorios. La pelota comenzará a rodar el jueves 11 de junio y el pitazo final del Mundial será el domingo 19 de julio. De esos 39 días, en 34 habrá futbol, sólo en cinco se descansará.

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Se perderá por completo la característica de Qatar 2022, que reunió a las 32 selecciones y a los millones de hinchas en una sola urbe: Doha. Eso generó un clima maravilloso, irrepetible. Uno se encontraba en la calle, en el metro, en los bares, en los estadios con los visitantes de todo el mundo. La atmósfera era fantástica. En el caso de Canadá, EE.UU. y México las distancias son enormes, generando incomodidad y gastos inasumibles para los aficionados, además de cansancio para los equipos, como pasó en el Mundial ‘94. Para mitigar en parte los traslados, la FIFA dividió el mapa del torneo en tres zonas geográficas cuestión mover lo menos posible a los participantes.   

Como novedad histórica, una ciudad y un estadio albergarán por tercera vez el partido inaugural: son México y el Azteca, que ya levantaron el telón en 1970 (México 0 – Unión Soviética 0, partido aburridísimo) y 1986 (Bulgaria 1 – Italia 1). El escenario de la final será el Metlife Stadium de New Jersey. El Metlife sustituyó al célebre Giants Stadium, donde jugaba el Cosmos en tiempos de Pelé y Beckenbauer. El de los Gigantes fue demolido y en lo que era su playa de estacionamiento se edificó el nuevo, inaugurado en 2010. No obstante, para el Mundial el Metlife deberá ceder su nombre, pues FIFA no permite lo que llama “publicidades parasitarias”. Lo mismo ocurrirá en México. El Azteca seguirá llamándose Azteca, pero el estadio Akron, de Guadalajara y el BBVA, de Monterrey, no podrán utilizar esa denominación entre junio y julio de 2026. «La publicidad parasitaria trata de aprovecharse del fondo de comercio, del gran interés y la popularidad del fútbol y de la buena imagen de los torneos de la FIFA, sin contribuir a su organización», explica la entidad de Zúrich en su página de Internet.

“Se creía que el partido definitorio sería en Dallas: buena ubicación geográfica y estadio techado, que es el tema clave porque en julio en Nueva York o bien puede llover fuerte o haber un calor intolerable. Eso generó cierta polémica”, comenta José Luis Pierrend, colega peruano residente en Arizona. No obstante, Dallas recibió un premio gordo: será la subsede con mayor cantidad de compromisos: nueve.

Estados Unidos hospedará 78 cotejos del certamen, México 13 y Canadá otros 13. Los tres ya están clasificados como anfitriones. Podrían quedar eliminados en la fase de grupos, pero jugarán al menos tres encuentros ante su público. Toda la información de la Copa 2026 fue difundida por FIFA en un evento realizado en Miami, liderado por Gianni Infantino y al que asistieron Mario Kempes, Cafú, Teófilo Cubillas y otras estrellas futbolísticas. “No obstante, la prensa aquí en Estados Unidos no le dio mayor cobertura. Fue la semana previa al Super Bowl y no se habló de otra cosa”, agrega Pierrend. “No fue un buen momento para hacer este anuncio, los medios casi lo ignoraron. Aquí todo el mundo sigue revolucionado por Messi, la gente usa su camiseta y a muchos les parece increíble que viva aquí, eso ayuda a que el fútbol esté presente, pero en el resto del país pasó inadvertido el tema del Mundial”, corrobora Johani Ponce, periodista venezolana radicada en Miami.  

Dieciséis ciudades albergarán la Copa (récord), 11 de Estados Unidos, 3 de México y 2 de Canadá. Aunque no nos agrade semejante dispersión, los futboleros deberemos acostumbrarnos; las exigencias de la FIFA son tan altas que en adelante los Mundiales deberán repartirse en varios países y localidades. Salvo cuando aparezca un estado archimillonario como Arabia Saudita, que puede tirar cien mil millones de dólares para darse el gusto de hacerlo solo. Hubo ciudades como Montreal y Chicago que renunciaron a ser sede por el altísimo dispendio que suponía para los ciudadanos. “Entendemos que la decisión de no apoyar a Montreal como sede de algunos partidos de la Copa del Mundo puede ser decepcionante para la ciudad y los aficionados al soccer”, declaró la Ministra de Turismo de Quebec, Caroline Proulx. “Hubiéramos estado felices y también listos para acoger el Mundial 2026 en Montreal, pero el alto costo del evento se ha vuelto difícil de justificar para los contribuyentes”. Algo similar esgrimió el alcalde de Chicago. Y en México, algunas ciudades que deseaban participar del torneo se retiraron temprano de la idea.

En México, la noticia del reparto de partidos fue agridulce. “Por un lado, los medios exhibieron orgullo porque el Azteca recibirá por tercera vez la inauguración de un Mundial, pero por el otro hubo sabor a poco con los trece partidos que Estados Unidos ‘le deja tener’ a México. Igual, hay conciencia plena de que el país actualmente no está en condiciones de hospedar un Mundial completo, son otras épocas”, dice Marcelo Assaf, periodista argentino con asiento en el Distrito Federal.

No hay que temer a los cambios. Cuando se pasó de 24 a 32 equipos llovieron críticas, pero no fue malo y más selecciones no tradicionales pudieron acceder a la megafiesta deportiva que es la Copa del Mundo. No obstante, 48 parece un número demasiado grande. Ya se puede decir que habrá récord de todo: de goles, de público, de ciudades.

“Nueva York recibirá la final del Mundial, que será el partido más importante de la historia del fútbol”, declaró, grandilocuente, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. Veremos… Aunque sí será un Mundial revolucionario. Por todo.

(18/02/2024)

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El VAR dirige los partidos

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 11 de febrero de 2024 / 22:15

Como si el fútbol no estuviera ya suficientemente complicado con las manos que son y las que no, los alargues escasos o exagerados, los fuera de juego que sí o que no, el International Board ha dado vía libre a probar una modificación fundamental al reglamento: la tarjeta azul.

¿Qué sería…? Una expulsión temporal de 10 minutos para quien evite con falta una situación prometedora de gol o para el que proteste excesivamente al árbitro. Pero, en ambas situaciones, que no alcancen como para tarjeta roja. Eso sí, dos cartulinas azules determinarían recibir una roja, igual que dos amarillas.

Lo mismo si se da una azul y una amarilla. La FIFA rápidamente le bajó el tono al anuncio y aclaró que se experimentará en categorías muy bajas, como diciendo “no teman, esto es muy loco y pueden pasar años hasta que lo aprobemos. Si lo aprobamos…” Pero la idea se echó a rodar y está en fase de análisis.

Antes que la tarjeta azul o cualquier otra extravagancia que recargaría y complicaría aún más la labor arbitral, la FIFA y el International Board deberían ocuparse del VAR, que está dirigiendo el fútbol y es el único gran fiscal del juego, rol que le quitó al árbitro. Cuando se aprobó el VAR, fuimos sus más acérrimos defensores, es un recurso tecnológico maravilloso para reducir el margen de error y, esencialmente, para hacer justicia.

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Sin embargo, el fútbol se las ingenia siempre para ser la oveja negra de los deportes en ese tópico. En las demás disciplinas en que se introdujo el video, como el tenis, el básquet o el rugby, funciona estupendamente. En el fútbol aumentó las sospechas de arreglo. Es una pena, una herramienta magnífica utilizada para teledirigir resultados. Además, debería intervenir con sobriedad y en contadas ocasiones, pero se mete en todo el VAR. Revisa cualquier escaramuza como para hacer ver que para algo está. El VAR es perfecto, los hombres son imperfectos.

El videoarbitraje no mejoró sustancialmente los errores arbitrales en el nivel que se esperaba. En cambio aumentó las confusiones y las críticas hacia la aplicación del reglamento. “Oficializa” los despojos, licúa las culpas. Antes el hincha podía insultar al referí, ahora a nadie. Hay siete individuos en una cabina y no se sabe quiénes son ni qué hacen. Se comenzaron a difundir los audios entre los oficiales de VAR y el árbitro para mostrar transparencia y aclarar, pero oscurece. La realidad es que, hoy, los partidos los dirige el VAR. Al juez le dejaron para decidir los saques laterales, los faulcitos de media cancha, caramelitos. No está para las sanciones importantes. Penales, goles, expulsiones, offsides, lo gordo lo acaparó el VAR. El juez perdió autonomía, pero le conviene, descarga la decisión en otros, si hay error es de la cabina, no suya. Ya no lo insultan.

Cuando el VAR llama al árbitro a revisar es como una orden. El juez no se puede negar porque después lo ponen en el congelador, como le han hecho en algún momento al mejor árbitro de Sudamérica, Wilmar Roldán, porque el VAR en un partido le quiso imponer un fallo y él siguió con su criterio, reafirmando lo que había pitado. Eso le costó a Wilmar. A nivel dirigencial ciertos desacatos se pagan a precio vil.

Es como que la cabina de VAR necesitara justificar de por qué está ahí, para qué les pagan. Creen que son más que el árbitro, cuando no pasan de ser simples colaboradores de él. Y no debe ser así, si no hay motivo para llamar al juez, no se lo debe llamar. Ya vimos lo que el VAR hizo en el partido Real Madrid-Almería. De escándalo. Cambió tres decisiones acertadas del colegiado por tres desaciertos y el Madrid, que perdía 2-0 en su cancha, terminó ganando 3-2.

Lo más bochornoso fue un gol de Vinicius con el brazo, indiscutible. No obstante, lo verdaderamente grave -de ser cierto- es que el VAR le habría escamoteado al principal imágenes desde detrás del arco, donde se veía con claridad el golpeo con el brazo. O sea, se lo habría inducido al error. De no haberse involucrado quienes manejaban la cabina, ganaba el Almería. Acierta el prestigioso Alfredo Relaño, presidente de honor del diario As: “Al Real Madrid le sirvió para sumar tres puntos, pero el daño reputacional para el club es enorme, esto da pasto al antimadridismo y puede durar treinta años, todo por un entrometido del VAR”. Reputación con los arbitrajes que viene cuestionada hace décadas. Y el entrometido tal vez sea más que eso.

El pasado 26 de enero la Federación Belga tomó una decisión histórica, que puede sentar jurisprudencia e imitarse en otras latitudes: ordenó repetir el partido Anderlecht 2 – Genk 1 por un despropósito del VAR. Estando 0 a 0, ejecutó un penal Brayan Heynen del Genk, lo paró a medias el arquero Kasper Schmeichel, del Anderlecht, tomó el rebote Yira Sor y marcó para el Genk. A instancias del VAR el gol fue anulado por invasión de área de Sor, pero sucede que antes había invadido la zona también un futbolista del Anderlecht. Lo reglamentario era repetir el lanzamiento, pero el juez no lo hizo y siguió el juego. Genk se quejó y no tuvo éxito, aunque finalmente la Federación le dio la razón.

El lunes pasado en el Preolímpico de Venezuela, otra intervención metiche de la cabina originó un descalabro. Minuto 96, Argentina ganaba al local 2-1, en un centro, un jugador vinotinto empujó desde atrás con sus dos manos a un defensa argentino, este, de rabia, tiró un manotazo hacia atrás rozando apenas al rival. El árbitro ecuatoriano no vio o no le pareció que hubiese incorrecciones. El VAR lo llamó y cambió de opinión: sancionó penal y expulsión del argentino, aunque primero fue falta del muchacho venezolano. Luego, en el penal, hubo invasión de área de otro vinotinto antes de la ejecución, pero ahí el VAR no lo percibió. Terminaron 2 a 2. Lo empató la cabina. Era falta en ataque.

No es que todo lo que decide el VAR esté mal. El lunes también, en Colombia, durante el clásico Millonarios 1 – América 0, el gol de Millonarios, sin VAR, parecía un offside claro, con VAR se vio que el autor, Leonardo Castro, estaba habilitado. Y se convalidó el tanto. Muy bien. No obstante, debería ser una herramienta mejor utilizada. El único lugar donde el VAR es impoluto y está fuera de duda, como era de esperar, es Inglaterra. Ahí sí funciona para ayudar al réferi, esclarecer jugadas confusas y minimizar errores. En la Premier son todos iguales ante los ojos de Dios.

Nominalmente, el imparcial sigue teniendo la palabra final en las decisiones, la realidad indica otra cosa: si el VAR le “sugiere” que vaya a mirar algo corre un riesgo al no hacerlo: ser apartado. Y una vez que lo llamaron, hace caso. Pareciera que la mayoría de ellos van a la revisión con la idea preconcebida de que “si el VAR me llama es porque me equivoqué”. Son excepcionales los casos en que no cambian su decisión después de ir a la revisión.

Los jugadores tampoco se ayudan. Saben que las cámaras registran todo y que el VAR está al acecho. Tienen que cuidarse. Sobre todo, de jugar con las manos en el área. El más mínimo agarroncito en las 18, así no corte el impulso del atacante, es considerado penal. El video no mide la fuerza del manotón, muestra que hubo agarrón.

El VAR iba a marcar un antes y un después en el fútbol. Sigue siendo un antes.

(11/02/2024)

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Alf Common comenzó todo

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 4 de febrero de 2024 / 20:39

Acababa de terminar la primera rueda de la temporada 1904-1905 en Inglaterra. En un intento desesperado por salvarse del descenso, el Middlesbrough pagó al Sunderland 1.000 libras esterlinas por el goleador Alf Common.

El profesionalismo llevaba apenas dieciséis años en la cuna del fútbol y mucha gente aún consideraba indecente cobrar por jugar, incluso que se pagara por un traspaso. Las mil libras generaron escándalo.

 La prensa habló de “carne y sangre a la venta”, dando a entender que los jugadores eran objeto de esclavitud. También escribió: “estamos tentados a preguntarnos si los futbolistas llegarán a ser rivales de los caballos pura sangre de carreras en el mercado”.

No es que Common hiciera la gran Haaland, apenas anotó 4 goles en los diez partidos que quedaban de campeonato, pero contribuyó a mantener la categoría. En su debut, el Middlesbrough, que no ganaba un partido como visitante desde hacía dos años, se impuso a domicilio al Sheffield United por 1 a 0 y el corpulento Alf marcó el gol mediante un penal.

Por el altísimo precio de su transferencia en aquella época, figura entre las 100 leyendas del fútbol inglés. Con Common comenzó la carrera de los fichajes, convertida luego en parte esencial de la actividad. El fichaje de Alfredo Di Stéfano es el hito supremo en la vida del Real Madrid. Él lo convirtió en lo que es.

En marzo de 1963, un ragazzo de 18 años que venía descollando en la Serie C con el Legnano pasó al Cagliari, de la Segunda de Italia: era Gigi Riva. Un pase intrascendente. “Después de derrotar a España en Roma en un partido de juveniles con la selección, mi entrenador en el Legnano me dijo que me habían vendido. Yo pensé que al Bologna, pues había visto en La Gazzetta que me seguían. O al Inter, del cual era hincha. Pero no: me traspasaron al Cagliari. Fue como si me pegaran un tiro, no me parecía un buen destino”, recordó Riva años después.

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Cerdeña era una isla en el sur, completamente apartada y despreciada por el poder político, social y económico del norte. “Una tierra de pastores y bandidos”, criticaban. “Eran años en los que decir ‘te mando a Cerdeña’ era una forma de mandar a la gente a un sitio terrible”, refería Gigi. Pero agachó la cabeza y firmó, como debían aceptar todos los futbolistas de antaño. Ellos no decidían, simplemente el club les decía “te vendimos a tal equipo”. Un dirigente llamaba a otro y preguntaba “a cómo está el kilo de Riva”. Y, si les convenía, compraban.

Sesenta y un años después, River se interesó en Rodrigo Villagra, buen jugador de Talleres de Córdoba. Hubo algunos tironeos lógicos en la negociación, Talleres pedía 10 millones de dólares, River se estiraba hasta 7. Entre oferta y demanda, y ante el temor de que la operación se cayera, Villagra amenazó al presidente de Talleres, Luis Fassi: “Si no me vendés a River nos vamos a tener que cagar a trompadas”. Un caballero, Villagrita. River finalmente convino pagar 8 millones y Villagra ya es millonario. Acordó un vínculo por cuatro años. La pregunta es: ¿si mañana le llega una oferta del Milan o el Chelsea, también querrá trompear al presidente de River…?

Entre Gigi Riva y Rodrigo Villagra hay un mundo. El resultado es que los futbolistas son los dueños absolutos del fútbol. Ni la FIFA ni los clubes ni los patrocinadores: ellos. Y los contratos tienen un valor relativo, apenas sirven para resguardar las cifras (resguardarlas para el jugador), pero ninguna validez en cuanto al tiempo. Si el club no paga, la FIFA lo intima, lo sanciona, lo puede descender de categoría o incluso desafiliar.

Si es necesario, el futbolista le hace rematar la sede o el estadio, pero cobra siempre. Por el contrario, si el jugador quiere irse por recibir una oferta sustanciosa, se va, aún con contrato vigente. Nadie puede detener a un protagonista cuando desea marcharse. Ni el Bayern Munich pudo hacerle cumplir a Lewandowski lo que tenía firmado. Dijo “no juego más en el Bayern” y no se presentó a la pretemporada. El multicampeón alemán tuvo que aceptar lo que le dieron y el goleador enrumbó a Barcelona. En esos casos la FIFA no abre la boca. FIFA les tiene pánico a los futbolistas, hace lo que sea para agradarles. La FIFA vive inventando torneos para generar más y más dinero, y necesita que jueguen. No hay baile sin bailarines. FIFA no repara en que el club es la base de la pirámide. Sin clubes tampoco hay circo. En el principio de los tiempos, los clubes se unieron y fundaron las asociaciones, y las asociaciones crearon la FIFA.

El club pone el estadio, los hinchas, contrata a los futbolistas, a los técnicos, organiza el espectáculo, emplea a decenas de funcionarios, vende las entradas, se encarga de la seguridad del espectáculo, la sanidad, el transporte de las delegaciones, la difusión, vela por el comportamiento del público, invierte sumas siderales en fichar refuerzos, monta las divisiones formativas para generar nuevos cracks… Y está bajo la bota de la asociación, la confederación, la FIFA y los mismos jugadores. Éstos, si les va mal exigen hasta el último centavo del contrato. “Es lo que se estipuló”. Si les va bien piden aumento o se quieren ir antes. Y alguno que otro devuelve una pequeña parte de lo que recibió al llegar. Porque ese es otro tópico: cambiar de club permanentemente rinde. Lo más sustancial, lo que se cobró al principio, rara vez tiene retorno.

En una gruesa mayoría de casos, el club forma al jugador desde los 13 ó 14 años. Le proporciona profesores, médicos, infraestructura, contención anímica, competencia para que se desarrolle, muchas veces ayuda a sus padres. Cuando llega a Primera, el joven se olvida de todo, quiere un dinero o se va. El dueño de su destino es su representante. El dirigente no puede hacer nada. Hay una idea, completamente equivocada, de que los clubes manosean a los futbolistas o los engañan. Es justo al revés.

Dembelé fue una ruina para el Barcelona. Pagó por él 135 millones de euros al Borussia Dortmund, le hizo un contrato de 14 millones anuales por 5 años (70 M€), a los que debe agregarse la comisión del agente (otros 20 M€). Total, 225 M€. Estuvo 784 días lesionado más otros 26 suspendido (810 días inactivo). En 6 años marcó apenas 42 goles. No se recuerda que ganara un partido por Dembelé el Barsa. Si alguna vez salió campeón fue por el resto del equipo, no por él. Cuando Xavi le había dado plena confianza y debía acometer su séptimo curso, dejó de ir a entrenar y se declaró en rebeldía para forzar su pase al Paris Saint Germain. Por supuesto, el Barça tuvo que liberarlo. Recuperó, al menos, 50 millones. En el libro negro de las desgracias, Dembelé pelea el primer puesto.

Antiguamente los clubes ejercían un dominio desmedido sobre el jugador, había un sometimiento arbitrario: “si no firmás por lo que se te ofrece te colgamos”. La Ley Bosman cambió radicalmente la ecuación. Ahora los clubes son explotados por los jugadores. En Perú, para normalizar la economía de los clubes se puso un tope de 25 profesionales por plantel. Inmediatamente los integrantes de la Selección (Paolo Guerrero, Luis Advíncula, Pedro Gallese, Pedro Aquino, Piero Quispe, Luis Abram, Miguel Araujo) advirtieron que no jugarán los próximos amistosos si no se vuelve al número de 27 atletas con contrato porque la medida afecta al gremio. Aunque sean malos, hay que asegurarles la pega.

Se pasó de un extremo al otro. Hoy, el fútbol tiene un único amo: el jugador.

(04/02/2024)

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Muerte de un ídolo

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 28 de enero de 2024 / 22:00

Sentí pena. El cable es siempre conciso, somero: “Murió Gigi Riva”. ¿Quién era…? Un extremo izquierdo italiano, “más zurdo que Stalin”, diría Valerio, un veterano ocupante de la última mesa del bar de Vicente, siempre lleno de futboleros que se las saben todas.

Sí, Riva usaba la derecha para apoyarse nomás, los bombazos cruzados eran todos con la “sinistra”. Valerio, romano, llegado a Buenos Aires de meses, como tantos, es tifoso de la Lazio, pero como todo italiano, amante de Gigi Riva. ¿Ma, per ché…? ¿per ché tanta adorazione…?

En números, nada rimbombante: 213 goles entre clubes y selección. Pero con un aditamento: Riva es el máximo goleador de la historia de la selección italiana: 35 tantos en 42 partidos, a un promedio que ni Cristiano Ronaldo ni Messi: 0,83 por juego. O sea, entraba y la metía. “Sus goles eran más una certeza que una esperanza”, escribió Stefano Barigelli, director de La Gazzzetta dello Sport, en un maravilloso adiós al venerado Gigi.

Y eso en los tiempos dorados del Calcio, cuando al equipo nacional lo integraban nombres grandes, como Albertosi, Facchetti, Burgnich, Mazzola, Gianni Rivera. «Siento una tristeza infinita, es una gran pérdida, era imposible no ser su amigo, una persona exquisita», expresó el recordado Dino Zoff, compañero de tantas batallas futboleras. “Hasta hicimos el servicio militar juntos”, contó.

Toda Italia lo lloró en las portadas de los diarios. No sólo los deportivos, también los generalistas. El Corriere della Sera, La Repubblica, Il Messagero, Il Giornale, Il Resto del Carlino.

Todos pospusieron la política o la economía y ofrendaron sus portadas al Rombo di Tuono (Rugido del Trueno), como lo había bautizado el célebre periodista y escritor Gianni Brera, en esa divertida usanza de apodar que tenemos los cronistas deportivos. “Addio Riva, mito eterno del Calcio italiano”, “Addio, Rombo”, “Un Rombo en el cielo”, “Único”, “Angelo azzurro”, “Rombo d’Italia”… Los títulos fueron flores arrojadas sobre su tumba. En los estadios, igual, todos los clubes y aficionados lo despidieron con respeto y congoja aunque no fuera su jugador.

¿Por qué tan amado…? Gigi Riva es una historia. Huérfano de pequeño de padre y madre, jugó una temporada en el Legnano, cerca de su pueblo, y de inmediato lo fichó el Cagliari, que había conseguido por primera vez ascender a Primera División. Con 18 años cruzó el Tirreno y ya no volvió al continente, no a vivir, sólo para jugar o de visita. “Una isla sólo es isla si la miras desde el mar; Gigi Riva nunca quiso completar el viaje de regreso”, escribió el colega Paolo Marcacci. Riva se enamoró de Cerdeña, del Cagliari y de Gianna Tofanari, una rubia impactante con la que nunca se casaría, pero con la que tendría dos hijos.

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La Juventus y el Inter lo acosaron año tras año con propuestas que siempre agregaban un cero, pero Gigi mantuvo el no. Gianni Agnelli, el hombre más rico de Europa, dueño de la Fiat, la Ferrari, la Juventus, estaba obsesionado con verlo jugar de blanquinegro. Nadie pudo arrancar a Riva de la isla. Le juró amor eterno al Cagliari. “Hasta que la muerte nos separe”. Y así fue. En el único Scudetto ganado por el club isleño, en 1970, Riva fue la estrella y el goleador del campeonato. Era como si Platense fuera campeón, pero la figura de ese Platense era además el as de oro de la Selección Italiana, la carta ganadora en los torneos internacionales. Alto, delgado, pintón, de perfil bajísimo y fumador irredento, con un amor que escandalizó a Italia porque Gianna se había separado para estar con Gigi.

“Sus éxitos deportivos, su carácter muy serio, la dignidad de su comportamiento en todas las circunstancias le granjearon el afecto de millones de italianos, incluso entre aquellos que no siguen el fútbol”, explicó Sergio Mattarella, presidente de la República, quien fue uno más que despidió al crack, pero sobre todo a la persona. «Marcaba con la izquierda, hablaba con el silencio», tituló la Gazzetta. Tras su retiro, Riva fue nombrado miembro de la dirección deportiva de la Selección, pero en verdad fungía como símbolo, más que nada estaba siempre junto a los jugadores, que lo idolatraban. “Yo le decía todos los días: eres el mito de los mitos. Un ser humano excepcional, que nos transmitía muchos valores”, confesó Fabio Cannavaro entre lágrimas. Riva, que no pudo ganar la final del mundo ante Brasil en 1970, se desquitó en el 2006 en la función de dirigente, de amigo, de consejero. Sólo dos títulos conquistó con pantalones cortos: la Eurocopa de 1968 con Italia y el campeonato de la Serie “A” de 1970 para el Cagliari. Le bastaron para ser el más querido. Pero ese Scudetto del ’70 tuvo ribetes sociopolíticos: “Representó el verdadero ingreso de la isla en Italia”, señaló Gianni Brera. Por eso es el hijo pródigo de Cerdeña, aunque hubiera nacido en la Lombardía.

“Hola, papá, ha muerto Riva y pienso en ti. Tú me lo contaste: ¿quién era el más fuerte de los nuestros? Gigi Riva. Más que Rivera, creo que por el rostro, por algo que no se podía medir en el campo, y antes que Baggio, que aún no había llegado, luego aprendimos a decir: Riva y Baggio”. Así comienza su editorial Marco Bucciantini en la Gazzetta dello Sport, que dedicó lo mejor de su edición al ilustre fallecido. “Encarnaba el espíritu de la Italia de la posguerra: fuerza, seriedad, deseos de libertad. Y sus goles eran el vínculo entre viejos y jóvenes”, agrega.

De nuevo nos preguntamos: ¿por qué tan amado…? La zurda de oro, sí, los goles también. “Si la defensa se cierra bien podemos ganar, Gigi algún gol va a marcar”, se ilusionaban los hinchas. Si una bola le quedaba cerca del área, él sabría cómo hacerlo. Gigi era el encargado de hacer el primer gol de la final en la Eurocopa del ’68, del tercero a Alemania en el llamado “Partido del Siglo” del Mundial de México ’70. Y tantos otros. Pero mucho más que eso, la templanza, la bravura, el comportamiento. Él iba a estar a la altura del compromiso. Frente a Inglaterra, Brasil, Francia o el que fuera. Acaso nadie simbolizó la italianidad como Riva. Era el orgullo de tenerlo. En tiempos de paz, las guerras están representadas por el fútbol, es la bandera de lo que somos.

¿Qué son los ídolos…? Son esos personajes que encarnan nuestros sueños, que suelen hacernos felices. El triunfo que anhelamos como pueblos está en las piernas y en la mente de esos héroes deportivos, enfundados en una camiseta, ellos corporizan nuestros afanes. Cuando escuchamos el himno y la cámara recorre los rostros de los jugadores encolumnados les pedimos a Mbappé, a Harry Kane, a Messi, a Luis Díaz, a Luis Suárez, a nuestros capitanes que lo hagan, que se vistan de Superman y nos traigan la alegría.

Nos impactó la partida de Riva, como la de Beckenbauer, Müller o George Best, acompañamos su carrera, apreciamos sus virtudes. Sucede cuando muere un actor o una actriz al que se ha visto asiduamente. Uno sigue la trayectoria, la sigue con admiración y respeto. La muerte de un ídolo nos dice, también, que el tiempo pasa.

El Cagliari retiró la camiseta número 11 en 2005, ahora Cerdeña le dará el nombre de su estadio a Riva. Está bien, ni un poco menos.

(28/01/2024)

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